lunes, 10 de abril de 2017

martes, 20 de diciembre de 2016

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lunes, 19 de diciembre de 2016

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jueves, 15 de diciembre de 2016

(410) La Amoris lætitia y el martirio


Maderno - Sta. Cecilia, mártir
–Ahora va a resultar que…
–Lea y no rezongue.
Este artículo lo escribí el pasado sábado 10, memoria de la mártir Santa Eulalia, pero me pareció conveniente demorar su publicación porque han seguido entrando muchos lectores en mi artículo anterior, el (409) sobre El elogiado P. Häring.
* * *
En el año 304, pocos años antes de cesar las persecuciones del Imperio romano contra los cristianos (313), un 10 de diciembre, la niña de 12 años, Eulalia, murió en Mérida mártir de Cristo. Desde entonces, sin cansarse, la Iglesia sigue venerando y celebrando su memoria en la liturgia, para la gloria de Dios, de Eulalia y de la Santa Iglesia.
«La sangre de la gloriosa mártir San Eulalia, derramada, como la de Cristo, para confesar tu Nombre, manifiesta las maravillas de tu poder. Pues en su martirio, Señor, has sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad tu propio testimonio, por Cristo nuestro Señor» (pref. mártires).
* * *
Santa Eulalia de Mérida (292-304)
MéridaAugusta Emérita, fundada el año 25 antes de Cristo por Augusto para los soldados eméritos de la guerra de Roma contra los cántabros rebeldes, era a finales del siglo III capital de Lusitania y una de las más importantes ciudades hispano-romanas de la península ibérica.
Allí vivía la cristiana y aristocrática familia de Eulalia, que conociendo el ímpetu martirial de la niña, se trasladó a vivir a una finca de campo. Una noche, conmovida la niña por el ejemplo de tantos mártires cristianos que, negándose a ofrecer incienso a los dioses romanos, preferían la muerte antes que separarse de Cristo, se escapó de su casa, y caminando sola y en la oscuridad, llegó a Mérida y se presentó ante los magistrados romanos confesándose cristiana.
Prudencio (Aurelius Prudentius Clemens, Calahorra 348-410), el mayor poeta cristiano de la época, que escribió con frecuencia himnos y poemas en honor de los mártires, narra el martirio de la niña Eulalia, fundamentado en las actas escritas por un testigo ocular del juicio y del martirio.
De madrugada, antes de la salida del sol, llegó Eulalia a la ciudad y se presentó ante el tribunal, confesando su fe en Cristo.
–«Si buscáis cristianos, aquí me tenéis a mí. Soy enemiga de vuestros dioses. Con la boca y el corazón confieso al Dios verdadero. Isis, Apolo, Venus y aun el mismo Maximiliano son nada»…
–«Antes de que mueras –le dijo el pretor–, atrevida rapazuela, quiero convencerte de tu locura… Tu casa, deshecha en lágrimas, te reclama. Gimiendo está la angustiada nobleza de tus padres… Mira, ahí están preparados los instrumentos del suplicio: o te cortarán la cabeza, o te despedazarán las fieras, o serás echada al fuego, y los tuyos te llorarán con grandes lamentos, mientras tú te revolverás en tus propias cenizas. ¿Qué te cuesta, di, evitar todo eso? Con que toques con la punta de tus dedos un poco de sal y un poquito de incienso, quedarás perdonada».
Eulalia no le respondió, sino que arrojó al suelo los ídolos, y de un puntapié echó a rodar la torta sacrificial puesta sobre los incensarios. Dos verdugos entonces se apresuraron a desgarrar su cuerpo con garfios, a azotarla hasta vestirla con su propia sangre, aplicándole luego llamas de fuego por todo su cuerpo. Pero la niña soportaba todos esos espantosos sufrimientos con serenidad sobrehumana. Era un 10 de diciembre. Una nevada cayó sobre el foro, y el cuerpecito destrozado de Eulalia, abandonado en la helada intemperie, fue cubierto por Dios, guardándolo bajo una blanca mantilla de nieve… Los cristianos recogieron sus restos, dándoles sepultura, sobre la cual, pocos años después –según testimonio ocular de Prudencio– se edificó una grandiosa basílica de mármol bruñido.
* * *
–Cristo enseña con su palabra y su ejemplo la necesidad del martirio
Poco antes de su Pasión, en la última Cena, dice a los apóstoles: «Conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre, y que, según el mandato que me ha dado el Padre, así hago. Levantaos, vámonos de aquí» (Jn 14,31). Y se fueron a Getsemaní. Él sabe bien que (343) Los que aman a Dios son los que guardan sus mandamientos, y quiere que su obediencia al mandamiento divino sea entendida como la manifestación suprema de su amor al Padre. Obedece al Padre totalmente porque le ama totalmente. Por eso es «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8). Esa obediencia que el nuevo Adán ofrece al Padre, muriendo en sacrificio de expiación, trae al mundo entero la salvación. Y es la que todos los cristianos estamos siempre llamados a vivir.
La evangelización del mundo es realizada principalmente por los mártires
Esa verdad se comprueba en toda la historia de la Iglesia. No hay evangelización sino en la medida en que hay mártires. En los primeros siglos de la Iglesia, muchos paganos espectadores del martirio sufrido por los cristianos reaccionan como el centurión ante la Cruz o como aquellos testigos de la muerte de Cristo en el Calvario, que volvieron a Jerusalén golpeándose el pecho y confesando la fe en Jesús (Lc 23,47-48).
San Justino (+163) argumenta a los paganos: «¿Que hombre impuro y pervertido puede recibir con alegría la muerte que le priva de todos los bienes? ¿No preferirá más bien gozar de la vida presente? ¿No se ocultará de los magistrados antes que exponerse a la muerte voluntariamente?» (II Apología 12).
De laude martyrum, obra anónima del tiempo del emperador Decio (249-251). «Mientras manos crueles desgarraban  el cuerpo del cristiano, yo oía las conversaciones de los asistentes… “Hay algo, no sé qué, de grande en esa resistencia al dolor” [que podrían evitar]. “Estoy pensando en que tiene hijos y una esposa… Pero ni el amor paterno ni el amor conyugal pueden quebrantar su voluntad”… “Es para meditar en aquella creencia que permite a un hombre padecer tanto y consentir en morir”» antes que renegar de ella (n.5).
Arnobio, convertido al cristianismo, como Justino, por el testimonio de los mártires, escribe en el siglo IV: «¿Que es la enfermedad comparada con las llamas, el caballete, las chapas ardientes…? En medio de estos dolores ha habido quien ni siquiera ha gemido; menos aún, ni siquiera ha suplicado; menos, no ha respondido; menos todavía, ha sonreído, ha sonreído de buen grado» (Epistola 78).
Casi todos los paganos convertidos al cristianismo –también no pocos magistrados, verdugos, soldados, carceleros– lo hicieron, por la gracia de Dios, conmovidos por el modo de sufrir y de morir de los mártires. Y así ha sido siempre. En 1888, pasada la terrible persecución anticristiana de Conchinchina, un misionero narra que en lo más duro de la persecución un pagano le pidió el bautismo.
–«¿Y cómo ha sido tu conversión?
–«Porque he visto morir a cristianos, y quiero morir como ellos mueren. He visto echarlos a los ríos y pozos, quemarlos vivos y atravesarlo con lanzas. Y todos morían con una alegría que me dejaba asombrado, rezando y animándose unos a otros. Solamente los cristianos mueren así, y por eso me he convertido» (Anales de la propagación de la fe, enero 1889, pg. 33).
Y la misma eficacia evangelizadora se ha producido siempre en otros martirios no sangrientos, pero equivalentes, y mucho más frecuentes y numerosos. Éstos siempre están presentes, para edificación de los fieles y la conversión de los paganos.Son testimonios (martirios) continuos en la vida de la Iglesia. Por ejemplo, una esposa y madre de familia que, todavía joven, es abandonada por su marido, que le impone el divorcio. Y permanece sola, sacando adelante a sus hijos y rechazando en absoluto a quienes la pretenden y le ofrecen su ayuda. Resistiendo también, quizá, el consejo de sus familiares y de su párroco: «Dios nos ama y es misericordioso, y quiere que sus hijos vivan felices»… Pero ella, antes que cometer adulterio, prefiere sufrir los mayores trabajos y soledades. El camino cristiano está perfectamente señalado, y sólo se pierde el que voluntariamente se sale de él:
El Maestro «decía a todos [no a un grupo especial de ascetas]: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará”» (Lc 9,23-24; cf. Mt 16,24-25; Mc 8,34-35).

La permisividad de la Iglesia con los pecadores impenitentes –por ejemplo, con los divorciados adúlteros– no es un acto maternal de misericordia, sino que facilita su permanencia en el pecado y frena notablemente la evangelización del mundo. Sin testimonios fuertes (martirios), como el que da, por ejemplo, la mencionada esposa abandonada, que permaneciendo fiel a su matrimonio indisoluble, se guarda fiel al amor de Cristo esposo, no hay evangelización. Y sin esa firmeza martirial una Iglesia local se pierde, contribuye a la perdición de sus hijos y se va arruinando.
* * *
La Amoris lætitia
El amor a Dios y la obediencia a sus mandatos van inseparablemente unidos. En cuanto al matrimonio y el adulterio, concretamente, el hombre recibe de Dios unmandamiento, que no solamente queda escrito en las tablas del Decálogo, sino que ya desde el principio está inscrito en la propia naturaleza humana, en la ley natural, pues Dios «los creó varón y mujer», el uno para el otro. Ese mandamiento, relajado lamentablemente en la historia de Israel, es reiterado por Cristo, el Salvador del mundo, el que salva el matrimonio: «lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (mandato que prohíbe el divorcio); y «no cometerás adulterio» (mandato que prohíbe el adulterio).
¿Podrá estar en gracia –en amor de amistad con Dios– aquel que consciente y libremente desobedece estos mandatos divinos, y persiste en vivir en un modo que Dios prohíbe?

Cuatro Cardenales han hecho a la Iglesia cinco preguntas. La primera dice así:
«1. Se pregunta si, según lo afirmado en la “Amoris lætitia” nn. 300-305, es posible ahora conceder la absolución en el sacramento de la Penitencia y, en consecuencia, admitir a la Santa Eucaristía a una persona que, estando unida por un vínculo matrimonial válido, convive “more uxorio” con otra, sin que se hayan cumplido las condiciones previstas por “Familiaris consortio” n. 84 y luego confirmadas por “Reconciliatio et poenitentia” n. 34 y por “Sacramentum caritatis» n. 29. La expresión “en ciertos casos” de la nota 351 (n. 305) de la exhortación “Amoris lætitia» ¿puede aplicarse a divorciados que están en una nueva unión y siguen viviendo “modo uxorio”?».
Si la respuesta fuera Affirmative, con ella 1) se negaría la indisolubilidad del matrimonio, 2) se admitiría la bigamia y la poligamia, 3) se reconocería a los cristianos el derecho a rechazar el martirio, cuando «en ciertos casos» la obediencia al mandamiento de Dios les resultara extremadamente penoso y 4) se multiplicarían los abusos sacrílegos contra la Eucaristía. «El sacrilegio es un pecado grave sobre todo cuando es cometido contra la Eucaristía» (Catecismo 2120). 
Lamentablemente, ya de hecho los Obispos de no pocas Iglesias locales han dado por su cuenta respuesta afirmativa a esa 1ª pregunta –no respondida oficialmente–, y autorizan a dar la comunión «en ciertos casos» a quienes viven y piensan seguir viviendo en adulterio, es decir, en un modo ciertamente contrario a la voluntad expresa del Señor. Puede comprobarse, por ejemplo, en las directivas dadas por el presidente de la Conferencia Episcopal de Filipinas o en la diócesis de San Diego (California, EE.UU.) y en tantas otras regiones de la Iglesia actual. Concretamente, el acceso incondicionado a la Eucaristía –no solamente «en ciertos casos» y con un discernimiento pastoral previo–, está «normalizado» hace bastantes años en ciertas diócesis de Alemania, Austria, Bélgica, etc., a pesar de que la Iglesia ha condenado repetidas veces esa forma de actuar.
Por el contrario, la Iglesia ha enseñado siempre que «a nadie es lícito participar de la eucaristía si no cree que son verdad las cosas que enseñamos [fe] y no se ha purificado en aquel baño que da la remisión de los pecados y la regeneración [bautismo], y no vive como Cristo nos enseñó [cumpliendo sus mandamientos, estando en gracia]» (San Justino, hacia el 150, I Apología 66. Cf. Trento 1555, Dz1661).
* * *
«En ciertos casos», se nos está diciendo, puede comunicarse la Eucaristía a adúlteros crónicos, impenitentes e incontinentes. En ciertos casos… Eldiscernimiento pastoral, acompañando a los adúlteros, debe examinar la cuestión «caso por caso»…
Amoris laetitia (298). «Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones[normas] demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probadafidelidad, entrega generosacompromiso cristianoconocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas».
(301) «Un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender “los valores inherentes a la norma” [Familiaris consortio 33] o puede estar encondiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa». La Iglesia madre debe ayudar a quienes se ven en estas situaciones. y «en ciertos casos, podría ser también [con] la ayuda de los sacramentos» de la Penitencia y de la Eucaristía (Cf. 305, nota 351).
No vemos modo de conciliar esa doctrina y disciplina con los mandatos de Cristo, tal como han sido y son  enseñados y mandados en la Iglesia católica durante veinte siglos de modo universal y continuo.

–«El bien de los hijos» suele invocarse 
1º.–como causa justificante de la no-separación de la pareja, si convive en continencia. Se dan casos en que es lícito que continúe la convivencia «por motivos serios –como, por ejemplo, la educación de los hijos–»; pero entonces han de vivir «en plena continencia, es decir absteniéndose de los actos propios de los esposos» (Familiaris consortio 84). Se dan casos. Ahora bien, pensemos que en miles y miles de divorcios la pareja rompe voluntariamente la convivencia, y ya la sociedad tiene prevista la protección de los hijos –juez de familia, tutelas compartidas, visitas, ayudas económicas, etc.–, de tal modo que aunque estos remedios sean siempre precarios,los que quieren separarse se separan. Pues bien, en principio los cristianos adúlterosdeben querer separarse, para salir de una situación prohibida por Cristo y de una ocasión próxima de tentación y pecado. Y fuera de algunos casos especiales, esa separación será conveniente y viable.
2º.–como causa justificante de la continuidad de la convivencia «more uxorio», de tal modo que, en ciertos casos, según se nos dice, conviene que los padres adúlteros, por el bien de los hijos, continúen sus relaciones sexuales. Así lo afirma, por ejemplo, el numeroso grupo de obispos de la región eclesiástica de Buenos Aires, presididos por el cardenal Poli, en el documento Criterios básicos para la aplicación del capítulo VIII de Amoris lætitia.
(n. 5) «Cuando las circunstancias concretas de una pareja lo hagan factible, especialmente cuando ambos sean cristianos con un camino de fe, se puede [no dicen se debe] proponer el empeño de vivir en continencia. Amoris lætitia no ignora las dificultades de esta opción» (…) Aducen aquí lo que en Gaudium et spes 51 dice el concilio Vaticano II  hablando del matrimonio, no del adulterio: «cuando la intimidad conyugal se interrumpe», etc. Es una cita falsamente aducida.
(n. 6) «En otras circunstancias más complejas, y cuando no se pudo obtener una declaración de nulidad, la opción mencionada [convivir como hermanos] puede no ser de hecho factible [sic]. No obstante, igualmente es posible un camino de discernimiento. Si se llega a reconocer que, en un caso concreto, hay limitaciones que atenúan la responsabilidad y la culpabilidad (cf. AL 303-302), particularmente cuando una persona considere que caería en una ulterior falta dañando a los hijos de la nueva unión, Amoris laetitia abre la posibilidad del acceso al sacramento de la Reconciliación y de la Eucaristía (cf. notas 336 y 351)».
Ahora bien, enseña el Catecismo que «la fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio» (2353). Por el contrario, afirman los Obispos bonaerenses –si no les hemos entendido mal– que puede ser conveniente que los padres adúlteros persistan en su crónica fornicación para «no dañar a sus hijos»… Sugieren así que el fin a veces justifica los medios, contra un principio fundamental de la moral cristiana: nunca ha de hacerse un mal para conseguir un bien (Rm 3,8).

El cristiano debe aceptar el martirio si para evitarlo ha de pecar mortalmente
Muchos de los cristianos exiliados hoy de Siria y de tantos otros lugares, con sólo hacer ­–aunque sea en forma simulada– un gesto de renuncia a Cristo y de aceptación del Islam, podrían permanecer en sus casas y sus trabajos. Pero prefieren el martirio del exilio, con los inmensos sufrimientos que implica, antes que separarse de Cristo pecando mortalmente… Tienen fe, y la viven fielmente: «cualquiera de vosotros que norenuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo» (Lc 14,33).
Somos discípulos del Crucificado, que nos dijo: «el que no toma su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo» (Lc 14,27; cf. 14,26.33). En mi artículo (376) Amoris lætitia-4. ¿Atenuantes o eximentes?,.. El martirio traté más ampliamente  del martirio como realidad vital inherente a la vida cristiana. Resultan, pues, inaceptables ciertas expresiones de la Amoris lætitia que parecen eximir de grave culpa la desobediencia de la ley de Dios cuando ella exija del cristiano un martirio, es decir, muy grandes sacrificios.
«En determinadas circunstancias, las personas encuentran grandes dificultades para actuar en modo diverso [diverso a la vida que llevan, contraria a la ley de Dios]. El discernimiento pastoral, aun teniendo en cuenta la conciencia rectamente formada de las personas, debe hacerse cargo de estas situaciones» (AL 302)… «Por ahora, ésa es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios (…), es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo» (303). Por tanto, «es posible que en medio de una situación objetiva de pecado –que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno– se pueda vivir en gracia de Dios» (305), y tras un discernimiento pastoral «caso por caso», tenga la persona acceso lícito a la comunión eucarística. Después de todo, la Eucaristía «no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles» (nota 351). Quod erat demonstrandum. Kasper, ya por los años 70 del siglo pasado, y desde el comienzo de los Sínodos 2014-2015, venía reclamando la comunión eucarística para los adúlteros, «en ciertos casos», por supuesto.

–La tesis subyacente es siempre la misma: que a la generalidad de los cristianos no se les puede exigir el martirio, aun cuando para evitarlo hayan de pecar mortalmente. En un artículo mío anterior (377) cité dos ejemplos episcopales:
El cardenal Kasper, en una entrevista, tratando de los divorciados vueltos a casar, afirmó de modo condescendiente: «¿Vivir como hermano y hermana?… Por supuesto, tengo un gran respeto por los que hacen eso, pero es una heroicidad y el heroísmo no es para el cristiano común» (sic). El cardenal Marx, en la misma línea, también anticipó en unas declaraciones lo que insinúa la AL en la Nota (329), que «el consejo de abstenerse de las relaciones sexuales en la nueva relación aparece como irreal para muchos» (17-X-2015) (sic). Irreal, es decir, imposible. A lo que el cardenal Müller, alemán como ellos,replicó (1-III-2016): «También pensaron eso los apóstoles cuando Jesús les explicó la indisolubilidad del matrimonio (Mt 19,10). Pero lo que parece imposible para nosotros los seres humanos es posible por la gracia de Dios».
Los «enemigos de la cruz de Cristo» (Flp 3,18) procuran sacarla de la vida cristiana, y sólo consiguen un cristianismo débil y falso, triste y estéril. Solamente el cristianismo que ama la cruz de Cristo es fuerte y verdadero, alegre y fecundo. En las Actas de los mártires hallamos las páginas más alegres de entre los textos cristianos. El árbol de la Cruz es el único que da siempre en abundancia flores y frutos.
* * *
El martirio en la Veritatis splendor
Juan Pablo II enseña en esa encíclica (6-VIII-1993) las verdades fundamentales de la moral católica, al mismo tiempo que denuncia los errores principales que la falsifican en nuestro tiempo: moral de situación, consecuencialismo, relativismo, proporcionalismo, teleologismo, y concretamente aquella moral anómica que niega «el mal intrínseco», esto es, el pecado que es mortal sea cual fuera la intención, situación o circunstancia de quien lo comete [76-78]. Y termina la encíclica con un largo capítulo III titulado «Para no desvirtuar la cruz de Cristo» (1Cor 1,17) [84-117], en el que se muestra que no hay vida cristiana donde se autoriza a pecar mortalmente para poder evitar el martirio.
Destaco algunos subtítulos: –El martirio, exaltación de la santidad inviolable de la ley de Dios[90-94]. –Las normas morales universales e inmutables al servicio de la persona y de la sociedad [95-97].  –Gracia y obediencia a la ley de Dios  [102-105]. –Moral y nueva evangelización [106-108]. Y transcribo algunos fragmentos del subtítulo

«El martirio, exaltación de la santidad inviolable de la ley de Dios»
90. …El no poder aceptar las teorías éticas «teleológicas», «consecuencialistas» y «proporcionalistas» que niegan la existencia de normas morales negativas relativas a comportamientos determinados y que son válidas sin excepción, halla una confirmación particularmente elocuente en el hecho del martirio cristiano, que siempre ha acompañado y acompaña la vida de la Iglesia.
91. Ya en la antigua alianza encontramos admirables testimonios de fidelidad a la ley santa de Dios llevada hasta la aceptación voluntaria de la muerte […]  En los umbrales del Nuevo Testamento, Juan el Bautista, rehusando callar la ley del Señor y aliarse con el mal, murió mártir de la verdad y la justicia y así fue precursor del Mesías incluso en el martirio (cf. Mc 6,17-29) […]
En la nueva alianza se encuentran numerosos testimonios de seguidores de Cristo –comenzando por el diácono Esteban (Hch 6,8 - 7,60) y el apóstol Santiago(Hch 12, 1-2)– que murieron mártires por confesar su fe y su amor al Maestro y por no renegar de él. En esto han seguido al Señor Jesús, que ante Caifás y Pilato, «rindió tan solemne testimonio» (1Tm 6,13), confirmando la verdad de su mensaje con el don de la vida. Otros innumerables mártires aceptaron las persecuciones y la muerte antes que hacer el gesto idolátrico de quemar incienso ante la estatua del emperador (cf. Ap 13,7-10). Incluso rechazaron el simular semejante culto, dando así ejemplo del rechazo también de un comportamiento concreto contrario al amor de Dios y al testimonio de la fe. Con la obediencia, ellos confían y entregan, igual que Cristo, su vida al Padre, que podía liberarlos de la muerte (Hb 5,7).
La Iglesia propone el ejemplo de numerosos santos y santas, que han testimoniado y defendido la verdad moral hasta el martirio o han preferido la muerte antes que cometer un solo pecado mortal. Elevándolos al honor de los altares, la Iglesia ha canonizado su testimonio y ha declarado verdadero su juicio [su discernimiento], según el cual el amor  [a Dios] implica obligatoriamente el respeto de sus mandamientos, incluso en las circunstancias más graves, y el rechazo de traicionarlos, aunque fuera con la intención de salvar la propia vida.

92. En el martirio, como confirmación de la inviolabilidad del orden moral, resplandecen la santidad de la ley de Dios y a la vez la intangibilidad de la dignidad personal del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Es una dignidad que nunca se puede envilecer o contrastar, aunque sea con buenas intenciones, cualesquiera que sean las dificultades. Jesús nos exhorta con la máxima severidad: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mc 8,36). […]
93. Finalmente, el martirio es un signo preclaro de la santidad de la Iglesia: la fidelidad a la ley santa de Dios, atestiguada con la muerte, es anuncio solemne y compromiso misionero «usque ad sanguinem» para que el esplendor de la verdad moral no sea ofuscado por las costumbres y por la mentalidad de las personas y de la sociedad. Semejante testimonio tiene un valor extraordinario a fin de que no sólo en la sociedad civil, sino incluso dentro de las mismas comunidades eclesiales, no se caiga en la crisis más peligrosa que puede afectar al hombre: la confusión del bien y del malque hace imposible construir y conservar el orden moral de los individuos y de las comunidades. Los mártires, y de manera más amplia todos los santos en la Iglesia, con el ejemplo elocuente y fascinador de una vida transfigurada totalmente por el esplendor de la verdad moral, iluminan cada época de la historia despertando el sentido moral. Dando testimonio del bien, ellos representan un reproche viviente para cuantos transgreden la ley (cf. Sb 2,2) y hacen resonar con permanente actualidad las palabras del profeta: «¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce por amargo!» (Is 5,20).

Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que –como enseña san Gregorio Magno– le capacita para «amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno».
94. En el dar testimonio del bien moral absoluto los cristianos no están solosEncuentran una confirmación en el sentido moral de los pueblos y en las grandes tradiciones religiosas y sapienciales del Occidente y del Oriente […]. La voz de la conciencia ha recordado siempre sin ambigüedad que hay verdades y valores morales por los cuales se debe estar dispuestos a dar incluso la vida […].

95. La doctrina de la Iglesia, y en particular su firmeza en defender la validez universal y permanente de los preceptos que prohíben los actos intrínsecamente malos, es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable, sobre todo en las situaciones enormemente complejas y conflictivas de la vida moral del hombre y de la sociedad actual. Dicha intransigencia estaría en contraste con la condición maternal de la Iglesia. Ésta, se dice, no muestra comprensión y compasión. Pero, en realidad, la maternidad de la Iglesia no puede separarse jamás de su misión docente, que ella debe realizar siempre como esposa fiel de Cristo, que es la verdad en persona: «Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral… […] sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección» (Familiaris consortio 33».

En realidad, la verdadera comprensión y la genuina compasión deben significar amor a la persona, a su verdadero bien, a su libertad auténtica. Y esto no se da, ciertamente, escondiendo o debilitando la verdad moral, sino proponiéndola con su profundo significado de irradiación de la sabiduría eterna de Dios, recibida por medio de Cristo, y de servicio al hombre, al crecimiento de su libertad y a la búsqueda de su felicidad.
[…] El Papa Pablo VI ha escrito: «No disminuir en nada la doctrina salvadora de Cristo es una forma eminente de caridad hacia las almas. Pero ello ha de ir acompañado siempre con la paciencia y la bondad de la que el Señor mismo ha dado ejemplo en su trato con los hombres. Al venir no para juzgar sino para salvar (cf. Jn 3,17), Él fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso hacia las personas» (Humanæ vitæ 29».
96. La firmeza de la Iglesia en defender las normas morales universales e inmutables no tiene nada de humillante. Está sólo al servicio de la verdadera libertad del hombre. […] Ante las normas morales que prohíben el mal intrínseco no hay privilegios ni excepciones para nadie. No hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el último de los miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales».
* * *
Algunos han perdido no sólo el amor, sino también el temor de Dios: «El matrimonio ha de ser tenido por todos en honor. Que nadie mancille el lecho nupcial, porque Dios ha de juzgar a los fornicarios y adúlteros» (Heb 13,4).
José María Iraburu, sacerdote

lunes, 12 de diciembre de 2016

(409) El elogiado P. Bernhard Häring, moralista anómico


Papa Fco. recibe comunidad Seminario Lombardo de Roma
-El padre Häring, sí… el moralista del Alfonsianum.
-Cognitio rerum per causas. Para entender la confusión actual es necesario conocer su origen. 
Con este artículo voy a complementar otro recientemente publicado en su blog por Alonso Gracián, (156) Inconveniencias eclesiales, X: Amoris Lætitia y la teología del legalismo de Bernhard Häring. En él cita unas palabras del papa Francisco en la Congregación General XXXVI de los jesuitas: «Creo que Bernard Häring fue el primero que empezó a buscar un nuevo camino para hacer reflorecer la teología moral». La afirmación es desconcertante, si tenemos en cuenta que Häring fue el máximo impugnador, quizá, de la moral enseñada por el beato Pablo VI (Humanæ vitæ) y por San Juan Pablo II (Veritatis splendor)… ¿Cómo puede entenderse?… Vayamos por partes.
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La aversión de Lutero a la ley, y concretamente a las normas moralessuele ser el trasfondo de todas las morales modernas afectadas de «anomia» (DRAE: «anomia»:del gr. a-nomos, sin ley. «Anómico»: relativo a la anomia). Lutero, contraponiendo la Ley y la Gracia, considera nefasta la moral que pretende la justificación por el cumplimiento de los mandamientos –«esto está mandado», «esto está prohibido»–. El mundo de la Iglesia es puramente gracia, y todo empeño por obedecer los mandamientos de Dios y de la Iglesia implica –judaización del cristianismo, –voluntarismo pelagiano, –soberbia humana, –rigorismo inmisericorde, –frustración y angustia, –falsificación del Evangelio de la misericordia divina, ilimitada, gratuita e incondicional, que ha sido plenamente manifestada y comunicada en Cristo. «La ley trae consigo la ira» de Dios (Rm 4,15); «por la ley se hizo más abundante el pecado» (5,20)…
Cito algunas frases de Lutero en la Controversia de Heidelberg (1518), donde expone su pensamiento en 28 proposiciones. –(1) «La ley de Dios, que es la doctrina saludable de vida por excelencia, es incapaz de conducir al hombre a la justicia: más bien constituye un estorbo» [por ejemplo, lo que Dios ha unido no lo separe el hombre; no cometerás adulterio]. –(12) «Ante Dios los pecados son realmente veniales cuando los hombres temen que sean mortales… porque cuanto más nos acusemos nosotros mismos, tanto más nos disculpará Dios». –(13) «El libre albedrío, después de la caída, no es más que un simple nombre, y peca mortalmente en tanto en cuanto hace lo que de él depende». –(16) «El hombre que piensa poseer la voluntad de lograr la gracia a base de hacer lo que de él depende [cumplir los mandamientos de Dios], añade al pecado otro pecado y se hace doblemente reo». –(23) «La ley provoca la cólera de Dios, mata, maldice, hace pecadores, juzga y condena todo lo que no está en Cristo». –(25) «No es justo quien obra muchas cosas, sino el que, sin obras, cree mucho en Cristo». –(26) «La ley dice “haz esto”, y eso jamás se hace; la gracia dice, “cree en éste”, y todo está ya realizado».
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La anomia de Lutero se introduce en amplios ambientes de la Iglesia a partir del modernismo –versión católica del protestantismo liberal–, y se difunde más ampliamente en los últimos 50 años. «Cristo nos redimió de la maldición de la ley» (Gal 3,13). Según la moral anómica, los mandamientos de Dios y de la Iglesia, aunque propongan o prohíban sub gravi una cierta conducta, no son preceptos que exijan obediencia, sino inspiraciones que impulsan hacia un ideal.
La moral anómica, por ejemplo, aunque reconoce la prohibición del adulterio, enseñada en el Decálogo y reiterada por Cristo, admite que, en ciertos casos y situaciones, se pueda permanecer fielmente en un segundo «matrimonio» [sic], fracasado el primero, manteniéndose los «cónyuges» [sic] en la gracia de Dios. O por ejemplo: el precepto de la Misa dominical, establecido como obligación grave por la Iglesia, no es tanto un mandamiento que exija obediencia, sino más bien un consejo que impulsa a un ideal. Esa moral no entiende  que siempre que el Señor nos da un mandato, nos promete dar su gracia para poder cumplirlo.
En otras palabras. Entiende que la gracia nos la da el Señor no tanto para cumplir los mandamientos, sino para creer en Cristo Salvador, y hallar en él la salvación. «El justo vive de la fe» (Rm 1,17), y no del servil cumplimiento de mandatos y normas morales.
En lo que sigue vuelvo a considerar estas cuestiones, pero lo haré centrando mi estudio especialmente en un caso concreto: la teología moral anómica, adversaria de la encíclica Humanæ vitæ. Y también de la Veritatis splendor.
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–1954. El P. Bernhard Häring, redentorista alemán (1912-1998), en sus comienzos académicos, ya contrapone Ley y Gracia cuando enseña «la esencia de la “nueva ley"» moral católica (La Ley de Cristo, original en alemán, 1954; Barcelona, Herder 1965, 4ª ed., vol.I, pgs. 293-301). Afirma todavía, sin embargo, algunas doctrinas católicas, por ejemplo, la grave maldad de la anticoncepción. Sigue, pues, por ejemplo, en esta cuestión, la doctrina siempre enseñada por los moralistas católicos y también por los protestantes, y dice que
el uso de preservativos «profana las relaciones conyugales»… «Sería absurdo pretender que tal proceder se justifica como fomento del mutuo amor. Según San Agustín, no hay allí amor conyugal, puesto que la mujer queda envilecida a la condición de una prostituta» (II,318). Por el contrario, «la continencia periódica respeta la naturaleza del acto conyugal y se diferencia esencialmente del uso antinatural del matrimonio» (316).

–1930. Fue la Conferencia Anglicana de Lambeth la que introdujo en el mundo cristiano la aceptación de la anticoncepción, en ciertas situaciones, se entiende. El cambio es logrado por una minoría muy activa, liderada por el portavoz de la Comunión anglicana en Londres, Reverendo William R. Inge, miembro de la Sociedad de Eugenesia inglesa. Desde entonces, gran parte de las comunidades protestantes «liberales» hacen suyo el cambio doctrinal, presionadas hábilmente por este lobbyprogresista. Y en los años del Vaticano II, no pocos teólogos católicos difundieron ampliamente la expectativa de que pronto se cambiaría la doctrina de la Iglesia en esta cuestión, aceptando la anticoncepción en ciertos casos y situaciones.

1968. Pablo VI, en la encíclica Humanæ vitæ, enseña como «doctrina de la Iglesia» que la anticoncepción es intrínseca y gravemente pecaminosa, reafirmando la doctrina católica constante y universal.
«La Iglesia, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural [creadas por Dios], interpretadas por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial (quilibet matrimonii usus) debe quedar abierto a la transmisión de la vida» (11). Usar medios anticonceptivos físicos o químicos «es contradecir la naturaleza del hombre y de la mujer, y sus más íntimas relaciones, y por lo mismo es contradecir también el plan de Dios y su voluntad» (13). «Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por eso intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda» (14).
La encíclica fue pésimamente resistida en muchos ambientes de la Iglesia, incluso por algunas Conferencias episcopales. Curiosamente los Obispos y teólogos que con más dureza combatieron la encíclica Humanæ vitæ, confiesan hoy piadosamente –los que sobreviven o los que actualmente los siguen– que la exhortación apostólica Amoris lætitia requiere absolutamente la aceptación de todos los fieles cristianos, por ser ciertamente, como Magisterio apostólico, «obra del Espíritu Santo»… ¿Y la Humanæ vitæ?
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–1968. El P. Bernhard Häring, que ha ido acentuando más y más su alergia anómica, enseña ahora que la anticoncepción es lícita en ciertos casos y situacionesy combate con tremenda dureza la enseñanza de la Humanæ vitæ.Mes y medio después de la publicación de la encíclica hace un llamamiento urgente y universal a resistirla. Hereda, pues, ya la anomia de Lutero, su compatriota.
«Si el Papa merece admiración por su valentía en seguir su conciencia y tomar una decisión totalmente impopular, todo hombre o mujer responsable debe mostrar una sinceridad y una valentía de conciencia similares… El tono de la encíclica deja muy pocas esperanzas de que [un cambio doctrinal] suceda en vida del Papa Paulo… a menos que la reacción de toda la Iglesia le haga darse cuenta de que ha elegido equivocadamente a sus consultores y que los argumentosrecomendados por ellos como sumamente apropiados para la mentalidad moderna [alude a HV12] son simplemente inaceptables… Lo que se necesita ahora en la Iglesia es que todos hablen sin ambages, con toda franqueza, contra esas fuerzas reaccionarias» (La crisis de la encíclica. Oponerse puede y debe ser un servicio de amor hacia el Papa: «Common Weal» 88, nº20, 6-IX-1968; art. reproducido en muchas revistas católicas, como la de los jesuitas de Chile, «Mensaje» 173, X-1968, 477-488).
–1989. Años más tarde, persistiendo en su combate contra la encíclica, el P. Häring exige que la doctrina católica sobre la anticoncepción se ponga  a consulta en la Iglesia, pues acerca de la misma «se encuentran en los polos opuestos dos modelos de pensamiento fundamentalmente diversos» («Ecclesia» 1989, 440-443). Efectivamente, obediencia a la norma moral, viendo en ella la voluntad de Dios, y moral anómica, que por el discernimiento hace prevalecer en ciertos casos la conciencia creativa, son inconciliables entre sí.
–1993. Y aún tuvo ánimo el P. Häring, en edad avanzada, para arremeter con todas sus fuerzas contra la encíclica Veritatis splendor (1993), especialmente en lo que ésta se refiere a la regulación de la natalidad: «no hay nada […] que pueda hacer pensar que se ha dejado a Pedro la misión de instruir a sus hermanos a propósito de una norma absoluta que prohíbe en todo caso cualquier tipo de contracepción» («The Tablet» 23-X-1993). Por lo demás, es lógica la total aversión de Häring a la Veritatis splendor, pues gran parte de los errores morales que ella denuncia y refuta le afectan a él.
La Academia Alfonsiana dedica en su web a Bernhard Häring un memorial honorífico, en el que nos informa de que a este profesor de moral «le llovieron honores y premios» de todas partes, y que «es considerado por muchos como el mayor teólogo moralista católico del siglo XX».
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La coalición contra la Humanæ vitæ invade en seguida gran parte de las cátedras y publicaciones católicas. Una declaración, por ejemplo, de la Universidad Católica de Washington, encabezada por el P. Charles Curran (1934-), y apoyada por unos doscientos «teólogos», rechaza públicamente la doctrina de la encíclica contraria a la anticoncepción («Informations Catholiques Internationales», n. 317-318, 1968, suppl. p.XIV).
El P. Marciano Vidal (1937-), también redentorista, difunde la moral anómica del P. Häring en sus muy numerosas obras, concretamente en la principal de ellas, la Moral de actitudes, publicada en tres tomos a partir de 1974. Durante varios decenios fue la obra más estudiada en facultades y seminarios de habla hispana; pero también fue traducida a un gran número de lenguas, incluso al coreano. Una edición italiana de 1994ss, por ejemplo, traduce la 8ª edición española.
La Congregación de la Fe publica en el año 2001 –¡por fin: en el año 2001!– una Notificaciónreprobatoria de la Moral de actitudes, firmada por el cardenal Ratzinger. En ella se señala minuciosamente un gran número de errores y de ambigüedades: «estos juicios morales no son compatibles con la doctrina católica». Uno de ellos es la anomia: «En el plano práctico, no se acepta la doctrina tradicional sobre las acciones intrínsecamente malas y sobre el valor absoluto de las normas que prohíben esas acciones». 
El cardenal Carlo Martini (1927-2012) propugna también la moral anómica, rechazando no pocas normas morales enseñadas por el Magisterio apostólico, sobre todo las relativas a la sexualidad. En el libro Coloquios nocturnos en Jerusalén (San Pablo, Madrid 2008) refiere que con otros cardenales había hablado acerca de
«las cuestiones a las que tendría que enfrentarse el nuevo Papa y a las que tiene que darnuevas respuestas [es decir distintas, contrarias a las vigentes]. Según mi opinión, entre ellas está la relación con la sexualidad y la comunión para los divorciados que han vuelto a contraer matrimonio» (pg. 68).  Ataca el Cardenal en la obra con gran dureza la enseñanza de laHumanæ vitæ (cp.V, Aprender a amar, pgs. 139-156). «Debo admitir que la encíclica ha suscitado un desarrollo negativo. Muchas personas se han alejado de la Iglesia, y la Iglesia se ha alejado de los hombres. Se ha producido un gran perjuicio (…) Buscamos un camino para hablar con solidez acerca del matrimonio, del control de la natalidad, de la fecundación artificial y de la anticoncepción» (pgs. 141-142). Son palabras del que fue rector de la Universidad Gregoriana, arzobispo de Milán y miembro distinguido del grupo cardenalicio de Saint Gall.
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  (346-347) La anticoncepción «sigue» y «prosigue» (ver el texto aquí y aquí). «Gracias» especialmente a la enseñanza anti-católica de la anomia, encabezada por autores como el P. Häring o el P. Marciano Vidal, se ha generalizado la anticoncepción en la mayoría de los matrimonios católicos. Actualmente es rara la predicación que la reprueba, tanto en homilías como en cursillos prematrimoniales. Tampoco hoy laHumanæ vitæ suele ser impugnada polémicamente, sino simplemente de hecho, en forma de silencio sistemático. Resistiendo así la doctrina de la Iglesia, se ha legitimado de hecho la anticoncepción, que viene a ser considerada un logro de los medios anticonceptivos modernos, del que los matrimonios católicos no tienen por qué privarse.
La enseñanza falsa de los moralistas anómicos ha difundido la peste de la anticoncepción entre los matrimonios cristianos, falsificando la unión conyugal, enfermándolos gravemente y, a veces, quebrándolos. Otra es la doctrina verdadera y grandiosa de la Iglesia: «Hay actos que por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo… la anticoncepción (Catecismo 2370)… Son, pues, actos intrínsecamente malos, siempre y por sí mismos» (S. Juan Pablo II, Veritatis splendor 80).
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La moral anómica ha prevalecido en no pocas Iglesias locales. Según ella, los mandamientos de Dios y de la Iglesia, aun aquellos que se han dado sub gravi en forma absoluta –sobre la anticoncepción, el divorcio y el adulterio, o sobre cualquier otra grave cuestión moral–, no siempre obligan a la obediencia. No son propiamente preceptos que obliguen en conciencia, sino más bien inspiraciones que señalan unideal. Pueden darse, por tanto, situaciones –que habrá que discernir «caso por caso»– en los que un incumplimiento consciente, libre y estable de graves mandamientos de Dios o de la Iglesia sea compatible con un estado personal de gracia, que permite el pleno acceso a los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía.
La anomia moral ha «silenciado» así la palabra de Cristo: «si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14,15); y «vosotros seréis mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (15,14). Queda también descolocada la enseñanza del apóstol y evangelista Juan: «conocemos que amamos a los hijos de Dios en que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos» (1Jn 5,2).
La moral anómica es causa principal de la ruina de muchas Iglesias locales.Donde llega a prevalecer, muchos graves pecados «dejan de ser pecado», quedandescatalogados en la práctica. Lo explico en (326) Catálogo de pecados descatalogados. Cuando el cristiano anómico niega que debe conformar en conciencia su mente y su vida a las leyes de Dios y de la Iglesia porque, según le han enseñado, éstas nunca exigen su obediencia –son únicamente inspiraciones que señalan un ideal–, puede llegar a cometer graves pecados habitualmente sin sentirse culpable, sino en gracia de Dios. Pongo tres ejemplos. Sólo tres, pero que son suficientes para derribar una Iglesia en pocos años.
1.-El precepto de la Misa dominical está claramente formulado por la Iglesia (Código, cánones 1246-1248); pero la moral anómica, allí donde prevalece, consigue que innumerables bautizados lo quebranten sin mayor reproche de sus conciencias.  
2.-La Iglesia prohíbe a los casados la anticoncepción; pero la moral anómica, allí donde prevalece, consigue que innumerables matrimonios quebranten esa norma sin mayor reproche de sus conciencias. 
3.-Los Obispos «deben» castigar a quienes difunden herejías, según lo manda la Iglesia (canon 1371); pero la moral anómica, allí donde prevalece, consigue que innumerables Obispos quebranten esa norma sin mayor reproche de sus conciencias.
Et sic de cæteris. Los pecados que de hecho son descatalogados por la anomia, a diferencia de los demás pecados, no son combatidos ni por el pecador ni por la Iglesia local. Lo que les permite perdurar indefinidamente con toda paz. Algunos de ellos, como el 3º ejemplo, consigue incluso que el pecado venga a ser considerado como una virtud.

La moral anómica consigue, allí donde prevalece, que los cristianos que reconocen el deber moral de obedecer, con el auxilio de la gracia, las normas morales de Dios y de su Iglesia sean considerados legalistas, fariseos, duros de corazón, necesariamente hipócritas, ajenos a la realidad social y eclesial, rígidos, psicológicamente frustrados, rigoristas crueles con sus hermanos, tristes esclavos de leyes y normas, incapaces de discernir más allá de «lo blanco o lo negro» («esto ha de hacerse y eso otro está prohibido»), etc. Gente impresentable.
«Ven, Señor Jesús». «Venga a nosotros tu Reino».
José María Iraburu, sacerdote

Post post. –En anteriores artículos expuse en forma positiva la admirable unidad que hay en la Iglesia entre ley y gracia, concretamente en la serie (80-94) La ley de Cristo, reprobando al mismo tiempo la moral anómica. Más recientemente he vuelto sobre el tema con ocasión de los últimos Sínodos y de la Amoris lætitia(343) Sínodo: los que aman a Dios son los que cumplen sus mandatos. —(375) Amoris lætitia -3. Verificación de un principio de moral fundamental: hay mandamientos que, en contra de lo enseñado por el situacionismo, han de aplicarse a todos los casos particulares. (377) AL -5. Imputación, conciencia y normas morales. —(378-379) AL -6 y -7. Norma moral, discernimiento y concienciaAquí  y aquí

(156) Inconveniencias eclesiales, X: Amoris Lætitia y la teología del legalismo de Bernhard Häring



Amoris Lætitia parece plantear su análisis de la situación de los divorciados en nueva unióncalificando como rigorista todo tipo de juicio moral definitivo al respecto. Ni bien del todo ni mal del todo, ni blanco ni negro. Afirmar que una situación es blanca o negra, es decir, buena o mala, verdadera o falsa, es etiquetada como afirmación rígida:
«298. Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas enafirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral.»
Aunque reconoce que no es el ideal moral:
«(298) Debe quedar claro que este no es el ideal»
Es decir, el estado de los divorciados vueltos a “casar” no es ni blanco ni negro; se reconoce que ciertamente no es el idealpero que no debe catalogarse como situación en una categoría “rígida”, sino polivalente o indefinida: transgresión de la ley, no transgresión de la ley, aproximada transgresión de la ley, etc. Es lo que hay que discernir, en lugar de juzgar aplicando la ley al caso. Por categoría rígida, evidentemente, se refiere a su relación específica y unívoca con la Ley Moral, como se puede notar en todo el Capítulo ocho.
No es justo, enseña A.L., juzgar la situación irregular respecto a la ley moral, pues esto daría lugar a un juicio rigorista, en que quedaría en exceso definida su bondad o mal respecto a la ley moral. Y no es justo, se pretende mostrar, porque la ley moral, según A.L., no basta para valorar la fidelidad de una persona a Cristo, que no puede “medirse” por su conformidad con la ley divina, sino respecto al discernimiento, que no juicio, de la propia conciencia:
«304. Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general.»
Es una de las tesis centrales que atraviesan A.L.: es mezquino hacer afirmaciones rígidas. Afirmaciones rígidas, pues, en este contexto anti-rigorista, parecen ser aquellas que refieren la acción a la ley moral. ¿Por qué? Por lo que llamoprincipio de incompletitud de la ley moral, característico de las éticas situacionistas derivadas del nominalismo modernola ley moral, supuestamente, no puede abarcar todos los casos y situacionesy no basta para valorar si una persona es fiel a Cristo o no:
«Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano» (A.L. 304)
Esta acusación de rigorismo recuerda y es parecida a la teología del legalismo propia del situacionismo teológico, como venimos afirmando en este blog. Concretamente, esta idea ha sido ampliamente defendida por el teólogo redentoristaBernhard Häring.
I.- HÄRING, UN TEÓLOGO HETERODOXO ELEVADO A LOS ALTARES
Charles Curran presenta así la tesis central de la teología de Häring. 
«El cristiano está llamado al crecimiento y a la conversión continua de su vida moral en sus múltiples relaciones con Dios, con el prójimo, con el mundo y consigo mismo. Häring se opone firmemente a todo tipo de legalismo que hace de Dios un controlador en vez de un Salvador lleno de misericordia
Puede comprobarse la consonancia con la idea central de A.L. cap. 8.
En la página de la Academia Alfonsiana, en que no le escatiman elogios, definen la obra teológica de Häring como una lucha contra el legalismo y rigorismo -contra el Magisterio.
«La oposición del Padre Häring a toda clase de legalismo y rigorismo alcanzaría incluso a algunos pronunciamientos oficiales de la Iglesia, que él consideraba demasiado intransigentes. Particularmente crítica fue su actitud frente al rechazo de los métodos de control artificial de los nacimientos, tal como viene formulado en la encíclica Humanae Vitae. Esta actitud le costaría no pocos sufrimientos y amarguras, sobre todo, cuando -en la década de los ’70- la Congregación para la Doctrina de la Fe le sometió a un proceso investigativo.»
No dudan en poner a Häring en la cumbre de la teología moral:
«El Padre Bernhard Häring, uno de los más egregios fundadores de la Academia Alfonsiana, es considerado por muchos como el mayor teólogo moralista católico del siglo XX. La contribución del Padre Häring en el campo de la teología moral ha sido extraordinaria. Escribió 104 libros, de los que se han hecho trescientas traducciones. Publicó unos 1000 artículos en diversos idiomas. Le llovieron honores y premios de parte de las más prestigiosas asociaciones, como el “National Catholic Book Award” de la Catholic Press Association, el premio “Wlodzimierz Pieterzak” de Polonia. Su nombre fue incluido en el Who’s Who en América y en el resto del mundo. Es citado en el Diccionario de Bibliografía Internacional y por el Who’s Who Internacional de autores y escritores. Fue Profesor y dio conferencias en prestigiosas universidades y centros de estudio, como Fordham, Yale, Brown, Temple, San Francisco, el Kennedy Institute for Bio-ethics-de la Georgetown University etcétera.»
Respecto a Häring, hay que decir que en La ley de Cristo comienzan a asomar ciertos errores anómicos, cierta actitud antiley, pero todavía se puede decir que no se aparta en esencia de la moral católica. Lo peor vino después, con su lucha contra el magisterio eclesiástico, siempre a peor, deteriorándose su doctrina progresivamente.
Resulta dramático, por la desistencia de autoridad que supone, que un teólogo tan heterodoxo como Häring, profundísimamente nominalista y proluterano en su doctrina sobre la gracia y la ley, detractor acérrimo de la Humanae vitae, haya tenido tanta difusión. Ha sido incluso canonizado por la propia Academia Alfonsiana:
«A todos cuantos conocieron al Padre Häring y particularmente a cuantos recibieron de él la luz de su ciencia o la ayuda de sus consejos pedimos una plegaria ante el Señor. Que él desde el cielo nos ayude a continuar sin cansancio la obra a la que él consagró su vida.»
Tal es el prestigio de Häring entre los católicos, que el propio Papa Francisco, recientemente en Diálogo del Papa Francisco con los jesuitas reunidos en la Congregación General XXXVI,  , (aquí en italiano) afirma de Häring que:
«Creo que Bernard Häring fue el primero que empezó a buscar un nuevo camino para hacer reflorecer la teología moral. Obviamente en nuestros días la teología moral ha hecho muchos progresos en sus reflexiones y en su madurez; ya no es más una «casuística».
A continuación se afirma en retorsión que no hay que caer en el situacionismo:
«En el campo moral hay que avanzar sin caer en el situacionalismo; pero por otro lado hay que hacer surgir la gran riqueza contenida en la dimensión del discernimiento»
II.- HÄRING Y EL PRINCIPIO DE INCOMPLETITUD DE LA LEY MORAL
Es significativo, en este mismo diálogo del Papa con los jesuitas, cómo preguntan sobre moral en términos situacionistas, a la manera de Häring: sustituyendo el juicio de la conciencia (aplicar la ley al caso) por el discernimiento (valorar la situación sin referirla a la ley moral sino al ideal, mediante un ejercicio de conciencia creativa). Esto resulta muy llamativo:
«En su discurso nos ha propuesto claramente una moral que se funda en el discernimiento. Cómo nos sugiere avanzar en el campo moral en torno a esta dinámica de discernimiento de las situaciones morales? Me parece que no es posible detenerse en una interpretación de aplicación subsuntiva de la norma que se limita a ver las situaciones particulares como casos de la norma general.»
Observad cómo en la pregunta se afirma la tesis situacionista de la incompletitud de la ley Moral. Y la respuesta es: «El discernimiento es el elemento clave: la capacidad de discernimiento. Y estoy notando precisamente la carencia de discernimiento en la formación de los sacerdotes. Corremos el riesgo de habituarnos al “blanco o negro” y a lo que es legal.Estamos bastante cerrados, en general, al discernimiento. Una cosa es clara: hoy en una cierta cantidad de seminarios ha vuelto a reinstaurarse una rigidez que no es cercana a un discernimiento de las situaciones
La substitución del juicio de la conciencia por el discernimiento creativo, sin la “esclavitud” de la ley, como diría Häring, es uno de los elementos situacionistas preferidos por el teólogo redentorista.
El riesgo del blanco y el negro resuena parecido a la tesis de la creatividad de la conciencia, la negación de su limitación legalista a unos parámetros que el situacionismo considera rígidos, y que impiden el discernimiento. De forma que recuerda en exceso a la propuesta de Häring. No puede soslayarse el hecho de que en A.L. parece propugnarse un discernimiento alternativo a la aplicación de la ley moral al caso. Dice el redentorista:
«¿Existe una conciencia creativa? A mi parecer, la respuesta puede ser solamente un claro sí. Notando enseguida que la conciencia de aquél que está totalmente aferrado a preceptos rígidos y a normas prohibitivas no puede ser creativamente activa. Esta se aferrará literal y escrupulosamente, en la medida en que podrá, a las normas consideradas como algo inflexible» (Norma y conciencia creativa, 1989)
Esta supuesta inflexibilidad rigorista de la aplicación de la ley al caso, cuyo resultado es el blanco y negro detestado por legalista, es proscrita como criterio pastoral. Se pide a los sacerdotes no caer en juicios rígidos, en esa moral de escritorio que está al margen de las situaciones, y que consiste en aplicar mecánicamente la ley al caso (es lo que en AL se denomina casuística, sin serlo en propiedad).
Acerca de esto, Häring afirma:
«La conciencia, que está frente a conflictos normativos de preceptos que aquí y ahora se contradicen, que no parecen admitir ninguna flexibilidad y ninguna excepción, llegará a ser inevitablemente enferma con reflejos devastadores en la relación con el Dios legislador.» (Norma y conciencia creativa, 1989)
Y a continuación expresa que el rigorismo consiste, precisamente, en no ser capaz de cumplir el bien más allá de la ley:
«En mi actividad pastoral y en la terapia me he encontrado con moralistas, canonistas y sacerdotes intérpretes despiadados de la inflexibilidad de cualquier norma: estas pobres personas eran prisioneras de su rigorismo y vivían en un estado de continua angustia y sufrimiento. De ello derivaba que su conciencia era de ningún modo creativa. A esas personas se les escapaban todas las ocasiones de cumplir el bien más allá de la ley» (Norma y conciencia creativa, 1989)
Inconveniente es encontrar resonancias o parecidos de esta doctrina en el capítulo 8 de A.L. Porque los fieles pueden pensar que está validando este tipo de teologías, al expresarse de la misma manera.
Seguidamente, el teólogo anticonceptista expresa cómo una persona puede descubrircómo agradar a Dios mediante un discernimiento creativo, que entiende la valoración moral de las acciones humanas más allá de la esclavitud de la ley. Aquí resuena de nuevo en A.L. cierto lenguaje que induce a pensar en términos en que el discernimiento eclipsa el juicio objetivo de la conciencia:
«La mirada decidida y determinante del cristiano sanamente formado se dirige hacia todos los signos de la benevolencia y de la gracia de Dios, y frente a las nuevas provocaciones del amor del prójimo, se pregunta no tanto: “¿lo debo hacer"?, sino: “¿qué puedo dar al Señor aquí y ahora por todo el bien que me ha hecho?”. Aquel que ha orientado su conciencia en el sentido de las bienaventuranzas y de los mandamientos del evangelio y que sobre todo ha ordenado su conciencia a la finalidad de esos mandamientos y bienaventuranzas y se esfuerza infatigablemente por traducirlos en la práctica del mejor modo posible, hará continuamente nuevos descubrimientos.» (Norma y conciencia creativa, 1989)
O como se dice en el punto 303 de A.L.:
«Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo. De todos modos, recordemos que este discernimiento es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el idealde manera más plena.»
El concepto central del situacionismo de Häring es consecuencia de la tesis del principio de la incompletitud de la ley natural, que parece ser expresada en uno de los puntos claves de AL:
«304. Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano.»
De este principio se desprende la tesis neotérica de la incorporación activa de la conciencia al discernimiento, en sacrificio de la objetividad del juicio moral de la razón práctica, por el cual la conciencia prevalece sobre la ley moral y no la sirve, sino la enfrenta,  tal y como es posible se muestre confusamente en este punto de A.L.:
«(303) A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio. Ciertamente, que hay que alentar la maduración de una conciencia iluminada, formada y acompañada por el discernimiento responsable y serio del pastor, y proponer una confianza cada vez mayor en la gracia. Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites»
Según esto, la ley moral no se puede aplicar a ciertos casos en que aplicarla sería rigorismo, y por tanto, para discernir el caso, (no para juzgar, nótese la distorsión lingüística), la conciencia debe ser creativamente incorporada para la autojustificación de excepciones. Esta idea insistente de Häring, que parece latente en A.L., es expuesta por el teólogo redentorista en el articulo citado Norma y conciencia creativa. En este texto, siempre bajo la perspectiva de su lucha contra el supuesto rigorismo del Magisterio y la pastoral de la Iglesia, afirma algo que suena de forma muy parecida a las paráfrasis de la exhortación.
Si leemos con lectura natural todo el capítulo 8 de la exhortación apostólica, nos embarga una duda. ¿Estará enseñando que hay pecados que, en ciertas situaciones, ni con el auxilio de la gracia se pueden evitar?:
«302. En el contexto de estas convicciones, considero muy adecuado lo que quisieron sostener muchos Padres sinodales: «En determinadas circunstancias, las personas encuentran grandes dificultades para actuar en modo diverso […] El discernimiento pastoral, aun teniendo en cuenta la conciencia rectamente formada de las personas, debe hacerse cargo de estas situaciones.»
III.- LA GRACIA VANA, QUE NO SE DA EXACTAMENTE PARA CUMPLIR LOS MANDAMIENTOS
Nos preguntamos: ¿cómo puede pensarse que la gracia que se da para cumplir los mandamientos, no baste para cumplirlos y evitarlos en ciertas situaciones?¿Cómo puede ser además que manteniéndose en pecado un sujeto pueda, por el contrario, crecer en gracia y virtudes teologales y realizar actos saludables? La respuesta a esta propuesta sorprendente de AL la proporciona el propio Häring:es que la gracia, dice, no se da exactamente para cumplir los mandamientos de la ley Natural, sino para seguir a Cristo. Es decir, para este teólogo, se puede seguir a Cristo y al mismo tiempo incumplir los mandamientos, porque la gracia no se dá exactamente para cumplir los mandamientos. La gracia, según la nueva moral, se da para seguir a Cristo, no para cumplir los mandamientos. Como dice Häring en “La nueva alianza vivida en los sacramentos”:
«La gracia del Espíritu Santo no es algo accesorio, que se añade de una manera postiza a la ley nueva. Tampoco es exactamente una ayuda o una fuerza que se nos concedió después para que pudiésemos cumplir los preceptos de una ley exigente y difícil.» (Pág.112)
Si, según este principio, la gracia no es exactamente una ayuda para cumplir los mandamientos, las ambiguedades mostradas en Amoris laetitia al respecto resaltan aún más en cuanto tales. Lo vemos por ejemplo aquí:
«(AL 302). En el contexto de estas convicciones, considero muy adecuado lo que quisieron sostener muchos Padres sinodales: “En determinadas circunstancias, las personas encuentran grandes dificultades para actuar en modo diverso” […] El discernimiento pastoral, aun teniendo en cuenta la conciencia rectamente formada de las personas, debe hacerse cargo de estas situaciones. »
Las consecuencias de la tesis están recogida, como vimos, en el punto 303.
Recuerda a una idea clarísimamente enseñada por Häring: la ley natural no es ley de esclavos, y por tanto, el Señor no exige un rigorista cumplimiento; se puede estar en gracia y recibir gracias incluso si se incumple, porque pretendidamente la gracia no se da exactamente para cumplir los mandamientos de la ley moral. El cristiano, según esta perspectiva, no está ni bajo la ley ni en la ley. Está al margen, por gracia. ¡!
Así lo explica Häring:
«Y sin embargo esta vida en el Espíritu no puede ser descrita ni presentada como «vida bajo una ley». El hombre que camina en el Espíritu no está ante la ley de Cristo como frente a una ley exterior y esclavizante. Haciendo de nuestra vida en Cristo la norma fiel de nuestros pensamientos, deseos y acciones, ni estamos sin ley ni estamos bajo una ley.» (La nueva alianza vivida en los sacramentos, Pág.116)
Se entiende así, lógicamente, que si según el situacionismo de Häring la vida en el Espíritu Santo no es una vida bajo la ley, entonces, como se deduce confusamente de AL, se pueda incumplir los mandamientos y a la vez vivir en gracia y creciendo en caridad y virtudes teologales..
Eso sí, Häring advierte que la ley natural sí que nos sirve de indicación para el camino-.
«Con todo, seguimos necesitando siempre las indicaciones de la ley exterior con sus preceptos y prohibiciones. Dicha ley es la clave para «distinguir los espíritus» (pág.116)
Lo mismo parece enseñar A.L.: la ley moral no como un principio inmutable que aplicar a todos los casos, sino una guía, una indicación de discernimiento.
«305. Por ello, un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales» (…) En esta misma línea se expresó la Comisión Teológica Internacional: “La ley natural no debería ser presentada como un conjunto ya constituido de reglas que se imponen a priori al sujeto moral, sino que es más bien una fuente de inspiración objetiva para su proceso, eminentemente personal, de toma de decisión". El discernimiento debe ayudar a encontrar los posibles caminos de respuesta a Dios»
Es la tesis principal del situacionismo, que pareciera expresarse aquí:
«304.- Es verdad que las normas generales presentan un bien que nunca se debe desatender ni descuidar, pero en su formulación no pueden abarcar absolutamente todas las situaciones particulares. Al mismo tiempo, hay que decir que, precisamente por esa razón, aquello que forma parte de un discernimiento práctico ante una situación particular no puede ser elevado a la categoría de una norma.»
He escrito este análisis comparativo del situacionismo de Häring y el lenguaje de A.L. con sentido de la responsabilidad, y amor a la Iglesia y al Romano Pontífice, en bien de mi prójimo. No pretendo sino contribuir a un mejor esclarecimiento de los puntos oscuros de la exhortación. Entiéndase así este post.
Laus Deo Virginique Matri