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Ubi Petrus, ibi Ecclesia
Ubi Petrus, ibi Ecclesia
Rodrigo Menéndez Piñar –
Ubi Petrus, ibi Ecclesia. Así reza el conocido adagio latino por el que se quiere manifestar, generalmente, que la comunión con la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica pasa por la comunión con Roma: Donde está Pedro, allí está la Iglesia.
El contexto de su origen es interesante. Está tomado de unas palabras de san Ambrosio al comentar el versículo 10 del salmo 40: Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, que compartía mi pan, es el primero en traicionarme. Todo este salmo es interpretado por el santo obispo de Milán como una profecía de la Pasión de Jesucristo. En su bellísima exposición, recogida en la obra Explanatio psalmorum XII, Ambrosio argumenta que Judas, figura del pueblo judío que rechaza a Cristo, participa de la profecía del anticristo en Dan, el hijo de Jacob, que es una serpiente que se aposta en el camino y el sendero, para morder el calcañar del caballo, cuya consecuencia es que caerá hacia atrás el jinete que espera la salvación del Señor (Gn 49, 17). Judas, con su beso, muerde como una serpiente al caballo ─la carne de Cristo, sometida a la Pasión─ y el jinete ─Cristo─, eligiendo voluntariamente tal descenso, cae hacia los que están detras de él para dominarlos y santificarlos. Así, los judíos, al intentar caer sobre el Señor, retroceden y caen a tierra (cf. Jn 18, 6) ─que es muerte e infierno─ ante su encuentro; mientras que el Señor cae sobre Pedro, y con Pedro ─pues aquí es figura de ella─ sobre la Iglesia, ya que Pedro había sido puesto detrás de su Maestro (cf. Mt 16, 23; Mc 8, 33) y a éste seguía por detrás en su Pasión (cf. Mt 26, 58). Este doble movimiento, uno de salvación y otro de condenación, lo ve Ambrosio profetizado en otras palabras de nuestro Señor: todo aquel que caiga sobre esta piedra se estrellará; pero aquel sobre quien caiga ella, será purificado/pulverizado (Lc 20, 18; Mt 21, 44)[1]. Al justificar cómo Cristo cae sobre la Iglesia para santificarla, es cuando introduce sus célebres palabras: Ubi ergo Petrus, ibi Ecclesia: ubi Ecclesia, ibi nulla mors, sed vita æterna, esto es, pues donde Pedro, allí la Iglesia: donde la Iglesia, allí no hay muerte, sino vida eterna.
Más allá de su sentido original en el santo doctor de Tréveris, Ubi Petrus, ibi Ecclesia siempre se arguye como recuerdo de que no se puede no estar en comunión con el Romano Pontífice si queremos permanecer en la Iglesia Católica. Sin embargo, en nuestros tiempos de confusión y especial dificultad, muchos comienzan a tener problemas de conciencia para mantener esta sentencia latina. Creo que es perfecta y permanentemente válida, siempre y cuando tengamos una correcta inteligencia de ella, comprendiendo en qué consiste la comunión con la Iglesia y con el papa.
Aunque el tratamiento académico del asunto nos llevaría muy lejos, se puede decir de manera simple que los vínculos que nos unen a la Iglesia son tanto invisibles como visibles. Los primeros pueden reducirse a los dones sobrenaturales de la gracia y las virtudes teologales por los que tenemos una unión mística con el Cuerpo Místico de Cristo. Sin embargo, la Iglesia es también una sociedad visible que reclama a su vez unos vínculos sociales que nos hagan estar en comunión jurídica con Ella. La tradición teológica ha señalado siempre tres principios de unidad que no pueden faltar para la plena comunión con la Iglesia: la unidad de fe, la unidad de culto y la unidad de régimen. Estos tres principios se relacionan con la triple potestad de la Iglesia, derivando ésta, a su vez, del triple munus de Jesucristo como Profeta, Sacerdote y Rey: el munus docendi o la misión de enseñar; el munus sanctificandi o la misión de santificar; y el munus regendi o la misión de gobernar.
En primer lugar, es necesario que todo católico profese la doctrina de la fe en su integridad. La adhesión a la Palabra de Dios y a Cristo mismo pasa por la profesión de fe. Esta doctrina ha quedado guardada y expuesta por el Magisterio de la Iglesia, teniendo una particularísima importancia la sede de Roma, pues es la que posee la potestad suprema para determinar y confirmar los enunciados que pertenecen a la Revelación, como así ha ido sucediendo a través de los siglos. De esta manera, donde esté la fe de Pedro, que recibió el sostenimiento del Señor para que no fallase en ella (cf. Lc 22, 32), allí está la doctrina de la Iglesia. Por eso: Ubi Petrus, ibi Ecclesia. Pero, ¿qué ocurre si un papa cae en herejía o enseña doctrinas no acordes con la Revelación, aunque no hayan sido explícitamente condenadas? Esta fue una pregunta que se hicieron ampliamente los grandes teólogos de la escolástica postridentina. Por poner dos ejemplos de escuelas diversas, pero muy representativos, tanto Melchor Cano como san Roberto Belarmino tenían muy claro que el privilegio de conservar siempre la fe era un privilegio de Pedro, pero que no se transmitía a sus sucesores, los obispos de Roma. Por esta razón, distinguieron que entraba en la promesa de indefectibilidad a Pedro solamente lo siguiente: un sumo pontífice nunca podría imponer como dogma de fe a toda la Iglesia universal una doctrina errónea. No descartaban, en cambio, que pudiera ser hereje y promotor de herejías y errores. Las condiciones que, siglos después, entraron en la definición de la infalibilidad en el Concilio Vaticano I son semejantes. ¿Qué ocurre, entonces, si un papa se aparta de la fe católica? Lógicamente el fiel católico ─aunque sea una situación dolorosa y que trae graves problemas que podrán estudiar los teólogos─ no pierde por ello unidad y comunión con la Iglesia. La mantendría con tal de mantener la fe de Pedro, no la fe de ese papa. Esto sería la adhesión a la fe que la Iglesia ha profesado siempre, la adhesión al depósito de la Revelación, tal y como ha sido definido por el Magisterio de la Iglesia. Dicho de otra manera: Ubi Petrus, non ubi Fulanus (permítaseme la improcedencia macarrónica, donde Fulano sería el papa reinante), ibi Ecclesia.
En segundo lugar, es necesario que todo fiel católico esté en la unidad de culto. Ésta comienza con la recepción válida del sacramento del bautismo, con cuyo carácter el nuevo cristiano queda incorporado al cuerpo de la Iglesia y es capacitado para dar culto verdaderamente agradable a Dios. En esta nueva situación tiene derecho a tener parte en el culto católico, que conlleva una unión cultual con los otros católicos, aunque pueda haber diferentes ritos litúrgicos ─uno de ellos el romano─, según las distintas tradiciones que han sido asumidas como legítimas por la autoridad de la Iglesia en el correr de los tiempos. Sin embargo, esta diversidad es tan solo en las formas rituales, pues es la misma santa Misa y son los mismos sacramentos los que todo católico celebra y recibe. En este sentido: Ubi Petrus, ibi Ecclesia. Pero, ¿qué ocurriría en el supuesto caso de que un papa no quisiese someterse a las rúbricas o que inventase oraciones o formas que son contrarias a la liturgia católica? Pongamos un ejemplo algo estrambótico. Si un papa indicase a un seglar que dijese las palabras de la consagración durante la celebración de la Misa porque él no las quiere decir para mejor manifestar que el pueblo también celebra la Misa, ¿qué ocurriría? No sólo no habría confección del sacramento, sino que ese seglar, por fidelidad a la Iglesia, no consentiría en hacer tal cosa. Se negaría a seguir las indicaciones de un papa, pero su comunión con la Iglesia y con Roma no se vería afectada. Por el contrario, si asintiese rompiendo el cauce propio de la liturgia, aun por seguir las indicaciones de un sucesor de Pedro, atentaría contra la unidad del culto católico. Una vez más, en un caso como éste ─y los casos que muchos fieles tienen que soportar a causa de clérigos avalados por la autoridad eclesiástica competente no son muy distintos a éste─, Ubi Petrus, non ubi Fulanus, ibi Ecclesia.
En tercer y último lugar, es necesario que todo fiel católico mantenga unos vínculos de comunión jurídica que son vehículo del orden y la caridad en la Iglesia considerada como sociedad. Esto implica el reconocimiento y la sujección a una jurisdicción que, como en la sociedad civil, es legislativa, ejecutiva y judicial. Tal jurisdicción no tiene otra pretensión que la de ordenar la vida cristiana para que las obras de los fieles contribuyan al bien común de la sociedad eclesiástica y a su propia salvación. El Romano Pontífice es el titular de la suprema jurisdicción ─no de la única─ en la Iglesia, siendo su potestad ordinaria, plena, universal e inmediata a todo católico. Por esto se entiende, quizá aquí de manera mucho más habitual, que Ubi Petrus, ibi Ecclesia y otras tantas sentencias clásicas como Roma locuta, causa finita. Efectivamente, la potestad del papa es suprema, pero esto no quiere decir absoluta. Absoluto solo es Dios y precisamente Dios, su Revelación o la recta razón que Él ha inscrito en el orden natural, son la regla primera para la actividad de la Iglesia. La autoridad más grande en la Iglesia ─no la única, insistimos─ está subordinada a esta regla primera, siendo una regla segunda. De este modo, el fiel cristiano debe reconocer al papa como supremo pastor de la Iglesia, sujeto de esta jurisdicción más alta, para mantener la comunión con la Iglesia: Ubi Petrus, ibi Ecclesia. Como consecuencia debe esforzarse por respetar y obedecer las leyes, las decisiones y los juicios que, conforme a la ley de Dios y a la propia vida de la Iglesia ─que no empieza con cada papa─ el Romano Pontífice puede imponer. Sin embargo, podría ocurrir que un papa malvado o llevado por una confusión doctrinal quisiese imponer leyes, tomar decisiones o juzgar causas de manera contraria al Depósito de la Fe. Aquí hay mucho espacio para ejercer la autoridad con legitimidad, aunque no sean los mejores pareceres (por ejemplo, no por ser mala la elección de un pastor indigno como obispo hace tal elección inválida). Pero si son disposiciones directamente contrarias a Cristo y su voluntad ─como por ejemplo la permisión para bendecir parejas de sodomitas o simplemente irregulares, algo contrario a la Palabra de Dios─ entonces el fiel católico debe mantenerse fiel a Cristo y rechazar tales disposiciones. Su fidelidad a Cristo queda encauzada por la fidelidad a la enseñanza de Pedro y de los Apóstoles, a toda la tradición de la Iglesia que ha ido determinando un cuerpo de doctrina incompatible con la nueva disposición y, por consiguiente, en estos casos Ubi Petrus, non ubi Fulanus, ibi Ecclesia.
Dicho todo lo anterior, queda claro que cuando un fiel católico se ve obligado en estas especiales circunstancias a no seguir la enseñanza o las disposiciones romanas, de ningún modo rompe o menoscaba la unidad o la comunión con la Iglesia Católica o con la sede de Pedro. Y esto es porque tal comunión no se funda en las ideas, opiniones, acciones, luces o sombras, líneas de actuación, ocurrencias... que pueda tener el papa reinante ─de hecho cuando muere un papa y la sede romana queda vacante, no se rompe ni disminuye nuestra comunión con la Iglesia y con la sede romana, prueba de que no se basa en la adhesión a las peculiaridades de cada papa─. La comunión con el papa y con la Iglesia se funda en la fe, el culto y el régimen.
«¡Nosotros siempre con Pedro!», se escucha en algunos sitios para subrayar que hay que alinearse en todo con la persona y las intenciones del papa de turno. Y si Fulano se aparta de Pedro, entonces ¿qué? ¿A quién sigues? Otros están muy preocupados por la posible desafección hacia el papa, como si esto condujera a la falta de unidad. Si afección o desafección se toman en su sentido propio, es claro que cualquier católico que no sienta en sus afectos ─su sensibilidad, sus emociones, sus sentimientos─ una contrariedad en situaciones semejantes tiene un problema grave. Dicho a la inversa, el sentimiento de desafección será un signo de salud espiritual en el fiel católico, que, por supuesto, deberá procurar que lo conduzca a la oración, a la penitencia y a la búsqueda de una formación más profunda y sólida y no a la simple descalificación de tal Fulano.
La conclusión es clara: Si Fulano se aparta de Pedro, entonces, Ubi Petrus, non ubi Fulanus, Ibi Ecclesia.
Rodrigo Menéndez Piñar, pbro.
[1] Curiosa o, mejor, escandalosamente, este versículo ha sido eliminado de las lecturas litúrgicas para el viernes II de Cuaresma, en una notoria censura a nuestro Señor y su Palabra cuando discute con los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo.
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https://www.quenotelacuenten.org/2024/02/22/nota-breve-sobre-el-magisterio-eclesiastico-para-catolicos-perplejos/
Nota breve sobre el Magisterio eclesiástico para católicos perplejos
Por el P. Christian Ferraro*
«Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo,
reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina.
Porque vendrá un tiempo en que los hombres
no soportarán la doctrina sana, sino que,
arrastrados por su propias pasiones, se harán con un montón de maestros
por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad
y se volverán a las fábulas»
(2Tim 4,2-4)
1. Naturaleza del Magisterio
Se entiende por Magisterio (eclesiástico) el ejercicio de la autoridad de enseñar que Jesucristo confió a la Iglesia, en sus pastores (el Papa, los Obispos y, en dependencia de ellos, los demás sagrados ministros).
El Magisterio está al servicio de la transmisión del mensaje de Jesucristo. Por consiguiente, carece de toda autoridad para proponer algo que modifique ese mensaje. En otros términos: el Magisterio no está por encima ni de la Biblia ni de la Tradición, sino que está a su servicio como garante de la conservación inalterada del «depósito» y de su correcta interpretación, siempre coherente consigo misma y jamás contradictoria ni «caleidoscópica» (cfr. 1Tim 6,20; 2Tim 1,14), porque Jesucristo «es el mismo ayer, hoy y lo será para siempre» (cfr. Heb 13,8), de tal modo que la Iglesia, en cuanto transmisora fiel de su mensaje es «columna y fundamento de la verdad» (1Tim 3,15).
2. Obligación de escuchar al Magisterio
En cuanto que, mediante los ministros que han recibido el sacramento del orden sagrado, la Iglesia ejerce el oficio de enseñar, la Iglesia se llama «Iglesia docente»; en cuanto a los miembros que escuchan y reciben la enseñanza del Magisterio, la Iglesia se llama «Iglesia discente» –o sea, Iglesia que es discípula, que aprende–.
Hay obligación seria y grave de escuchar y obedecer a la Iglesia docente, bajo pena de no poder acceder a la salvación. En efecto, rechazar el Magisterio de la Iglesia equivale a rechazar a Jesucristo; y rechazar a Jesucristo equivale a rechazar a Dios Padre. Es por eso que Jesús dijo a sus apóstoles: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16).
3. Diferentes tipos de escucha según los diferentes pronunciamientos del Magisterio
Hay pronunciamientos que son definitivos y, por consiguiente, inmutables; hay otros que no son definitivos y que, por consiguiente, pueden cambiar, habida cuenta de algunas circunstancias.
En todo lo que esté claramente definido por el Magisterio, hay que prestar una adhesión de fe; quien no lo hiciere, no posee la fe católica (sea obispo, sacerdote, monja, religiosa, laico…) –por ejemplo, la imposibilidad del sacerdocio femenino es doctrina ya definida explícitamente por Juan Pablo II: todos los que piensan de otra manera se encuentran fuera de la fe católica–.
En toda cuestión que no esté claramente definida y allí donde el Magisterio exprese sólo una consideración que queda abierta a ulteriores precisiones y eventualmente correcciones, se debe prestar un obsequio religioso. La expresión «obsequio religioso» significa que se acepta de buena voluntad y no sólo exteriormente sino, ante todo, interiormente esa enseñanza, con la estimación positiva de que, en principio, tiene que ser una enseñanza correcta, aunque no haya habido intención de definir. Esta disposición interior es una disposición de obediencia respetuosa y sincera que nace de la fe.
4. Distintas modalidades de ejercicio del Magisterio
Pero es justamente aquí donde surge la perplejidad, es aquí donde surge esa difícil situación de conciencia. Hay obispos que promueven la teología de la liberación, claramente marxistizante; otros, que promueven la teología del pueblo, claramente sincretista. Hay sacerdotes que dicen que la doctrina ha cambiado; otros que dicen que no. Hay sacerdotes u obispos que dicen que la Iglesia estuvo equivocada durante casi dos mil años, mientras que otros sostienen lo contrario. ¿A cuáles seguir? ¿Todo lo que ellos dicen pertenece a ese «Magisterio que obliga», que refleja la voz de Jesucristo? NO.
Y, entonces, ¿cómo es posible que un ministro autorizado no refleje la voz de Jesucristo?
Pues bien, para entender esto ha de saberse que el Magisterio tiene dos modos de ejercicio: ordinario y extraordinario. El primero puede ser singular (el magisterio que ejerce cada obispo en su diócesis, incluido el obispo de Roma) o universal (el Magisterio del episcopado en su conjunto y en plena coherencia a lo largo de los siglos, en comunión con la tradición apostólica –no debe ser identificado, pues, con la mayoría «democrática» de los obispos de un determinado sector o época–). El segundo puede ser colegial o personal.
El Magisterio extraordinario es infalible CUANDO DEFINE: un concilio ecuménico cumple con las condiciones de infalibilidad, pero sólo resulta infalible cuando define y solamente en aquello que define. Por ejemplo, el Concilio Vaticano II reúne las condiciones para el ejercicio del Magisterio extraordinario auténtico, pero no propuso de manera explícita y formal ninguna definición de fe; sí lo hizo, en cambio, el Concilio Vaticano I. Asimismo, el Papa es infalible cuando define una verdad de manera solemne y formal haciendo uso explícito de su autoridad como sucesor de Pedro. Por ejemplo, lo que hizo Juan Pablo II al definir la imposibilidad del sacerdocio femenino[1].
El magisterio ordinario singular es falible: esto no quiere decir que se equivoque siempre, sino que siempre está la posibilidad de que haya algún error. En cambio, el Magisterio ordinario universal es infalible. Por eso, una innovación, cualquiera ella sea, que se oponga al Magisterio ordinario universal no puede ni debe ser escuchada, aceptada o seguida, la proponga un sacerdote, un obispo, un Papa o hasta «un ángel del Cielo» (Gal 1,8).
P. Christian Ferraro