Jamás ocurra que quien se consagra a la contemplación desee la vida agitada de los hermanos que tienen algún cargo. Que Marta repita siempre que no puede con todo y que es incapaz de cumplir con su deber, y desee que se confíe a otros lo que ella administra. Ya conocemos la respuesta de Jesús: Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con muchas cosas. María tiene el privilegio de contar siempre con un abogado a su favor. Observemos atentamente cómo el amor ha regulado en esta nuestra casa las tres ocupaciones: la administración de Marta, la contemplación de María y la penitencia de Lázaro. Las tres deben hallarse en toda alma perfecta; sin embargo, cada uno siente preferencia por alguna de ellas: éste se entrega a la contemplación, aquél al servicio de los hermanos y el otro a llorar su vida pasada como los leprosos que viven en los sepulcros. María está absorta en la piadosa meditación de su Dios; Marta es toda misericordia y compasión hacia el prójimo, y Lázaro se mantiene en la humildad y desprecio de sí mismo. Que cada uno busque el lugar que le pertenece. No pretendo adular a nadie, ni que nadie se engañe a sí mismo. Los que no tienen ningún cargo, ni se les ha confiado alguna ocupación especial permanezcan sentados a los pies de Jesús con María, o con Lázaro en el sepulcro. Que Marta se afane y se preocupe de mil cuidados. Tú, en cambio, que estás libre de todo eso, opta por una de estas dos cosas: vivir tranquilo y hacer del Señor tu delicia. Y si todavía no eres capaz de esto, no te vuelques al exterior, sino vive dentro de ti mismo, como el Profeta. /
San Bernardo de Claraval