

llamado Dair al-Baramus, que todavía existe.



Vemos que la Fuga Mundi es necesaria. Es el primer paso de toda vida contemplativa y esta aversión del mundo es hoy urgente. Pero si observamos la realidad más de cerca comprobaremos que el mismo mundo es el que expulsa a los que no comulgan con él. En efecto, es el mundo el que está en fuga, hundido en su propio rechazo.
El contemplativo persigue la raíz y el secreto profundo, el tesoro que encierran las cosas. No elude las asperezas del camino que lleva hasta el final. No se detiene en las etapas intermedias. No le satisfacen las medias explicaciones o las medias tintas. Prefiere siempre el silencio que le habla más de lo esencial. Pero tampoco al silencio por sí mismo. No lo hace por amor al silencio -decía un Cartujo- sino por el silencio del Amor.
El contemplativo sabe que la apariencia de este mundo pasa. Y tiene apuro por alcanzar el Fin. Pero, al mismo tiempo, bendice el lugar y el tiempo donde el Señor ha querido encontrarlo. Sabe que los grandes tesoros no se hallan lejos sino demasiado cerca. Que derribando los muros más próximos se encontrará ciertamente con lo que tantos pretenden hallar a mucha distancia.
Por otra parte, el Señor no cesa de purificar los caminos para evitar engaños o errores. Sólo Dios basta. Pero el hombre puede engañarse, deteniéndose en alguno de los medios.
Remedio oportuno es, siempre, la propia debilidad. Sí, esa debilidad que tanto avergüenza. ¿La presentamos también al Señor? ¿O, con mucha frecuencia, la escondemos en no se qué pliegues, para que no nos moleste? Entonces es peor. Porque habiendo entrado en el universo del Amor nuestras acciones deben ser de total abandono y confianza. Dejemos al Señor ayudarnos, sin rubor alguno. Dejemos a Dios ser Dios. No hay, en consecuencia, impedimentos y no valen las excusas. Sabemos que nada ni nadie puede apartarnos del Amor de Dios, de Dios mismo.
Superados los escollos, deshechos los argumentos que se quieran esgrimir, levantado el ánimo por una vocación auténtica, el camino queda abierto.
El contemplativo recibe, como primicia y regalo, la permanente invitación del Padre a pasar más adentro. Más adentro, quiere decir: más en su Hijo, más hijo en el Hijo, más adentro en su hermosura, como decía San Juan de la Cruz.
Descubre entonces el cristiano cuál es la intimidad a la que ha sido llamado. Porque no ha de imaginarla, ni esquematizarla, proyectarla o programarla. Ha de descubrirla, siempre nueva, en los pasos y en las visitas que el Señor le regale. Ya no hay distancias. Toda la complicada armazón se derrumba. No es necesaria.
Más de una vez soportará, con coraje y confianza, el asalto de la tentación de trazar su propia senda, de quedarse con algún ídolo, sucumbir al espejismo... Será preciso, en ocasiones tales, no desmayar y seguir con abandono.
Más adentro en el Corazón de Dios. Donde no hay ni dentro ni fuera. Donde todo es en todas partes, porque no existen partes ni fragmentos. Porque Dios se da todo... En el Hijo está escondido el Misterio del Padre.
Peregrino en la Casa del Padre, el contemplativo calla. Ya no sabe dónde está, si en este mundo o fuera de él. Padece de nostalgia y de alegría. Halla debilidad en su fortaleza y fortaleza en su debilidad. Sin lograr un esbozo ni un perfil, adivina la Gloria que lo habita.
Es llevado y abrazado por el Espíritu que penetra su alma como el fuego en el madero. No puede decir mucho o, mejor, debe callar todo. El silencio es, ahora, una realidad, quizá imposible de explicar. Nada tiene que ver con las posturas anteriores. El silencio olvida al silencio, como el desierto no sabe que es el desierto. La soledad adquiere una dimensión inefable cuando el contemplativo se sabe, por Gracia, a solas con el Solo, con el Único.
Se manifiesta el sentido del alma, su orientación, su destino. El alma se abre en la hondura del Misterio y no sabe otra cosa; porque ella es o existe para el Misterio... El alma se conoce y se reconoce en la Pura transparencia de la Mirada de Dios.
Ahora bien, todo esto es posible por la disponibilidad o la dichosa capacidad del hombre, desde las condiciones de su cuerpo -su primer templo- hasta la cima de su alma. Hay aquí una continuidad armoniosa. Veamos una de sus notas.
El hombre es frágil. Es condición suya padecer, desde la acción de Dios, desde su creación, salvación y deificación, hasta sufrir el dolor y la desdicha... Nadie puede amar verdaderamente si no es alcanzado, si el dardo no penetra hasta el fondo y llega a destino en el corazón. El Señor reveló el Amor del Padre haciéndose vulnerable... Recibir un DON. ¡Si conocieras el don de Dios y Quien es el que te dice: dame de beber! (Jn. 4, 10). Y éste no consiste en aprehender ni en asir cosa alguna que se regale desde fuera, sino en padecer o compadecer. Y así nos cuenta Dionisio de su maestro Hieroteo que no tanto aprendía cuanto padecía lo divino.
Lo más propio y personal, lo más íntimo, es aquello que el Señor dona... Una piedrecita blanca con un nombre nuevo que sólo conoce el que lo recibe (Apoc. 2, 17). El alma es, sobre todo, templo y morada de Dios. ¿Cómo soslayar o postergar el lugar que el Señor se ha construido para estar con el hombre hoy mismo?
El alma es el cielo anticipado y el contemplativo descubre, en su abismo, el Misterio escondido desde todos los siglos...
En el alma nace el Señor.
El exilio al cual nos hemos referido, es sentimiento o experiencia fundamental de la realidad. Dios siembra en el contemplativo un ardiente deseo de unión inefable, que no puede explicarse aquí ni en ninguna otra parte.
Esta suerte de nostalgia y de tensión es mayor durante las horas de la prueba. No se sabe muy bien qué es lo que ocurre; no se acierta con el dolor que se sufre. El hombre está azorado por tantas sorpresas y por todo lo que ignora.
Surge, despacio, una luz nueva. Vuélvese a la Aurora, que no es la misma de ayer. Es un Nacimiento, es el alma fecunda en la obra de Dios. Es una arrebato aun mayor, porque más y más se enciende la lumbre. El alma, todo hombre, aspira. Aspira y engendra en su corazón. Engendra y es engendrado. Tecum principatus in die virtutis tuae, in splendoribus sanctis, ex utero ante luciferum genui te... (Ps. 110 -109-, 3). Dominus dixit ad me: Filius meus es tu; ego hodie genui te... (Ps. 2, 7).
La Deidad está velada pero es omnipresente. Está en el Centro, es el Centro, en el Corazón. No fuera tal si se confundiera con sus propias huellas. Pero su Presencia es íntima al corazón que se deja encontrar y que todo lo deja. Presencia que transfigura y transforma, y da la abundancia de su Amor.
Anudado en adamación inefable, ha convertido dos en uno. En dos que son más uno que dos. ¿Qué valen o qué dicen los números? Callen los curiosos y se desplegará la densidad del silencio. A imagen y en el Seno de la Trinidad Santísima.


SIN COSAS. Des-codificado y des-ideado. Seguro de su vocación y de una invitación sublime... Padece, el contemplativo, un llamado inefable, sin nombre conocido para él. ¿Para qué uno u otro nombre? Basta uno, el ÚNICO. Respiro hondo, en fin, sin categorías.
Respiro hondo, que es como una simple presencia. En efecto, el hombre contemplativo no es el que hace cosas (ni menos todavía cosifica) consideradas como propias o aun pertenecientes a algún género de vida contemplativa. No, no es ni obra ni juzga de esta manera. No es, en efecto, contemplativo a ratos. Lo es, en cambio, siempre. No se trata de acentuar sólo algunos momentos y, por haber dispuesto de todos ellos, se siente satisfecho: ha cumplido. Nada de eso.
El auténtico contemplativo, el que juega toda su vida, sabe que lo que cuenta, antes que nada, es su respuesta y su presencia en la historia. Digamos algo así como la densidad de su presencia. Es la orientación, su dirección, la que, muy luego, sale impresa en sus obras o en lo que sea... Orientación, tensión a, dirección... Resulta entonces una suerte de posesión. En realidad es él el poseído, con anticipación a cualquier manifestación u obra. Se trata de algo siempre anterior, previo a la manifestación que sea y aún independiente de ella. Hablamos de una vivencia plena en la cima del alma.
Afincado en su interior, el contemplativo descubre la libertad en modo nuevo, libertad que -como decía un Cartujo- permite explorar la transparencia interior, que no comporta ni hábito ni término; se la encuentra allí, siempre en el primer instante de la primera mañana, donde todo recomienza entre el alma y Dios". Y añade que "todas las otras libertades de las cuales se habla, no son más que débiles y lastimeros ecos de aquella libertad".
Descubrimiento de la Aurora, podría decirse... Este planteo, pues, deja al hombre sin seguridades engañosas. Si no asume el hecho y no acaba por despojarse de las cargas innecesarias, acabará por fabricar su propia angustia en la cosificación y en sus insolentes desafíos.
En cada caso es un camino inexplorado, original. Siempre proporciona nuevas y luminosas sorpresas... pero no hay que descuidar la memoria de esta realidad. La conciencia de que es, aunque no se pueda explicar ni decir.
"Aquello" acontece de todas maneras. A pesar de distracciones y somnolencias, a pesar de los adormecimientos, de las terribles soledades y de las azarosas interrupciones. En fin, a pesar de la tonta sordera del mundo y a pesar de nuestra propia ceguera.
Aunque el Amor no sea amado, el Amor ES. Aunque no llame atención alguna, aunque haya tantos distraídos..., aunque nadie se de cuenta.
La conciencia de "Aquello" no es fuerza ni potencia que se perciba. Su inefable intensidad se compara al "silbo de los aires amorosos", a la delicada brisa que halló al Profeta Elías.

Pasión... La vida contemplativa no es invención del hombre. La vida contemplativa y la Contemplación sólo pertenecen a Dios. Adrienne von Speyr hablaba de una conversación de Dios con Dios, refiriéndose a la oración, como un acontecimiento de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, (Cfr. L’Experience de la prière, París 1978, p.9). El hijo de Dios, el hijo en el Hijo Unigénito, queda incorporado a la Vida y al Misterio por la Gracia. En esta perspectiva, en el hecho mismo de su adopción, aparece la vocación contemplativa como fundamento esencial de su vida en pura relación a Dios.
Esto es lo que debemos tener presente en el momento de ocuparnos de la realidad de la contemplación. Porque ésta no podrá darse fuera de la vocación divina ni de la Gracia...
Si antes hablábamos de viaje, hoy hablamos de pasión. En efecto, Dios nos conduce, nos lleva y obra en el corazón. Y por la obra nos asimila a El. Es una suerte de incorporación, de imitación, que tiene por figura, ejemplo y modelo al mismo Verbo en Quien hemos sido concebidos y creados.
La introducción en la vida contemplativa se realiza en Cristo-Jesús, por obra del Espíritu Santo. Y ya no hay otra realidad, que irá creciendo y desarrollándose según el designio y la gracia de Dios.
El auténtico contemplativo padece a Dios, a semejanza del Señor, cuyo alimento es "hacer la voluntad" del Padre (Jn. 4, 34). Por lo que nos dice el Apóstol San Pablo: Tened en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús; el cual siendo su naturaleza la de Dios, no retuvo su prerrogativa, sino que se despojó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres. Y hallándose en la condición de hombre se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de Cruz... (Filip. 2, 5-8).
No ha de extrañarse, entonces, el contemplativo por las asperezas que surgen en el camino emprendido. No se trata de contrariedades sino de la vida misma del Hijo de Dios.
Desde luego, hoy se halla el hombre en una encrucijada particular, que parece ser ajena y aún opuesta a la contemplación. Sin embargo nunca como hoy puede tener conciencia de la realidad de su exilio.
La adversidad (por decirlo de alguna manera) produce un rudo choque, quizá un encuentro no esperado. La desilusión y el dolor asestan golpes ante los que no se está debidamente preparado. Todo eso es verdad y aún más, mucho más de cuanto alcancemos a esbozar aquí. Pero no puede olvidar, el contemplativo, la gesta y la epopeya de Getsemaní. Es allí, o aquí, donde se desencadena la espiral y el abismo. Es la ocasión, la mejor, de penetrar en el alma y en su misterio.
Desde las contrariedades hasta los mayores sufrimientos, desde lo más inesperado hasta la monotonía de lo cotidiano, hallará -el contemplativo- en todo instante la manifestación auténtica del ser. ¡Y que no nos escandalice o nos parezca demasiado extraño! Cuando se atraviesa cierta frontera, el acicalado lenguaje del mundo, sus halagos o sus previsiones son completamente inútiles.
Repetimos el hecho que deseamos subrayar. Toda adversidad o contrariedad se explica y se halla en la Pasión del Señor. Se trata de la vocación crística, permítasenos decirlo así, opuesta a la vocación adámica, perdida de una vez para siempre. En efecto, la paternidad del viejo Adán es pura ilusión o un espejismo del cual es preciso cuidarse.
Sólo se descubren las honduras del Ser y el misterio del alma humana, toda ella abierta al Ser y a Dios, en la Figura de Cristo. Volvemos al Apóstol San Pablo, que nos dice: Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma su nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, para que os conceda según la riqueza de su gloria, que seáis poderosamente fortalecidos por su Espíritu en el hombre interior; y Cristo por la fe habite en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en el amor, seáis hechos capaces de comprender con todos los santos qué cosa sea la anchura y largura y alteza y profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepuja a todo conocimiento, para que seáis colmados de toda la plenitud de Dios (Ef. 3, 14-19).
Las pruebas, por tanto, son parte privilegiada de una vida de contemplación. Revelan el misterio de la Cruz, al mismo tiempo que la hondura del alma. Son dos dimensiones que no deben separarse. De todas maneras, el camino más alto es aquél que no tropieza consigo, que no tiene en cuenta, que olvida... Es el desprendimiento de toda creatura.
Vamos a seguir por la senda del desprendimiento y del abandono, a través de las circunstancias que -por lo general- se presentan en la vía de la contemplación. No podemos pretender decirlo todo, ni siquiera tratarlo en modo orgánico. Esto sería poco menos que imposible. Desde un principio se exige una actitud radical y profunda. Una suerte de negación sin compromiso alguno. El viajero no lleva equipaje. Es una especie de exiliado y él mismo se sabe desterrado de su Patria verdadera...








