miércoles, 4 de febrero de 2009

SIN MEDIOS Y SIN POR-QUÉ



Splendor aeternae gloriae
Incomprehensa Bonitas
Amoris tui copiam
da nobis per praesentiam


P. Fr. Alberto Enrique Justo O.P.
Ordinis Praedicatorum


PENSAMIENTOS VARIOS
PROPÓSITOS SIN POR-QUÉ

1. Expectación. Prosiguen estos días... ¿qué decir? Sólo insinuar que ya no estamos donde pensábamos estar una vez. Es preciso confesarlo. El lugar se ha convertido, de algún modo, en un accidente. La historia tiene su lenguaje como lo tiene la vida. En realidad uno y otro se identifican en el plano más profundo.

2. El hombre asediado. Es el hombre de hoy. Importa saber de qué se trata, en qué consiste el asedio. Y es que aquellos que circundan y preparan un asalto primero y otro después, no ven ni saben lo que persiguen. Dan terribles manotazos al aire sin aferrar cosa alguna. Parece que avanzan en distancia y en conquistas, pero, sin saberlo ellos, caminan hacia atrás. El sitio no es tal, porque -en realidad- se alejan. Esto no excluye que los sitiados sufran y, a veces, mucho...

3. Pero la lucha posee un encanto. Porque cuando reposamos en la Verdad, esto es en la misma Voluntad de Dios, hallamos la paz profunda que no tiene precio.

4. Es conveniente explicar algo..., de modo que quien lo precisa sea confirmado en su búsqueda. Pero un análisis, aún el más cuidadoso, que vuelva y revuelva sobre el objeto sin pudor, puede alejar de él y causar perplejidad. La penetración más honda no se siente, sólo se sospecha. Y es muy necesario insistir en ello porque cuando más nos parece saber es cuando sabemos menos.

5. Confianza y nueva confianza. Abandono en un instante... Quien no ha sufrido... (¿se halla alguien así en alguna parte?)... ¿puede comprender a quien peregrina doliente por las sendas de este mundo? Como dijo León Bloy: sufrir pasa, haber sufrido no pasa jamás...

6. Es muy doloroso observar el desvarío y la necedad. En los días que corren constituyen el espectáculo más frecuente. Pero es aquí, en las sendas espinosas de este mundo, donde se descubre la Historia como Cruz. En efecto, no es un cierto mundanismo (permítasenos llamarlo así) de corte optimista e irreal, lo que ha de esgrimirse para recordar el Misterio de la Encarnación, sino el sentido profundo de todas las cosas a partir de una rebelión y de una redención efectivamente operada y realizada y vertiéndose, a cada instante, en nuestra vida a través de acontecimientos y latidos de todo género. Esto nos pone frente al sufrimiento, que es la puerta a la humildad y al abandono.

7. Vienen de camino. ¿Quienes? La respuesta es la siguiente: -nadie. Bueno es darse cuenta, de una vez por todas, que eso que -tantas veces- nos dicen los sentidos y nos cuenta el miedo, que todo eso, en el fondo (que es donde interesa) no es.

8. Pasamos de una a otra. Pretendemos definirnos y ubicamos. O soy de Pablo o soy de Apolo. O soy especulativo o soy práctico. O compatriota o extranjero. O estoy inclinado hacia el realismo o hacia el idealismo... Nada de esto nos interesa ahora. Son alternativas exteriores o muy superficiales. Nuestra vocación es pujar por penetrar en las honduras y llegar allí donde no existe división ni dualismo alguno.

9. ¡Es tan grande el secreto! En un instante los ojos de mi alma se levantan y son raptados por Dios. En un instante. ¡Cuánto cuesta convencerse de que no hay que complicar, ni analizar, ni distraer! ¡Mirada simple, simplicísima! Raptada y levantada sobre cualquier laberinto. Pero simple y una. No por virtud de mi antojo sino por don y regalo de la Gracia divina. Es el Espíritu Santo que opera este rapto cuando me dejo absolutamente penetrar. Como el aire por el sol, como el madero por el fuego... Pero mucho, mucho ¡tanto! más, que el Amor de Dios no conoce medida, ni medio, ni por-qué. ¿Dónde están las distinciones, dónde las diferencias? ¿Para qué andar tras el lodo y las cosas pequeñas? La simplicidad, la unidad no se quiebran. Dios nos convierte, nos adelgaza hasta volvernos totalmente sutiles para entrar en Él y para que Él entre en el alma, que es lugar de su delicia y de su reposo.

10. Nada que no seas Tú-mismo, en Ti, sin modo ni medida. Dios en Dios... Que tantas imágenes acaban oprimiendo y desconcertando, llevándonos caprichosamente con ellas y fijándonos en mil intermediarios... Pienso ahora, detenidamente -aunque sin esfuerzo alguno- en la mirada simple...

11. Terribles son las amenazas de los celadores. Los hay por todas partes. Quieren obligar a otros a hacer esto o aquello. Parece que están convencidos de que no existe salvación sin magia, sin los ritos que ellos mismos inventan y establecen. ¿Qué ha de hacer el hombre? Simplemente, seguir su camino.

12. En estos días se sufre... sin querer. Pero la luz brilla a pesar de todo. De eso yo estoy seguro.

13. Sólo en la Noche puede ser desposado el Misterio. La Vida...

14. La apertura del horizonte siempre nuevo es el camino de la poesía. El esplendor del verbo rasga los velos oscuros y despierta, a la luz, zonas desconocidas.

15. Alguien ha dicho, asombrado, algo perplejo: si son monjes, ¿qué necesidad tienen ellos de pintar? Digo yo: quien haya alcanzado el camino esencial no necesita decir más. Se ha hecho poesía, música nueva, esa misma que es de todas la primera.

16. Dios es la misma Belleza.

17. Quien sabe recibir la poesía, quien escucha, atiende y acoge lo dicho por otro, él mismo, el receptor, es poeta. Y, ciertamente, no de los vulgares si ha prestado su genio escondido para asir el secreto que transmiten la palabra y el símbolo.

18. Una palabra solamente. Es como el color en distintas intensidades y manifestaciones. ¿Es posible descubrir, de un golpe, la belleza y la armonía de las infinitas tonalidades?
19. Todo cuerpo es velo y símbolo privilegiado. Es tanto lo que manifiesta... ¡pero infinitamente más lo que esconde!

20. Puedes abandonar cualquier obra para consagrarte a la única Obra... Quien pueda entender que entienda...

21. San Juan de la Cruz, pintor, artista, sobre todo poeta... Se consagró a la... obra Esencial.

22. Un artista, en verdad, descubrirá esta puerta y pasará por ella. La obra esencial se realiza más allá de toda definición o explicación. Es un toque que abre una cámara nueva, escondida e infinita.

23. La obra esencial no se realiza fuera sino dentro. ¿Es posible hacerse poesía? Desde luego, cuando se es transformado en la causa de toda poesía.

24. La Belleza es Dios mismo, Dios mismo es Belleza... Es maravilloso. Como San Juan de la Cruz: vámonos a ver en tu Hermosura.

25. Adivino la nueva voz, que siempre es nueva. Es tan maravilloso y admirable reposar más hondo en el Corazón... Las honduras son descubiertas una y otra vez. El alma se domicilia más en ellas, se hunde en la inmensidad plena de Luz. Es el mismo Espíritu... En Él y desde Él. En su Unidad.

VARIEDADES DE UN MISMO DOLOR

26. No hay duda ...: el sufrimiento resurge cada vez como inédito y desconocido. Sus abismos son insospechables e indescriptibles.

27. Terrible burla de la ignorancia y de la petulancia. ¿Cómo entender eso? En la nueva soledad se descubre el horror del infierno. Es algo así como una ausencia vacía, fría y oscura, en los muelles de un puerto maloliente. Nadie atiende si alguien pasa. La mirada perdida no se detiene ni se fija jamás. Rostros que no miran y ojos que no ven...
28. ¿Quién sabe de... desamparo? Siempre clama el corazón. Dios lo oye.

29. Es preciso hundirse y meditar en el amor este misterio del desamparo. En el abandono en la Cruz...

LA ORACIÓN CONTINUA

30. Cuando ores, no pongas condiciones. Este levantamiento ha de ser muy simple y, sobre todo, bien silencioso.

31. ¿Sabes cómo late el corazón? Aprende que cada latido pronuncie el Nombre del Señor. Hazlo con la aspiración que te levanta al Cielo, que te levanta a Dios.

32. La aspiración es la interiorización profunda de tu deseo, encendido por el Fuego del Espíritu Santo. Es el mismo Espíritu el que aspira y te levanta y te hace uno con Él.

33. La oración y la misma vida contemplativa no se dan ni existen fuera del orden de la Providencia. En efecto, trascender el tiempo es sólo posible desde el mismo tiempo, entre tiempo y tiempo, en el instante. El recogimiento se nutre de pruebas y asedios, porque la perfección sólo se alcanza en la médula de la Redención. Una vida que eludiera el combate entre la Luz y las tinieblas quedaría al margen y extraña a Dios. A Dios se lo descubre y se lo ve recibiendo su Misericordia y su Salvación. La vida mística se da en el mismo corazón de la historia y del Misterio... El Amor y la Unión consiguiente comportan el gigantesco y sublime drama según la Voluntad del Padre.

34. La oración continua no se interrumpe con acontecimiento alguno... El orante ha de comprender que todo la favorece. Porque el Señor es sublime y delicado maestro. El Espíritu sopla donde quiere y como quiere... ¡Alabado sea Dios!

35. Decisivo juzgo el papel y el lugar de la Historia en el camino ascético de todo peregrino. Porque la perfección se alcanza con la disponibilidad y no tanto con la elección, tal vez caprichosa, de las características del andar. Orar siempre es abrir el corazón siempre. Es, sobre todo, aprender a descubrir a Dios en todo y por todo. Es -siempre- ver más allá de lo que se presenta inmediatamente a los sentidos exteriores en orden a una inmediatez más profunda en el espíritu. Ver, pues, más allá. Horadar hechos y cosas. Asir el acontecimiento en cuanto tiene de más hondo o en cuanto esconde o manifiesta. La inteligencia humana tiene esta vocación... Así como se percibe la belleza en todo.

36. A veces, las molestias en la oración constituyen una advertencia del Señor acerca de la provisoriedad de esta hora. Redoble, el peregrino, su plegaria, seguro de la fecundidad del asedio.

37. En el tiempo de la prueba y de la gran tentación no ha de pretenderse la desaparición de una cierta angustia. Son estas asperezas del camino las ocasiones que Dios brinda para subir aún más alto.

38. La escala y el lugar del Misterio son un testimonio que quiere decir: aceptación. Serás testigo y mártir; esto quiere decir: hágase. En el fiat de Getsemaní y de Nazaret se halla el secreto de toda la vida.

39. Afirmación, amén, que surge del mismo Espíritu Santo en el corazón, en la única vida nueva...

40. El testigo es teóforo. Vida deificada que supera toda expresión.

41. ¿Qué es decir-que-sí-a -Dios? La formulación de este interrogante puede no ser feliz, pero ensayamos una respuesta recordando que desde lo más profundo el alma se dispone. ¿Quién conoce esa llama que arde en la misma fuente y baña y transforma todo el ser? Es preciso partir de lo más pobre y despojado. No se avergüence el peregrino ni busque perfecciones químicas o mecánicas o... técnicas. Deje nacer. Nunca imponga y acepte las limitaciones que, sin duda, experimenta. Nunca sentirá decir-que-sí-con-toda-el-alma. Le resultará extraño no percibir fuego material alguno. Pero así ha de ser. Así ha de comprobar hasta dónde lo levanta Dios. Y Dios no lo hace sin contar con su feliz pequeñez. Lo pequeño es grande y lo grande es pequeño.

42. A pesar de esas limitaciones, ore. Arrójese sin reparos, que Dios lo arrebata cuando se entrega a Él...

43. En muchas ocasiones se hallará solo y sin méritos que alegar o invocar. Le parecerá que es muy poca cosa y el pensamiento de la indignidad lo asaltará una y otra vez. Pues bien, no importa. No se detenga el peregrino. Alégrese en su pequeñez, alégrese. Que nada hay más grande que vivir de la Muerte y Resurrección del Salvador, del Amor y Misericordia del Padre y de la animación del Espíritu Santo. Húndase en el inmenso mar de la Deidad, enamórese del Amor que lo lleva y lo transforma. Su pequeñez es la mejor garantía. Alégrese y ore, que su gozo es, también, dichosa plegaria y susurro de unidad inefable.

EREMITISMO INTERIOR

44. La vida solitaria no halla mejor lugar ni espacio que el corazón. Allí deja todo cuidado, y descubre -el peregrino- la misma realidad de su soledad...

45. La soledad más significativa es la que vive el alma en cualquier relación con las creaturas. Éstas no dan jamás lo que se pide de ellas, porque para solo Dios hemos sido creados y sólo en Él hallamos el cumplimiento de nuestro deseo.

46. Las vidas de los Santos Padres del Yermo, como aquellas de los Mártires, serán siempre prototípicas ya que señalan el camino interior. Es propio de la inteligencia humana ver-más-allá-del-símbolo y descubrir los múltiples secretos que encierra una figura. Por ello es urgente aprender a leer por debajo de la letra y ganar un sentido espiritual que nos guíe hacia el monte del corazón.

47. ¿Cómo huir hoy al desierto? Es necesario formular otra pregunta previa, a saber: -¿cuál es el desierto verdadero, dónde está? Pues bien, el desierto que se entrega a nuestros ojos, el desierto, el despoblado, es un símbolo; es, sobre todo, un símbolo. ¿Hacia dónde nos lleva este símbolo? Hacia la inmensidad. Es lo que yo no puedo medir, ni -tampoco- decir. La inmensidad es aquí el alma sin confines, donde se halla a Dios. Es el Centro, la apertura infinita, inefable. San Juan de la Cruz lo señala de esta manera: (..) esta sabiduría mística tiene propiedad de esconder al alma en sí; porque, demás de lo ordinario, algunas veces de tal manera absorbe al alma y sume en su abismo secreto, que el alma echa de ver claro que está puesta alejadísima y remotísima de toda criatura, de suerte que le parece que la colocan en una profundísima y anchísima soledad donde no puede llegar alguna humana criatura, como un inmenso desierto que por ninguna parte tiene fin, tanto más deleitoso, sabroso y amoroso, cuanto más profundo, ancho y solo, donde el alma se ve tan secreta cuanto se ve sobre toda temporal criatura levantada (Noche oscura 17, 6).

48. En este desierto mora el alma más allá de cualquier circunstancia local. Pero es verdad que esta singularísima soledad sabe a llaga... Porque el conocimiento y la habitación en ella se sigue de la experiencia de un camino señaladamente áspero, que consiste en las pruebas de esta hora.

49. La vida eremítica, que tiene por domicilio el corazón, es una suerte de estado, de estilo, género y modo de vida que caracteriza a toda la persona y a su conducta. Se trata de un rostro nuevo...

50. La vida eremítica, en el corazón, comporta aceptar el silencio cuando la obediencia o una situación cualquiera nos hacen callar. Esto, que puede parecer forzado y una pérdida de oportunidades, es -sin embargo- de insospechada fecundidad. En efecto, es dejarle la palabra a Dios en la dimensión que Él mismo quiere, en su manifestación honda... Decía un Cartujo que es oportuno recordar que, con frecuencia, cuando nos sentimos más impotentes y como desamparados por Dios es cuando Él más obra en lo secreto de las almas... Gloria Dei est celare verbum (Prov. 25, 2).

51. ¿Cómo dirigirse a Dios? ¿Aún hacemos semejante pregunta? ¿Es necesario dirigirse? Sosiéguese el peregrino y calle. Oiga el latido de su corazón y sepa que vive... No vaya más allá porque se aleja. No se dirija a ninguna parte. Quédese; no parta como aquellos que una vez recibido el alimento no tienen más que buscar. Quédese; aunque no tenga tarjeta de invitación. ¿Qué sabe? ¡Quédese!, en fin, cuando ya no vea a nadie.

52. Dios no es un objeto del cual se pueda disponer. El eremita interior descubre. Ha visto en el instante que es toda su vida.

53. A veces la casa... parece vacía. Es precisamente entonces cuando no debe dejarla. Descanse, el eremita, en el Corazón de Dios. Goce de esa intimidad que es unidad inefable. No lo olvide nunca: ya no son dos sino uno en el Espíritu.

54. Aludo a un respiro, a la vida, a los latidos del corazón... Todo ello es signo de la realidad infinitamente mayor. No hay distancias. Reposa en el Corazón del Señor. ¡Quédate! Permanece.

55. Permanecer. Es actitud fundamental en la ermita del desierto interior. Es necesario discernir la permanencia y la fidelidad en cada cosa, en cada acontecimiento, a cada momento. Permanecer en la celda...

56. ¿Deseas orar? Oye, inclínate, atiende y adhiere al Señor. Allí, precisamente, donde presientes un latir más profundo en tu corazón. Y permanece aunque se vaya todo el mundo.

57. El que descubre la soledad no la halla en un lugar determinado sino en su propia vida. El silencio surge de lo más interior, como un don superior e inefable, como el Misterio que se revela en lo más alto del alma. Querer forzar esa soledad sin haberla descubierto en el hondón de nuestra peregrinación, es pretender fabricar con buenos decorados exteriores la realidad irrepetible de dentro.

58. No es posible decir... todo lo que quisiéramos. No es posible siquiera pensarlo. Sólo en el abandono fecundo hallamos todo abierto y pasamos...

59. Cuando el peregrino carece de fuerzas y apenas puede andar... A veces todo olvida... ¿Qué es lo que ocurre? Sólo el abandono confiado es la respuesta. Es entonces cuando se revela la misericordia del Señor... Pero no lo siente quien camina. El Señor se ha velado para hacerse... más presente (si así pudiera decirse). ¿No lo percibimos así?

60. El Señor ha venido delicadamente. ¿Ha venido? Hablamos desde donde sospechamos y descubrimos y, desde luego y sobre todo, creemos. Yo he visto a Quien ya estaba y está desde siempre. Yo no hago más que balbucear, porque la expresión verdadera es el silencio. ¿Sabías que hay una visión mayor que la de los ojos? Ella sólo se abre en el desierto.

61. El peregrino es un viviente orientado ¿Qué es esto? Desde antes de nacer, desde siempre, desde la Eternidad, vive en el Amor que lo conoce, prepara y aguarda. Es conocido y amado. Preexiste, más allá del tiempo, en el mismo Dios que todo lo ordena para él y a él para Sí. Desde que abrimos la Sagrada Escritura sabemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Entonces ya no podemos concebirnos solos, sin destino ni sentido, sino pensados, amados y llamados a la Vida en plenitud.

62. No olvidemos jamás esta ordenación de nuestra propia naturaleza. Dios (si así puede decirse) ha pensado primero la vida sobrenatural y a ella ha subordinado todo... El íntimo y natural deseo de Dios es nuestra raíz y la capacidad y disposición para oír el llamado y cumplir nuestro destino.

63. No hemos de concebir al hombre solo, sin Dios. El hombre es, verdaderamente y siempre, con Dios. Lo contrario es la deserción, la rebelión, el pecado.

64. Todo lo que pienses, todo lo que digas, puede convertirse en oración, si quieres. Porque en Dios somos, nos movemos y existimos y sólo Él está en nuestra más profunda intimidad.

65. Este es el valor y la grandeza de la vida. Mira a María. Su vida y su misión no pueden separarse del Hijo. Mira a José, todo él es para el Señor. A veces parece que el Señor no atiende especialmente a su Madre... Cuando, en efecto, leemos el Evangelio vemos que Él le recuerda que ha de ocuparse en las cosas de su Padre; y sin embargo nadie está tan cerca de Jesús como su Madre. Pues bien, las vocaciones más altas no tienen por qué definirse con límites precisos y demasiado humanos. Y mucho menos por la abundancia de citas y de grados y de antecedentes y de autorías y de todas esas cosas. La vocación más alta es la más sumergida en el mismo Misterio de Dios.

66. Déjate llevar y hundir donde no sabes. Deja ser el Ser. No impongas rótulos ni te pases las horas midiendo... Juega, juega, olvídate, respira, vive, que Dios es la Vida.

67. No importa que te desgarren por ahí. Después de todo ¿qué es lo que tienes que dejar o que decir? Todo tiene su hora. Surgirá, en el horizonte de tus días, la aurora más maravillosa.

68. La vida eremítica en el corazón es una particular inmersión en el Misterio de Dios, por obra de la Gracia y según una vocación especial, que no ha de circunscribirse a modo ni medida.

69. El eremita, escondido con Dios en el corazón, aceptará lo que otros juzgan sinrazones o los despropósitos que lo puedan circundar. No busque lógica humana en el acontecer cotidiano. Insista en descubrir la luz escondida, detrás de las apariencias y de la tosquedad manifestada en tantas cosas.

70. No prefiera esto o aquello ni sueñe con edades-de-oro. Ya sabe que todo instante desemboca igualmente en la Eternidad y que sólo interesa el tiempo de Dios.

71. No hay tiempos de ayer ni de hoy que pueda juzgar más o menos favorables. Todo es ocasión de Dios y las lecciones de la Historia no se detienen jamás.

72. En la misma noche se halla un valle recogido en silencio encantador... ¡Se descubre tan rápido! cuando se pronuncia el Nombre en el corazón. Y, sin embargo, nada puede representarlo, ni sonido, ni perfil, ni sospecha. Pero el Amor lo descubre, nos lo descubre, sin lenguaje, inmediato, en la propia unión.

73. ... Su Madre conservaba todo en su corazón (Luc., 2, 51) Todo de Dios y todo Dios. El Corazón de la Madre es, desde siempre, Morada... Y es Cielo...

74. María fue mártir en su Corazón. En ese Corazón testigo de su Hijo y de su abandono inabarcable. Corazón abierto y entrañado en el Corazón de Dios.

75. El martirio interior es propio del misterio del desierto. Es su coronación y su plenitud. Vano es el desierto si no nos lleva al cielo...

76. Hay una desapropiación difícil de explicar, pero que -tarde o temprano- urge en nuestra peregrinación. Es aquella que renuncia a lo que podemos llamar: los exámenes aprobados. En efecto, es la aprobación un consuelo y un recurso al que apelamos con frecuencia, sobre todo para valorar los aciertos o desaciertos en nuestras obras. Ahora bien, en el desierto no hay demasiada posibilidad para ello. El caminante es desconocido en profundidad, no se sabe muy bien de dónde viene y a dónde va. Él mismo vive un abandono peculiar... Y, a veces, más percibirá la desaprobación que el aplauso o el aprecio...

77. ¿Qué hacer? Pues nada. Sólo paz. Siga el peregrino en obediencia y quietud silenciosas, aunque nadie lo acepte y aunque, alguna vez, él mismo sufra la tentación de la duda. Persevere en dejar a Dios ser Dios en su corazón y no pretenda otro dominio ni quiera andar por otro paraje.

78. No busque ni
intente un rostro diverso... No sabe, el peregrino, cuál es el suyo porque de él se goza sólo Dios. Descubra su condición en la apertura infinita de su corazón en el Señor.

79. Vuelve, vuelve a casa siempre. El desierto es entrar siempre más en el corazón. Entráñate allí en Dios. No temas. Él siempre nos llama, nos aguarda, nos perdona. Entra en el misterio de la Misericordia. Deja tu cuidado.

80. Abre las puertas de tu alma a fin de pasar más allá. Toda imagen o figura esconde una puerta, un paso, a través del cual se la trasciende y supera. La imagen halla su plenitud en su propia superación.

81. El desierto posee mil puertas. Es preciso tenerlo presente. No hablaremos de ellas. El eremita interior aprenderá a descubrirlas maravillado... El Espíritu sopla donde quiere...

82. El eremitismo interior consiste en la vivencia, por vocación y por gracia, del retiro secreto de Jesús con el Padre. Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Es la obra del Espíritu. Quien adhiere a Dios se hace un espíritu con Él.

83. Las intenciones de nuestras plegarias son siempre, en primer lugar, las que se hallan en el Corazón de María.

* * *

84. Antes y después del desierto, se diseña la corona del martirio. Ya la hemos encontrado ¡tantas veces! Ahora refulge nuevamente cuando se ahonda en nuestra vocación de teóforos.

EXPERIENCIA INEFABLE DEL ESPÍRITU

85. La más alta experiencia de lo divino (por decirlo así) puede hallar su ocasión en el acontecer del sufrimiento o del rechazo...

86. Todo acontecer puede ser ocasión de una experiencia de lo divino. Aún el dolor más intenso. Téngase en cuenta el lugar central del abandono.

87. El desamparo es un prodigio de fecundidad espiritual. Cuando el peregrino vuela llevado por el Amor no conoce fronteras; y en todos los tiempos y en todos los lugares halla su bien.

88. En el Misterio del abandono descubrimos el hecho de la Filiación en el Unigénito. Las respuestas más profundas las brinda el Amor. En su deslumbrante Misterio todo es Luz y Transparencia.

89. ¿Lo feo, puede conducir a lo bello? La pregunta es demasiado práctica. De hecho el hombre topa diariamente con cosas o situaciones decididamente desagradables. Esas que constituyen la máxima penitencia o el martirio cotidiano, o como se le quiera llamar. Todo ello parece el reducto de la fealdad o que constituye un lugar poco o de ninguna manera habitable... Es claro que esta suerte de insipidez no lleva a lo alto, a Dios. Es una esclavitud, impuesta por los modos del mundo, que aplasta en las más variadas direcciones.
Ahora bien, una respuesta en profundidad requiere suma atención. Primero porque no todos sufren por igual y hay quienes padecen notablemente lo que a otros deja indiferentes. Luego porque la experiencia no es la misma en todos los casos, es decir: cada uno ha padecido situaciones muy diversas...
En general afirmamos que el alma está creada para la Belleza y halla connaturalmente lo bello. Por esta razón sólo puede servirse de la fealdad o de la torpeza por oposición, por nostalgia, por deseo ardiente, cuanto más se la priva de lo que le es propio.
Pero más profundamente el corazón puede descubrir este camino de ausencia en el único abandono del Hijo y padecer con ello la más alta experiencia de Dios.

90. El silencio ocupa todo el espacio. Sobre todo si no entramos con estrépito. Quien no persigue el primer lugar es conquistado por el silencio y halla la paz.

91. No procures la calificación más alta ni el primer rango en nada. Si te corresponde, déjalo y no te ocupes más. Sosiégate y aquiétate... La grandeza consiste en no-reclamar.

93. Tu corazón es silencio y es aurora. Si allí fuera hay ruido, o lo que sea, el santuario permanece -siempre- inviolable. No lo olvides jamás.

94. Si lo que más tenías en cuenta y lo que tanto te interesaba ahora no lo tienes, o tus fuerzas no te lo dejan realizar como quisieras ... : ¡no te avergüences ni te descorazones por ello! Por el contrario, acepta este despojo como un don singular, que lo hace más preciado para Quien ve lo secreto del corazón.

95. Los accidentes y asperezas del camino y de la noche, apenas hablan del misterio de tu descenso. Hay parajes que no se clasificarán jamás. El asedio que el peregrino experimenta supera la alternativa de aceptación o rechazo. Es, por ahora, noticia de gran lejanía...

96. No te turbe el acoso de diablos y de otras creaturas. Deja, abandona, huye. Permanece erguido como un roble cabe el agua que pasa...

97. La impertinencia de nuestra edad disfraza sus excesos con filantropía. Pero miente. Como el viejo traidor no procura bien alguno sino quedarse con algo que está en la bolsa...

98. ¿Has renunciado al poder? Entonces no presiones, en ningún sentido, ni exterior ni interior, para que las situaciones se resuelvan según tu parecer...

99. ¿Quieres el Cielo? Entonces no te pienses más o menos con puntaje para ello. Deja a Dios pensar en ti. No, no te veas con exámenes aprobados, ni diplomas, ni nada. ¿No has aprendido la lección de la misericordia?

100. Ama al Cielo por el Cielo. No seas curioso que ni ojo vio ni oído oyó lo que Dios tiene preparado para los que le aman...

101. No tropieces contigo ni con tu sombra... Los antojos pueden llegar a ser muy sutiles. Deja y deja tu cuidado. Ve en paz... , no corras.

102. La hora es la de Dios. Las Actas de los Mártires no nos dan detalles del curso de la vida del testigo sino sólo su testimonio... Haz de tu vida una gozosa perseverancia, sin cuidarte de lo que dicen o de lo que callan. Vive -cotidianamente- el gozo de tu confesión.

103. No te acobarde luchar. Tampoco te retires de la batalla cuando descubres alguna herida. Es posible y hasta necesario persistir y triunfar con más de un rasguño. El enemigo te quiere vencido sin mucho trabajo de su parte y rendido ante la primera sangre. Nada de eso. Persevera y confiesa sin desfallecer.

104. Recibirás la contemplación más sublime cuando menos la aguardes. No eres tú quien elige el lugar ni el tiempo. Y con mayor razón cuando trasciendes todo lugar y todo tiempo. Reposa, desde lo más hondo, en el Corazón de Dios.

105. Cuando te recuestas en el Corazón de Jesús... En lo más interior brota una aspiración nueva que todo lo inunda y lo baña de luz. Y lo penetra, y lo transforma, y lo levanta... ¿Qué sabes? Lo más maravilloso hoy está oculto. Pero esa condición es tan luminosa y gloriosa que no halla expresión que le sirva. Lo oculto se vuelve, de algún modo, manifiesto en el Fuego del Espíritu Santo.

106. No olvides que la muerte, si así puede decirse, como tal no es. Aspira, con toda tu alma, a lo más profundo del Cielo. ¿No te encuentras ya mismo en el Corazón de Dios? En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

107. En el Corazón del Señor. Uno. Es donde descubro permanentemente la hondura de mi ser. Ser en sólo Él... Este secreto consiste en no abandonar el celado esconderse en el Señor. Dios nace en el alma que lo acoge, recogiéndose en el abandono y entregándose (consagrándose) a cada instante.

108. Esconderse en el Señor. Es volver, decididamente, inicialmente, al propio interior. Aquí no hay límites, sino una apertura infinita. ¡Tesoro escondido! ¡Admirable realidad, tan profunda! Con mi alma te deseo durante la noche y con mi espíritu también, en mi seno, estoy buscándote a Ti. (Is. 26, 9). ¡Mi alma te busca y sabe que no te buscaría si no te hubiera hallado ya! Y mi espíritu en mi corazón, en mi interior, a Tí se abraza y en Tí se arroja y por Tí arde y se transfigura -¡amada en el Amado transformada!

109. No te retires de la batalla cuando sólo te hieren... Por el contrario, continúa sin desmayo, que llevas algo así como una prueba, una experiencia de la lucha, que no es ilusoria.

110. Quizá ya no son estas las horas del paisaje umbroso y quieto, signo de silencio, de paz y de oración. Queda escondido y bien real en el interior del alma, donde nada ni nadie lo viene a turbar. Es el jardín donde está el templo de Dios. Con semejante paraíso en el corazón, no dudamos de que estas sean las horas de la nueva milicia, de la lucha singular de los últimos tiempos.

111. La milicia, la nueva milicia de estos días, como la de todos los tiempos, ha de asumirse con infinita cortesía. La vida espiritual descansa sobre virtudes que distinguen al hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Una de ellas, y no de las menores, es la delicadeza.

112. Uno de los mayores gestos de la cortesía es descender. 0, si se prefiere, no-retener. Sin negar pasado o presente alguno... Nadie puede dejar si primero no ha poseído.

113. La vocación a la soledad, tiene -lo hemos dicho- innúmeras posibilidades. Sería un error cerrar las puertas a quienes descubren las sendas de un silencio interior, en simplicidad y disponibilidad a Dios. La soledad se descubre cuando no hay consuelo que nos ayude o cuando cualquier marginación o postergación acontece en nuestras jornadas. Y no porque esto sea culpa de alguien. Simplemente ocurre en razón de la misma vocación a ser levantados sobre toda creatura. Quien desciende con Dios es levantado con Él y por Él.

ALGO MÁS ACERCA DE LA CONTEMPLACIÓN

114. No sé si en los prados o en los bosques, en el mar o en las montañas, en los desiertos o en los valles... Muchos procurarán éste o aquél lugar. Pero en poblados o en despoblados, en aldeas o en ciudades no se hallará el espacio soñado. No hay sitio ni plaza en las parcelas, zonas o parajes de este mundo. Alguno tentará de obtener una propiedad circundada que lo proteja. Otro levantará, y con mucha razón y tino, una morada bien defendida. Y así, a cada uno, parecerá oportuno o conveniente esto o aquello. ¡Cómo no resguardarse de los gemidos dolientes y fúnebres de un mundo en precipitada caída! Las preciosas margaritas, los cantos de las aves, el silencio y majestad de la naturaleza, hablan en verdad de Dios... Sí, hablan de Dios ¡cómo no! ¡Quién se atreve a negar la gloria que se manifiesta en el cielo descubierto, los ecos sublimes de los vientos, el rumor del agua, la grandeza de la tempestad! ¡Quién no queda deslumbrado ante los levantes de la aurora, el amanecer dichoso o el ardiente ocaso!... Y, sin embargo, no es esto ni es aquello, por más sublime e inigualable que sea, sólo es Camino, Verdad y Vida: el abandono en la Cruz.

115. ¿Cuál es la figura de santidad y de contemplación que procuramos señalar ahora? Se trata del mártir. El sentido profundo es el de un testigo que lo es, sobre todo, en y desde su corazón hecho uno con el Señor en el Espíritu. En efecto, el mártir es aquél que desciende hasta el punto donde el Espíritu lo lleva para que se cumpla el misterio de esta unidad. Sólo será unido en el descenso, o en el abandono, ya que el Verbo de Dios vino a buscar al hombre y, para levantarlo a su altura, se hizo carne Él mismo, y obediente al Padre hasta la muerte y muerte de Cruz.

116. Pero no todo el Misterio se ha de descubrir. El pudor y la delicadeza velan las mayores maravillas. En la misma medida que se manifiesta: se oculta; cuando dice: calla y se silencia. El esplendor de la Palabra nos sumerge en lo inefable que no permite publicación ni ruido.

117. El silencio del Misterio. ¡Es tan presente! La Presencia todo lo llena, lo supera y lo rebalsa, derramándose con generosidad jamás sospechada. Pero nunca resulta violenta y siempre permanece como delicado soplo de brisa inefable.

118. Desde hace un tiempo todo se quiere difundir. Se hacen ediciones y ediciones para un público cada vez mayor. El afán por enormes auditorios aumenta y las masas, que todo lo invaden, también. Los justificativos son miles y los medios, innumerables... Pero aquí nos referimos a un secreto, a un tesoro escondido, a lo que se dice o se descubre solamente en el silencio...

119. Es el mártir monje por la soledad y penitencia de su vida. Es testigo verdadero, y como testigo, el mártir es apóstol y, como luchador, caballero poseedor de honor. Y lleva vida escondida -¡tan escondida y secreta!- porque, en realidad, nadie sabe verdaderamente de él. Desconoce, él mismo, la dimensión y el alcance de su misión...; y en esto es profeta: porque ignora el cumplimiento definitivo de su anuncio y la gloria de su testimonio. Todo lo lee y lo sabe en el Amor y por la Gracia, pero no acaba de expresarlo o de decirlo. Sabe de Luz y de Silencio y reposa, con certeza, en el Corazón de Dios que es su Centro y su Vida. Es claro que no se habla aquí -solamente- de quien muere víctima de la violencia de los perseguidores, sino de todos aquellos que, a imitación de María, son mártires en el corazón.

120. En el solitario se halla la figura del mártir y del predicador. Este ha descendido con su Señor por el camino escondido, con un Nombre nuevo que sólo él conoce, porque sólo él lo recibe, en silencio, en la unidad del Espíritu.

121. ¿Cuál es el lugar? Ni lugar, ni tiempo. El instante inefable en el descenso, allí mismo en la Unidad que no acertaremos nunca a expresar.

122. Nuestra lectura, aún nuestro estudio, es una Lectio divina, cuyo fin es el diálogo amoroso con Dios en el mismo corazón.

123. La Palabra es una sola... Ella lo dice todo y es la misma Sabiduría que se entraña en la unidad del Espíritu, en nuestro corazón. Hemos pretendido decir y añadir cosas y cosas... Con frecuencia percibimos algo así como una ambición de expresarnos muy bien. Buscamos los enunciados más completos y satisfactorios, a saber: cuando hemos comenzado por un principio y seguimos por la mitad para acabar en la conclusión luminosa... Ahora bien, no es sólo éste el camino. Por el contrario, de esa manera nos apartamos por los vericuetos de la lejanía. Lo propio es entrañarse en el mismo Misterio, con despojo y abandono.

124. Se me olvidó lo que venía diciendo... (!) No hay duda: el Espíritu nos devuelve al Presente inefable para transformarnos en Silencio ardiente. Es aquí y ahora, en Espíritu y en Verdad.

125. El Nombre Nuevo. ¡Amable y definitivo Misterio! Buscando mi Centro, busco a Dios. Dejándome entrañar en mi propio centro, me dejo entrañar en Él y por Él. Ahora bien, aquí se da el ... Nombre nuevo, que sólo conoce quien lo recibe... (Apoc., 2, 17). En efecto, el Profeta ha anunciado este nuevo ser, que es -desde luego- una transformación inefable ... : Y se te dará un nombre nuevo, que el Señor determinará con su boca... (Is., 62, 2). Y también: el Señor (... ) a sus siervos les dará otro nombre (Is., 65, 15). Otro nombre... Ese mismo que es nuestro ser profundo. El Nombre nuevo: Del vencedor haré una columna en el templo de mi Dios, del cual no saldrá más; y sobre él escribiré el nombre de Dios y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la que desciende del cielo viniendo de mi Dios, y el nombre mío nuevo (Apoc., 3, 12)... y verán su rostro y el Nombre de Él estará en sus frentes (Apoc., 22, 4)...

126. ¡Calla tu secreto formidable! Pero no dejes de meditar en él. Sumérgete en las profundidades de un desierto que te sobrepasa... ¡Has topado con tanto dolor en tu caminar! Sobre todo te oprime, hoy como ayer, una desilusión que quiebra y derrite las entrañas. Ahora mismo te encuentras donde no quisieras... Y es que tampoco lo sabes muy bien... ¿Recuerdas? ... cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras. (Jn., 21, 18).
Pedro huía, con razón, de Roma, escapando de sus verdugos. Su vida era preciosa para la Iglesia. Pero vio al Señor llevando la Cruz y le preguntó enseguida: -Señor ¿a dónde vas? (Quo vadis, Domine? ) y Él le respondió: -voy a Roma a que me crucifiquen de nuevo... Y comprendió el príncipe de los apóstoles que debía ocupar el lugar al que estaba llamado para morir por muchos.

127. Semejante lugar no puede ser abarcado. Es lugar de Dios. Allí, ahí mismo, donde Él nos encuentra, esto es: en Él mismo que es morada nuestra. Cualquier análisis o explicación condenan al fracaso y a la desilusión, en razón de reducir lo más alto y lo más grande a medidas o dimensiones mezquinas.

128. Sólo la Deidad en la misma Deidad. Sólo Él. Sólo Tú mismo. Y siempre lo digo sin decirlo, porque mi lenguaje es asaz pequeño. Y repito -sin repetir, desde luego- y, así, voy de camino sin saber... ¿Dónde y cuándo estoy? ¿Dónde y cuándo voy o vengo? ¿Dónde y cuándo soy? Proseguía y miraba hacia adelante o, por lo menos, lo que por delante me parecía hallar. En realidad no hallaba nada, ni entonces, ni ahora. Porque por allí no hay... nada. Inmensa, tal vez, la llanura y altas las montañas y profundo el mar... Quizá. Luego multitud de cosas y de objetos, sombras de ilusiones al pasar... Conmigo gemían algunos en la desolación de la lejanía, poco dispuestos a aceptar esas invitaciones vanas y vacías. ¿Dónde o por dónde ir?
La hora es peculiar y nadie la sospecha. Confusión y perplejidad en las plazas... ¡Camino o senda que no existe! ¡Cuánta y cuán grande es la tensión por encontrar lo que no está! Y seguimos, unos y otros, y las huellas se borran después de pasar... ¿Qué hay por delante? ¿Vamos hacia algún lugar? ¿Qué paraje atravesamos?
Ni lugar, ni paraje. Ni esto, ni aquello; ni aquí, ni más allá. ¡Qué esfuerzo terrible para arrojarse hacia adelante, estirarse y proyectarse en vacío abismal! ¡Cuántos fantasmas, cuántas imágenes: ídolos siempre, que presto morirán!
Hasta que oí detrás de mi, pero dentro, que no a mis espaldas, una Voz Sublime que no he de decir. Entonces me volví y fui hallado: entonces vi.
En soledad, la misma Belleza... Vuelto al Padre con el Hijo en el Espíritu. La misma intimidad: y de esto no he de hablar.

129. Es preciso no olvidar que el Señor triunfó por su fracaso, habiendo elegido libremente el camino del dolor. Acerca de la fecundidad de los pasos más terribles no hemos de dudar... Aún en el silencio y en el despojo del abandono, aún cuando las más duras humillaciones y angustias acongojen el alma, nunca dudemos de la misteriosa e inmensa fecundidad de la Sangre del Señor.

130. Ha dicho un santo monje que gocemos de la incomparable alegría de sólo ser conocidos por Dios. Descubrir el propio sujeto, ser sí-mismo en lo profundo, por decirlo de alguna manera, es recibir la Luz que nos ilumina y nos arranca de las tinieblas, liberándonos del mundo sin sentido de los objetos. Como aquellas pinturas de la Natividad del Señor donde el artista ha plasmado, en admirable juego de colores, la realidad misma: la Luz es el Niño en el pesebre, sólo Él es la Fuente, porque es la misma Luz. Los personajes presentes aparecen, están y son allí (y en cualquier parte) en la misma medida en que reciben la Luz del Niño, en que son alumbrados por Ella.

131. La Luz tiene una admirable correspondencia con el Deseo del corazón del hombre... Él abre las puertas, se deja iluminar, quiere y busca la Luz. Porque la Luz lo despierta y la misma Luz lo hace capaz de la Luz. Pero él ha de querer la Luz, ha de desearla, luego que los levantes de la Aurora quebraron su oscuridad y su nada.

132. En la ermita interior se aprende algo maravilloso: aquello que está por manifestarse, la transformación y transfiguración de la vida y de todo. El Misterio de la Deificación se va realizando en conversión escondida. Por ello puedo decir, sin temor a equivocarme: -yo seré. Porque siendo ya, ahora recibo el Nombre nuevo impreso en la Piedra, he de ser siempre en Él y con Él, en la unidad del Espíritu. Ahora, pues -ya-, es aurora de la Luz eterna.

¿Dónde está el Desierto?

133. Ni aquí, ni allí. Aguarda y piénsalo muy bien: te dirán que el Desierto se halla en oriente o, tal vez no tan lejos, en algún paraje de tu propia tierra. Nada de eso. Esos lugares son una manifestación muy pequeña, un signo, de la inmensidad que tú sueñas, esa misma que llevas contigo.

134. ¿Huir al desierto? Es quizá una bella y prometedora expresión... Será cuestión de hacer las valijas o de abandonar todo equipaje y partir. Pero, ¿hacia dónde? Desde hace mucho tiempo búscase aquí o allá... Y siempre es preciso seguir y seguir. Nada resulta suficiente, o porque está demasiado cerca, o porque es demasiado lejos... O porque, ni cerca ni lejos, aparecieron algunos turistas y quizá hasta los cobradores de impuestos. O porque hay tantos que llaman a la puerta y hacen mucho ruido... ¡Quizá la Cartuja! ¡Bendita sea! Sí, desde luego, pero si Dios no te llama allí o tu salud no es muy a propósito ¿qué harás?
Mira, yo te digo que te vayas al desierto ya mismo y donde estás. Déjate alcanzar por el Creador y olvida lo creado, recuerda lo que decía San Juan de la Cruz: Olvido de lo creado, memoria del Creador, atención a lo interior y estarse amando al Amado. ¿Prefieres las palabras del Cardenal Newman? Myself and my Creator. Quien pueda entender que entienda y acuda.

135. El desierto consiste, también, en ese ámbito que quisieras de tal manera y no se da ni se encuentra. ¡Curioso esto del ámbito! Los hombres aguardan decorados y temperaturas que, luego, no aparecen. ¡Tanto es lo que brilla por su ausencia! Decimos que el desierto no premia con consolación, comprensión o estrépito. Es realidad de otra índole, que se la sabe presente por mortificada ausencia. Desde luego que no se ha de buscar esta sequedad, pero cuando desaparezcan los consuelos o se extingan las luces sabremos muy bien el origen de lo que ocurre.

136. El desierto existe y está dispuesto para la transfiguración. El desierto esconde el jardín más maravilloso. Y, con frecuencia, deja ver y gustar su tesoro. Del desierto que no oculta nada y a nada lleva no hablamos aquí. Nuestra vocación es al Paraíso...


AQUELLO...

137. No, no hay desiertos, ni planicies, ni mares, ni montañas... Ya subes por donde no sabes y no puedes decir más. Tampoco sabes si subes, a veces te parece que bajas. Es que nada, nada importa, y nada hay que no tengas ya. Lo que tu seas lo serás, porque brotan exultantes las fuentes más allá de tus imágenes y más altas -sobre todo- que tus medidas...

138. ¿Sabes que eres lo que esperas? Es claro, serás lo que ahora posees en la Esperanza... Pero así como te conviertes en lo que amas, te aseguro que te vuelves lo que esperas. Toda tu vida es un tesoro de esperanza, vive, pues, ya, ya mismo, ahora, el Misterio cuyo cumplimiento definitivo aguardas.

139. ¿Querías saberlo todo? Pues todo lo sabes y lo eres en Aquél que ya llega. ¿Quién eres? Quien seré... Soy en Quien llama a mi puerta; me dice que le abra presto y que lo ame así y aquí, como soy y donde estoy ahora. Que no aguarde un segundo más...
140. Vive, vive en Él. Él vive en ti. No puedes sumar dos, porque el Amor ni suma ni resta, simplemente es Unidad.

141. Pero no has de decir, ni de relatar... El Silencio te enseñará -cada vez- lo más admirable. El Silencio es plenitud. Basta sólo mencionar. Nada más. El Silencio es el respiro inefable, la brisa vivificante del Espíritu.

142. El silencio es el clima del corazón y de la vida... Se lo descubre cuando el peregrino persevera sin desfallecer. A pesar de todas las demoras, de las contramarchas, de los acontecimientos que parecen adversos...

143. El silencio se descubre cuando realizamos lo que parece inútil y nos arriesgarnos a... derrochar.

144. El apotegma de un monje, dice así: el silencio ha de encontrarse en el fondo del corazón: entonces todo ruido exterior resulta como las olas del mar: éstas son impresionantes y terribles para quien se halla en la superficie del agua, pero inexistentes para quien vive abajo, escondido, en la profundidad.

145. Cuanto más se despliega y corre el tiempo, más se esconde lo real en el corazón. Es preciso descubrir esto y no vacilar. Parece que muchas cosas, figuras e imágenes, pierden su gusto o que el fracaso nos amenaza más. Pero no es así. Lo que ha acontecido es que todo se cela más íntimamente y desciende en el corazón, buscando la plenitud del silencio original.

146. La grandeza y la gloria del corazón, es la Presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu en el más hondo y desconocido silencio. Tal silencio, que impregna la vida toda, es plenitud y sublime Palabra. Lo que yo percibo como abismo es, en realidad, la Vida, la Vida misma. El Padre engendra al Hijo y el Espíritu, que procede y que es Amor, desborda en sublime unidad y penetra el alma toda, levantándola al hacerla Suya.

147. ¡Inmensa es la Luz callada! El Nacimiento no precisa pregoneros de roncas voces. Antes de la aurora fui conocido.

148. Reposa en la Brisa suave. Adormécete en el mismo Corazón del Señor. Es tu Vida, tu Morada, tu Instante... Abre los ojos sólo en los Suyos. Es que... no tienes que decirlo. ¿Para qué? Sólo Él y nada más.

149. Es lo más simple, lo más profundo, lo más inmediato... Es lo más silencioso y sin prisa. Tan presto como el instante que atraviesa el tiempo y lo levanta, trascendiéndolo para siempre.


(guiadecontemplativos.4t.com)

miércoles, 28 de enero de 2009

SOLILOQUIOS: EL SECRETO SIEMPRE MAYOR...P. Fr. Alberto Enrique Justo O.P.




Algo he de decir de todo ello... Sólo "algo", desde luego muy poco. Desde hace mucho tiempo yo camino en padecimientos de todo género. Algunos he tratado de eludirlos, otros no. El sufrimiento ha sido, para mí, una escuela constante que me ha llevado al "lugar" donde ahora estoy... Es claro que no se trata de "un" lugar ni de nada. Es esta una cima o un valle, un paraje que se levanta y adquiere dimensiones indescriptibles. Son perspectivas secretas, es el Misterio, es todo eso que no se dice, pero que habita, sin duda, en el corazón.
Yo he oído, una y otra vez, esta Palabra: Mi Padre y Yo vendremos a él y haremos en él morada. Sé que esta promesa, revelación incesante de una realidad cada vez mayor, se cumple -sin duda- por Gracia de Dios. Esta "morada" es templo y es desierto, y es imposible hablar de ella. Lo único que podemos hacer es señalarla. En esto descubrimos la vocación de María, engendrando al Verbo por la Fe en el corazón...
Podemos pues señalar, podemos recordarnos -siempre y cada vez- esta condición que nos transforma y nos hace nuevos. Pero no hemos de abusar de las imágenes. Ahora todo es patrimonio de un silencio que supera cualquier otra instancia...
No existe soledad sobre la tierra comparable a este desierto interior que es el corazón abierto para Dios. "Desierto", es, en todo caso, un modo de señalar la ocasión, la apertura del alma, su disposición. El Señor llama y halla la casa vacía de cuanto pudiera impedir su ingreso y su entrañamiento y morada.
Dios está aquí. Es la verdad... Pero lo importante, ahora mismo, es que todo calla. Su Presencia ha arrebatado cualquier posibilidad. Y, atendamos muy bien: cualquier misión o trabajo futuro queda muy por debajo de esta su irrupción que estalla sin imitación. Las comparaciones y las consecuencias no existen. Sólo Él y nada más.
Quizá sea éste un punto de atención y de meditación: casi todas las cosas y sucesos que se agolpan en las puertas y las baten con sonido ensordecedor, no existen en realidad. Es fundamental aprender a deslindar, a separar, a cortar... La educación en el silencio y en la disposición para con Dios comporta esta sordera y ceguera del corazón, que ha de volverse indiferente a tentaciones, pruebas, solicitaciones y heridas provocadas por cualquier entorno, cercano o lejano.
Ahora bien: el mejor modo de lograrlo es aceptar la existencia (por decirlo así negativa) de semejantes arañazos. Es parte de la pedagogía divina ponerlos en juego, pero no para molestar o mortificar, sino para discernir y olvidar. Sobre escalones es preciso subir, pero sin observar los pies. Lo importante es mirar hacia arriba, hacia nuestro destino. Se trata de despreciar, a saber: quitar precio y valor y, en los casos señalados, compadecer de verdad.
Es un arte nuevo, una nueva ascesis, que tiene por objeto liberarnos de un tipo de acedia característico de esta hora de pruebas y tentaciones. Dios permite este asalto, pero nos da las armas para defendernos con eficacia. Es el modo divino. En efecto, no quita la dificultad sino que nos da lo necesario para superarla. Y esto viene de la naturaleza y de la gracia.
No es posible ya ignorar las características de esta hora en la que se enmarca nuestra vida espiritual. Precisamente porque el rigor y la severidad de sus instantes han de decirnos y señalarnos el valor del caminar.
Los medios ascéticos, que en lo fundamental no varían nunca, hallan -sin embargo- un particular aporte, una dimensión que en otros momentos de la historia no se manifestaban de esta manera. Los trabajos y la perseverancia en la Fe tienen hoy, indudablemente, características originales, pruebas especiales, que no podemos ignorar.
Y decimos esto, en primer lugar, de la vida contemplativa, que es la cima de la vocación humana. Las tentaciones de ayer palidecen ante ciertos "asaltos" de hoy. Las ya viejas "ideologías" o los rumores de moda son un permanente desafío para el cristiano que busca la santidad. El entorno amenazador y brutalmente laico y activista, en caída cada más acentuada en lo secular, conspira como jamás lo hiciera antes. Sin duda porque en este tiempo el signo evidente es una crisis sin precedentes en la Fe. Y esto no se manifiesta lejos, no se descubre distante, como asunto de más allá de las fronteras. Esto ocurre en casa y, más que en casa, en los corazones desalentados, desorientados y embotados por el palabrerío y las pompas del mundo.
Estas confusiones, los descarrilamientos y las desorientaciones forman parte ya de un acervo de corte ascético que no podemos dejar librado a la variabilidad o al antojo de situaciones o de corrientes de opinión... Entonces, una vez asumida la existencia de todo ello, pasaremos a valorar estas pruebas y la fidelidad que, consiguientemente, se requiere de quienes han de enfrentarlas.
Llamo ascético a este camino porque comporta una lucha que ha de ser bien consciente. Una primera impresión nos lleva a deducir que cualquier persona no halla, al alcance de la mano, una guía segura y cierta. Si se enfrasca en la lectura y recurre a los textos que abundan por todas partes, topará con opiniones y pareceres de todo color. Si acude al consejo de otros, quedará con mayor confusión todavía... Generalmente los responsables no saben bien lo que les compete o carecen de la experiencia necesaria para acoger un pedido de ayuda o brindar lo que de ellos se aguarda.
Todo esto sucede con enorme frecuencia y nadie se toma el trabajo de constatarlo y de preguntarse acerca del problema. Pero semejante situación no puede resolverse ni cambiarse en pocos días. Se requieren años para la gestación de una escuela espiritual con raigambre en la tradición viva... Se necesita mucho tiempo para formar sociedades maduras, familias, instituciones, embebidas en la comunión más alta y dando el primado en todo al Amor de Dios... ¿Qué hacer entonces?
Aquí se debe plantear, sin titubeos, la ausencia y el despojo, un "desierto" nuevo por el que vamos, con escasísimo alimento, jadeantes y rebeldes a cada paso... Esto es plantear la... realidad de la ausencia. Y esta ausencia, así entendida, ha de ser ahora una oportunidad espiritual.
Luego, claro, no se trata solamente de la... ausencia. No se trata sólo de que nos falte esta o aquella ayuda. Nos encontramos en una especial persecución, habiendo perdido toda consideración o preeminencia en la sociedad. Y téngase presente que no ha de subsanarse semejante cosa pactando con el mundo. Tal es propiamente la tentación corriente hoy: convertirse en revolucionario o socialista para hallar un lugar de acción o recuperar posiciones perdidas. ¡Pues no hay que recuperar nada! Se trata, otra vez, de un sombrío engaño. La realidad es muy simple y no se debe corregir o soñar con otras escapatorias.
El hombre de Dios ha de evitar cualquier pendiente que lo aparte y disimule su pertenencia al Cuerpo Místico. Su ciudadanía está en el Cielo y ahora debe ser testigo de su Fe. En este abandono al Absoluto reside su vocación y la fidelidad que debe alentar sus días de peregrinación.
Llamo yo estado de persecución a una suerte de marginación en las sociedades secularizadas. Aún dentro de la misma Iglesia, donde -como dijo una vez Pablo VI- por una fisura ha penetrado el humo del enemigo, se descubre semejante contagio. ¿Hay, entonces, un resto? Desde luego no es posible, ni me tomaría yo la licencia, de definir atropelladamente nada ni de deslindar campos y fronteras. Alguna vez dijo, notablemente, el Padre Bouyer que los elegidos de Dios no se conocen en este mundo, esto es: que los santos no saben que lo son y tampoco saben quiénes lo son. No es el momento de señalar o apuntar con el dedo... No es ésta nuestra misión. Se trata más bien de vivir en hondura el Misterio y de abandonarse, sin reparos, a Dios mismo, esencialmente a Él.
Esta hostilidad es lo propio de un ambiente. De éste, en el cual estamos ahora. No lo entenderemos con explicaciones fáciles ni ensayaremos análisis que, por otra parte, están de más. El sentido está en la Cruz, en definitiva en el Amor de Dios. Es el Abandono inconcebible el que nos entrega, con el misterio inabarcable e inefable, la virtud de la Resurrección. El Amor de Dios es el único que vence a la muerte.


* * *


Habida cuenta de todo ello y conscientes de no haberlo dicho todo, volvemos a la cuestión que más nos interesa: el Señor también ingresa en nuestras vidas, digámoslo así, a través de las tentaciones y de las pruebas. Todas ellas integran un plan más alto, ya que Dios no cambia esos pasos, o los nuestros, sino que los transforma.
Ahora bien, es preciso insistir: la afirmación radical del Ser, de la Verdad, del Absoluto, es lo que ha dirigir nuestro andar y nuestra vida toda. En efecto, no nos hemos de quedar atascados en lo que no es. Sólo Dios Es. Y todo halla sentido cuando dice referencia a Él o en la medida en que de Él participa el ser. Las criaturas, lo sabemos, no son por sí mismas. Por tanto, como dicen los espirituales nada son. Toda la belleza que en ellas se manifiesta la tienen de Dios. Y nosotros hemos visto que sólo en Él tenemos la vida, que sólo en Él somos, nos movemos y existimos. Todo lo demás, que aparece a los sentidos, es de ínfima presencia y no ha de tener más valoración que la que se sigue de su capacidad de transformación, ya que todo lo perecedero interesa solamente en cuanto es susceptible de ordenar al único Fin de toda la vida humana. La conciencia de esto que señalamos ha de constituir todo un estilo y modo de vida. En ello consiste la verdadera liberación.
Como decía un Cartujo la vida espiritual no consiste en un progreso, en un añadir una cosa a la otra, en crecer, en volverse mañana mayor que hoy... Por el contrario, se trata de decrecer (si se me permite decirlo así), en realidad: de un despojo liberador...
La inteligencia, decía nuestro monje, ha de volver a su origen virginal, a esa claridad primera de la aurora, donde toda la vida brota y se gesta en el nacimiento de Dios.
Esta es la realidad, y no hay otra. Quiera el Señor bendecirnos y llevarnos así hasta Él y aprendamos nosotros de nuestra Madre Santísima a engendrar al Verbo en nuestro corazón por la Fe.

domingo, 25 de enero de 2009

RETORNO A LO ESENCIAL....P.Fr. Alberto E. Justo O.P.





Ha de saber, quien lea estas poesías, que son, todas ellas, un intento y nada más. Es el... silencio que se protege con algunas canciones que no alcanzan a decir ni a expresar la densidad de su abismo.

Brotan aquí o allá, sin interés ni apresuramiento. Responden a situaciones generalmente inesperadas y sorpresivas. Eso es, son sólo una manifestación que quiere abrir camino o descubrir espacios escondidos.

Nada tan irregular como la pretensión de imponer un silencio o de "hacerlo". Esto es una contradicción. El silencio está desde el principio, es el principio. Sólo de él puede nacer la palabra que no lo turba, y que, luego, a él retorna.

Pero está escondido. No se lo reconoce inmediatamente. Es necesario peregrinar.

¡El silencio! ¡Cuántas maravillas evoca esta palabra! ¡Y cuánto nos puede o nos podemos engañar con ella!

Silencio es asombro en la mirada primera... Pero supone un despojo y un abandono singulares.

Porque el silencio del desierto es, propiamente, el fracaso de tantas embestidas, puramente humanas, que profanan y ultrajan el desinterés y la generosidad augusta del ser.

Esto no puede expresarse sino con sublime paradoja, en muerte y en noche (que es aumento de luz), con la conciencia -muchas veces- de fracaso y de pérdida.

El hombre se sabe y se siente "interrumpido", angustiado, le parece que nada hace por salir y librarse de su triste situación. Cree perder su vida en laberintos inacabables de complicaciones y adversidades.

Pero lo siente. Se sabe mal. ¡Bendito dolor y bendita contradicción! Lo trágico sería no dolerse, no sufrir por las pruebas. Estas aparecen para ser sufridas y en esto está la gloria del desierto. Percibir la angustia de una aparente derrota. La impotencia humana es garantía de eternidad.

Quisiera el hombre sentirse útil o aplaudido. O sentir (percibir) una cierta satisfacción de sus días en esta tierra. Una garantía de fecundidad... Saberse fecundo. Asumir responsabilidades y mil cosas más.

Pero el viento del desierto lo seca todo. De golpe aparece lo contrario y la angustia de la esterilidad lo deja en un estado de suma postración.

Pero esta angustia y este dolor no se dieran si él no estuviera ya en el dichoso exilio, en el "abandono", suma garantía de fecundidad y de vida.

No tema el espiritual. Los sacudones son fuertes desde luego. No tema perderse cuando el cansancio o el hastío no lo dejan obrar como él quisiera. Arroje todo en las manos de Dios, entregue, sin reservas "su" espíritu...

Afirmación rotunda. Sólo soy en Aquél que Es. Sólo en Aquél. Sólo en el Solo, en el Único...

Estallido grandioso de ... relación. Sólo en la Fuente Única...

Explosión que sobrepasa cualquier análisis y cualquier lenguaje. El reventón de vida (que no sé decirlo) ahoga toda severidad enojosa... Expande su sonreír... Invita e incita a pasar adelante en su propio camino. No hay ni puede haber otro. El Es. Camino, Verdad, Vida.

Sólo en el Sólo que Es.

Aurora sin ocaso, Luz y Belleza Infinita. No aparece en el discurso ni el libro alguno. Tampoco es un proyecto, ni un programa...

No busco las "cosas". Tampoco escribo acerca de ellas ni de nada. No describo, no analizo, no presumo de aquí ni allí.

¡Alabado sea el Señor!





PERPLEJIDAD



La obra que esperábamos

no es obra, ni acción, ni nada.

Sólo dolor y pesada angustia,

sólo desilusión y desconsuelo...

ocaso, pérdida, derrota.



Creíamos poseer esto o aquello,

creíamos apoyarnos en firme suelo...

Creíamos andar con mayor firmeza,

creíamos no perdernos ya...



¡Greñudas y horribles fierezas,

velludos y discontinuos perfiles!

Asoma, en el horizonte, cerca y lejos,

el siniestro, apretado entrecejo...



¡Pero yo creo en el ocaso!

¡Suprema y celeste debilidad!

¡Aún tanta fuerza me das!





lunes 1ero. de agosto, cuando es de noche...

- o -





EN LA SOLEDAD





Hoy, en esta soledad

se han velado las estrellas.

Ya no hay luces, ya no hay sombras,

sólo se ve la tiniebla.

¡Noche de contemplación,

luz de Fe, luz de Belleza!

¡Resplandores sin ocaso,

Fuego que tanto arde y quema!



30-IV-1980

- o -



ALABANZA SIN FRONTERAS



¡Hondos valles encantados,

altas montañas y sierras!

¡Ríos, mares, océanos,

grandes llanuras y estepas!

Bajo el manto de los cielos,

bajo todas las estrellas;

en la soledad del yermo,

en el polvo de las sendas,

andando por los caminos,

trepando por las laderas,

en los más altos collados,

junto a las nieves eternas...

Allí, cabe el agua mansa

donde aquél árbol se espeja.

Aquí en este jardín.

huerto de flores y yerbas...

En los valles, en los montes,

en naranjos y en higueras,

en jazmines y rosales,

en el césped y en la tierra;

con el canto de las aves,

con el llanto de las fieras,

en los pedazos quebrados

de aquellas tumbadas piedras;

en los campos ya sembrados,

cuando ríe la pradera,

cuando en el cielo se juntan

las nubes blancas y negras...,

con rocío, lluvia y nieve,

en verano o primavera,

en invierno o en otoño,

en el tiempo que se quiera...

Cuando el dolor o la angustia

el alma del hombre aprietan,

cuando la paz y la dicha

con uno y otra se alternan;

en agitadas ciudades,

junto al mar en sus riberas...

En trabajo, de camino,

allí o aquí, donde sea;

sin lugar o sin espacio,

donde el alma abre la puerta.

No sé medir ni me importa,

que medidas no interesan,

cuando vencido el abismo

caen todas las fronteras.

¡Ven, Señor Jesús, ven pronto!

¡Sea, sea donde sea!

Entonces, con esas flores,

sin aguardar que amanezca,

yo te alabo mi Señor

con la creación entera.

No bastan los altos cielos,

mi Dios, mi Suma Belleza,

ni espacio soñado alguno,

que contenga tu Grandeza...



Roma, 1er. Domingo de Adviento de 1983.

Rev. Tucumán, 2-3, VIII, 1994.



- o -



NOCHE LUMINOSA



Cantar y alabar sin modo

abandono sin manera,

sin medida, sin límites,

sin preguntas, sin respuestas...





Roma, 7-V-1986.



- o -



OBRA EN LA MUERTE





En la noche solitaria

comienza a brillar la estrella.

Con su paz y su silencio

la vera quietud renueva.

Hoy, en medio de la vida,

del tiempo, de la carrera,

su luz tenue y delicada

en lágrimas se refleja.

Como gotas de rocío

que bendicen esta tierra

todas ellas se derraman

y el Misterio ya penetran,

filtrándose en lo profundo,

como oración verdadera.

-¿No sabías este precio,

no conocías las reglas

de este caminar sagrado

que a lo más alto te lleva?

Abraza la Cruz con gozo,

fracaso, olvido, miseria,

cuando no sabes por qué

ni cómo ni cuando aciertas.

No te fatigue el silencio

ni las dudas o sospechas

ni lo que puedan decirte

los que rezuman la ciencia.

Que nada saben los más

del misterio de la senda,

que por valles encantados

a la soledad te lleva,

soledad esplendorosa,

soledad más que repleta.

-He aquí tu vida, ahora,

en este instante toda ella,

presa del Fuego, quemada

por un toque de grandeza.

Aquí tienes el sentido,

¡de una buena vez despierta!

descubriendo en esta muerte

la gloria de la existencia,

cuando el tiempo es superado

por toda la vida eterna.

En la noche solitaria

brillan todas las estrellas.





3-4 VIII 1978

6-7 VIII 1994

- o -

LEVANTAR VUELO

El Desierto Interior



Hoy quisiera soñar y despertarme

en un lejano paraje desierto,

donde la sonoridad de los aires

se transformara en eco de silencio.



¡Árboles, piedras, arbustos salvajes!

¡perfiles superados por el tiempo!

Por esos caminos sigue mi viaje,

por los ignotos caminos del viento...



Tal vez perdido entre tanto follaje

de mis pasos el cuidado no dejo,

y dejarlo debiera en estos valles

para sumergirme en el Mar Inmenso.



-No quieras decir lo que tu no sabes...

No quieras oír lo que yo no pienso...

Arrojemos fuera sonoridades...

Volvamos, volvamos al mismo centro.





Miércoles 10-VIII-1994

- o -



DESIERTO-ESTERILIDAD-ABANDONO

El "abandono" puede llegar a percibirse a través de cosas y de sucesos, a veces los menos idóneos (aparentemente por lo menos) para alguna "transparencia" espiritual...



No hallar escudo ni suelo;

un camino que se aleja

presuroso de este tiempo

y en ningún otro nos deja...

Ocasiones que no cuento,

perdidas en la marea...,

que no se verán de nuevo

ni llamarán a mi puerta.

A cosa alguna me aferro

¡las montañas son desiertas!

¡y los mares son inmensos!

¡y no conozco fronteras!

Con esa aurora yo sueño,

y tengo esperanza cierta,

las rutas de este desierto

en Tu Nacimiento entran...

En tus propios Ojos veo

levantarse en la pureza,

sin razones y sin medios,

la llama de tu Presencia.

Solo dentro de tu Fuego

al Amanecer me engendras,

y Tu naces hoy, muy dentro,

aunque yo no lo supiera...





viernes 19-VIII-1994

- o -



DESPIERTA AL SILENCIO ORIGINAL



Este Silencio maravilloso está en el corazón. A pesar de sonidos el silencio existe. Porque el silencio del desierto interior puede consistir en el fracaso de tantas embestidas, puramente humanas, que pretenden superponerse al desinterés y generosidad del Ser.



Esperaba oír voces y sonidos,

palabras de aquellas que me dijeran

secretos y glorias de los caminos.

Pero nada, en mi angustia vigilante,

descorrió el velo de mi destino.



Interrogaba la dureza humana,

preguntaba a los ecos de sus juicios,

aguardando respuestas y consuelos

en la hueca vanidad de sus dichos...



Hollaba pastizales y ciénagas

por descubrir un tesoro escondido;

las voces de los hombres resonaban

como realidades en mis oídos.



El silencio que cubre los espacios,

el engaño de un tiempo fugitivo...,

el saludable fracaso de un día,

la soledad que alcanza al peregrino...

...

Salvación fue que todo se callara,

que todo se volviera a su principio.

martes, 20 de enero de 2009

LA VIDA EN DIOS...Cardenal Tomás Spidlik S.J.




I. En el Espíritu Santo

Espiritual

Se trata de un término tan familiar que casi no se piensa en definirlo; sin embargo esta aparente simplicidad disimula una realidad compleja. El concepto tiene una historia: se va diluyendo a partir del sentido fuerte, de la exageración herética, hasta un sentido indebido, como laicizado (1).

Para la Biblia, el espíritu es el soplo de la vida (2). Los filósofos helénicos han puesto el acento en su carácter inmaterial, pero no siempre. Todos, sin embargo, consideran al espíritu como principio de la acción humana que le da una orientación general. Se puede decir que este "sentido vital" está más conforme al vocabulario bíblico.

Más aún, la característica decisiva de la noción de espíritu en la Escritura, a diferencia de lo que sucede en la reflexión filosófica, es una conexión inmediata con la persona de Dios (y no sólo como un elemento más o menos divino de la persona humana). La historia de la salvación hace siempre más manifiesto el espíritu de Dios en acción; para S. Pablo viene a ser el fundamento de la vida cristiana: "espíritu de Dios", "espíritu de Cristo", "espíritu del Señor" y "Espíritu Santo" (3).

Hablando de la actividad del Espíritu de Dios, San Pablo cita una vez "el Espíritu, el alma y el cuerpo" del cristiano (I Tim. 5, 23). Los Padres se encontraron, entonces, en posesión de una fórmula tricotómica, cuyo elemento superior era el Pneuma bíblico. Ella llega a ser tradicional en Oriente (4).

La gran contribución de Ireneo contra los gnósticos, es haber eliminado el concepto de espiritual por naturaleza (como "inmaterial"). El distingue netamente este don del Espíritu, que los teólogos escolásticos llamarán sobrenatural, del soplo que constituye al hombre en cuanto animal: "El hombre perfecto está compuesto de tres elementos: la carne, el alma y el Espíritu, y lo que salva y da forma es el Espíritu; lo otro que está unido y recibe la forma es la carne; entre ellos, el alma, que a veces uniéndose al Espíritu es por El elevada, y otras veces, cediendo a la carne cae en los deseos terrenales. Muchos hombres no poseen el Espíritu que salva y da forma, estos son los que San Pablo llama carne y sangre... Pero todos los que temen a Dios, que creen en la venida de su Hijo y que, por la fe, establecen en sus corazones al Espíritu de Dios, merecen ser llamados espirituales, porque tienen el Espíritu del Padre, que purifica al hombre y lo eleva a la vida de Dios" (5).
Un estudio atento descubrirá que esta fe en el Espíritu ha ido afirmándose cada vez más: el hombre es calificado como pneumaticós por la asistencia del Espíritu ( ) (6).

Inhabitación personal del Espíritu

Si se sigue el desarrollo de la doctrina del Espíritu Santo en la Iglesia primitiva, se observa que las declaraciones son más precisas sobre la divinidad del Espíritu que sobre su personalidad. Solamente con el I Concilio de Constantinopla, en el 381, una definición confirma la identidad de naturaleza entre el Espíritu, el Hijo y el Padre, de allí su personalidad y divinidad (7). Se ve esta evolución, por ejemplo, en las obras de S. Efrén. En la primera, "De Paradiso" y "Sermones de fide", la persona del Espíritu aparece apenas. Sólo en los himnos "De fide" le dedica una oda (8).

Una vez establecida la personalidad del Espíritu Santo, se pone como objeto de controversia en el seno de la teología un segundo problema: ¿la actividad salvífica de la tercer persona divina en la Iglesia y en cada hombre es exclusivamente propio (proprium) del Espíritu Santo, o se ejercita en armonía con las otras dos personas y se trata sólo de atribuírsela (appropiatio)?

La teología occidental habla de un don increado, la inhabitación del Espíritu Santo en nosotros, y de un don creado que constituye una nueva cualidad del alma, fundamento real para nuevas relaciones de gracia con el Espíritu Santo, pero que es el producto de una operación divina ad extra, común a las tres Personas (9).

Se está de acuerdo en reconocer que los Padres Griegos, y los Orientales en general, presentan al Espíritu Santo como el principal y verdadero autor de nuestra santificación y hablan de unión personal, también allí donde la escolástica latina considera preferentemente la gracia, habitus sobrenatural, don creado (10).


"Un solo espíritu con el Señor" (11)

La presencia de un Soplo invisible en el alma humana pone, sin embargo un tercer problema: ¿el Espíritu Santo permanece exterior a nuestra alma humana? En cuanto se precisa la diferencia entre el Espíritu y la creatura, se considera al Espíritu divino como huésped perfectamente distinto. Las "Homilías espirituales" del Pseudo Macario son un testimonio elocuente (12) (en el mesalianismo, este "huésped divino" puede también cohabitar con el demonio en una misma alma) (13).

La insistencia sobre la distinción era necesaria. El misterio del amor de Dios es un misterio de unión, pero también de distinción. El alma no se pierde en algún "nirvana", al contrario, afirma su personalidad y la desarrolla al más alto grado. Por otra parte, a veces en modo imperfecto y ambiguo, la antigua libertad de expresión subrayaba la proximidad del Espíritu, o mejor la transformación del cristiano y su ingreso en la vida personal de Dios (14).

Para el Sirio Afrate, por ejemplo, el Espíritu de Cristo nos es dado de tal manera que viene a ser lo que existe de más espiritual en nosotros, nuestro verdadero yo (15). Así, los condenados serán -dice Basilio-, "cortados en dos"; esto debe entenderse "como una completa separación del Espíritu" (16).

El gran misterio de la vida cristiana (que es una participación en la Unidad y en la Trinidad divina) consiste, por tanto, en las múltiples relaciones del espíritu humano con el Espíritu de Dios. Por momentos ambos aparecen tan unidos que parecen fusionados, pero en otros momentos parece que hubiera una distancia infinita que los separa, el alma se ve en un abismo de debilidad e ignorancia, para sentirse de improviso fuerte, iluminada, teniendo en sí "la fuente de toda santificación, la luz inteligible" (17).

"El alma del alma humana"

Estos son símbolos del Espíritu Santo que expresan su venida desde el exterior; así por ejemplo la fórmula arcaica: "el ángel del Espíritu Santo" (18), o la de "Dador" (19).

Al contrario, cuando Basilio dice que el Espíritu es la Luz (20), explica: "Como la potencia de ver se encuentra en el ojo sano, así la operación del Espíritu en el alma purificada..." (21), propiamente como "el arte en el artista" (22).

Basilio no duda en llamar al Espíritu nuestro Logos (que ha sido traducido por "razón formal") (23). Orígenes ha definido nuestra unión con El como una anákrasis (24). En la tricotomía (25), como está explicado por Ireneo, el Espíritu debe estar unido al alma y, a través de ella, al cuerpo, para que sea un hombre perfecto (26).

Es entonces en la línea de estas reflexiones que la expresión adquiera, para Teófano el Recluso, una gran riqueza de significado: el Espíritu es como "el alma del alma humana" (27). "El día de Pentecostés -escribe P. Evdokimov- desciende en persona y actúa dentro de la naturaleza y se pone como un hecho interno de la naturaleza humana" (28).


Los efectos del Espíritu en el alma, en el cuerpo, en el universo.

La acción del Espíritu Santo, como la del Hijo, está expresada en los títulos que le da la Iglesia.

El es Santificador. En Orígenes se encuentra la fórmula destinada a tener gran éxito en la teología de Atanasio y de Basilio: por la participación en el Espíritu las creaturas, que no son santas sustancialmente, pueden llegar a serlo (29).

El es Vivificante, como lo afirma el Credo (30), Soplo de vida; la antífona (del cuarto tono) del oficio bizantino del domingo canta: "El Espíritu Santo vivifica las almas... hace resplandecer misteriosamente en ellas la naturaleza única de la Trinidad".

El es Iluminador. El versículo 10 del Salmo 35 "en tu luz veremos la luz", es explicada por Basilio así: "En la iluminación del Espíritu veremos la verdadera luz que ilumina a cada hombre que viene al mundo" (Jn. 1, 9) (31).

Purificador, el Espíritu perdona los pecados (32), purifica los cuerpos en la ascesis, en la virginidad (33), da fuerza a los mártires (34), lágrimas a los penitentes (35), hace observar los mandamientos y enseña todas las virtudes (36).

El acercamiento entre nuestro espíritu y Dios se establece ante todo en la oración. Por tanto sucede "en el Espíritu" (37). En este sentido cada oración contiene una epíclesis implícita, para que sea pronunciada en virtud del Espíritu Santo. Luego, la oración por excelencia es la oración eucarística, esta invocación es explícita en la liturgia del Oriente (38).

Resumiendo, basta decir que el Espíritu Santo nos introduce en Cristo. Su acción mira a reproducir en nosotros la vida del Salvador (39). Une a todos los fieles en el único Cuerpo de Cristo que es la Iglesia (40), difunde sobre todo el cosmos su luminosidad (41).


La vida cristiana es una espiritualización progresiva

Resumiendo la enseñanza tradicional, Teófano el Recluso escribe: "La esencia de la vida en Jesucristo, de la vida espiritual, consiste en la transformación del alma y del cuerpo y en la introducción en la esfera del Espíritu, o sea en la espiritualización del alma y del cuerpo" (42).

La vida espiritual, además, tiene un influjo determinante sobre nuestras relaciones con el prójimo y también nuestro trato con la naturaleza irracional, con todo el cosmos. El hombre puesto en el mundo visible, realiza su fin espiritual con la espiritualización cósmica (43). Por tanto se puede "admitir que el objetivo último de la evolución del mundo es su espiritualización, la cual en la creatura racional se manifiesta a través del orden moral, y en las otras a través de cualquier otro orden" (44).

Este progreso espiritual es lento, pero corresponde a la estructura "natural" de cada uno: "El hombre escondido en el corazón (2 Cor. 4, 16, según la explicación de Teófano es el Espíritu) nace y crece. Allí se lo siente. Su desarrollo viene con los mismos elementos que lo constituyen desde su nacimiento" (45).

El taumaturgo popular ruso, Serafín de Sarov, explica así este misterio a su hijo espiritual: "Ellos (los presbíteros) te han dicho: ‘ve a la iglesia, ora a Dios, observa los mandamientos, obra el bien. Este es para ti el fin de la vida cristiana’. No te hablan porque sí. La oración, el ayuno, la vigilia y todas las otras obras del cristianismo por más excelentes que sean en sí, no son en cuanto obras, el objetivo de la vida cristiana, si bien son medios indispensables para conseguirla. El verdadero fin de la vida cristiana consiste en adquirir el Espíritu de Dios... gracia del Espíritu Santo" (46).


II. Por Jesucristo

La vida cristiana es cristológica.

"Todo lo que es innato en el alma humana -escribe Orígenes- fue sembrado por el Verbo de Dios que estaba al principio junto a Dios, y todo eso es semilla del reino de Dios" (47). No se podría imaginar unión más estrecha que ésta que une hasta una especie de identificación tan bien expresada en el sermón pascual de Gregorio Nacianzeno: "Ayer estuve crucificado con Cristo, hoy estoy glorificado con El; ayer fui cadáver con El, hoy vengo revivificado con El; ayer sepultado con El, hoy resurjo con El... Hemos llegado a ser como Cristo, porque Cristo se ha hecho como nosotros; hechos dioses gracias a El, porque El se ha hecho hombre por nosotros" (48). En consecuencia, "el Salvador es más interior a nosotros que nuestra propia alma" (49).

Frente a este misterio, el objetivo de los Padres Griegos es, antes que nada, teológico, tanto en los tratados polémicos como en la predicación. Lo que se pide normalmente a los cristianos frente a Cristo es la fe en su divinidad, en su misión.


Títulos de Cristo

Los Padres no han dejado de expresar el misterio de Cristo por medio de nociones filosóficas (a ejemplo del neoplatonismo) (50), pero su valor queda muy limitado. Además, su uso inmoderado conducía siempre a la herejía. El principal error, según Gregorio Nacianzeno, fue el construir altas especulaciones sobre algunas palabras. En efecto, es bajo múltiples nombres que la Escritura designa al Unigénito:

"Hijo de Dios, Imagen, Vapor, Emanación, Esplendor, Artífice, Rey, Cabeza, Ley, Camino, Puerta, Fundamento, Piedra, Perla, Paz, Justicia, Santificación, Redentor, Hombre, Siervo, Pastor, Cordero, Pontífice, Ofrenda, Primogénito de las creaturas, Primogénito en la resurrección de los muertos" (51).

¿Cómo clasificarlos, ordenarlos, hacer una selección? Es necesario subrayar una preferencia, todo autor pone en relieve la palabra que le parece más evocadora.
Jesús Salvador: lo que predomina mayormente en los ambientes monásticos de Oriente es el penthos. La ternura hacia Jesús nace de allí. "Para nosotros, principiantes e imperfectos como somos -escribe un anónimo en la Filocalia- (los padres teólogos) han mandado justamente decir (luego de la dulce invocación de Jesús): Ten piedad de nosotros" (52).

Se ha afirmado que en la Iglesia de Oriente, la encarnación no se ha concebido en función de la redención y que el Verbo se habría hecho hombre de todos modos (53). Se teme que el término ‘redención’ sea demasiado jurídico (54). Evidentemente la doctrina cristiana de la redención se distingue netamente de todas las ideas de redención ajenas a la Biblia, y de todo lo que volvería vana la fe en la creación. Por eso la Iglesia Ortodoxa ha visto en la redención la restauración y el complemento de la creación, su "recapitulación" (55), su liberación (56), su santificación, su divinización.

Jesús - Luz, Sabiduría: Cristo abre para siempre "las puertas de la luz a aquellos que, hijos de las tinieblas y de la noche, aspiran a llegar a ser hijos de la luz y del día" (57). Para los Padres griegos la miseria del pecador consiste en la ‘ignorancia’. Se comprende, entonces, mejor el gran relieve dado por ellos a la función reveladora del Verbo encarnado. La tradición conserva la plenitud de los nombres bíblicos: Verdad, Sabiduría, Maestro, Palabra, Luz (58).

La obra unificadora de Cristo

No puede existir diferencia más grande que la que existe entre el creador y la creatura, y sin embargo el misterio de Jesucristo aparece como una unión perfecta de los dos. Por esto El es esencialmente Unificador.

La necesidad de un "mediador" aparece también en la filosofía griega. ¿Cómo unir lo material y lo espiritual, dos realidades opuestas? (59). Grave problema. Y si Dios debe permanecer trascendente, indiferente a todo lo que existe por debajo de El (60), el paso de lo divino a lo terreno no es concebible sin algún mediador (61). En esta línea filosófica Filón tiene una doctrina sobre el Logos – mediador particularmente desarrollada: , una fuerza activa de Dios (62).

Una noción semejante no podía aplicarse a Cristo. El Nuevo Testamento no utiliza mucho el término "mediador"; se lo busca en vano entre los Padres apostólicos y los Apologetas (63). Jesucristo no está entre Dios y el pueblo, ni menos es el representante de Dios como podría serlo un ángel, porque es el mismo "autor de la salvación eterna" (Heb. 5, 9).

No es que se quiera disminuir el valor de la mediación de Cristo, al contrario nos damos cuenta que ella difiere de la doctrina antigua especialmente en dos puntos: 1) En los sistemas filosóficos es Dios quien en virtud de su trascendencia absoluta tiene necesidad de un mediador para comunicarse con el mundo. En la Biblia, al revés, esta comunicación es posible solamente por condescendencia divina. Jesús se pone de modo totalmente claro del lado de Dios; Dios mismo realiza la salvación y precisamente mediante el hombre Jesucristo, su Hijo. 2) Esta salvación no puede realizarse más que por medio de una asunción total, por parte de Dios, de la condición humana. El axioma "lo que no es asumido (por Dios) no es salvado" que subyace en los escritos de Ireneo (64), se encuentra ya más explícito en Orígenes: "el hombre no estaría salvado todo entero, si nuestro Salvador y Señor no hubiera asumido al hombre entero" (65). La unión entre lo divino y lo humano es una "mixtura" ( ), una unión ( ) (66), pero especialísima: las dos naturalezas, en efecto, no se confunden. Cristo es el único en realizar el encuentro de la trascendencia divina y la finitud humana sin sacrificar la una e ignorar la otra (67). Jesús pertenece auténticamente a los dos órdenes de la existencia, el de Dios y el del hombre. "Dios y el hombre se han hecho uno" (68). El misterio de la mediación es entonces el misterio de la unión realizada por el Hijo que es "uno" con el Padre.

Es una unidad social: Cristo es el nuevo y verdadero Adán del género humano (Rom. 5, 12-21), cabeza del Cuerpo de la Iglesia (Col. 1, 18). La afirmación paulina del Cuerpo de Cristo retorna en los escritos de los Padres (69). Nicolás Cabasilas reasume esta tradición cuando dice: "nosotros estamos concorporados a El, viviendo de su vida y hechos miembros suyos" (70), pero agrega una expresión nueva:

Cristo es el corazón del Cuerpo Místico, el principio interior de las fuerzas vitales de la Iglesia y de cada cristiano en particular (71); y mediante el Primogénito de toda la creación (Col. 1, 15), la santificación del mundo culmina y encuentra cumplimiento en la unión de todo el universo. Este estado final fue denominado por los Padres apokatástasis, que se podría definir con esta simple constatación de Gregorio Nacianzeno: "En El toda ha llegado a la unidad" (72). Máximo el Confesor busca reiteradamente cuáles son, para el cosmos, las consecuencias de la victoria alcanzada por Cristo sobre las fuerzas de división (73). Para él, "Cristo es el centro donde convergen todas las líneas" (74). El Oriente Bizantino ha puesto la imagen del Pantocrator en el ángulo superior de la cúpula, donde aparece a la vez como centro de la iconografía y del orbe cósmico (75).

La idea de Cristo "principio de unidad" retorna muchas veces en la reflexión de los pensadores rusos (76), bajo diversos aspectos: como unidad del mundo visible (G. S. Skovoroda, +1794), de la sociedad humana (Caadaev, +1850), de la Iglesia (Chomiakov, +1860), de la historia humana (Belinski, +1848), de las culturas humanas (V. Ivanov, +1949), de toda la evolución cósmica (Soloviev, +1900). "Si se negase la realidad de este suceso (la encarnación de Cristo) -ha escrito Soloviev- se destruiría el sentido y la finalidad del universo" (77).

Devoción a Cristo

El dogma vivido es la espiritualidad. Por esto también a través de discusiones que dividen a los adversarios, se pasa espontáneamente a los encuentros personales más cercanos, a lo que llamamos devoción común a todos los cristianos. No se debería, en estricto sentido, orar "a Jesús" sino "a través de Jesús", advierte Orígenes (78), pero él mismo no se atiene a esta regla (79).

No es asombroso que los cristianos amen a Jesús. ¿Pero de qué modo? Las liturgias antiguas lo alaban, le agradecen, lo adoran, le imploran. El tono de ternura y familiaridad no aparece más que discretamente al principio: en los mártires, en los peregrinos a Jerusalén, en la poesía religiosa de los sirios (80). Existe todavía, también entre los Bizantinos, un "Oficio a Jesús dulcísimo" que es anterior al Jubilus de San Bernardo: (81).

De toda la tradición citaremos al menos un anónimo, puesto en la Filocalia, que resuena al celebrar las excelencias de la famosa "oración de Jesús": "Esto nos han transmitido los Padres teólogos...; se esforzaban sin reposo en toda su vida por saciarse de la dulzura de Jesús; por sobre todo tenían hambre de Jesús. Por eso fueron colmados de gozo espiritual e inenarrable, y recibieron carismas divinos y salieron de la carne y de este mundo... mediante la dulcísima invocación de Jesús" (82).

El culto a la humanidad de Jesucristo

Dos caminos pueden conducir a la ternura de amor por el Salvador: la dulzura de Dios (83), puesto que él es Dios; y su amabilidad humana, pues jamás un hombre ha hablado como él. Estos dos caminos constituyen uno solo, porque el Señor no es más que una persona divino-humana.

La herejía de los docetas ha motivado a los doctores ortodoxos a recordar la realidad de la existencia terrena de Cristo (84). Sin embargo, es la reflexión teológica la que lleva a prestar mayor atención a esta humanidad que el Verbo no ha despreciado. ¿Se puede decir que la preocupación de los Padres no es "devoción" a esta humanidad, y que ellos conservan una visión sobre todo dogmática? En este sentido V. Lossky escribe que "el culto a la humanidad de Cristo es extraña a la tradición oriental" (85).

Indudablemente es difícil hablar de una piedad explícita de los primeros cristianos a la humanidad de Jesús. Su oración va "hacia Cristo como hacia Dios", según el testimonio dado por Plinio el Joven en su célebre carta a Trajano (86). Pero un aspecto ha asombrado a muchos paganos: el hecho de que estos homenajes religiosos fueran realizados a un hombre crucificado (87).

Es verdad, también, que la liturgia tenía la misión de poner en relieve la divinidad de Jesucristo, mientras que las fiestas daban ocasión a los poetas cristianos de componer himnos en honor del Hombre-Dios. Las peregrinaciones permitían venerar los lugares de la vida del Salvador, rendir un culto particular al instrumento de la salvación, a la cruz y más tarde al "Santo Rostro" (88). Los apócrifos y el arte han manifestado este gusto del pueblo por los hechos de la vida de Jesús.

Sólo poco a poco la piedad cristiana ha aceptado ver al Salvador en sus humillaciones humanas. Juan Damasceno justifica esta adoración: "hay un solo Cristo, Dios perfecto y hombre perfecto: lo adoramos con el Padre y con el Espíritu, en una sola adoración con su carne inmaculada, porque para nosotros su carne no es indigna de la adoración. La adoramos, en efecto, en la única persona del Verbo, que la sustenta desde la persona: no es a la criatura que le rendimos culto; porque no adoramos la carne en cuanto tal, sino en cuanto unida a la divinidad" (89).

Imitación de Cristo

En la historia de la espiritualidad el tema de la imitación de Cristo ocupa un puesto importante (90). En su reacción contra la piedad medieval, la Reforma occidental opone a la "imitación", que sería una pretensión orgullosa del hombre, el "seguimiento de Cristo" como respuesta a su llamada (91).

En la vida espiritual de la Iglesia de Oriente -según V. Lossky- "el camino de la imitación de Cristo no ha sido jamás practicado...; ella en efecto, parecería tener un cierto carácter de incompleto, ser un encuentro exterior respecto de Cristo". La espiritualidad oriental se define, antes que nada, como una vida en Cristo" (92).

A diferencia del mundo griego que atribuye a la imitación una gran importancia sea en su reflexión filosófica (Platón), sea en su concepción del arte como copia de la naturaleza (Platón y Aristóteles), sea en la pedagogía (valor atractivo del ejemplo), la Biblia parece ignorar la virtud de la imitación. En realidad esta noción se expresa en otra modalidad, en términos concretos: antiguos nómades, los Hebreos, usan gustosamente el tema del camino. El hombre debe "caminar en el camino de Yahvé" (93).

El tema de la imitación aparece en el pensamiento de Pablo (94). Pero parece más bien desarrollado principalmente como extensión ética de un principio más fundamental, el de la unión del creyente con Cristo, expresado especialmente por la fórmula en Cristo (cerca de 165 veces) y con todos los verbos compuestos con sun (morir con, estar con) (95).

Es posible que los Occidentales, más llevados a la acción, hayan comprendido la conformidad con Cristo más en un sentido ascético y moral que no en un sentido ontológico y místico (96). Pero si Cristo es Dios, no se lo puede imitar como un héroe romano, entre El y sus imitadores hay una participación completamente diversa, que asume fundamentalmente un carácter sacramental y eclesial.

Si hay un libro que pone en relieve la diferencia entre la vida en Cristo y la imitación de Cristo, este es "La vida en Cristo" de N. Cabasilas.

Y bien, el Autor afirma con toda la simplicidad deseable que entre ellas no hay oposición, sino identidad real. "Imitar a Cristo y vivir según El, es vivir en Cristo, y es la obra de la voluntad libre, cuando se somete al querer divino" (97).

El concepto de imitación, entonces, parece suficientemente claro. "Un cristiano -dice Juan Clímaco- es una imitación de Cristo en la medida posible al hombre, en palabras, en acciones y en pensamientos" (98). La imitación de Cristo se remite a la doctrina de la imagen y de la semejanza: coincide con la realización progresiva de la "semejanza".

Surge otra cuestión. Seguir a Cristo es, para Orígenes, observar la virtud, de la cual nos redacta un elenco: "inteligencia, sabiduría, verdad, justicia..." (99). Son los atributos de la vida divina del Logos. Es notable que en Occidente se ha querido preferir la imitación del Verbo encarnado considerado en los misterios de su vida terrena (100). La misma óptica aparece en Orígenes hacia el fin de su vida (101). Para Gregorio de Nazianzo imitar a Cristo es buscar hacerse "todo lo que El se hizo por nosotros" (102). Todo detalle de los misterios evocados en los sermones reclama por una participación: "Somos guiados por la estrella, hemos adorado con los magos, estamos estupefactos con los pastores, hemos cantado la gloria divina con los ángeles" (103).

Este aspecto corresponde a la esencia de la anámnesis litúrgica, el Cristo vivo en los ritos de la Iglesia: "en Navidad nace verdaderamente y en Pascua muere verdaderamente" (104).

Consciente de la unicidad absoluta de Jesucristo, el cristiano huye del peligro del mimetismo, del formalismo. No se trata de rehacer materialmente los gestos de Cristo, sino de imitar el encuentro espiritual, de hacer de los sentimientos de Cristo el modelo de nuestros sentimientos (105). En consecuencia, la imitación de Cristo se diversifica según la vocación personal de cada uno.

Imitación de los Santos

Los cristianos de los primeros siglos tenían conciencia de que Cristo tiene sus imitadores insignes, y que sobre todo a través de su ejemplo la Iglesia llega a ser un signo entre las naciones.

El rol de los "ejemplos" fue considerable en la literatura moralizante de los antiguos, en particular en la que procede de la diatriba cínico-estoica (106). ¿En qué medida un cristiano podía hacer uso de los ejemplos tomados de la historia profana? La cuestión se remite al problema de las relaciones entre la cultura antigua y el cristianismo (107).

Frente a estos héroes paganos se forma en poco tiempo un tesoro de ejemplos del Antiguo y del Nuevo Testamento que se harán pronto tradicionales: Abraham, Moisés, Elías, ...Juan Bautista; los grandes modelos son los apóstoles. San Pablo exhorta expresamente a imitarlo, como él imita al Señor (I Tes. 1, 6).

No hay nada sorprendente, entonces, si la tradición cristiana ha considerado siempre la lectura de la vida de los santos "útil al alma" ( ) (108). Sus primeros monumentos, como la "Vida de Antonio" y los "Apotegmas de los Padres" han nacido del deseo de tener modelos para imitar, como dice en el prólogo de los Apotegmas: "en este libro se encuentran registradas la virtuosa ascesis y el admirable comportamiento de vida y los dichos de los santos y beatos Padres, para instruir y estimular a su imitación" (109). Pero no se les sabría imitar materialmente, hace notar Juan Clímaco (110).

III. Al Padre

El problema de Dios en el pensamiento griego antiguo

Toda religión viva posee una idea personal de la divinidad y bajo este aspecto, la idea de un Dios-Padre no es propia de la revelación bíblica (111). Este hecho no toca la siguiente cuestión: una reflexión explícita de filosofía religiosa ¿es capaz de desarrollar y perfeccionar la idea de "personal"?

El cristianismo nació en un tiempo en que el mundo greco-romano experimentaba una profunda necesidad religiosa. Todas las filosofías querían subir hacia Dios, fuente de felicidad, ideal del Bien y de lo Bello (112). Aunque diversas, las escuelas filosóficas tenían un punto común: la felicidad (113). En Platón la felicidad, fin de la vida humana, se define como un estado activo de conocimiento, en el cual el pensamiento contempla al ser más verdadero, Dios (114).

Como sólo el semejante conoce al semejante, el deseo de conocer a Dios incita al hombre a imitarlo: "Para nosotros -dice Platón- la divinidad debe ser la medida de todas las cosas... por tanto para volverse amable a tal ser, necesita con todas las fuerzas y en cuanto podamos, hacernos nosotros mismos tales en nuestra voluntad (115). Los Padres griegos adoptarán estas reflexiones y las destacaron.

Pero el punto principal de encuentro entre la religión y la filosofía es que en esta última la cuestión de Dios está íntimamente ligada a la del ser. El hecho de penetrar en la esencia de una existencia limitada ha despertado siempre en los griegos un deseo ardiente del Ser indeterminado.
Entonces la teología (116) es una de las tres partes esenciales de la filosofía, el acabamiento del pensamiento humano (117.)

No menos, esta aproximación filosófica al problema de Dios comportaba puntos difíciles para una religión vivida. Expresado en conceptos de razón, el Ser supremo en su perfección es presentado como una "idea", como un motor inmóvil pero trascendente, incapaz de comunicarse con el mundo, o como una ley universal, pero inmanente en los sucesos del mundo, como un destino ciego. En este contexto, la oración, acto esencial de la religión, puede ser una elevación del espíritu hacia Dios (porque el ser es esencialmente inteligible), pero no un diálogo.

Resulta una extraña contradicción. Dios debe ser la felicidad suprema de los hombres, y sin embargo no los libra de los males que espantaban al hombre antiguo en un campo particular: la muerte, la soledad, el fatum. Al fin de cuentas, el ideal de imitar a Dios ¿no se convierte en el odioso mega froneim, aquella hybris ( ), falta de medida que lleva a la ruina a un ser limitado que quisiese asemejarse al absoluto? (118).

El Dios de la revelación cristiana: Padre

La Biblia nos transporta a un clima distinto: el de la fe en "Dios Padre, omnipotente, creador del cielo y de la tierra". El es ciertamente el primer principio de todo lo que existe, pero de modo esencialmente diverso. La Biblia no contiene un tratado sobre Dios, pero invita a oírlo hablar y a responderle. Entonces, este Dios es "autor de todo lo que existió, que existe actualmente y que existirá en el futuro" (Jueces 9, 53). Esto significa que la historia humana no se desarrolla siguiendo el impulso de una ley eterna ciega, sino según la voluntad de una Persona viva que muestra una solicitud paterna por sus hijos (cfr. Sal. 27, 10) y que, en Jesucristo, adopta a los hombres como hijos suyos (Gal. 4, 5 ss.) (119).

Bien y mal, vida y muerte, pobreza y riqueza, todo viene del Señor (Sir. 11, 14). El "Dios de los dioses" (Deut. 10, 17) puede salvar a su pueblo de la muerte, substrayendo al hombre del poder del Maligno (I Jn. 5, 18 ss). Los gritos de soledad (cfr. Sal. 42-43) se alzan sólo en momentos en que la misma fe es puesta a prueba. En fin, Jesús anuncia el mandamiento: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt. 5, 48). No es una presunción, sino al contrario, el deber de un "hijo", puesto como modelo de humildad (Mc. 10, 15 ss).

Sobre un solo punto los cristianos parecen encontrarse en una posición desventajosa. Siguiendo a Platón, los Padres hablan de la felicidad procurada por la ciencia de Dios: "Nada de todo lo que está sobre la tierra -dice Evagrio- da un placer igual al que da la ciencia de Dios" (120). Ahora, en la Biblia, el nombre de Dios comporta un misterio inaccesible, precisamente porque es Padre, Persona libre y que dispone soberanamente de sí mismo (121). Pero por otra parte el Evangelio "es la revelación de este misterio, escondido en el silencio en los siglos eternos, pero manifestado hoy..." (Rom. 16, 25 ss). El Inaccesible se hace conocer a sí mismo por su gracia, en Jesucristo, a sus hijos.

La "super-unidad" en la Trinidad

Cuando Jesús revela la identidad del Padre y de Dios, coloca esta revelación dentro de otro misterio, aún más inaccesible, el misterio trinitario. Dios es Padre porque tiene un Hijo que es Dios, Jesucristo (Jn. 1, 18). El fundamento de la "paternidad" divina es transferida a un nivel que supera los conceptos del pensamiento puramente humano (122).

La trinidad divina es entonces el misterio fundamental de la fe cristiana; únicamente partiendo de él se comprenden los otros elementos de la enseñanza cristiana. La perfección de la ciencia consiste, como para los Griegos, en la teología, pero ésta apunta, según el testimonio de Orígenes, a "conocer al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo" (123). La gracia del Reino es, a juicio de Gregorio de Nazianzo, "la unión de la Santa Trinidad toda entera con el espíritu todo entero" (124).

En la exposición de la fe trinitaria tenemos dos concepciones diversas, si bien no hay derecho a exagerar sus diferencias: la concepción "alejandrino-latina" y la concepción llamada "griega" (125). La enseñanza de los doctores occidentales sobresale en Agustín y Boecio: en Dios todo es uno en la medida en que no hay oposición de relación (126). En consecuencia, Dios es la unidad del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Los escritos de los Padres griegos (y de la liturgia latina) permanecen fieles al vocabulario del Nuevo Testamento: la expresión es reservada al Padre de Jesucristo (Rom. 5, 6; 2 Cor. 11, 31; Ef. 1, 3). El Padre omnipotente es creador del cielo y de la tierra, y por eso principio de la unidad cósmica del mundo extra-divino. Pero este Padre es también la fuente de la unidad intradivina. El Hijo y el Espíritu Santo son uno en el Padre. Y porque la función de las Personas Divinas corresponde al puesto que cada una de ellas ocupa en el seno de la Trinidad, se hace manifiesto el valor salvífico del misterio de la Trinidad. Es el Padre la fuente de nuestra divinización.
Los autores espirituales han preferido siempre el modo "griego" expresado en fórmulas tradicionales que se resumen en dos movimientos, de los cuales uno es descendente: el Padre nos crea mediante el Hijo y nos santifica en el Espíritu. El otro es ascendente: damos gloria al Padre mediante el Hijo en el Espíritu Santo (127). Es "el camino real" de nuestra deificación (128). "El camino del conocimiento de Dios -dice Basilio- va desde el Espíritu ‘uno’, a través del Hijo ‘uno’, hasta el Padre ‘uno’, y, en sentido inverso, la bondad esencial, la salvación natural, la dignidad real surge del Padre, a través del Unigénito, hasta el Espíritu..." (129).
Esta concepción no implicaba problemas religiosos, como la concepción "latina", en que las Personas quedan subyacentes; pero debía afrontar la problemática de la unicidad de Dios que aparece revelada de un modo totalmente nuevo, misterioso, como fuerza unificadora del amor divino.

La dialéctica de lo uno y de lo múltiple fue desde el inicio en Grecia un tema permanente y fascinante de la filosofía. Primero se pensó en la unidad material del cosmos (Tales...). Parménides concibió la filosofía de un ser uno, idéntico. El principio de la unidad se encuentra luego en el pensamiento de Platón, de Aristóteles, en el estoicismo y, en un modo del todo particular, en Plotino (130).

En su manera de concebir la unidad la especulación filosófica se une a la religión y a la mística y a las representaciones de la unidad y de la unión con la divinidad; allí se encuentran igualmente temas griegos y orientales.

Al mismo tiempo aparece claro, frente a estas tentativas, que sólo la revelación cristiana enseña la más alta e intensa unidad, en cuanto abraza lo que, en lo finito, se diversifica y se hace principio de división: la personalidad, la libertad. Para los cristianos todo se reduce a la unidad en una persona que ama y es libre, el Padre. Es una unidad inconcebible en términos humanos, es una "super-unidad" ( unitas super principium unitatis), según la bella expresión del Pseudo Dionisio (131).

Divinización

Todo el dinamismo del Espíritu Santo, que está en nosotros, consiste en ponernos en comunicación viva con Jesús y con el Padre, "deificarnos". A pesar de la historia que pesa sobre el tema, el vocabulario de la "deificación", "divinización" ( ), debía imponerse a los Padres griegos como capaz de expresar la novedad de la condición en que la Encarnación del Hijo de Dios había dejado al hombre (132). La divinización del hombre responde a la lógica interna de la "humanización" de Dios (133). Se trata de un misterioso intercambio en que "cada uno hace suyas las propiedades del otro (134).

Mientras que el Antiguo Testamento se preocupa de preservar lo absoluto de la trascendencia divina, el pensamiento religioso de los antiguos Griegos oscila entre el sentimiento de la condición humana que no está permitida superar (135), y la asimilación a Dios, la conciencia de ser de la raza de Dios. "Tú eres un fragmento de Dios -escribe Epicteto-. Tú tienes en ti una parte de Dios" (136). San Pablo retoma ante el Areópogo esta afirmación del poeta Aratos: "Somos de la raza (de Dios)" (Hech. 17, 28).

Entre los cristianos, Ignacio de Antioquía dice a sus coetáneos que son "portadores de Dios" ( ) (137), "llenos de Dios" ( ) (138), etc. Pero le correspondía a Clemente de Alejandría dar a esta doctrina la expresión adecuada, volviendo al vocabulario de la divinización: "El Verbo de Dios se ha hecho hombre para que tú aprendas desde un hombre, cómo el hombre puede hacerse Dios" (139).

Atanasio, identificando netamente la filiación y la divinización, cuida de subrayar que esta asimilación a Dios no es una identificación: ella no nos hace "como el Dios verdadero o como su Verbo, sino como Dios ha querido darnos esta gracia" (140).

En el Pseudo Dionisio Areopagita la divinización se integra en el esquema neo-platónico de retorno a Dios. Máximo el Confesor pone la lógica y la física aristotélicas y platónicas al servicio de una visión teológica del mundo, cuyo fundamento es la divinización, que es "el cumplimiento de los tiempos y de la edad de todo aquello que se vuelve a unir" (141).

Simeón el Nuevo Teólogo insiste, y se trata de un aporte nuevo, sobre la toma de conciencia de este estado. Dos siglos más tarde, Gregorio Palamas hará de la divinización el argumento decisivo de su síntesis teológica (142).

En nuestros días es mérito de los teólogos de Oriente si esta doctrina se ha hecho familiar a los Occidentales (143). De las restantes, las teorías "sofiológicas" o "sofiánicas" no son ni siquiera la expresión.

En el vocabulario de la divinización temas cercanos pueden encontrar su expresión: el de la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios, el de la filiación adoptiva, de la imitación de Dios y de su Cristo, y también el de la contemplación, de la caridad, la virtud, la oración.

Expresiones equivalentes

Las palabras son menos importantes que la realidad que designan. De hecho, numerosos autores no usan ni théosis () ni theopóiesis ( ) sino que prefieren atenerse al lenguaje de la Escritura.

Filiación adoptiva: Cirilo de Alejandría distingue un doble parentesco de la humanidad con el Hijo: "en El y por El somos hijos de Dios por naturaleza ( ) y por gracia ( )" (144). Esquematizando un poco, Juan Crisóstomo afirma que la adopción divina en la Ley antigua no era más que nominal, mientras que en la nueva se hace realidad (145).

Regeneración: Si la noción de adopción es de origen jurídico, más vital es "el nacimiento siempre nuevo del Verbo en el corazón de los santos" (146) que es un "rehacerse" ( ) de nuestra naturaleza que se realiza con la encarnación (147).

Unción: Cristo es el Ungido, la comunicación de la santidad divina a la naturaleza humana es una "unción" (148).

Parentesco: ( ) con Dios (149).

Comunión: ( ) (150).

Familiaridad: ( ) originalmente: libertad de palabra (151).

Nueva alianza (152).

Connaturalidad con Dios: "la connaturalidad con lo divino, como aquél que ha nacido de Dios, que permanece en Dios y en el mundo divino, siendo ya transportado al siglo futuro" (153), según las palabras de Macario el Grande.
Conjunción ( ) (154).

Legamen ( ) (155).

Imagen del desposorio (156).

Mezcla ( ) (157) y participación ( , ) (158). Estos dos términos sirven, por su aspecto filosófico, para expresar la presencia substancial y asimiladora de las tres Personas divinas comunicándose al fiel.
Imagen de Dios, vida eterna, salvación: exigen un desarrollo más amplio.
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NOTAS
(1) Cfr. G. VERBEKE, L'evolution de la doctrine du Pneuma, du stoïcisme à Saint Augustin, París-Lovaina 1945; I. HAUSHERR, Direction spirituelle en Orient autrefois, OCA 144, Roma 1955, en particular las pp. 45-55, una historia de la palabra pneumatikós; DS 3, coll. 1015 ss., 1025, 1049 ss.; DS 2, 1833.

(2) Gen. 2, 7; Job. 27, 2; 12, 10; Sal. 104, 29 ss.

(3) I. HERMANN, Esprit-Saint, Étude biblique, EF II, pp. 18-24.

(4) Cfr. J. GRIBOMONT, L'Esprit sanctificateur dans la spiritualité des Pères grecs, DS 4, 2 (1961), coll. 1257-1272; cfr. p. 80.

(5) Adversus haereses, V, 9, 1-2, p. 7, 1144-45, HARVEY, t. 2, pp. 342-343; P. GALTIER, Le Saint-Esprit en nous d'après les Pères grecs, Roma 1946; A. D'ALÈS, La doctrine de l'Esprit Saint en saint Irénee, RSR 14 (1924), pp. 497-538.

(6) Homilía 2, 5, sobre la oscuridad de las profecías, p. 56, 183a; I. TUGIJ, Tajna christianskoj zizni (El misterio de la vida cristiana), ed. Optina Pustyn, 1908.

(7) Cfr. O. SEMMELROTH, Esprit Saint. Histoire dogmatique, EF II, pp. 26 ss.

(8) De fide 10, 9, ASSEMANI, tomo 3, p. 23; BECK, p. 34.

(9) Cfr. SEMMELROTH, art. cit., p. 27.

(10) P. GALTIER, Le Saint-Esprit en nous d'après les Pères grecs, Anal. Greg., serie teol. 35, Roma 1946 (Rec.: G. PHILIPS, Le Saint Esprit en nous. À propos d'un livre récent, in Ephemerides theologicae lovanienses 24 (1948), pp. 127-135; J. GRIBOMONT, Esprit Sanctificateur dans la spiritualité des Pères grecs, DS 4, 2 (1961), COLL. 1257-1272.

(11) PSEUDO-MACARIO, De caritate 24, p. 34, 928 b; Théophane le Reclus, p. 32.

(12) Cfr. vg. Homilía 1, 3, p. 34, 452 ss.; Homilía 6, 6, col. 521 cd; Homilía 15, 1-2, coll. 576 ss.

(13) I. HAUSHERR, L'erreur fondamentale et la logique du Messalianisme, OCP 1 (1935), pp. 168 ss.; Études de spir. orient., OCA 183, Roma 1969, pp. 68 ss.

(14) Théophane le Reclus, pp. 5 ss.

(15) Demonstrazione 6, 14, ed. J. PARISOT, Patr. syr. 1, col. 293; cfr. J. GRIBOMONT in DS 4, 2, col. 1266.

(16) Tratado del Espíritu Santo 16, p. 32, 141 c; SC 17 (1947) p. 182.

(17) Cfr. La sophiologie de S. Basile, p. 196.

(18) Cfr. J. LEBRETON, Histoire du dogme de la Trinité, t. 2, París 1928, pp. XVI-XXI, e G. L. PRESTIGE, God in Patristic Thought, Londres 1936, pp. 80-86, trad. italiana, Boloña 1969. El término se explica con un recurso a las categorías del pensamiento judaico y expresa la personalidad distinta del Espíritu pero sobre todo su misión por la salvación de la Iglesia y la santidad de los cristianos; cfr. J. DANIÉLOU, Thélogie du Judéo-Christianisme, París 1958, pp. 177-198; trad. italiana, Boloña 1964, pp. 215-252.

(19) Cfr. GREGORIO DI NISSA, Adversus Macedoniani III, 1, ed. F. MUELLER, p. 109, 16-20.

(20) BASILIO, Tr. de Spir. S. 26, p. 32, 180 c; SC 17, p. 226.

(21) Ibíd.

(22) Ibíd., col. 180 d; p. 226.

(23) Ibíd., col 180 bc; p. 225 ss.

(24) De oratione 10, 2, p. 11, 445 c; GCS 2, p. 320, 12.

(25) Cfr. p. 80.

(26) Adv. Haer. V, 6, 1 p. 7, 1138 a; cf. p. 25.

(27) Cto jest' duchovnaja zizn... (Así es la vida espiritual...) Moscú 1897, p. 49; Théophane le Reclus, p. 33.

(28) L'Esprit Saint et l'Église d'après la tradition liturgique, en L'Esprit Saint et Église, Actes du symposium... Lib. Fayard 1969, p. 98.

(29) De principiis I, 8, 3, p. 11, 178 c; GCS 5, p. 100; cfr GALTIER, op. cit., pp. 1 ss.

(30) Cfr. I. ORTIZ DE URBINA, Nicée et Constantinople, París 1963, pp. 182-192; J.N.D. KELLY, Early Christian Creeds, Londres 1950, pp. 276-332.

(31) BASILIO, Tr. de Sp. S. 18, p. 32, 153 b; SC 17, p. 197.

(32) PSEUDO-BASILIO, Contra Eunomio 5, p. 29, 717.

(33) Cfr. METODIO D'OLIMPO, El banquete 1, 3, p. 18, 44 b; GCS, p. 12.

(34) CIRILLO DE JERUSALÉN, Catequesis 16, 12, p. 33, 933.

(35) Cfr. J. GRIBOMONT in DS 4, 2, col. 1269.

(36) Ibíd.; cfr. BASILIO, Reglas menores 204, p. 31, 1217 b.

(37) Cfr. ORIGENE, De orat. 2, p. 11, 421; Théophane le Reclus, p. 239: La oración es "la respiración del Espíritu".

(38) Cfr. S. SALAVILLE, Epiclèse eucharistique, Catholicisme IV (1956), coll. 302-307.
(39) Cfr. P. EVDOKIMOV, L'Esprit Saint et l'Église, p. 97: "La acción santificadora del Espíritu precede a todo acto en el que lo espiritual toma cuerpo, se encarna, se hace cristofanía".

(40) BASILIO, Tr. de Sp. S. 26, p. 32, 181 ab; SC 17 (1968), p. 467.

(41) M. SPANNEUT, Le stoïcisme..., pp. 332 ss.

(42) Pisma o duchovnoj zizni (Carta sobre la vida espiritual), Moscú 1903, p. 247; Théophne le Reclus, p. 196.

(43) Cfr. V. SOLOVIEV, Duchovnyja osnovy zizni (Los Fundamentos espirituales de la vida), Obras, ed. S. Petersburgo (sin fecha, reeditada en Bruselas 1966), vol 3, pp. 353 ss; I. KOLOGRIVOF, Santi Russi, Milán 1977, pp. 10 ss.

(44) Pisma k raznym licam... (Cartas a diversas personas...) Moscú 1982, p. 376.

(45) TEOFANE, Pisma k raznym licam 86, 160, p. 464.

(46) Cfr. KOLOGRIVOF, op. cit., pp. 453 ss.

(47) Comentario a S. Mateo 10, 2, KLOSTERMANN, GCS 10, p. 2; cfr. 10, 11, p. 12.

(48) In sanctum Pascha, Or. I, 4-5, p. 35, 397 bc.

(49) N. CABASILAS, La vida en Cristo, 7 p. 150, 172 a.

(50) Cfr. H. CROUZEL, Théologie de l'image de Dieu chez Origène, París 1956, pp. 3 ss.

(51) GREGORIO DE NAZ., Oración 40, 4, p. 36, 361 c-364 a; Oración 2, 98, p. 35, 500 bc.

(52) Vol. 5, Atenas 1963, p. 66.

(53) M. LOT-BORODINE, La doctine de la "déification" dans l'Église greque jusqu'au lle siécle, en Revue d'historie des religions, tomo 105 (1932), p. 30, nota 1; cfr. P. EVDOKIMOV, La femme et le salut du monde, Tournai-París 1958, p. 35.

(54) P. EVDOKIMOV, La femme..., p. 67, cfr. B. SCHULTZE, Probleme der orthodoxen Theologie, en Handbuch der Ostkirchenkunde, pp. 156 ss.

(55) Cfr. L. REGNAULT in DS 7, 2 (1971), coll. 1949 ss.

(56) Cfr. G. AULÉN, Christus Victor, trad. franc., 3 ed. París 1949.

(57) ORÍGENES, Contra Celsum 2, 67, p. 11, 901 bc; GCS 2, p. 349.

(58) Cfr. J. KIRCHMEYER in DS 6, col. 825.

(59) Cfr. Grégorie de Nazianze, p. 87.

(60) Cfr. ARISTOTELES, Ética a Nicómaco I, 5, 1997, FIRMIN-DIDOT II, p. 6.

(61) Cfr. Grégorie de Nazianze, p. 87.

(62) Cfr. H. KLEINKNECHT, Die Logoi des Philo von Alexandria, KITTEL 4, pp. 87 ss.

(63) Cfr. F.J. SCHIERSE, Médiateur, EF III, pp. 46-49.

(64) Adv. haer. II, 22, 4, PG 7, 784 a; V, 14, 1-4, coll. 1160-1163.

(65) Coloquio con Eráclito 7, SC 67 (1960) p. 70.

(66) Cfr. Grégorie de Nazianze, p. 94; Or. 38, 13, p. 35, 325 b.

(67) Cfr. CIRILLO DE ALEJANDRÍA, Thesaurus 32, p. 75, 504 ac; y la definición del Concilio de Calcedonia en el año 451, DENZINGER, n. 301-302.

(68) GREGORIO DE NAZ., Or. 2, 23, p. 35, 432 bc.

(69) Cfr. R. BRUNET in DS 4, 1 (1960), coll. 396 ss.

(70) La vida en Cristo 1, p. 150, 501 c.

(71) Ibíd., coll. 596 ss.; 620 c; 621 ab; S. SALAVILLE in DS 4, 1, col. 7.

(72) Or. 2, 23, p. 35, 433 a.

(73) Cfr. L. THUNBERG, Microcosm and Mediator, The Theological Anthropology of Maximus the Confessor, Lund 1965.

(74) Mystagogogia 1, p. 91, 668.

(75) Cfr. C. CAPIZZI, Pantocrator, OCA 170, Roma 1964.

(76) Cfr. T. SPIDLIK, Gesù nella pietà dei Cristiani Orientali, in E. ANCILLI, Gesù Cristo - mistero e presenza, Roma 1971, pp. 385-408; id., I grandi mistici russi, Roma 1977, pp. 327-344.

(77) V. SOLOVIEV, La justification du bien II, III, 3, París 1939, p. 190.

(78) De oratione 15-16, p. 11, 464 ss.; cfr. EFREM, De virginatate 31, 2 RAHMANI, p. 88.

(79) Cfr. por ej. sus "Homilías sobre S. Lucas" (12-17, p. 13, 1828-47) donde aparece una intimidad casi familiar hacia el Niño Jesús: "Oremos al Dios omnipotente, oremos también a aquél Niño Jesús con quien deseamos hablar teniéndolo en nuestros brazos" (col. 1839 c).

(80) Cfr. I. HAUSHERR, Noms du Christ et voies d'oraison, OCA 157, Roma 1960, pp. 96 ss.

(81) Título de un artículo de S. SALAVILLE, RAM 25 (1949), pp. 247-259.

(82) Vol. V, Atenas 1963, p. 66; cfr. I. HAUSHERR, op. cit., pp. 279 ss.

(83) J. ZIEGLER, Dulcedo Dei. Ein Beitrag zur Theologie der griechischem und lateinischen Bibel, Munich 1937.

(84) Cfr. Ignacio, Policarpo, más tarde TERTULLIANO, De carne Christi 6, PL 1, 809; cfr. G. BARDY, Docétisme, DS 3 (1967), coll. 1461-1468.

(85) Essai sur la théologie mystique de l'Église d'Orient, París 1944, p. 242.

(86) Cartas X, 96, coll. Budé, t. 4, ed. M. DURRY, París 1947, p. 96.

(87) ARNOBE, Adversus nationes I, 36, CSEL 4, ed. A. REIFFERSCHEID, 1875, p. 23.

(88) Cfr. J. A. ROBILLIARD in DS 5 (1964), coll. 26-33.

(89) De fide orthodoxa III, 8, p. 94, 1013 ss.

(90) Cfr. DS 7, 2 (1971), coll. 1536-1601.

(91) Cfr. DS 7, 2, col. 1536.

(92) Essai sur la théologie mystique de l'Église d'Orient, París 1944, p. 242.

(93) R. KOCH, L'imitation de Dieu dans la morale de l'ancien Testament, in Studia moralia, t. 2, Roma 1964, pp. 73-88.

(94) Cfr. DS 7, 2, coll. 1539 ss.

(95) Lista en L. CERFAUX, Le chrétien dans la théologie paulinienne, París 1962, p. 311.

(96) Cfr. L. B. GILLON, L'imitation du Christ et la morale de saint Thomas, in Angelicum 36 (1959), pp. 270-275.

(97) La vida en Cristo 7, p. 150, 721 d.

(98) Escala del Paraíso 1, p. 88, 633 b.

(99) Es la doctrina del primer tomo de "In Joannem", cf. M. HARL, Origène et la fonction révélatrice du Verbe Incarné, París 1958, p. 290.

(100) Cfr. Card. BERULLE, Oeuvres de piété, n. 54 (77), París 1944, p. 202.

(101) Cfr. M. HARL, op. cit., p. 291.

(102) Or. 1, 5, p. 35, 400 a; Grégorie de Nazianze, pp. 107 ss.

(103) Or. 39, 14, p. 36, 349 c.

(104) S. BULGAKOV, The Orthodox Church, Londres 1935, p. 150, cfr. B. BOBRINSKIJ, in S. VERCHOVSKOJ, Pravoslavie v zizni, Nueva York 1935, pp. 244 ss.

(105) Cfr. GREGORIO DE NAZ., Or. 19, 13, p. 35, 1060 ab; 42, 13, p. 36, 473 a.

(106) Cfr. A. OLTRÁMARE, Origines de la diatribe romaine, Losanna 1926.

(107) H. PÉTRÉ, Exemplum - époque patristique, DS 4, 2 (1961), coll. 1886-1892.

(108) Cfr. p. 65, 73 c; dusepoleznaja en ruso.

(109) Ibíd., col. 72 a.

(110) Escala del Paraíso 1, p. 88, 623 b.

(111) H. FRIES, Dieu EF I, p. 341.

(112) Cfr. R. A. GAUTHIER, Eudémonisme, DS 4, 2 (1961), coll. 1660-1674; M. SPANNEUT, Le stoïcisme des Pères de l'Église, p. 37.

(113) Cfr. ARISTÓTELES, "Ética a Eudemo" I, 1, ed. A. F. DIDOT, París, vol. II, p. 184.

(114) A. J. FESTUGIÈRE, Contemplation et vie contemplative selon Platon, París 1936, pp. 289 ss.

(115) Leyes IV, 716 c.

(116) PLUTARCO, Quaestiones conviviales I, 4, 5; FIRMIN-DIDOT, vol. II, París 1941, p. 743.

(117) Cfr. Grégorie de Nazianze, pp. 134 ss.; cfr. p. 294.

(118) Cfr. ERODOTO, Historia VII, 10, 55; cfr. p. 42.

(119) J. ALFARO, Dieu-Père, EF I, pp. 355-363.

(120) Kephalaia gnostica III, 64, ed. GUILLAUMONT, pp. 123-125.

(121) Cfr. K. RAHNER, Mystère, EF III, p. 163.

(122) Cfr. T. SPIDLIK, La libertà come riflesso del mistero trinitario nei Padri Greci, en Augustinianum 13 (1973), pp. 515-523.

(123) Homilías sobre los Números 10, 3, SC 29 (1951), p. 199.

(124) Or. 16, 9, p. 35, 954 c (cfr. el comentario de MAXIMO EL CONFESOR, Ambigua, p. 91, 1088 ad); Or. 8, 23, p. 35, 816 c.

(125) M. SCHMAUS, Tirnité, EF IV, p. 369.

(126) Concilio de Florencia, DENZINGER 703; ed. 1963, 1330.

(127) BASILIO, Tr. de Sp. S. 16, p. 32, 137 b; SC 17 (1968), p. 382.

(128) Cfr. M. LOT-BORODINE in RHR 106 (1933), p. 35.

(129) Tr. de Sp. S. 18, col. 153 b, SC 17, p. 197 ss.; CIRILO DE ALEJANDRÍA, De incarnatione Unigeniti, p. 75, 1119 b, ed. PUSEY, p. 96: "Somos hijos de Dios por medio del Hijo en el Espíritu"; cfr. DS 4, 2, col. 1263.

(130) H. FRIES, Unité, EF 4, pp. 376-387.

(131) De divinis nominibus II, 4, p. 3, 641 a; ibíd. II, 1, col. 637: ; cfr. A. VAN DEN DAELE, Indices Pseudo-Dionysiani, Lovania 1941, p. 139;

(132) I. H. DALMAIS in DS 3, col. 1376,

(133) Cfr. IRENEO, Adv. haer. III, 19, 1, p. 7, 939 b.

(134) TEODORO DE ANCIRA, In nativitatem 5, p. 77, 1356 bc.

(135) Ilíada V, 441-442: "Serán siempre razas distintas -dice Apolo a Diónedes- la de los inmortales y la de los humanos que caminan sobre la tierra".

(136) Disertaciones II, 8, 11.

(137) Carta a los efesios 9, 2.

(138) A los magnesios 14, 1.

(139) Protreptico 1, 8, SC 2 bis (1949), p. 63.

(140) Contra los arrianos 3, 19, p. 26, 361 c-364 a; cfr. 24-25, coll. 373-376; De decretis 31, p. 25, 473.

(141) Quaestiones ad Thalassium 59, P. 90, 608 D-609 B.

(142) Cfr. G. I. MANTZARIDES, La dottrina sulla deificazione dell'uomo in Gregorio Palamas, Salónica 1963 (en griego)
.
(143) Cfr. M. LOT-BORODINE, op. cit., Introd. di J. DANIÉLOU.

(144) De incarnatione Unigeniti, p. 75, 1229 b; cfr. L. JANSSENS, Notre filiation divine d'après saint Cyrille d'Alexandrie, in Ephemerides theologicae lovanienses 15 (1938), pp. 233-278.

(145) In Joannem 14, 2, p. 59, 93 c; Ad. Rom. hom. 14, 2, p. 60, 526 bd; J. KIRCHMEYER in DS 6, 1, col. 840.

(146) A Diogneto 11, 4, SC 33 bis (1965), p. 80.

(147) JUAN CRISÓSTOMO, In Joannem 14, 2, p. 59, 93 b; CIRILO DE ALEJANDRÍA, In Joelem 2, 28 p. 71, 380 ab; ed. Pusey, tomo 1, p. 338.

(148) Cfr. J. KIRCHMEYER in DS 6, coll. 836 ss.; I. DE LA POTTERIE, L'onction du chrétien par la foi, in La vie selon l'Esprit, Unam Sanctam 55, París 1965, pp. 107-167.

(149) Cfr. ÉD. DES PLACES, Syngeneia. La parenté de l'homme avec Dieu d'Homère à la Patristique, París 1964.

(150) Cfr. DS 6, col. 836.

(151) IRENEO, Adv. haer. III, 18, 7, p. 7, 937 ab; SC 34 (1952), p. 326; J. DANIÉLOU, Platonisme et théologie mystique, coll. Théologie 2, 2 ed. París 1953, pp. 110-123.

(152) Hebreos 9, 15 e 12, 24; en especial los autores etíopes.

(153) TEÓFANO EL RECLUSO, Nacertanie christianskogo nravoucenija (Exposición de la moral cristiana) Moscú 1895, p. 309; PSEUDO-MACARIO, De charit. 18-19, p. 34, 929 ss.

(154) Cfr. DS 6, col. 836.

(155) Ibíd.

(156) Ibíd. COLL. 858-859.

(157) Cfr. J. STOFFELS, Die mystische Theologie Makarius des Aegypters und die altesten Ansätze christlicher Mystik, Bonn 1807, pp. 160 ss.

(158) Cfr. DS 6, col. 839.


Extraido de guiadecontemplativos.4t.com

miércoles, 14 de enero de 2009

"La voluntad de Dios"...P. Tomás Spidlik S.J.






Obediencia a la voluntad de Dios.


Obedecer, en el contexto bíblico, significa abrir el oído a las expresiones de la voluntad de otro y darle respuesta. La obediencia es entonces subordinación (ypotásseszai) y acción (poiein). Ninguna creatura puede sustraerse a la sumisión a la voluntad de Dios; los mismos paganos lo han reconocido magníficamente alguna vez (1)
.
La búsqueda asidua de la voluntad de Dios es entonces la primera regla de la praxis espiritual (2). Los ascetas insisten tanto sobre el amor a la voluntad de Dios, que en la esfera de la iniciativa personal, en la cual podríamos perdernos, quieren tener la certeza de no equivocarse nunca. Su gran problema es: ¿dónde se manifiesta la voluntad de Dios?

En todas partes, en el Oriente antiguo, existían hombres considerados idóneos para recibir un mensaje de la divinidad mediante una inspiración directa. Las profecías desaparecerán algún día, explica S. Pablo (I Cor. 13, 8). Pero esto sucederá al fin de los tiempos. En la Iglesia actual, piensa Evergetino, los "corifeos entre los Padres... tendrán por maestro no a un hombre, sino a Dios y a su conciencia, y se convertirán en fuente de luz para el universo" (3). Probablemente refiere aquí un cierto eco de las luchas de Simeón el Nuevo Teólogo por los privilegios de las personas espirituales: "Son raros, sin embargo hay todavía de estos hombres guiados desde el comienzo por el Espíritu Santo, que no han tenido personalmente necesidad de una guía humana, y por tanto han llegado a ser a su vez, más tarde, guías de otros. Cosa que debemos admirar y no imitar, considerando nuestra debilidad" (4).

Obediencia al padre espiritual.

Todo el pueblo podrá ser profeta, auguraba Moisés (Num. 11, 29). S. Pablo no está totalmente convencido, queriendo que se ejercite el carisma profético dentro de un orden y para bien de los otros (I Cor. 14, 28-32). La gran fama de los "padres espirituales", de los "abades", de los startsi ("ancianos") del monaquismo deriva de esta constatación: no todos son dignos de ser iluminados directamente por el Espíritu Santo, aunque sino conforme a la naturaleza humana; pero sobretodo no todos son capaces de discernir si los pensamientos provienen del Espíritu Santo o no. El siguiente consejo de Barsanufio es parte de la tradición: "hermano, no te precipites en el discernimiento de los pensamientos que te vienen. No estás capacitado... Pero el pensamiento que se detiene en ti y que te hace la guerra, dilo a tu abad, y él te curará en el nombre de Dios" (5). El verdadero padre espiritual no se encuentra fácilmente, es necesario buscarlo (aunque para esto debiera cambiar de monasterio) (6). Una vez encontrado, se permanece fiel a él (7).

La dirección espiritual es un deber del gnóstico: no es más que la puesta en práctica del discernimiento de espíritus. En consecuencia el don de la diacrisis sobresale por sobre los otros dones en materia de dirección. El diacriticós puede ser al mismo tiempo dioraticós, tener como don la "perspicacia", incluso la cardiognosis (8). El don de la diacrisis unido a la "profecía", el saber hablar en nombre de Dios, hace al perfecto padre espiritual (9).

¿Es necesario ser sacerdote? ¿Es necesario ser igúmeno? Respecto a ambos interrogantes hay pareceres variados y controvertidos (10). Intervienen en este debate una cuestión teológica, el valor del Sacramento de la penitencia, y un eterno problema práctico: ¿gobierno centralizado en los monasterios o libertad de los monjes para elegir sus padres espirituales? La solución ideal sería la unión de las tres prerrogativas: el santo igúmeno que es sacerdote y diacrítico asume la tarea de la dirección espiritual. Esta no es por sí misma ni una función jerárquica ni jurídica. Se trata de la disposición de imponerse, por amor, las fatigas y las penas que implica el cuidado de un alma deseosa de la salvación.

Obediencia jerárquica

En la literatura monástica son numerosos los ejemplos en los que la autoridad del superior parece revestir un carácter de absolutismo divino. Se tiene la impresión de que el superior es la imagen del Pantocrator [Todopoderoso] en un territorio limitado, plenamente responsable de todos y de todo aquél que cae bajo su mirada nunca adormecida (11).

¿Cómo es que se ha pasado tan fácilmente de la obediencia al padre espiritual, teóforo, profeta, a la obediencia al jefe jurídico?. Este pasaje del "carisma al derecho" esta justificado sólo en la medida en que se cree en el gran carisma de la misma Iglesia, en la presencia del Espíritu en las estructuras humanas. En este caso no se trata de una sustitución del carisma con el derecho, sino más bien de la sumisión de los dones particulares al carisma universal de la Iglesia (12).

¿La obediencia a una persona o a la ley escrita?

Un musulmán del siglo XI quedó impresionado por la estima de los cristianos por sus "padres", y lo explica así: el cristianismo originariamente no estuvo "codificado" (13). El título de "padre", en efecto, es el más grande honor que puede ser conferido entre los cristianos, se trate del "padre espiritual" o del "abad" de un monasterio, de los "Padres" de un Concilio o de los "padres" sacerdotes (14).

Se supone, entonces, que son todos "paternos". La dirección espiritual exige mucha paciencia y mansedumbre (15), que no llegan sin una disciplina vigorosa; no teme hablar fuerte y claro (16), y al mismo tiempo socorre con la oración. "Padre, ruegue por mí" es la fórmula que introduce frecuentemente la solicitud del discípulo (17). Y cuando éste habla de lo que ha hecho bien, no deja de agregar: "Por las oraciones de mi padre espiritual" (18).

La virtud principal que caracteriza al abad de una comunidad es la responsabilidad tanto por sus súbditos como por la observancia de la ley de Dios (19). Si descuidase este grave deber incurriría en la propia condenación y en la de sus súbditos, por perfecta que fuese su vida personal (20).

"Quien confía en la obediencia a los padres está libre de toda preocupación y posee la paz" (21). Los superiores tienen, por el contrario, sus obligaciones: enseñar (22) vigilar y corregir a los pecadores (23), dirigir los trabajos (24). Resumiendo, nada se debe hacer sin la bendición del superior. Esta bendición -asegura José de Volokolansk- atrae la gracia de Dios sobre nosotros, mientras que toda acción cumplida sin autorización es ya en sí maldita (25).

Sobre este argumento las opiniones no son unánimes. Para Basilio, parece que la función del superior consistiría solamente en discernir si la acción a realizar era o no según el mandamiento de Dios. El igúmeno no estaba dotado de una autoridad que le permitiese transformar una acción en sí misma indiferente en una acción buena dándole el valor de explícita voluntad de Dios (26).

La tradición monástica, después, oscilará entre las dos formas de la obediencia: más "personal", en base a la cual el superior tiene verdaderamente el lugar de Dios, y más "escritural", en base a la cual el verdadero "superior" es la ley escrita. En este segundo caso está el peligro de reducir al "padre" a un rabbí que aplica la thorá, mientras que en el primero el peligro es otro: sentirse superior a los mandamientos divinos (27).

Obediencia a los mandamientos divinos.

La voluntad de Dios, trasmitida por boca del padre espi-ritual, se expresa por medio de una [palabra], logion, dictum. Lo que nos asombra en los Apotegmas es su variedad y su aparentes contradicciones. La dirección espiritual deja un cierto espacio a la iniciativa personal en la búsqueda de lo que se llama la politeia, un "ejercicio" (o un modo de vida), los medios puestos por obra para realizar la vida virtuosa (28).

¿Ha sido este individualismo el que ha escandalizado a Basilio durante su viaje a Egipto? ¿O más bien la triste experiencia con su padre espiritual Eustacio de Sebaste? (29). Una cosa es cierta, que no recomienda a sus monjes ningún logion surgido de la boca de un carismático. La Escritura divinamente inspirada los contiene suficientemente para todos. Ella es "un remedio al alcance de todos" y cada uno "encontrará allí la medicina adecuada a su mal" (30).

El cristiano no tiene necesidad de pruebas para saber que la voluntad de Dios se manifiesta en los mandamientos de la Escritura. Cuando el traductor siríaco tradujo (con gran dificultad) la palabra desconocida praktiké por (pulhâma depuqddânê), "práctica de los mandamientos", esta traducción no era enteramente falsa, porque Evagrio mismo afirma que la praktiké "reposa sobre la observancia de los mandamientos" (31).

Al contrario, "todo lo que hay de desorden y de malicia en el mundo... proviene del hecho que no se aceptan, como se debe, las Escrituras divinas" (32). El opúsculo Sobre el Juicio de Dios (entre las obras de Basilio) desarrolla esta doctrina con patética elocuencia (33). Para Basilio se trata de una exigencia primordial del Evangelio: cumplir todos los mandamientos de Dios (34). La violación de un solo precepto implica la violación de todos los otros (35). A la pregunta: "si a todas nuestras buenas acciones les falta una sola acción virtuosa, ¿seremos excluidos de la salvación por este único motivo?", responde que sí (36). José de Volokolamsk responde en el mismo sentido: "habiendo sido dados para nuestra salvación, todos los mandamientos son admirables y útiles". Por lo tanto debemos cumplir todo lo que el Señor ha ordenado (37). Por otra parte, el hombre tiene la facultad, "las fuerzas y las energías necesarias para cumplir todos los mandamientos que se le han impuesto" (38).

La observancia de todos los preceptos divinos instaura en el mundo el orden, la unidad mediante la Providencia, la cual no es otra cosa que "un pensamiento contenido en el mandamiento" (39), una disposición "sabia y bien ordenada" (sofé kai eytaktós diakósmesis)(40). En una comunidad, la observancia fiel de los mandamientos crea la armonía de los miembros y ellos llegan a ser unánimes (omópsyjoi adelfoi).

Preceptos-consejos; espiritualidad cristiana - monástica.

Actualmente se ha realizado una distinción muy neta entre "salvación del alma" y "perfección", y se han dividido en categorías a cuantos quieren obrar por su salvación: se habla de espiritualidad monástica, del clero secular, del laicado, etc.

Los grandes maestros del Oriente cristiano consideraban un error y un daño para todos, monjes y no monjes, insistir más sobre la diferencia que sobre la igualdad casi total. "Las Sagradas Escrituras no conocen tal subdivisión, quieren que todos lleven la vida de los monjes, incluso si son casados", escribe S. Juan Crisóstomo (41).

En Oriente no se habla de "consejos evangélicos". Se utiliza más bien una vieja y tradicional distinción entre las virtudes del alma y las virtudes del cuerpo, psíquicas y somáticas (42). Los consejos evangélicos son las "virtudes somáticas", instrumento de las virtudes, medios para adquirir las virtudes. En consecuencia los monjes que son vírgenes y pobres se encuentran en mejores condiciones para llevar la vida de salvación necesaria a todos los cristianos (43).
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NOTAS
(1) Cfr. entre otros EPICTETO, Dissertationes, 4.1; Manuale 53; JAGU,A., Epictète, D.S.4, 1 (1960) col. 825 ss.

(2) Cfr. los comentarios al Padre Nuestro, por ej.: Orígenes, De oratione, 26.1; Gregorio de Nisa; P.G. 44, 1161ss.; HAMMAN, Le Pater expliqué par les Péres, París, 1951.

(3) Synagogé, Constatinopla 1861, IV, cap. 38, p. 126; cfr. HAUSHERR, Paul Evergétinos a-t-il connu Syméon le Nouvean Théologien?, OCP 23 (1957), p. 73; Etudes de spir. orientale, OCA 183, Roma 1969, pp. 276 ss.

(4) Ibíd.

(5) Ed. por NICODEMO EL AGIORITA, Volos 1960, nº 69; S.C 92; p 54.

(6) Cfr. HERMAN, E., La "stabilitas loci" nel Monachesimo Bizantino, O.C.P. 21 (1955) pp. 115-142.

(7) Cfr. HAUSHERR, I., Direction spirituelle en Orient autrefois, O.C.A. 144, Roma 1955, p. 186; id. en D.S. 3 (1957) col. 1047 ss.

(8) HAUSHERR, op.cit., pp. 97 ss, col 1016 ss, col 1033 ss.

(9) Ibíd. p. 103, col. 1024 ss., col. 1032 ss.

(10) Ibíd. p. 105, col. 1017 ss.

(11) Cfr. SPIDLÍK, Tomás S.J., Le concept de l’obeissance et de la conscience selon Dorothée de Gaza, en Stud. Patr. XI, Berlín 1972; trad. italiana en Vita consacrata 13, (1977) pp. 105-112.

(12) Cfr. SPIDLÍK, Tomás S.J., L’obbedienza tra carisma e estituzione, en Vita monastica 24,(1974), pp. 36-49.

(13) MOHAMED AL-BIROUNI, Les fêtes des Melchites, Kanoun I, P.O.X, p 298, ed. por R. Griveau.

(14) Ibíd.; cfr. HAUSHERR, I, Direction spirituelle., p. 17.

(15) cfr. HAUSHERR, op. cit., pp. 68 ss; art. cit. col 1028 ss.

(16) Ibíd. pp. 76 ss, col. 1030 ss.

(17) Ibíd. p. 130, col. 1024 ss.

(18) Cfr. DOROTEO, Instrucción 1, 23; S.C. 92 (1963) p. 181.

(19) S. BASILIO, Reg. breve, 98.

(20) Cfr. Joseph de Volokolamsk, p. 41.

(21) Cfr. DOROTEO, Instr. 1, 25.

(22) Cfr. REZÁC, J., De monachesimo orientali secundum recientorem legislationem Russicam, O.C.A. 138, Roma 1968, pp. 79 ss.

(23) Cfr. Joseph de Volokolamsk, p. 42.

(24) Cfr. LEROY, J., La réforme studite, en Monachesimo orientale, O.C.A. 153, Roma 1958, pp. 195ss.

(25) Joseph de Volokolamsk, p. 42.

(26) GRIBOMONT, J., Obéissance et évangile selon saint Basile le Grand, en La Vie Spirituelle, Supl. VI, (1952), pp. 192-215.

(27) SPIDLIK, Tomás S.J., L’ obbedienza tra carisma e istituzione, en Vita monastica 24, (1970), pp. 36-49; id. "Fous pour le Christ" en Orient, D.S. 5
(1964) col 752-761.

(28) HAUSHERR, I., Noms du Christ et voies d’oraison, O.C.A. 157, Roma 1960, pp. 162 ss.

(29) Cfr. GRIBOMONT, J., Eustathe le Philosophe et les voyages du jeune Basile de Césarée, en Rev. hist. Eccl. 54 (1959), pp. 115-124; id. Le monachisme au IVe siécle en Asie Mineure, en Stud. Patr. II (T.V. 64). Berlín 1967, pp. 400-415.

(30) S. BASILIO, Ep. 2, 3; cfr. GRIBOMONT, J., Les Regles morales de Saint Basile et le nouveau Testament, en Studia Patr. II, pp. 416-426.

(31) Cfr. GUILLAUMONT, A. y C., Intr. al Practicós de Evagrio, S.C. 170 p. 51.

(32) JOSÉ DE VOLOKOLAMSK, Prosvetitel’ (Illuminatore), Kazan 1875, p. 412; cfr. BASILIO, Quod Deus non est auctor malorum 4, P.G. 31, 337 cd.

(33) P.G. 31, 653-676; cfr. AMAND, D., L’ascèse monastique de Saint Basile, Maredsous 1948, pp. 152 ss.

(34) AMAND, op.cit., pp. 271 ss.

(35) Ibíd., pp. 275 ss.

(36) Reg. brev. 233, P.G. 31, 1237c-1240a

(37) Joseph de Volokolamsk, pp. 30 ss.

(38) Reg. fus. tr. 233, P.G. 31, 908c-909b; AMAND, op.cit., pp. 284 ss.

(39) BASILIO, Hom. in Hex. 7, 1, P.G. 29, 149a; S.C. 26, p. 395.

(40) Ibíd. 7, 4, col. 156a; La sophiologie de S. Basile, p. 17.

(41) Adv. oppugnatores vitae monasticae 3, 15, P.G. 47, 373A.

(42) Cfr. JUAN DAMASCENO, De virtude et vitio, P.G. 95, 85-98.

(43) Cfr. HAUSHERR, I., Vocation chrétienne et vocation monastique selon les Peres, en Laïcs et vie chrétienne perfaite, Roma 1963, p.p. 33-115; Etudes de spiritualité orientale, O.C.A. 183 (1969).