jueves, 21 de mayo de 2009

LA VIA DEL DESIERTO Marie-Madeleine Davy ( V )


El desierto es un lugar privado de caminos en el cual todo deviene vía de acceso. Tal es el misterio del desierto y de la oración brotante. En la privación de los caminos, en el seno de un perpetuo desenraizamiento exigiendo el rechazo de todo equipaje, es decir de toda posesión, de todo saber, de toda rutina, la existencia deviene novedad de vida. Y esta novedad comporta otro lenguaje en el diálogo de la oración, en el monólogo de las llamadas sucesivas y también en la vibración del silencio provocando el paso del tiempo a la eternidad.

La oración puede llevar consigo llamadas, demandas de socorro, el aligeramiento de una condición demasiado dura, el reconocimiento de los bienes recibidos. En el desierto interiorizado, la oración deviene una escucha y una visión, la oreja y el ojo se acompañan. "Escucha hija mía y ve" (Sal. 44,11): el oído se hace mirada contemplativa, él intelige hacia adentro. En ese instante, la oración suscita el asombro.

Un asombro tal nace del esplendor que se descubre: este escapa al decir y a la escritura. La oración deviene silenciosa. El miedo se disuelve. Ningún temor por el porvenir podría subsistir. El Eterno nutre el nómada del desierto, en el interior el lo protege, lo toma a su cargo y lo conduce.

lunes, 18 de mayo de 2009

LA VIA DEL DESIERTO Marie-Madeleine Davy ( IV )


Osar descender al desierto interior, o también tener la audacia de iniciar la ascensión de la montaña de adentro. Estos movimientos que podrían parecer opuestos son idénticos. En el desierto, la teología especulativa encuentra la plenitud de su ejercicio. Todo deviene espejo (especulum), reflejo, eco, evocación del recuerdo del Eterno presente de una presencia, vivenciada como ausente porque ella no es necesariamente sentida. El solitario mezcla su voz al canto de la naturaleza, a los ritmos de las estaciones, a la explosión de la primavera y a la desnudez del invierno. Como no evocar aquí la oración del heliotropo de la que habla Proclo en el arte hierático de los Griegos. Esta oración se dirige al sol al que ella sigue en su movimiento orientándose hacia el. El sol terrestre simboliza el sol divino.

Ciertamente, el hombre del desierto no encuentra ninguna vegetación en una tierra privada de todo ornamento. Sin embargo se descubre portador en si mismo del universo, ¿no es él un microcosmos conteniendo al macrocosmos?. Hildegard von Bingen ha sabido magnificar un contenido tal. Es en el interior donde se manifiesta la inmensidad de lo creado y su belleza.

Además, la teología especulativa se adhiere al termino specula cuya significación hace referencia a un lugar elevado de observación, a una montaña, el Sinaí, el Horeb, el Thabor. El monte secreto del interior coincide con una elevación, un cambio de nivel que comporta una distancia con respecto al valle, allí donde la multitud se apretuja. Ezequiel dirá: "montañas, escuchad" (33,28). El Eterno se sitúa simbólicamente sobre la montaña santa (Sal. 3,5: 19,1; 48,2, etc.). "Las montañas lanzan gritos de alegría" (Sal. 98,8), esas son sus plegarias, su acción de gracias. Ellas se estremecen de alegría (Isaias 55, 12), porque ellas devienen otros tantos caminos (Isaias 49,11).

sábado, 16 de mayo de 2009

LA VIA DEL DESIERTO Marie-Madeleine Davy ( III )


Con el salmista, el amante de la soledad puede exclamar: «Huiré a lo lejos, me albergaré en el desierto» (Sal. 54,8). Dejar su morada a la manera de Abraham sin saber lo que se va a descubrir, partir fuera, a la aventura, hollando tierras desnudas, o también partir hacia adentro, al lugar secreto donde "verdea" lo divino. La soledad en tanto que acercamiento a una "terra incognita" se manifiesta siempre reveladora.

En la partida la angustia, incluso el terror. ¿No es el desierto un mar de arena o de piedra, testimoniando una intolerable desnudez?. "Tierra árida y barrancosa, tierra de sequía y de tinieblas, tierra que ningún hombre recorre, en la que ningún hombre se instala", dirá el profeta Jeremías (2,6). La soledad aleja las diversiones, pero no las destruye. El combate cuerpo a cuerpo comienza tras el desapegamiento del mundo exterior. La mente se aligera lentamente, mientras que el ego comienza a fundirse progresivamente gracias al calor del sol interior. Los comerciantes del templo, constituidos por los pensamientos inútiles, intentan ejercer su comercio. Las ilusiones abundan. Y las potencias de las tinieblas acosan al solitario. Estas le abandonarán cuando haya renunciado a si mismo, a sus sentidos exteriores, a todas sus pasiones y sus deseos, cuando haya comprendido que debe evadirse con el fin de dejar libre espacio a lo divino que no podría cohabitar con una criatura. Lo creado y lo increado no pueden emparejarse. Es por eso que el desierto y la soledad que le acompaña se presentan a la manera de una zambullida en el vacío, de una experiencia de vastedad que provoca un gemido: "Desde el fondo del abismo, he gritado hacia ti" (Sal. 130, 1). Y el abismo del fondo del hombre clama hacia el abismo divino: abyssus abyssum invocat (Sal. 42,8). Ciertos traductores harán alusión a chorros, a cataratas. Para que el Eterno devenga una "roca", un pasaje por lo torrentoso se comprueba como necesario. La vuelta a la fuente no puede efectuarse sin paso por el tumulto de los remolinos.

jueves, 14 de mayo de 2009

LA VIA DEL DESIERTO Marie-Madeleine Davy ( II )



EL DESIERTO

"Yo voy a seducirla, a conducirla al desierto, y hablar a su corazón" (Oseas 2,16). La nostalgia de lo divino es enseguida colmada. Tras la seducción, sucediendo a una sorpresa, una escucha se instaura. La oración designa al oído en estado de vigilia, pero el principiante lo ignora. Corre el riesgo de multiplicar las peticiones, de reclamar ayuda. No sabe que él está siendo visto por Dios.

Todo el problema de la oración se sitúa en este nivel preciso. Solo la transparencia permite ser visto. Y el hombre crea obstáculos por el grosor de su cuestionamiento y de sus parloteos. Mezcla la paja y el grano, la letra y el espíritu. Que se retire... y Dios podrá actuar en él. El itinerario de la oración no es nada más que un vacío de si mismo. Lo creado se aleja para dejar el lugar a lo divino.

martes, 12 de mayo de 2009

LA VIA DEL DESIERTO Marie-Madeleine Davy ( I )


Desierto geográfico o desierto descubierto en el interior de uno mismo, uno y otro se asemejan por la significación de sus simbolismos. Todo desierto provoca la oración, como en la leche entera la nata sube a la superficie. Una comparación tal puede parecer insólita. Su única ventaja es la de evocar una espontaneidad que se opera naturalmente, sin que sea necesario recurrir a técnicas o a "instrucciones de uso". Las religiones vehiculan la oración. Se ha dado una gran importancia a la oración vocal. Se piensa de buen grado que las palabras –cargadas de energía– poseen por ellas mismas poderes. Tales procedimientos se emparentan más o menos estrechamente con la magia. Sin embargo la oración secreta no ha cesado de encender los corazones en estado de vigilia.

Entre las diversas tradiciones que incluyen la oración, el judeo-cristianismo tiene un papel esencial. Este aparece particularmente resaltado en los Salmos y los Profetas. "Que mi oración llegue a tu presencia", pide el salmista (88,3). El Eterno está abierto a la voz de la oración (cf. Sal. 66,19); él percibe la oración del justo (Prov. 15,29), del hombre desdichado y miserable (cf. Sal. 102,1; 102,18).

El Nuevo Testamento insiste sobre la necesidad de un contacto permanente con Dios. Pablo recomienda orar sin cesar (Tes. 5, 17). Yendo por delante de las criaturas, Dios las invita a responderle. Cristo se aleja de la multitud para orar y aconseja que uno entre en su habitación y cierre la puerta con el fin de entregarse a la oración. Habiendo sido conducido por el Espíritu Santo al desierto, Cristo será allí tentado por el diablo (Mat. 4, 1-2). En adelante la relación entre la oración y el desierto se presenta siempre con una faceta de sombra. Si el orante va a escuchar a Dios en su propio desierto, encontrará ahí necesariamente los "demonios" que no solamente le habitan sino que él alimenta.

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viernes, 8 de mayo de 2009

LA SOLEDAD - COMUNIÓN CON EL MISTERIO INTERIOR - MARIE MADELEINE DAVY (IV)


Novedad del instante presente

La verdadera soledad da acceso a una dimensión desconocida. Ella supone un aprendizaje como el de la lectura para los niños o el del aprendizaje de una lengua extranjera para un adulto.

El hombre no se sumerge en la soledad como un bañista, sabiendo nadar, que se lanza con soltura a un lago. La iniciación a la soledad es un arte comparable al «arte de amar» y también al «arte de morir». Muerte a si mismo adelantándose al fallecimiento. La formación del solitario supone previamente no un saber sino un conocimiento. Este modifica su horizonte. La novedad consiste en el paso de lo conocido a lo desconocido. Solo puede hablar de la soledad aquel que posee la experiencia de ella. La novedad de la vida instaurada por la soledad aparece comparable a una muerte. En cierta manera, una forma de muerte está detrás. La soledad conlleva un abandono del pasado y también de todo porvenir.

Esta novedad de vida proviene del acceso al instante presente, favoreciendo la libertad y el equilibrio. El solitario no puede cojear, escoge un "paso a paso" que facilite el ahondamiento. El descubrimiento de lo desconocido que va a vivir le parece antes que nada una inusularidad. Este aislamiento se romperá en la medida en la que abandonándose a si mismo, el solitario se da cuenta que cuanto más se vacía de lo inútil, más se vuelve hermano de todas las criaturas: vegetales, animales, hombres. Y esto sin ninguna excepción. Toda tendencia racista constituiría una trampa, un engaño. No hay nada que rechazar ni que privilegiar.

Marco Aurelio ha insistido sobre «la fugacidad del instante presente». El aconseja: «No te dejas perturbar por la representación global de toda tu vida» (Pensamientos VIII, 36). Dirá también: «El presente se reduce al máximo si se intenta delimitarlo». Esta delimitación del presente permite captar su carácter infinitesimal. En lo inmediato, el porvenir se vuelve pasado.

Salir de si, dejarse, hacer el vacío. Ahora bien el vacío llama a la plenitud. Esta plenitud atañe al acceso a una nueva dimensión. Poco importa el nombre que se le de. Ninguno le conviene. La estación que designa el instante presente, coincide con una perpetua primavera ofreciendo sus flores y sus frutos. El cerezo no come sus cerezas ni el manzano se come sus manzanas; las dan sin por ello glorificarse. Que el solitario les imite, no experimentará ninguna consciencia de lo que le atraviesa gratuitamente y puede llegar al otro en secreto.

Los significados de las diversas soledades corresponden a la densidad de los silencios subrayando a la palabra. Soledades y silencios desencadenan ecos cuya amplitud es percibida siguiendo el afinamiento de la escucha. Por el hecho de su movilidad, los grados de concentración no cesan de variar. Recogimiento y disipación mental engendran oposiciones. La soledad exterior e interior favorecen la captación y la amplitud de la recepción.

En el Misterio, ciertos ermitaños de Oriente y Occidente no muestran su rostro. Ellos tienen acceso a una dimensión inusitada: la del ala, del vuelo visto en su sentido simbólico. Por eso ellos salen habitualmente de la condición humana. No se podría negar su realidad. (Muy antiguo, este tema del ala a sido maravillosamente tratado por Platon).

En cuanto a la soledad del corazón, se diferencia totalmente de la soledad física. Independiente, puede sin embargo acompañarla. La vastedad del espacio interior es inconmensurable. No estando limitado por ninguna frontera, es ilimitado.

A nivel simbólico, el corazón posee orejas y ojos. Según el Abba Antonio (Apotegmas), «aquel que practica la hesiquia en el desierto, está liberado de tres tipos de luchas: la del oído, la de la palabra y la de la vista. Solo le queda un solo combate: el del corazón»

Esta mutación se sitúa más allá del optimismo y del pesimismo concerniendo a los acontecimientos y los hombres. La verdadera sabiduría exige poder dominar con soltura estos opuestos. Si no, estamos sin cesar quebrados, descuartizados, agrietados en sentidos contrarios. A menos que se trate de una máscara camuflando una cierta mediocridad adaptada a las diversas circunstancias. Llegar a ello totalmente es bastante raro. Es ese el fruto final de una existencia evacuando las brechas de sombra que no cesan nunca de invadir en ciertos instantes.

No nos abandonemos a la imaginación. Actualmente la soledad no está de moda. Comparable a la lava de un volcán, lo social va de conquista en conquista.

Con toda evidencia, los hombres que han hecho la elección de la vida solitaria corren el riesgo de ser rápidamente rodeados de mujeres. Estas se emplean benévolamente en facilitar sus vidas. Para las mujeres, el problema es rigurosamente diferente.

Ante la muerte física, el problema de la soledad no se plantea. Aquellos que han tenido accidentes de avión saben que afrontar la muerte de una manera colectiva se distingue totalmente de la proximidad de la muerte individualmente. ¿Es posible quitarle a alguien la angustia de la agonía personal? El amigo de la soledad exterior e interior preferirá vivirla en el más estricto aislamiento. Otras personas aceptarán con gratitud la ayuda de un entorno especializado en el amistoso acompañamiento.



Concretamente, estas páginas se aplican a una visión particular que es imposible de generalizar. Las exposiciones sobre la soledad cambien según la diversidad de las experiencias. Cada uno vive de manera diferente la soledad. A este respecto, las experiencias no se suman sino que se iluminan mutuamente completándose en la amplitud de una orientación idéntica.

Semejante a un sol luminoso transformador gracias a la intensidad de su luz, la soledad permite la irrupción de la Eternidad en el Tiempo. A condición siempre de realizarla con lealtad, lucidez, discernimiento.

Una frase de Henri Le Saux se ofrece a modo de conclusión: «... En lo más profundo del interior, ya no hay más ni interior ni exterior, sino solo el océano incircunscrito del Misterio»

La soledad es una comunión con el misterio interior.

jueves, 7 de mayo de 2009

LA SOLEDAD - COMUNIÓN CON EL MISTERIO INTERIOR - MARIE MADELEINE DAVY (III)


El contexto exterior

¿En que medida el solitario debe mantenerse al margen del contexto histórico? Capital, una tal cuestión conlleva varias respuestas.

Romper con el tiempo histórico es a menudo una trampa. Ciertas personas quieren salvaguardar su tranquilidad desinteresándose de las guerras, de las violencias, del sufrimiento humano. Todos ellos puntos neurálgicos sobre los que es imposible ejercer el menor impacto.

Poco importa el lugar donde esté el solitario. Las consecuencias de la incoherencia actual podrán tocarle. Flotan en el aire que respira y le alcanzan de frente o secretamente. Según los temperamentos, desprenderse de los tiempos exteriores puede exigir grandes esfuerzos.


Temas de meditación

Entregarse a la reflexión y al estudio es algo que conviene al solitario. Tal será su labor cotidiana mantenida con rigor. Siguiendo sus opciones, tendrá en cuenta sus preferencias sin padecer las influencias provenientes del exterior. La fidelidad a su singularidad se impone y está estrechamente ligada a su cultura. No obstante, estamos ligados a una época orientada hacia el universalismo. El acercamiento a los misterios varía necesariamente en el curso de la historia. La apertura es posible en la medida en la que todo sincretismo es evitado. Es esa una trampa en la que se cae fácilmente y en la que el buscador –privado de discernimiento– se vuelve fácilmente la víctima.

Los autores que han tenido un papel mayor durante la existencia no tienen por que ser abandonados. Por ejemplo Maestro Eckhart siempre susceptible de ser releído con provecho.

Otros textos pueden constituir una ayuda eficaz, como por ejemplo el Upanishad del Renunciamiento:

«Quien no tiene ningún sentido de su estima, está sin ego, libre de los contrarios, no tiene ya más dudas, no se encoleriza, ni odia, ni miente»

«El sabio permanece sin signo visible, sin objetivo visible, como el insensato, el niño. El es el poeta, pero él debe como un mudo, mostrar el Ser a los hombres por su sola visión del Ser»

«Que el sabio no actúe ni hable, ni tenga buenos ni malos pensamientos (de este mundo); no teniendo gozo más que en el Ser...»

Es posible añadir algunos pasajes de Jakob Bohme recientemente publicados:

«Si puedes un instante arrojarte en ese lugar en el que ninguna criatura habita, entonces, oyes lo que Dios dice.»

«¿Ese lugar está próximo, pregunta el discípulo, está lejano?

– Está en ti, dice el Maestro. Y si puedes durante una hora hacer silencio de todo tu querer y de todo tu pensamiento, entonces escucharas las palabras inexpresables de Dios»

«Cuando te mantienes en el reposo del pensar y del querer de tu existencia propia, entonces el oído, la vista y la palabra eternas se manifiestan en ti, y Dios escucha y ve por a través de ti.»

«Tu propio oído, tu propio querer, tu propia vista, he aquí lo que te impide ver y escuchar a Dios»

«Pero si has abandonado el modo imaginario, entonces lo encuentras en lo que está más allá de las imágenes y dominas todas las criaturas en el fondo de donde ellas han sido creadas. Y nada sobre la tierra puede dañarte, porque todas las cosas te son indiferentes y no hay nada que no te sea indiferente.»

«Ahí donde el hombre no se establece, ahí donde El tiene en el hombre su vivienda.»

«¿Cómo es que tan pocos hombres Le encuentran, cuando todos Le desean?

– Es que todos, Le buscan en alguna cosa, es decir en la opinión imaginaria, en su propio deseo, y ellos tienen todos su propia satisfacción en la naturaleza.»

«Incluso si el Amor se ofrece a ellos, El no encuentra lugar en ellos. Ya que lo imaginario de la voluntad propia se ha instalado en su lugar y quiere tener en si lo imaginario de su propia satisfacción.»

«Ahí donde el camino es más áspero, ve ahí. Lo que el mundo rechaza, tómalo. Lo que el mundo hace, no lo hagas.» (Jacob Bohme, De la vie au-delá des sens)

lunes, 4 de mayo de 2009

LA SOLEDAD - COMUNIÓN CON EL MISTERIO INTERIOR - MARIE MADELEINE DAVY (II)


Los peligros

Aquel que pensaba encontrar el reposo gracias a la elección de la soledad se equivocaría grandemente. La persona en cuestión va a afrontar zonas de sombras que él no ha podido nunca evacuar durante su existencia. Sus «enemigos» varían. No son idénticos a los de su juventud y su madurez.

Frente a la soledad, los peligros son numerosos. Nunca serán vencidos de una manera definitiva; combatirlos forma parte de lo cotidiano. Un solitario no advertido podría creerse superior ya que parece ser autosuficiente. Así un orgullo pueril se filtraría subrepticiamente en él. El gusto de compararse con los demás debe ser también enteramente destruido, si no se instala una errancia, una fluctuación en un individuo que se figura estar enraizado en la soledad, como un árbol en la tierra.

Un estado constante de vigilia y de vigilancia aparece como indispensable. Eso no es fácil de mantener. En cuanto se relaje, o simplemente se desperece, el solitario va a sumergirse en un hervidero de ilusiones. Estas merodean alrededor de él en ciertos momentos de inatención, le invaden y proliferan como si fueran ratas.

El abanico de errores a evitar comporta diversas páginas. El solitario que se tomase a si mismo como un dispensador de consejos se instalaría en el engaño. No hay lugar para considerarse como un guru. A la búsqueda de discípulos, se volvería un comediante más o menos dotado para el juego. La soledad exige el quitar todas las máscaras de las que se ha podido uno disfrazar durante su existencia. Esas máscaras se ajustan unas en otras a la manera de las muñecas encajadas conteniendo cada vez ejemplares más y más pequeños.

Los desapegos se imponen, en particular con relación al pasado. Un solitario debe abandonar los recuerdos relacionados con la infancia, la juventud y la madurez. De otro modo será un perpetuo prisionero de si mismo. Ahora bien, la soledad engendra la libertad. No ser ya mas su propio verdugo o carcelero. Evadirse para optar por una vida totalmente nueva.

La acedía (la desgana espiritual) puede cogerle al solitario. A menudo, esta actitud está acompañada de «pensamientos oscuros» y de una tristeza que engendran un gran desasosiego. Solo la profundidad de la interiorización pueden hacerle salir de ahí.

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viernes, 1 de mayo de 2009

LA SOLEDAD - COMUNIÓN CON EL MISTERIO INTERIOR - MARIE MADELEINE DAVY (I)



Se presentan tantas formas de soledad como sujetos para intentar vivirla. Considerada en su apariencia exterior, el acceso a la soledad debe resultar de una elección deliberada. Impuesta desde adentro, por motivos independientes de la voluntad, se vuelve rápidamente una insostenible prueba que es necesario rigurosamente evitar. Si no, la soledad engendra un estado depresivo tanto más cruel en cuanto que no se puede superar.

El error sería creer en la uniformidad de la existencia solitaria. Los tipos de soledad son diversos; corresponden a las particularidades, a las diferencias esenciales y también a las vocaciones a descubrir por un precedente conocimiento de si.

De todas maneras -poniendo aparte los casos excepcionales- la opción hacia la soledad no concierne a los jóvenes ni tampoco a los individuos de edad madura. Es al final de la existencia cuando es posible privilegiarla. Marginal, el solitario se retira conscientemente de la travesía, de los acontecimientos, del mundo exterior. Y esto por motivos que le son estrictamente personales.

Salvo excepciones, aquellos que tienen responsabilidades de familia, padres, hijos, no tienen la aspiración de vivir en soledad. Elegirla concierne a personas privadas de responsabilidades y provistas de un temperamento independiente. Conscientes de su ignorancia, quieren colmarla antes de su muerte.

Siguiendo un pasaje del Eclesiastés (Quoelet 3,1,sg) «hay un tiempo para plantar, y un tiempo para arrancar lo que ha sido plantado... un tiempo para guardar, y un tiempo para arrojar... un tiempo para callarse, y un tiempo para hablar.» Glosando estos textos, sería posible añadir: «hay un tiempo para viajar y un tiempo para la estabilidad; un tiempo para enseñar a los demás, ser conocido, y un tiempo para entrar de una manera definitiva en el incógnito, el perfecto anonimato antes y después de la muerte». Esta decisión conviene a ciertos solitarios y debería ser totalmente respetada por sus amigos y también por los desconocidos que desearían tomarlos como protagonistas de artículos...

Las soledad reviste varios sentidos: vivir solo, sin compañero o compañera. Encontrarse raramente con alguien. Ausencia de visitas. Lucha incesante contra el vagabundeo de los pensamientos. Las distracciones –de dentro o de fuera– provocan un tambaleo ligero o violento.

Creerse solitario porque se vive solo en una ciudad –grande o pequeña– no coincide con la verdadera soledad. Encontrase con personas en el metro, los autobuses, la calle, conlleva elementos de dispersión.

Según los Apotegmas, Abba Arsenio retirado a la vida solitaria, formulaba esta plegaria: «Señor, condúceme por la vía de la salvación». Entonces escucho una voz decirle: «... huye, calla. Guarda el recogimiento» (Fuge – Tace – Quiesce).



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domingo, 26 de abril de 2009

EL TRABAJO ESPIRITUAL SE HACE EN SOLEDAD MARIE-MADELEINE DAVY (VI)


EN LA SOLEDAD TENDRE LA CLAVE DE SABER QUE YA SOMOS SERES UNIVERSALES

Yo no oigo el silencio, no percibo mi fuente. ¿Por qué? Porque estoy en el parloteo exterior. Estoy en la danza de las palabras. Estoy en el canto de una expresión. Estoy en el parecer, nada más que en el parecer. Si mi oído interior nace, si en la soledad se despliega, voy a captar, voy a comprender, voy a tener una experiencia de la cercanía a los misterios, a todos los misterios. Yo recibo un don: la llave de la existencia, la llave del "nuevo nacimiento", la llave del hombre nuevo con relación al "hombre viejo". Nosotros ya somos seres eternos, seres solares, seres luminosos. Es evidente que en general no vemos nada de eso, o también como lo expresa El Cantar de los Cantares, se ve a través de la celosía. La soledad, los desiertos provocan un despertar de la escucha. A través del oído interior, es "alguien" en nosotros quien encuentra a "alguien". No son solamente las palabras las que nos atacan, en una conversación banal con alguien. La profundidad brota. Hay un encuentro entre ese grano de mostaza que está en el otro, y el grano de mostaza nuestro. Se descubre que el ser es mejor de lo que él dice, el ser es mejor de lo que él hace; es "desvelado" momentáneamente. Si mi soledad me procura una escucha atenta a la belleza, efectuaré de una manera directa, inconsciente, un cambio en las palabras, una modificación de las frases. Va a haber una especie de metamorfosis.

No es la banalidad lo que retendré sino el sonido de la fuente. El hombre que vive el desierto interiorizado en la soledad, percibe el murmullo de la fuente en el otro... y se maravilla ...

POSDATA IMPORTANTE

¿Por qué este crecimiento de ermitaños en la actualidad?

Hay que decir que se trata de una vocación, una llamada. El exceso de insistencia en el compromiso con el mundo y el desbordamiento de las palabras, habladas y escritas han llevado a muchos a redescubrir la fuerza de la oración y el gozo del silencio.

El ermitaño da su vida por cosas inútiles, según el mundo. La sencilla regla que él mismo se escribe, prevé, sobre todo, horas de oración, de lectura espiritual, de meditación. En el ermitaño hay un rechazo radical de la lógica mundana, para la cual sólo la acción, la política, el compromiso social, las inversiones económicas, pueden cambiar el mundo para mejor.
David Amado

El eremita urbano, ha respondido a una llamada que le ha hecho comprender que sólo quien entrega su vida por los demás, la salva, y que el modo más eficaz de amar y de ayudar es el de encerrarse bajo el anonimato, el silencio, la impotencia, creyendo hasta el fondo en los misteriosos vínculos de la “comunión de los santos”. En la habitación de uno de ellos se encontró una inscripción, según cuenta el escritor Vittorio Messori, con el siguiente texto: “El que se va al desierto, no es un desertor”.

Publicado por Hieromonje Macario

sábado, 25 de abril de 2009

EL TRABAJO ESPIRITUAL SE HACE EN SOLEDAD MARIE-MADELEINE DAVY (V)


NUNCA TENEMOS QUE ABANDONAR LAS FORMAS, SINO ACEPTAR QUE ELLAS NOS ABANDONEN

Una vez más, en la soledad, no hay nada que adquirir, solamente despojarse. Eckhart, en un poema que se le atribuye –aunque quizás no sea de él- dice: "¡Oh alma mía, sal! ¡Dios mío, entra!".

El último escollo de la soledad y del desierto interiorizado, puede parecer cruel. Estamos atados a las formas: podemos estar estrechamente ligados a nuestra raza, nuestra patria, nuestra familia, a una tradición, una religión precisa. En la soledad, es posible que seamos abandonados por las formas. Nunca tenemos que abandonar las formas, sino que tenemos que aceptar que ellas nos abandonen.

Si yo abandono una forma religiosa por ejemplo a causa de la perversidad de mi existencia, es un error. Si abandono una forma religiosa porque me desencanta parcialmente –por su liturgia por ejemplo- es un error. En la soledad hay una armonía. En la soledad comprendemos que las formas pertenecen al tiempo, que esas formas están en nosotros, y que es importante integrarlas. En la soledad o en el desierto interiorizado, el hombre va a morir, va a morir necesariamente. Morir a lo transitorio, morir al tiempo, morir al espacio. Se va a volver un hombre universal, rigurosamente universal.

jueves, 23 de abril de 2009

EL TRABAJO ESPIRITUAL SE HACE EN SOLEDAD MARIE-MADELEINE DAVY (IV)


EL SOLITARIO ES COMPARABLE A UN TERRENO, IRRIGADO POR UN RIO DE FUEGO QUE NO VIENE DE ÉL

No sé si ustedes se habrán tropezado alguna vez con solitarios. Eso me ha ocurrido a mí dos o tres veces. Hay en su mirada una llama. El solitario es comparable a un terreno, irrigado por un río de fuego que no viene de él. Si se le dice: ¿pero cómo puedes vivir tu soledad, como mantienes tu libertad a pesar del hecho de ser o de no ser amado? Él respondería: "en la dimensión divina, he llegado a ser por la gracia, semejante a una tierra irrigada y luminosa".

¿Cuál es el símbolo del desierto, y por qué el desierto interiorizado nos sumerge en la soledad? El desierto es una tierra estéril, una tierra inhabitada. El desierto designa una tierra en la que se tiene sed. Hay muy pocos pozos. Entonces tenemos sed, pero ¿es que el dinero nos colma? ¿la comodidad y el desahogo humanos nos colman? ¿es que nuestra profesión, incluso si tenemos éxito en ella, nos colma?. No, tenemos sed. ¿Pero sed de que? El solitario va a comprender que tiene sed de eternidad. Tiene sed de algo que no desaparezca, de algo que no pueda morir.

Por que en el fondo, sufrimos por la muerte. La muerte de los que amamos, nuestra propia muerte, pueden despertar nuestro temor. ¿Cómo morimos? El solitario desgarra el velo. El solitario súbitamente comprende algo. Las palabras se mueven, las palabras revelan su sentido secreto.

El desierto interior es alcanzado cuando el hombre comprende que todo debe de interiorizarse. El oído se interioriza, la mirada se interioriza. Y la soledad aviva, despliega el sentido de lo interior. El oído, en el desierto interiorizado, va a captar el murmullo de las fuentes.

Nos encontramos con alguien; nos habla de cosas banales; de repente pronuncia una frase y nos quedamos atónitos. Algo ocurre, su rostro cambia. Me acuerdo de haberme encontrado con una mujer que vivía solitaria. Era extremadamente banal, pero de repente, tuve la impresión de que la experiencia de su dimensión profunda, la experiencia de su fondo, resplandecía en su rostro. Era una mujer que quizás tendría sesenta años y, de repente parecían veinte. Ella no tenía edad, se situaba fuera del tiempo, fuera del espacio.

Todos hemos visto miradas de luz, fugitivas pero luminosas. De vez en cuando, en el rostro, algo aparece, algo se muestra. Si nos asemejamos a una tierra vacía, a un desierto, si aceptamos una verdadera indigencia, entonces la luz llega.

domingo, 19 de abril de 2009

EL TRABAJO ESPIRITUAL SE HACE EN SOLEDAD MARIE-MADELEINE DAVY (III)


SI AMO, EN LA SOLEDAD SOY COMO UN SOL

En algunos momentos, la soledad parece comparable a una sombra, una niebla, algo denso. No se ve a unos pocos metros por delante y uno parece enloquecer. ¿Por qué? Porque el solitario deja, como dice Chestov, la consciencia común. La omnitud le abandona. Si por ejemplo estamos sentados en un café, y escuchamos las conversaciones ¿De qué hablan? De la ropa, del dinero, de fulanito o menganita ... Ustedes me dirán: "no se va a un café para hablar de cosas profundas". Quizás, pero ¿qué es lo que interesa a la mayoría de las personas?.

Después de haber entrado en el jardín del conocimiento de sí, el solitario entra en la bodega del vino. La bodega del vino significa el amor al otro. Un amor extraordinario, un amor que es difícil ya que no sabemos amar. El solitario va a comprender que lo importante no es ser amado sino amar. Y amar gratuitamente.

Se ven a veces personas depresivas y les solemos decir: "¿Pero por qué estás tan hundido?". Ellas responden: "nadie me quiere, mi pareja no me quiere, mis hijos no me quieren etc...". El secreto que enseña la soledad, la revelación de la soledad, es la escucha de la fuente, y la fuente me dice: "lo esencial no es ser amado, sino amar". Y si yo amo, en mi soledad, me convierto en un Sol.

De una mujer que se encontrara sola en un pueblecito; que no tuviera nadie a quien querer, ni siquiera un gato o un perro, sus hijos estuvieran lejos –o quizás no los tuviera-, su pareja hubiera muerto o la hubiera abandonado. Diríamos: "esta mujer mayor, esta solitaria que no es amada por nadie, ya no cuenta para nada; es algo inútil. Sin embargo, ella esta ahí, viva en su dimensión de profundidad, en su realidad; ella está presente a todos los seres humanos

miércoles, 15 de abril de 2009

EL TRABAJO ESPIRITUAL SE HACE EN SOLEDAD - MARIE-MADELEINE DAVY (II)


El solitario no tiene nada que acumular; él se libera de estorbos

En la soledad, la dificultad consiste en comprender que lo esencial no es actuar, sino ser. Si nos encontramos a alguien y le preguntamos ¿Qué haces? él responderá precisando lo que hace; tal oficio, tal profesión.... ahora bien, la soledad enseña esto: lo importante es ser, es decir existir llegando a ser auténtico.

El punto es el símbolo de todo esto. El punto es el cruce. El solitario no tiene nada que adquirir, solo tiene que despojarse.



EN LA SOLEDAD ESTAMOS RELIGADOS

En la soledad se va a escuchar, a percibir el susurro del silencio. El silencio tiene una voz. El silencio habla. El silencio enseña. Nos dice algo. Acuérdense de San Bernardo de Claraval. Él está en su celda, las ventanas y las puertas están cerradas. De repente, siente la llegada de una presencia. Él quisiera ver, y no ve nada. Quisiera oír; todo está mudo. Le gustaría palpar con las manos, pero nada puede tocar. Bernardo experimenta en sí mismo algo inusitado. El grano de mostaza del que habla la Biblia, el grano de arroz, la presencia, misteriosa e innombrable, se mueve, como si hubiera una brisa. En el Génesis, el Eterno está en la brisa. Después súbitamente, la presencia desaparece de allí. En la soledad, en los momentos en los que uno se acerca al fondo, estamos religados. ¿Religados a qué? ¿a quién?. Religados al Eterno, religados a algo innombrable. No se puede decir nada, absolutamente nada.

En la soledad mis raíces ya no están pegadas en aquello que es transitorio. Las raíces que se sumergen para hacer subir la savia, no pertenecen ya más al mundo visible. Es el mundo invisible el que nutre; el mundo invisible que no cesa de aligerarnos del peso de las pruebas que nos pone la existencia.

domingo, 12 de abril de 2009

EL TRABAJO ESPIRITUAL SE HACE EN SOLEDAD MARIE-MADELEINE DAVY


Antes que nada yo plantearía la siguiente pregunta: ¿la soledad es elegida, o uno es elegido por ella?. Es evidente que durante la existencia, los acontecimientos pueden hacer de nosotros unos solitarios. En la medida en la que se trata de una soledad profunda, de la búsqueda del fondo, de lo esencial, creo que se es elegido por la soledad.



DECIR SÍ A UNA PRESENCIA

Según San Bernardo: "El hombre es elegido". ¿Elegido por quién? ¿por qué? Yo diría por lo Eterno o también, por su vocación propia, su destino. San Bernardo dirá: "El ser es tomado". El toma aquí un texto bíblico según el cual el hombre es "visto" desde el seno de su madre, amado en el seno de su madre. Es elegido a la vez que tiene la libertad de decir "no". Se puede evocar un texto de Bernardo, concerniente a la Madre Divina. El ángel Gabriel se presenta y le anuncia que va a ser madre. Ella duda. Ella no conoce a nadie. Y la naturaleza entera, las hojas de los arboles, la hierba, las piedras claman: "Di sí, di sí, di sí". Cuando un ser seducido por lo Eterno, es llamado hacia su fondo, todo se tambalea. Este fondo, no puede ser nombrado, no puede ser conocido, no se le ha oído hablar nunca: ni siquiera se tiene una experiencia de ello. ¿Cómo decir sí?. Y si se dice "si", es un "si" que va a ser repetido, no todos los días, sino a cada instante. Porque el misterio de la soledad, tremendo divino y al mismo tiempo difícil de vivir, consiste en orientarse hacia la plenitud de un "sí". ¿Sí a qué? A una Presencia. Podría también decir un "si" a algo que ignoro. A algo que nace en mi, crece en mi, se despliega en mi... y que yo no puedo nombrar.



En la soledad el hombre comprende que es un microcosmos, y que lleva al macrocosmos en si mismo

El riesgo de la soledad absoluta: el eventual encuentro con la locura. Quizás se tiene miedo de la soledad porque se tiene miedo de volverse loco. ¿Por qué loco? Porque las cosas se disipan. De repente la mirada ve, el oído escucha. Un cartujo del siglo XII lo expresa, y yo comento su texto: "cuando me retiro, cuando estoy en soledad, cierro los ojos, no hay nadie alrededor mío, ningún ruido, ningún sonido. Escucho el murmullo del silencio. Y ese silencio es atravesado por gritos, por vociferaciones; son los animales que tengo en mí." En la soledad me veo. En la soledad me encuentro, me conozco.

La soledad es un espejo. Y ¿quién soporta el tener un espejo ante el rostro? Se dice a menudo y se repite que el conocimiento de sí es el más difícil de los conocimientos; la ciencia de las ciencias, el conocimiento de los conocimientos. Si uno está muy sobrecargado, si uno ve muchos rostros, si uno se mantiene en una conversación perpetua, un parloteo exterior o interior, uno no se ve. Se ve a los demás, los rostros las mímicas, pero uno no se ve. La soledad es un espejo. Un espejo excelente, un espejo que retiene todo.

Entonces uno se ve, y se siente horror. ¡Horror de sí! ¿Por qué? Porque uno ve su pobreza, su miseria, cuando lo que habría que ver sería la belleza propia. Convendría ver la grandeza. ¿Por qué una grandeza? ¿Por qué el esplendor? Porque el ser es portador de luz.

El hombre, hasta el ser humano más lastimoso, lleva en sí la imagen divina, la chispa divina. Es un recipiente de luz, de belleza. En la soledad, el hombre su coge su acuerdo con el cosmos. Comprende que él es un microcosmos, que él lleva al macrocosmos en sí. Él es Tierra, él es Aire, Agua, Fuego. Contiene las plantas, el árbol, la flor, los animales, el pájaro y la serpiente. Es un ser humano. Él puede llegar a ser un ser humano completo.

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viernes, 10 de abril de 2009

Platicas del Prior del Convento Dominicano de Erfurt, Fray Eckart.18-De qué manera el hombre puede aceptar, si le corresponde,un plato delicioso, etc,


No has de inquietarte por la comida y vestimenta de modo que te parezcan demasiado buenas. A tu fondo más íntimo y a tu ánimo créales más bien el hábito de estar muy por encima de eso. A excepción de Dios nada debe mover a [tu ánimo] para que sienta placer o amor, ¡ha de estar por encima de todas las demás cosas!

¿Por qué?

Pues, sería una intimidad flaca aquella que debería ser justificada por el vestido exterior; lo interior ha de determinar precisamente lo exterior en cuanto ello depende sólo de ti. Pero, si te cae en suerte un [vestido exterior] diferente, puedes aceptarlo como bueno en tu fondo más íntimo de tal manera, que te lo pongas con la disposición que tendrías si fuera distinto y tú, en ese caso, lo aceptarías gustosa y obedientemente. Lo mismo rige para la comida y los amigos y parientes y para todo cuanto Dios te dé o te quite.

Y por ende considero que la mejor de todas las cosas es ésta: que el hombre se confíe completamente a Dios, de modo que él, si Dios quiere imponerle una carga, ya sean ignominias, penas o un sufrimiento cualquiera, la acepte con alegría y gratitud, y que el hombre, antes que colocarse él mismo en tal situación, se deje guiar por Dios. Por lo tanto ¡aprendedlo todo gustosamente de Dios y seguidlo, así seréis buenos! Procediendo de este modo también es lícito aceptar honores o comodidades. Mas si a tal hombre le sobrevienen incomodidades y deshonra, que las aguante también y esté dispuesto a hacerlo con gusto. Y por ello pueden comer con pleno derecho quienes estarían igualmente dispuestos a ayunar.

Y en esto residirá también la razón de por qué Dios libra a sus amigos de sufrimientos grandes y numerosos; de otro modo no lo podría permitir su inconmensurable lealtad, ya que en el sufrimiento se esconde una bendición abundante y grande, y Él no quiere ni puede permitir que los suyos echen de menos ningún bien. Mas Él se contenta con una voluntad buena y justa; de lo contrario no les ahorraría ningún sufrimiento a causa de la inefable bendición inherente al sufrimiento.

Como Dios se contenta con esa situación, conténtate tú también; pero si le gusta otra cosa para ti, ponte contento lo mismo. Porque, en su fuero íntimo, el hombre debe pertenecer a Dios tan completamente [y] con toda su voluntad, que no le preocupen mucho ni los modos ni las obras. Sobre todo debes rehuir cualquier peculiaridad, ya sea en la vestimenta, ya sea en la comida, ya sea en las palabras —como por ejemplo, usar palabras grandilocuentes— o también tener gestos raros, lo cual no sirve para nada. En cambio, debes saber también que no te está prohibido tener ninguna peculiaridad. Hay muchas peculiaridades que uno está obligado a observar en algún momento y con muchas personas; pues, quien es [un hombre] peculiar, tiene que hacer también muchas cosas peculiares en determinados momentos y de muchos modos.

Interiormente, el hombre debe haber formado su imagen dentro de Nuestro Señor Jesucristo con miras a todas las cosas, de un modo tal que se encuentre en él un reflejo de todas las obras y de la apariencia divinas; y el hombre, en cuanto sea capaz de hacerlo, debe, con perfecta adaptación, llevar en su fuero íntimo todas las obras de [Cristo]. Tú debes obrar y Él debe adquirir [forma]. Haz tu obra con recogimiento íntegro y toda la disposición de tu ánimo; acostúmbralo a éste en todo momento a proceder así y [acostúmbrate] a formar tu imagen dentro de Él en todas tus obras.

lunes, 6 de abril de 2009

RITMOS Y ANTINOMIAS ESPIRITUALES -6- LA VIDA LITÚRGICA O EL MÉTODO FÍSICO DE LOS ESICASTAS- Cardenal Tomás Spidlik S.J.


Ciertamente, los solitarios tienen la desventaja de estar privados de ese medio de comunión espiritual que es la liturgia, la cual, más tarde, llegó a ser fuente de tanta inspiración. Digo "más tarde" porque al inicio los monjes fueron más bien escépticos respecto a las bellas celebraciones. "No se viene al monasterio -escribe San Teodoro Estudita- para escribir o cantar bellas canciones" (75). Pero enseguida las celebraciones litúrgicas alcanzaron su perfección precisamente en los monasterios. La belleza de los ritos, el "cielo en la tierra", eleva el alma (76). Los antiguos monjes temían que los medios de devoción fuesen demasiado corporales. La vida monástica es angélica. Sin embargo, en el fondo, consentían que estos "ángeles viviesen en el cuerpo". No se debe despreciar sino utilizar como instrumento por medio del cual expresar las relaciones del alma con Dios.

El eremita está privado de todo esto. Y, bajo este aspecto, ¿no será, quizás, su modo de vivir un retroceso? ¿un retorno al falso angelismo gnóstico?. Desde este punto de vista no tenemos duda. La vida eremítica no favorece las funciones litúrgicas. Pero un cierto "lenguaje del cuerpo" debía encontrarse también en los solitarios. Practicaban muchas metanie, inclinaciones y postraciones, señales de la cruz.

Pero esto no es su mérito. Estas prácticas eran aprendidas en el monasterio. Ellos, tan sólo, han hecho un descubrimiento. En la vida común se distinguen ciertos gestos litúrgicos de los gestos profanos. Los gestos sagrados son tales porque significan la elevación de la mente a Dios como, por ejemplo, las manos alzadas o los ojos vueltos hacia el cielo. Pero estos gestos litúrgicos están limitados por el ritmo de la vida. Los solitarios tenían la libertad de hacer muchas metanie, pero también esto debía tener una medida. Entonces descubrieron otra cosa: ¿porqué no dar un significado sagrado a esos "gestos" que son inseparables del ritmo de la vida, como por ejemplo la respiración y el latido del corazón?

No queremos tratar aquí las cuestiones que se refieren el así llamado "método físico" de los esicastas (77). Me parece justo en esta ocasión subrayar este aspecto que normalmente viene olvidado: el lenguaje del cuerpo en la oración solitaria, una especie de liturgia secreta.

Para finalizar debemos intentar alguna conclusión que, ciertamente, no es fácil. Hasta ahora no hemos hecho otra cosa que una larga comparación, un díptico de razones en favor de un estilo de vida o del otro. Paradojalmente, de ambas partes se puede tener razón. Y esta situación, como es de esperar, causó continuas excitaciones, un "oscilar" entre una y otra parte.

Hubo algunos espíritus fuertes que eligieron decididamente una dirección combatiendo la otra. Pero estos fueron normalmente reformadores que buscaban remediar las desviaciones de la parte opuesta. Los sabios monjes "oscilaban" de una parte a otra. Muchos santos comenzaron como esicastas y terminaron fundando un monasterio cenobítico, y también a la inversa.

Estamos tentados de decir que una cuestión tan importante no ha encontrado aún una solución satisfactoria, y es propiamente esta incertidumbre que, con el tiempo, debía debilitar el monaquismo. Pero antes de pronunciar el juicio definitivo, veamos si no se ha encontrado quizás una solución.

En este momento me permito hacer un salto histórico, tomando en consideración el monaquismo ruso. Como he dicho, al inicio del siglo XVI, las dos tendencias llegan a un conflicto. Dos grandes reformadores monásticos: José de Volokolamsk y Nilo Sarski se opusieron. Cada uno reclama para sí las razones que hemos visto. Lo que podemos pedir a la historia es esto: ¿cuál fue el resultado de estas reformas? La respuesta, desde los hechos históricos, es clara: Ambos tuvieron un notable éxito, pero sólo por una generación posterior a la muerte de los reformadores. Luego vino nuevamente la decadencia. La reforma más permanente del monaquismo ruso vino más tarde con el despertar de la dirección espiritual, con la aparición de los staretz, padres espirituales por excelencia (78). Ellos resolvieron la cuestión no en el plano institucional, sino personalmente. Sólo la clarividencia de un padre "diacrítico" puede decidir el momento justo en el cual un hombre tiene necesidad de la comunidad y del apoyo necesario del orden, y cuando, al contrario, son momentos que aconsejan dejarlo solo.

El plano institucional tiene siempre, desgraciadamente, graves dificultades para poder realizar esta elasticidad de posturas: o se hace profesión de vida común o se es un eremita. El derecho las considera dos vocaciones diversas. Sin embargo la solución bizantina de monasterios cenobitas con la posibilidad de esicastas en dependencia del mismo monasterio es quizás un experimento más que interesante en el que podrían pensar también los canonistas, suponiendo, sin embargo, siempre la dirección espiritual.

Así podremos decir que no sólo un buen teólogo, sino también un buen canonista, unas veces dice algo y otras lo contrario, pero no se contradice, como no se

viernes, 3 de abril de 2009

RITMOS Y ANTINOMIAS ESPIRITUALES - 5- ACCIÓN SOCIAL O LA CARIDAD PURAMENTE ESPIRITUAL - Cardenal Tomás Spidlik S.J.


Esta antinomia se refiere al modo de cómo practicar la caridad. La caridad supone el compartir. Pero ¿a qué nivel estamos obligados a realizarlo? ¿A nivel puramente espiritual, en el Espíritu, o se exige una comunión concreta, social, visible? Se sabe que el famoso capítulo 7º de las Reglas mayores de S. Basilio contiene un ataque despiadado contra los eremitas respecto a este tema. La vida solitaria no ofrece ocasión para ejercitar la caridad y no puede, por lo tanto, ser considerada como camino válido para el progreso espiritual. Pero ¿Quién entre los eremitas ha pretendido alguna vez negarlo?

Oratio de divina et sancta caritate (66) es el título del último capítulo de la Historia religiosa de Teodoreto de Ciro, quien asegura que todo lo que los ascetas hacen en su soledad no tendría sentido si no fuese motivado por la caridad.

Pero a pesar de esta solemne afirmación, queda alguna duda: el amor de Dios es inseparable del amor al prójimo y este último presupone el compartir. Sabemos cómo justamente el problema de la participación o comunicación entre las personas es de actualidad en la filosofía moderna (67). Pero siempre fue actual. Los monjes estaban de acuerdo con los filósofos modernos al constatar que sería injusto medir el contacto con los otros sólo según las palabras. La verdadera comunicación se establece por medio de todas las esferas conscientes e inconscientes de la personalidad. Los monjes cristianos reconocían como más importante la esfera del Espíritu, el tercer componente del yo divinizado. La comunión, en este caso, se puede efectuar también sin contactos materiales y su medio principal es la oración.

Para poder comprender mejor esta posición recordemos la famosa tricotomía antropológica de los Padres Griegos. El cristiano, hombre espiritual, es definido por San Ireneo (68) como compuesto de tres partes: la carne, el alma y el Espíritu Santo. Siendo social se comunica con los otros. Están aquellos que realizan esta comunicación prevalentemente al nivel de la carne. Pero tal unión vale poco; antes que esa debe preferirse... la unión de los pensamientos. Pero para los cristianos tampoco es esta unión la que se busca. Debemos comunicarnos al nivel del Espíritu. En esta unión consiste el misterio de la Iglesia, y aún más la unidad entre los miembros de una comunidad monástica.

La pregunta concreta se propone en estos términos: la comunión a nivel de la carne y al nivel del alma, o sea todo el conjunto de la vida social, ¿ayuda o disturba a la verdadera unión en el Espíritu?

Bajo este aspecto la actitud de San Arsenio, prototipo de los esicastas, es muy característica. Queriendo salvarse pidió su politeia, es decir su palabra programática, al mismo Dios. Y escuchó el famoso dicho que con sólo tres palabras expresa los grandes medios y el fin de la vida esicasta: "Huye, calla, estate tranquilo (hesychadze)" (69).

El toma el consejo con tanto vigor que mereció un llamado de atención de parte de los monjes con quienes se rehusaba del todo a conversar: "Arsenio, ¿no nos amas?". Ante tal reclamo necesitaba justificarse. Entonces el anciano puso a Dios por testigo al declarar que amaba a todos. Pero al mismo tiempo suspiró: No puedo abandonar a Dios y estar con los hombres". Es esta una frase extraña cuando pensamos en la unidad esencial entre el amor de Dios y del prójimo. Por eso Arsenio justifica sus palabras: "Dios sabe que yo os amo, pero no puedo estar a la vez con Dios y con los hombres. Arriba, en lo alto, miles y miríadas (de ángeles) tienen un solo querer, en cambio los hombres tenemos quereres múltiples. Y por eso no puedo dejar a Dios y estar con los hombres" (70). En su modo de afrontar el problema Arsenio tenía ciertamente razón. Toda multiplicidad, y en particular la multiplicidad de los quereres humanos, es contrario al ideal de la vida monástica que debe ser monotropos, toda unificada en sí misma y con Dios.

No podemos imaginar que Basilio ignorase o minimizase el problema. Sería también injusto creer que Teodoro Estudita, tras sus huellas, quisiera fundar la convivencia monacal sobre la base solamente de la armonía del orden externo. En efecto, Basilio proclama que sus hermanos lograrán superar la multiplicidad nociva con una sola condición: que todos los hermanos sean homopsychoi (71), que tengan, según el ejemplo de la Iglesia naciente en Jerusalem "un solo corazón y una sola alma" (Hechos 4, 32).

Tanto Basilio como Teodoro creían firmemente en la posibilidad de realizar una perfecta homopsychia en los monasterios. La misma fe inspiró, más tarde, a Rublev a proponer ante los ojos de los monjes rusos la imagen de la Santísima Trinidad como ejemplo de vida común. Pero bajo este aspecto hay ciertamente muchos que son más pesimistas o más realistas: "Qué hermoso y qué bueno habitar los hermanos en unión" (Ecce quam bonum et quam jucumdum habitare fratres in unum (Sal. 123, 1). ¡Este Salmo es más fácil cantarlo en el coro que vivirlo en la comunidad!. ¿Debemos maravillarnos entonces, que sean muchos los que repiten la experiencia de Arsenio? "No puedo abandonar a Dios y estar con los hombres". El famoso Tace, fuge, quiesce ha sido retomado por todos los esicastas como el principio fundamental de su vida. Pero también ellos debían sentir frecuentemente la objeción contra Arsenio. "¿No nos amas?" Inútil es pretender llegar a la contemplación sin la caridad que es la "puerta de la gnosis" como afirma también "el teólogo del desierto" Evagrio Póntico (72). El amor de Dios es inseparable del amor fraterno, la caridad fraterna supone la comunión. Pero aquí se trata de una cuestión de fondo. La comunicación del alma supera ampliamente la de los cuerpos. Lo sabían los filósofos griegos clásicos que escribieron sobre la amistad (73). Pero los cristianos, como lo hemos indicado, se atreven a continuar el razonamiento, colocándolo sobre un plano más elevado: la comunión del Espíritu Santo es preferible a la que se da en las potencias intelectuales o volitivas. Podríamos decirlo creando un nuevo término griego: no importa tanto su homopsychoi, más bien es necesario ser homopneumatikoi, comulgar y unirse en el Espíritu. Fueron justamente los esicastas quienes daban siempre claros testimonios de esta unión, con los dones de la comunión espiritual, de cardiognosis, visión lejana, pero en especial con el don de la comunión por excelencia: la dirección, la paternidad espiritual (74).

martes, 31 de marzo de 2009

RITMOS Y ANTINOMIAS ESPIRITUALES - 4- LA ORACIÓN – EL TRABAJO - Cardenal Tomás Spidlik S.J.


¿La oración sola o también el trabajo? Así podemos formular el problema que desde antiguo preocupaba a los monjes.

¡Ora et labora! Las palabras de S. Benito se repiten hasta hoy. Pero no nos damos cuenta que ellas son fruto de una larga discusión y parecen ser una especie de componenda, y esto en una cuestión muy importante como es el fin de la vida monástica. Según la legislación de Justiniano (50), ella no tiene otro objetivo que la contemplación. Los monjes tomaban literalmente la exhortación de S. Pablo: "Orad sin interrupción" (I Tes. 5, 17). Pero ellos rechazaron también la herejía de los mesalianos, para los cuales el trabajo sólo conviene a los laicos, sucesores de Marta que se fatigaba para el Señor, mientras que los monjes prefieren seguir a María en la contemplación a los pies de Jesús (Luc. 10, 42) (51).

Los monjes ortodoxos no rechazaron el trabajo en el desierto. El trabajo monástico es un tema interesante para estudiarlo, como demuestra un libro de A. Quacquarelli (52).

Sin embargo no era siempre igual el motivo que los empujaba a esta actividad.

Ciertamente, como para Antonio y otros solitarios, el trabajo no era más que un desahogo, un medio útil para no enloquecerse por el esfuerzo continuo de la oración (53). Por eso el trabajo es querido sólo según este criterio: en cuanto no molesta a la oración explícita.

La solución teorética de este problema, como leemos en Orígenes, Afrate, Agustín, Benito (54) es más ponderada, deja el camino abierto hacia otra dirección. En estos textos clásicos se lee que el trabajo, sabiamente alternado con la oración, como tal en sí mismo ya vale como oración (55).

Se trataba de ver cómo, en la práctica, el trabajo fuese una verdadera oración, porque sólo así se podía satisfacer el mandamiento del apóstol: "Orad sin descanso" (1 Tes. 5, 17).

Pero Basilio tuvo el coraje de dar vuelta el problema, propuesto en estos términos. ¿El hombre fue creado sólo para rezar? Seremos juzgados por nuestras obras: No sólo los laicos, sino también el monje debe "abundar en las obras de Dios" (56). Basilio no llama opus Dei sólo a la recitación de los salmos, como sucede en la terminología benedictina, sino a todo trabajo hecho con buena disposición, diáthesis agathé (57). Los monjes basilianos no trabajan tan sólo dentro de la clausura. El mismo Basilio no olvidó que era médico, y utilizó su arte durante las calamidades públicas (58).

Si los monjes basilianos trabajaban, de los estuditas se puede decir que trabajaban muchísimo; la polyergia es una nota característica de su fundador (59). Además fue un óptimo organizador. No es de maravillarse que los monasterios tuvieran un buen rendimiento incluso desde el punto de vista económico, podían construir iglesias magníficas, bibliotecas, mantener escuelas, orfanatos, asilos para ancianos, etc.

Pero parece que a veces trabajaban también cuando no había una necesidad en particular. El biógrafo de S. Atanasio Atonita se excusa que su héroe, al comienzo, "trabajaba poco". ¡Era un hombre! Más tarde remedió ese defecto plantando viñas (60). No hablemos de San Máximo Causocalivita, quien adoptó la hermosa costumbre de construir una campana y luego fundirla. Sin embargo es justamente él quien tiene esas magníficas visiones descriptas en la Filocalia (61). Pero todo esto pone en peligro el ideal de la vida monástica. El trabajo organizado y provechoso para los otros implica preocupaciones. Pero no hay peor enemigo de la oración, de la unión con Dios, que los merimnai, las preocupaciones materiales (62). Según la bella definición de Juan Clímaco, la verdadera oración está olvidada de las cosas inútiles y de las útiles" (63).

Los esicastas, aunque no sean mesalianos, no favorecen demasiado el trabajo, especialmente lo que llamamos actividad apostólica. La dejan gustosamente a los obispos y sacerdotes. Ellos son laicos que tienen derecho a la vida privada. Toman el consejo de Casiano: Monachus fugiat mulieres et episcopos ("que el monje huya de las mujeres y de los obispos") (64), porque tanto las mujeres como los obispos, bajo aspectos distintos, hacen participar al monje de sus preocupaciones.

Pero el solitario ¿está verdaderamente libre de toda preocupación terrena por el solo hecho de que no trabaja? En las Colaciones de Casiano el abad Juan discute este problema y busca optar por las ventajas de la vida cenobítica o de la vida eremítica, en este tema. Es verdad que en la vida común hay diversas preocupaciones, pero también en la vida eremítica hay una peor que todas las otras: la preocupación por el día de mañana, el ocuparse de qué se comerá (65).

La solución del problema, encontrado por los esicastas del Monte Athos es ideal. Viviendo en los llamados hesycasteria dependientes del monasterio se tiene una doble ventaja. Por una parte se sigue el ritmo solitario, se cultiva la amerimnia. Por otra parte la dependencia del monasterio quita también la preocupación por el alimento. Una situación que parece ideal.