Lo propio de la aristocracia espiritual es la compasión. Lo más alto es llegar a sufrir por otros y con otros. Es éste el camino, opuesto al del viejo burgués, o al del ahorrista mezquino, que crece, que gana, que guarda en sus cofres, que vence a otros, que se regocija porque es mejor que otros... El aristócrata auténtico, sin detenerse en sí mismo, sufre por otros, ofrece por otros. Su vocación es la de redimir y salvar.
Por ello quien sigue ese camino escondido se coloca inmediatamente bajo el manto de la Santísima Virgen, que es Madre y Señora. Es la Dama, a quien son ofrecidos todos los triunfos del amor... Ella es permanente modelo de quietud contemplativa y de empeño en la redención de los hombres. Nadie alcanza la fecundidad en semejante misión sin incorporarse en esta corriente de Amor y de Gracia que procede del mismo Espíritu de Dios y con Él se identifica.
jueves, 24 de noviembre de 2011
jueves, 10 de noviembre de 2011
Paz interior - 16 - ALBERTO E. JUSTO - http://flordelyermo.blogspot.com
jueves, 3 de noviembre de 2011
Presencia e Intimidad

Nuestra oración no debe consirtir en textos, ni aún en palabras de no sé qué corte, sonoridad y estilo. Me parece que la luz, se halla superando el límite angustiante de los hechos y de las cosas.
Es la hora de detenerse y percibir los latidos del Espíritu, luego de haber confiado y acertado en su Presencia e Intimidad
viernes, 28 de octubre de 2011
Paz interior - 15 - ALBERTO E. JUSTO - http://flordelyermo.blogspot.com
Pero es, también, ésta, la hora de la necedad. Son legión los que no alcanzan a ver, o no lo quieren, la realidad del camino y se sumergen en banalidades y en los vericuetos y laberintos de las instituciones muertas. Delante de nuestros ojos varones y mujeres abandonan los cuadros antes repletos de tantos lugares, para buscar en horizontes quizá lejanos lo que la estupidez circundante les niega. Pero los responsables siguen enfrascados y encerrados en apretadísimos e irrespirables ambientes, jugando a burócratas y haciéndose la trágica ilusión de gozar de un poder inexistente.
La Madre de Dios dijo a San Juan Diego palabras admirables que quisiera señalar aquí: Lo que te aflige es nada (...) ¿No estoy contigo Yo, que soy tu Madre? Véase bien: los poderes de este mundo (los que fueren) son nada.
sábado, 22 de octubre de 2011
Paz interior - 14 - ALBERTO E. JUSTO - http://flordelyermo.blogspot.com
¿Tiene el hombre valor para arriesgarse y escapar de las garras que lo sujetan a modas, estilos, prejuicios, consensos, presiones y tantas otras cosas del género? ¿Eres capaz de arrojar el televisor al canasto de la basura? Conozco a un padre de familia que lo hizo así, con gran escándalo de los presentes... Pero aunque no compartamos actitudes extremas reconozcamos que el gesto simbólico de una libertad real es importante. Que no nos interese el... decir de las gentes es un mérito cuando sabemos que, en plena conciencia, cumplimos con un deber. La misión no es, desde luego, quedar bien. Disolverse en esta suerte de asfixias es pésimo para la vida espiritual y para la salud.
domingo, 16 de octubre de 2011
Paz interior - 13 - ALBERTO E. JUSTO - http://flordelyermo.blogspot.com
sábado, 1 de octubre de 2011
Paz interior - 12 - ALBERTO E. JUSTO - http://flordelyermo.blogspot.com
Quizá el mejor remedio sea dormir, soñar... Siempre ir más allá de las menudencias que la tentación plantea. Más allá, más allá. ¿Somos débiles? Enhorabuena: el Señor ha tenido y tiene piedad y misericordia de nosotros. Y nos perdona y nos levanta donde no sabemos... Todo está en Él, todo viene de Él, en Él somos, nos movemos y existimos.
Ahora mismo tememos perderlo todo. Ahora mismo respondo: no sé qué hará el Señor para que yo lo gane todo.
¿Y si nos equivocamos? ¿Y si, movidos por la emoción, reaccionamos y damos pasos en falso? En el momento de recapacitar volvamos a la calma primera y convenzámonos, con la paz, de que Dios aprovechará ese acontecimiento para nuestro favor. Pero retornemos a la paz y callemos. El tiempo nos ayudará.
No temamos ser luego muy firmes, según nuestra conciencia. Lo que importa es no reaccionar mal. Con la calma todo se obtiene.
No existen los opresores si nos reímos de ellos, si no los tomamos en serio. Con una sonrisa es siempre posible decir que no. Firmes, pues, en abandono y en paz. Firmes y con claridad... Sin miedo, sin temores. Dios está aquí.
Ahora mismo tememos perderlo todo. Ahora mismo respondo: no sé qué hará el Señor para que yo lo gane todo.
¿Y si nos equivocamos? ¿Y si, movidos por la emoción, reaccionamos y damos pasos en falso? En el momento de recapacitar volvamos a la calma primera y convenzámonos, con la paz, de que Dios aprovechará ese acontecimiento para nuestro favor. Pero retornemos a la paz y callemos. El tiempo nos ayudará.
No temamos ser luego muy firmes, según nuestra conciencia. Lo que importa es no reaccionar mal. Con la calma todo se obtiene.
No existen los opresores si nos reímos de ellos, si no los tomamos en serio. Con una sonrisa es siempre posible decir que no. Firmes, pues, en abandono y en paz. Firmes y con claridad... Sin miedo, sin temores. Dios está aquí.
jueves, 22 de septiembre de 2011
Paz interior - 11 - ALBERTO E. JUSTO - http://flordelyermo.blogspot.com
El hallazgo permanente es el abandono fecundo. No sé, no quiero saber. Son dos pasos: primero No sé, segundo: No quiero saber. Es hora de evitar las conmociones que tienen por objeto “desviar”. El ataque del enemigo consiste en desviar. Esto es lo primero que ocurre. ¿Y cómo desvía el enemigo? Pues sembrando inicialmente la confusión y el desconcierto por el miedo, por la angustia, por el interrogante sin respuesta, por la situación sin salida. Entonces: nada, no quiero saber más. No sé más.
domingo, 14 de noviembre de 2010
SÍMBOLOS, los signos de la tierra transfigurada - Marie-Madeleine Davy (XXV)

Todo símbolo hierofánico es un símbolo iniciático cuya captación implica sus pruebas y su iluminación correspondiente. Si las corporaciones, la profesión religiosa, o las novelas del Grial poseen sus símbolos iniciáticos, parece evidente que la verdadera iniciación esté ligada a la experiencia espiritual. El reconocimiento de los símbolos provoca la experiencia espiritual. Así pues, dichos símbolos cumplen una función inicática, ya que la experiencia espiritual –como hemos dicho– coincide con una iniciación.
El hombre iniciado, en el sentido espiritual del término, está desprovisto de todo poder temporal. El homo carnalis puede usar sus poderes y entregarse a la magia, pero el homo spiritualis, se sitúa en un plano muy distinto: poseedor de un secreto –el secreto del rey– puede exclamar con Isaías (XXXIV, 16) secretum meum mihi. Pero este secreto pertenece al orden del conocimiento y su operación se extiende únicamente respecto a la transfiguración del cosmos, en cuanto tal.
El símbolo es un modo de lenguaje que suscita un estado de consciencia. El que lo capta alcanza otro escalón sobre la escala cósmica. Una iniciación se opera entonces, surge un modo de conocimiento desconocido, y el hombre penetra en otro ritmo: es decir, cambia de plano. Los recientes trabajos sobre simbolismo han mostrado cómo éste no puede unirse con una fase psiquica infantil. Lo que resultaría infantil sería detenerse en el símbolo en sí mismo sin rebasarlo, es decir, limitándose al objeto sin captar su proyección. Habría aquí una elección de la sombra por oposición a la luz; en este caso la negación del símbolo se equipara con la actitud infantil hacia él: creencia e incredulidad pueden presentarse en idéntico plano.
La experiencia del símbolo se convierte así en experiencia espiritual, es deleite, dilatación del corazón, estremecimiento interior, expansión del alma. La experiencia espiritual del símbolo se equipara a la experiencia mística, el alma se transforma, e iluminada, penetra en la vía del discernimiento y la sabiduría. Así se encamina de claridad en claridad (cf. II Cor., III, 18), es decir, de símbolo en símbolo, hacia la luz. Y guiada por su amor en tanto que sentido espiritual, descubre finalmente la gloria divina.
( Fragmentos extraídos de: «Iniciación a la Simbología Románica», Marie-Madeleine Davy, Ediciones AKAL, ISBN 84-460-0594-8 )
viernes, 5 de noviembre de 2010
SÍMBOLOS, los signos de la tierra transfigurada - Marie-Madeleine Davy (XXIV)

La experiencia espiritual se sitúa en el interior de la fe, y sin embargo, de algún modo, sobrepasa la fe, ya que se vuelve certeza. Esta certeza, según los místicos del siglo XII, no determina un estado duradero, sino que se presenta por relámpagos, comparables a hendiduras, a fisuras que quiebran la corteza y de algún modo la entreabren.
La experiencia espiritual iniciática se opera en el centro del alma, o mejor del espíritu teniendo en cuenta esta triple división: cuerpo-alma-espíritu; y dicho centro coincide con la cumbre del espíritu. Esta comparación quizás pueda parecer paradójica, el centro no es una cumbre. Mas se comprende el contenido de este símbolo recordando que el centro es un monte, lugar donde se unen lo celeste y lo terrestre, es decir, es un medio. Así, la Virgen, como criatura, es llamada tierra, mas como Madre de Cristo y como Esposa es nombrada por San Bernardo centro de la tierra.
viernes, 15 de octubre de 2010
SÍMBOLOS, los signos de la tierra transfigurada - Marie-Madeleine Davy (XXIII)

Ya hemos visto, a propósito del símbolo del amor conyugal, la necesidad de rebasar la humanidad de Cristo con el fin de llegar a su divinidad. La experiencia de Dios es una experiencia espiritual, y si no rebasara ciertos límites no sería una experiencia de lo divino. Retomando el texto de Gilberto de Holanda podemos decir que la gracia se ofrece justamente con la llamada: «Ábreme». Aceptarla es «abrir», es decir, reconocer el signo de la presencia y dejarse invadir por tal presencia. Ese «gota a gota de rocío» de que habla nuestro autor, más allá de aquel símbolo de lo que representa en tanto que rocío, significa que el ser, debido a su imperfección, no puede recibir la plenitud de la divinidad. Por ello el alma debe desplegarse, soltarse de algún modo y volverse más amplia, como un jarrón cuyas paredes pudieran dilatarse según su contenido. En experiencias como ésta, el alma no es pasiva en absoluto. Al «Ábreme» de Gilberto de Holanda corresponde el «tu rostro es lo que busco (faciem tuam requiro), muéstramelo (doce me), de Guillermo de San Thierry. Si la experiencia espiritual es primero un diálogo, se acaba en el silencio. En esta experiencia, no es el revestimiento del misterio lo que se presenta, y de alguna manera lo vela, como una corteza: la almendra se ofrece, el interior del fruto se revela. Así, San Bernardo en uno de sus sermones, De diversis (XVI, 7), hace alusión a Dios, que sacia a los santos con la flor del trigo y no con la envoltura de los misterios: ubi adipe frumenti, non cortice sacramenti satiabit nos Deus: luego vuelve varia veces sobre el tema de la envoltura del misterio y de la flor del trigo refiriéndose a la fe y a la visión cara a cara. Hay que pasar por la envoltura para alcanzar el grano de trigo y saciarse con él, la corteza hecha de paja no constituye alimento para el hombre espiritual. Sólo el hombre carnal, comparado por San Bernardo a una bestia de carga, puede contentarse con ello.
jueves, 7 de octubre de 2010
SÍMBOLOS, los signos de la tierra transfigurada - Marie-Madeleine Davy (XXII)

EXPERIENCIA ESPIRITUAL E INICIACIÓN A TRAVÉS DE LOS SÍMBOLOS
El término iniciático es de uso delicado cuando se trata de la simbólica cristiana, ya que evoca un sentido de segregación, de una minoría de elegidos, escogidos que se separan de la masa profana. Ya tuvimos ocasión para decirlo, y es además cosa bien sabida, que el cristianismo se dirige a la totalidad de los hombres; la iniciación cristiana es en sí accesible a cada uno. Mas si no existen las castas desde el punto de vista social, la selección se produce en el terreno de la calidad del alma o más exactamente consiste en la presencia o en la ausencia de la experiencia espiritual. Ésta resulta de un doble movimiento, pues es gracia y aceptación de esa gracia. La experiencia espiritual es comparable a una iniciación. Puramente interna, enteramente espiritual, puede ser suscitada por elementos externos; en este caso siempre hay un movimiento que va del exterior al interior, siendo el guru en este caso aquel «maestro interior» del que hablaba San Agustín.
Un texto de Gilberto de Holanda ilustra bien nuestra idea. En su comentario al XLIII Sermón sobre el Cantar de los Cantares, éste presta al Esposo (Cristo) dirigiéndole a la Esposa (el alma), una invitación apremiante: «Ábreme (aperi mihi), que yo estoy ya en ti mismo, pero ábreme aún así para que pueda estar en ti con plenitud mayor. Ábreme para que cumpla en ti una nueva entrada. He de darte el rocío de un nuevo impulso de amor... haré caer gota a gota sobre ti los secretos de mi divinidad».
lunes, 27 de septiembre de 2010
SÍMBOLOS, los signos de la tierra transfigurada - Marie-Madeleine Davy (XXI)

¿Cómo manifestar la naturaleza o la presencia de Dios, si no es por símbolos? En este aspecto, un texto de Máximo de Tiro evoca perfectamente lo que queremos expresar: «Dios padre de todas las cosas y su creador, es anterior al sol y más antiguo que el cielo; más fuerte que el tiempo y la eternidad, y más fuerte que la naturaleza entera que transcurre... Su nombre es indecible, y los ojos no podrían verlo. Entonces, al no poder captar su esencia, buscamos ayuda en las palabras, en los nombres, en las formas animales, en las figuras... en los árboles y en las flores, en las cimas y en las fuentes. Con el deseo de comprenderlo, en nuestra debilidad, prestamos a su naturaleza las bellezas que nos son accesibles... Es una pasión similar a la del amante, para el cual es tan dulce ver un retrato del ser amado, o incluso su lira, su jabalina... Cualquier objeto que despierte su recuerdo...» (Philosophumena, Oratio, II, 9-10)
Según Sugerio, abad de San Denis, «nuestro limitado espíritu no puede captar la verdad sino por medio de representaciones materiales». En la fachada de su iglesia abacial, una inscripción magnifica la belleza del arte:
«Lo que brilla aquí dentro, la puerta dorada os lo anuncia:
por la belleza sensible, el alma, aún grávida de peso, se eleva a la verdadera belleza,
y de la tierra donde yacía enterrada, resucita al cielo,
al ver la luz de estos esplendores»
sábado, 18 de septiembre de 2010
SÍMBOLOS, los signos de la tierra transfigurada - Marie-Madeleine Davy (XX )

LA FUNCION DEL SÍMBOLO
La función del símbolo consiste en religar lo alto con lo bajo, creando entre lo divino y lo humano una forma de comunicación que deje conjuntados uno a otro. No se trata de celebrar «el matrimonio del cielo y del infierno» según la expresión de William Blake, sino las nupcias de lo divino y de lo humano. Mircea Eliade ha mostrado que el símbolo no sólo «prolonga una hierofanía o actúa como sustituto», sino que su importancia proviene de «que pueda continuar el proceso de hierofanización, y sobre todo, porque, si llega el caso, él mismo es una hierofanía, es decir, que revela una realidad sagrada o cosmológica que ninguna otra "manifestación" está en condiciones de revelar». De esta manera el símbolo, en su realidad profunda, da testimonio de la presencia de lo divino, traza un círculo en torno a lo sagrado y por este hecho es comparable a una revelación. El hombre siente así una experiencia más o menos inefable de lo divino que adopta formas diversas, dependiendo del punto de la trayectoria sobre la que los símbolos se sitúan y del nivel espiritual del hombre que deviene sujeto de dicha experiencia. Ya sea telúrico, vegetal, animal, solar, etc., el símbolo contiene siempre un dinamismo proporcional a lo que expresa. Existe pues una escala de los símbolos que contiene toda una gama hierofánica concerniente a lo sagrado, pero abordándolo en su umbral o ya en su centro.
(...)
martes, 31 de agosto de 2010
SÍMBOLOS, los signos de la tierra transfigurada - Marie-Madeleine Davy (XIX )

En ese tiempo sagrado se sitúa también el tiempo del símbolo. Concierne al tiempo del hombre interno, del hombre espiritual, del hombre orientado, es decir, ordenado, salido de su caos. El símbolo –como Josué– detiene al sol, ya que el tiempo sacralizado está más allá del tiempo creado en el mundo, del que pudo decir San Agustín: «El mundo no fue creado en el tiempo, sino con el tiempo». Pero este tiempo que acompaña la aparición del mundo, el símbolo no lo reconoce, o al menos lo rebasa. «Desde el punto de vista de la historia de las religiones –precisa Mircea Éliade– el judeo-cristianismo nos presenta la hierofanía suprema, a saber: la transformación del acontecimiento histórico en hierofanía. Se trata de algo más que la hierofanización del Tiempo, ya que el Tiempo sagrado es familiar a todas las religiones. Esta vez, es el acontecimiento histórico como tal el que revela el máximo de transhistoricidad: Dios no interviene solamente en la historia, como era el caso del judaísmo; sino que se encarna en un ser histórico... la existencia de Jesús es una total teofanía; se trata de un audaz esfuerzo por salvar en sí mismo el acontecimiento histórico, concediéndole el máximo de ser».
Hablando de arquitectura, Alain emplea la expresión de «arte en reposo». Este término significa un más allá de la duración, del movimiento, y se emparenta con la contemplación. San Bernardo hace mención del eterno solsticio, una visión del reposo, de lo inmutable, donde no existe pasado ni futuro; el eterno solsticio es abolición del tiempo, y su único movimiento –además incesante– se produce en un sentido vertical y no horizontal: es ahondamiento.
El Símbolo se inscribe en este estado de reposo, no se sitúa en absoluto en lo efímero. El cielo y la tierra pasarán (Mat., XXIV, 35; Marc, XII, 31; Luc, XXI, 33). Pero el símbolo no surge en absoluto de este cielo y de esta tierra condenados a desaparecer; hijo de la eternidad pertenece al solsticio eterno.
lunes, 23 de agosto de 2010
SÍMBOLOS, los signos de la tierra transfigurada - Marie-Madeleine Davy (XVIII)

La expresión "in illo tempore" que leemos en la Biblia y que se encuentra al principio de las leyendas bajo la forma de «érase una vez», indica un tiempo en el que el pasado y el futuro no podrían intervenir. "In illo tempore" significa a la vez una salida del tiempo y una entrada en la eternidad, un tiempo accesible desde ahora. «Se le pide al cristiano –dirá Mircea Éliade– convertirse en cuanto tal en contemporáneo de Cristo: lo que también implica una existencia concreta en la historia, así como la contemporaneidad de la predicación, de la agonía y de la resurrección de Cristo.
Este presente escapa del desgaste del tiempo, y quiebra en cierta forma el continuum histórico en el mismo sentido en que San Pablo hace alusión al hombre externo que se debilita y al hombre interno que se renueva día a día (cf. II Cor., IV, 16). Cristo encarnado experimenta en su infancia las leyes del crecimiento: como hombre, muere; como Verbo, trasciende al tiempo histórico. Se sitúa en el tiempo y fuera de él.
martes, 17 de agosto de 2010
SÍMBOLOS, los signos de la tierra transfigurada - Marie-Madeleine Davy (XVII)
EL TIEMPO DEL SÍMBOLO
El tiempo se presenta como un absoluto, y para captarlo conviene experimentar por uno mismo una nostalgia del conocimiento, una constante apertura, un apetito. En la medida de este deseo de conocimiento, de esta apertura, y apetito, el símbolo entrega su contenido, o mejor se revela, pues el conocimiento simbólico es comparable a una revelación.
Esta revelación posee a la vez un carácter personal e impersonal. Personal, ya que la revelación unida al símbolo depende del nivel de aquel que la recibe. Impersonal, ya que siempre es semejante y no varía en el tiempo. Si el conocimiento simbólico se presenta como una comunión, no consiste sólo en la unión del que aprende con el contenido aprehendido; sobrepasa estos límites. Como toda revelación, exige la transmisión aun siendo incomunicable. Esta paradoja, la volveremos a encontrar en el tiempo, en la misma medida de su sacralización.
Por ello el símbolo se presenta como un soporte a través del cual lo absoluto penetra en lo relativo, lo infinito en lo finito, la eternidad en el tiempo. Gracias a él se establece un diálogo y se opera una transfiguración: lo trascendente se impone. Dios quiere revelarse al hombre, el símbolo permite oír su voz. No se trata de contactos fugitivos y efímeros, o al menos dichos contactos sólo son fugitivos y efímeros en la medida en que aquel al que conciernen es incapaz de retener lo conocido, de traspasarlo a su existencia y vivirlo como tal.
El tiempo se presenta como un absoluto, y para captarlo conviene experimentar por uno mismo una nostalgia del conocimiento, una constante apertura, un apetito. En la medida de este deseo de conocimiento, de esta apertura, y apetito, el símbolo entrega su contenido, o mejor se revela, pues el conocimiento simbólico es comparable a una revelación.
Esta revelación posee a la vez un carácter personal e impersonal. Personal, ya que la revelación unida al símbolo depende del nivel de aquel que la recibe. Impersonal, ya que siempre es semejante y no varía en el tiempo. Si el conocimiento simbólico se presenta como una comunión, no consiste sólo en la unión del que aprende con el contenido aprehendido; sobrepasa estos límites. Como toda revelación, exige la transmisión aun siendo incomunicable. Esta paradoja, la volveremos a encontrar en el tiempo, en la misma medida de su sacralización.
Por ello el símbolo se presenta como un soporte a través del cual lo absoluto penetra en lo relativo, lo infinito en lo finito, la eternidad en el tiempo. Gracias a él se establece un diálogo y se opera una transfiguración: lo trascendente se impone. Dios quiere revelarse al hombre, el símbolo permite oír su voz. No se trata de contactos fugitivos y efímeros, o al menos dichos contactos sólo son fugitivos y efímeros en la medida en que aquel al que conciernen es incapaz de retener lo conocido, de traspasarlo a su existencia y vivirlo como tal.
sábado, 7 de agosto de 2010
SÍMBOLOS, los signos de la tierra transfigurada - Marie-Madeleine Davy (XVI)

El símbolo crea una especie de transparencia, por él se opera una presencia de sí consigo mismo. El hombre está orientado, halla su yo verdadero y se encamina en una vía de liberación. El símbolo hace surgir el cuerpo espiritual o cuerpo de resurrección. Del mismo modo que existe una «capacidad de Dios» (capax Dei), podemos hablar justamente de una capacidad de los símbolos (capax symbolorum). El símbolo está lleno de vida, en la medida en que se percibe por un movimiento del alma que se dirige de la periferia hasta el centro. En nuestra existencia cotidiana, miramos y juzgamos según nuestro estado y nuestro punto de vista, y uno y otro se modifican constantemente. Las cosas son para una conciencia media exactamente lo que representan para ella. Lo mismo ocurre con el símbolo. Puede no ser captado por falta de visión.
Si lo ligamos al tiempo, su caducidad aparece de inmediato. En la medida en que se presenta como un modo de lenguaje, revelándonos un conocimiento, es el desvelamiento de una marcha ascendente que rompe con lo provisional, y por ello pertenece a una tierra transfigurada.
viernes, 30 de julio de 2010
SÍMBOLOS, los signos de la tierra transfigurada - Marie-Madeleine Davy (XIII)

Este origen y finalidad del universo románico, es importante que se expresen. El hombre percibe oscuramente la comunidad de suerte y destino que le une al universo, tanto más cuanto en él descubre una sacramentalidad constitutiva de su verdadero alimento espiritual. Este mundo, suspendido como está de Dios, se le aparece lleno de misterios que el conocimiento físico y cósmico no agota. Quiere describirlo, conocerlo y experimentarlo. Pero cuanto más misteriosa es una cosa, más inasible resulta en el lenguaje común. Lo sagrado es por excelencia lo que no puede circunscribirse con palabras. De ahí la relación frecuentemente evocada entre lo sagrado y lo secreto. Lo sagrado no pertenece al campo de lo profano; la realidad sugerida por el símbolo no es jamás ilusoria. Por ello es conveniente encontrar una especie de intermediario para traducir lo inexpresable. Así, en el diálogo del Cantar de los Cantares, el Esposo y la Esposa –lo hemos visto– deben recurrir para representar su amor a expresiones secretas para el no-iniciado, mientras en el lenguaje entre el servidor y su amo, los términos usuales son suficientes. ¿Cómo determinar la belleza del sol y su papel, el agua purificadora, el Paraíso con sus puertas y su árbol?, ¿cómo comunicar a los demás el poder de Dios y la extensión de su reino?; para que el Logos se revele, es preciso moldear la materia. Sea palabra o piedra, hay que darle una forma que desvele lo intraducible y tienda un puente entre dos dimensiones. De ahí la necesidad de recurrir al símbolo y a la imagen que los teólogos, los místicos y los artistas usan ampliamente en el siglo XII.
martes, 27 de julio de 2010
SÍMBOLOS, los signos de la tierra transfigurada - Marie-Madeleine Davy ( XII )

De la atención puesta en la búsqueda de la presencia divina nace la vigilancia ejercida respecto a los signos que la manifiestan. En su viaje terrestre el símbolo será el maná que alimenta al peregrino en su caminar por el desierto, y no sólo lo reconforta, sino que se convierte en una prueba de la acertada dirección de su orientación. Cuando la experiencia de Dios está viva en él, el hombre saborea este encuentro; si Dios parece ausente, el hombre busca signos, busca huellas, con el fin de encontrarlo.
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