sábado, 13 de diciembre de 2008

LECCIONES DE VIDA INTERIOR - La presencia inefable de Dios - SENTENCIAS DICHOS PALABRAS DE ESPÍRITU



¿Hay, todavía, algo por decir? No me parece, no lo creo. Sin embargo brotan algunas palabras desde no sé qué profundidad. Quizá porque ciertos dichos no han de quebrar el silencio sino, de alguna manera, introducirnos en él.

1. Es gozoso aceptar el olvido. La liberación comienza en ese desapego que deja sin consideración ni nostalgia los éxitos que pretende el mundo. No quise oír el juicio que se arrogan algunos particulares. Me olvidé de esas materias, considerándolas abstrusas y excesivas... No sé por dónde se han quedado. Y bien está así.

2. ¡Vuelve al silencio y a la paz de tu corazón donde sólo Dios mora...! Y yo me atrevo, con tanto gozo ahora, copiar esto que dice San Juan de la Cruz (Cántico B, 1, 6-7-8) que es, a saber: bueno será (...) le respondamos mostrándole el lugar más cierto donde está (Dios) escondido, para que allí lo halle a lo cierto con la perfección y sabor que puede en esta vida, y así no comience a vaguear en vano tras las pisadas de las compañías. Para lo cual es de notar que el Verbo Hijo de Dios, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, esencial y presencialmente está escondido en el íntimo ser del alma; por tanto el alma que le ha de hallar conviene salir de todas las cosas según la afección y voluntad y entrarse en sumo recogimiento dentro de sí misma, siéndole todas las cosas como si no fuesen; que por eso san Agustín, hablando en los Soliloquios con Dios, decía: No te hallaba, Señor, de fuera, porque mal te buscaba fuera, que estabas dentro (PL 40,888) Está, pues, Dios en el alma escondido, y ahí le ha de buscar con amor el buen contemplativo (...)
¡Oh, pues, alma hermosísima entre todas las criaturas, que tanto deseas saber el lugar donde está tu Amado para buscarle y unirte con él, ya se te dice que tú misma eres el aposento donde él mora y el retrete y escondrijo donde está escondido; que es cosa de grande contentamiento y alegría para ti ver que todo tu bien y esperanza está tan cerca de ti que esté en ti, o, por mejor decir, tú no puedas estar sin él. Cata -dice el Esposo- que el reino de Dios está dentro de vosotros (Lc. 17,21); y su siervo el apóstol san Pablo: Vosotros -dice-, sois templo de Dios (2Cor, 6, 16).
Grande contento es para el alma entender que nunca Dios falta del alma, aunque esté en pecado mortal, cuánto menos de la que está en gracia. ¿Qué más quieres, ¡oh alma!, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción, tu hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca tu alma?
En lo que vemos y sabemos que en esta morada la unión es unidad, porque Aquél que todo lo puede y cuyo Amor no conoce límites, de dos hace uno.

3. Y no son suficientes los discursos o las palabras que sean... La realidad será siempre mayor que cualquier intento de expresarla. ¿Por qué pretendemos absolutizar nuestra palabra? Sólo es absoluta la que nos precede, el Verbo de Dios, de Quien todo participa, según su propio modo, y de donde procede la legitimidad de la nuestra.

4. Decía el Maestro Eckhart, aquél que hablaba desde la Eternidad, estas palabras en un sermón: Viniendo hacia aquí, en el día de hoy, reflexionaba acerca de la manera en la que pudiera predicar, en modo inteligible, para que vosotros me comprendiérais bien, y pensé en una comparación. Si vosotros lográrais entenderla bien, entonces comprederíais lo que quiero decir y el fondo de toda mi intención, aquello que siempre he predicado. Se trata de la comparación de mi ojo con el leño (...). Ahora prestad atención. Si ocurre que mi ojo sea uno y simple en si mismo y esté abierto y su mirada se vuelque sobre el leño, entonces cada uno de ellos (ojo y leño) permanece como cada uno es (en lo que cada uno es) y sin embargo en la realidad de la mirada se vuelven de tal modo uno que puede decirse "ojo-leño" y que el leño es mi ojo. Pero si el leño careciera de materia y fuera completamente espiritual, y también la visión de mi ojo, entonces podrá decirse en toda verdad que, en la realidad de mi visión, el leño y mi ojo constituyen un solo ser. Si esto es verdadero en las cosas corporales, es aún muchísimo más verdadero en las cosas espirituales (Pr.4, D.W. 2, p. 416, 1-417. A.H. 2, p.113).
La presencia de Dios, escondida en el alma, no es indiferente ni pasiva. Por el contrario, comporta una acción transformadora que el alma verdaderamante padece. La predicación del Maestro señala el término inefable con maravillosa sencillez, a saber: que el conocimiento que es semejanza entre el conocedor y lo conocido, manifiesta una identidad entre los dos términos. El leño ha sido despojado, separado de sus condiciones materiales y se ha convertido en una forma desnuda en razón del poder visual del ojo... En tal pureza, esto es: de inmaterialidad, que es el propio del ser original de las cosas antes de su creación, se podrá decir que el conocedor y el conocido forman un solo ser.
¡Alégrate María, alégrate llena de Gracia! Ese mismo saludo dirigido a nuestra Madre ¿no lo percibimos en el silencio del corazón, cuando Dios nace en él en modo admirable?

5. Decía, en uno de sus sermones, el Beato Jordán de Pisa: (...) el matrimonio espiritual, que se hace entre Dios y el alma santa, es más perfectamente conjunto que el corporal (...) porque es más íntimo. Dicen los santos que la conjunción tanto es menor cuando se realiza entre cosas más toscas y materiales; y cuando es de cosas más sutiles y espirituales, tanto es mayor y más íntima. He aquí el ejemplo. La piedra es cosa gruesa; más aún es gruesísima, pero nunca se junta bien si no es con cal o cosas semejantes; no que una entre en las otras; sin embargo la conjunción del agua y de la tierra es de cuerpos más sutiles, por ello es más íntima; véase que el agua se mezcla con la tierra, y de este matrimonio nacen hijos sin fin, como las hierbas y las plantas y muchas otras cosas. Sigue más adelante, mira el agua y el vino. Estos, que son cuerpos más sutiles, se mezclan mejor, y es más íntima y mayor su conjunción; porque en el vaso el agua se mezcla con el vino perfectamente, que nada queda del agua sin mezclarse. Sigue más adelante: mira el aire y la luz. Estos cuerpos, que aún son más sutiles y espirituales que los dichos, más y mejor se conjugan y es más íntima y más perfecta su conjunción. Los sabios dicen que la luz del sol es cuerpo, al menos ella es cosa corporal. Mira mezcla perfecta es esta, que no deja nada del aire que no sea luz; y así es con el fuego y con el aire, aquel calienta a este en cada una de sus partes. Mira pues, cuanto menos densos son los cuerpos, es decir: más sutiles y más espirituales, mayor es su conjunción, más íntima y más perfecta. ¿Cuál es, pues, la mayor conjunción que sea? Aquella que es entre el alma y Dios. ¿Y por qué? Porque es conjunción de espíritus. No son cosas corporales por lo cual esta conjunción es suma. Dice la Escritura que Dios es fuego y luz, que así como la luz alumbra toda el aire y no queda punto sin iluminar (...) así cuando Dios entra en el alma por gracia la ilumina toda, la hace toda luciente y no hay punto en el alma, o cosa ninguna, que no sea luminosa; porque expulsa toda tiniebla de pecado, de ignorancia y de error. También Dios es fuego, y el fuego calienta el aire, no en parte sino totalmente, es decir aquello que toca con su virtud; así hace Dios en el alma y mayormente al alma donde Él está por gracia totalmente la inflama y calienta y la enciende toda con su amor, que no queda partecita de ella sin arder. Aún por otra razón y más íntima; y es por el amor. El amor es una pasión en el alma que transforma al amante en el amado; porque dicen los sabios que el alma está más con aquella cosa que ama que consigo (...) San Juan dice: quien está en caridad está en Dios y Dios en él; por donde el alma que ama a Dios se halla fuera de si: y entra en Dios y Dios sale de si y entra en el alma, como Él dice exinavit semetipsum salió fuera de si. Y san Pablo dice: vivo ego, iam non ego; vivit vero in me Christus. Esta es la virtud y la propiedad del amor. (...) Mira cómo es perfecta la conjunción aquella que hay entre el alma y Dios; y queda señalado que la misma es por conjunción de espíritus y por la virtud del amor. En el matrimonio corporal no hay tanta unión; en razón de que no puede entrar el uno en el otro como hace Dios en el alma y el alma en Dios y que se transforma el uno en el otro.
Esta larga cita procede de la prédica pronunciada por el Beato Jordán de Pisa la mañana del domingo 24 de octubre de 1305, en la grande iglesia de Santa Maria Novella de Florencia. Y la hemos traducido y copiado aquí por tratar del misterio de la admirable presencia de Dios y por sus convergencias con expresiones, ya mentadas, del Maestro Eckhart.

6. Procuremos superar toda dualidad, evitando tropiezos en lo más alto que es, también, lo más simple e inmediato. Hablamos de unión de espíritu a Espíritu. Al expresarnos de esta manera nos ubicamos más allá de la distinción entre amor y conocimiento. Hablamos de la esencia del alma o de su dimensión más honda. Se trata, igualmente, de todo el ser... Dependerá del lugar desde donde contemplemos o de aquello que pretendamos balbucear.
El Maestro Eckhart lo dice así: Hemos hablado de un intelecto agente y de un intelecto pasivo. El intelecto agente separa las imágenes de las cosas exteriores y las despoja de la materia y del accidente, y las pone en el intelecto pasivo, y este último gesta en él su imagen espiritual. Y cuando el intelecto pasivo se encuentra lleno del intelecto agente, conserva y conoce las cosas con la ayuda del intelecto agente. Sin embargo el intelecto pasivo no puede conservar las cosas en su conocimiento, si no es iluminado por el intelecto agente. Ved todo lo que el intelecto agente hace en un hombre natural, es esto y aún mucho más, lo que Dios hace en un hombre separado: le quita el intelecto agente y se coloca Él mismo en el lugar de este último y hace todo lo que el intelecto debe hacer. Verdaderamente, cuando el hombre se vuelve completamente desocupado (müeziget) y en él calla el intelecto agente, es preciso que Dios se encargue de la obra y que se convierta en operante y Él mismo se engendre en el intelecto pasivo.
Para Eckhart se trata, en realidad, de un conocimiento transintelectivo: por sobre la visión el conocimiento lleva Dios al alma y conduce el alma a Dios. Pero no puede introducir en Dios. Por eso Dios no opera sus obras divinas en el conocimiento, ya que este comporta un modo en el alma, sino que divinamente opera en tanto que es Dios. Entonces se presenta la potencia superior - es el amor- y hace su apertura en Dios y conduce el alma en Dios con el conocimiento y con todas sus potencias y la une en Dios; entonces Dios opera por sobre la potencia del alma no en tanto que ella es alma, sino en tanto que divina en Dios.

7. Volvamos, guiados por los mejores textos -sobre todo aquellos que han tenido mayor influjo en los momentos decisivos de nuestra vida- a lo que el Maestro Eckhart decía constituir el fondo de toda su intención en su enseñanza más sutil, que concierne la pasión del alma cuando esta se convierte enteramente en receptiva de Dios. En el Sermón 16a se expresa así: Un maestro dice: "Si todo intermediario entre mí y el muro fuera suprimido, yo estaría cabe el muro pero no en el muro." No es así para con las cosas espirituales, pues la una está siempre en la otra: el que recibe es el que es recibido, pues nada recibe que no sea él mismo. Es sutil. A quien lo comprende se le ha predicado suficientemente.
A este respecto añaden y comentan E. Zum Brunn y A. de Libera: Eckhart no ha titubeado en interpretar en el sentido de "padecer" a Dios esta palabra de san Pablo: "Los sufrimientos (passiones) del tiempo presente no son comparables a la gloria que debe revelarse en nosotros" (Rom. 8, 18). Esto quiere decir, según esta interpretación que trasciende el sentido obvio, que en el instante en que el alma se abandona toda entera a él, Dios se engendra en ella en la bienaventuranza del nacimiento que es allende el tiempo. (...) esta unión total tiene lugar sólo en una total desnudez, cuando el alma se ha despojado de la contingencia que la liga al cosmos(...)
Vuelve a decir Eckhart: Pero cuando el alma deja todas las imágenes y contempla solamente el Uno en su unidad, el ser desnudo del alma reencuentra el ser desnudo, sin forma, de la Unidad divina que es el ser sobresencial, y en él ella permanece en la pasión. Ah! maravilla de las maravillas, qué noble pasión es aquella en que el alma no pueda sufrir nada que no sea la sola y pura unidad de Dios.
Sufrir o padecer a Dios. Es Él que enseñorea y posee el alma como lo más suyo y dándose a ella la levanta y la asimila por el Espíritu en su parte superior y más noble. Ya no son dos... ¿Quién puede distinguir uno y otro en tan estrecho abrazo? ¿No descubre el alma en su bienamado absolutamente un alter-ego? Cuando leemos la palabra que el Señor dirige a la Samaritana (Jn. 4, 26) ¿no descubrimos, acaso, en aquel sublime: Yo soy, el que contigo habla, la más calurosa revelación de su proximidad y de su intimidad, como si siempre a sólo Él hubiéramos esperado? Lo más familiar, donde no cabe la distancia...
El abandono no deja lugar ni espacio a separaciones. La verdad es que Dios está en el alma y el alma en Dios, no junto ni cabe Dios, sino en Él y Él nacido en el alma. Una voz siempre nueva, como brisa altísima, nos susurra: ¡deja obrar a Dios, arrójate y no cuides tus espaldas, que en padecerlo está la bienaventuranza y la gloria!
Comentan E. Zum Brunn y A. de Libera: Se trata, en efecto, de una pasión "pura", que no admite el menor intermediario, pues esta receptividad a Dios constituye la naturaleza propia del alma, este fondo en si misma que ella ignora, ya que todo nuestro conocimiento tiene lugar por intermediarios, es decir por imágenes sacadas del cosmos (...) El alma debe dejar tal ignorancia volviéndose hacia lo que hay de más noble en ella, a aquello que sólo recibe a Dios en su inmediación y su inmediatez.
Según el sermón 112 (L.W. 4, p. 113): no es añadiendo, sino despojando, como se halla a Dios en el alma.

8. Dice un Cartujo que puede caracterizarse el pensamiento de las místicas medievales flamencas: Hadewijch, Beatriz de Nazareth, como una teología del Amor subsistente, sobre la cual se funda una espiritualidad cuya cima y hogar es la interioridad del amor puro, separado de toda ocupación extraña - "amor que vaca al solo amor". Se estará de acuerdo en que esta definición conviene igualmente a la mística de Ruusbroec; de la que señala al menos un aspecto importante. Es necesaria mayor atención para reconocer que tal aspecto se halla también presente en el Maestro Eckhart.
Es verdad que en su concepción de la vida del alma, el trazo intelectual adquiere un relieve extremo (...) Ahora bien, observando más de cerca, la intención es sin embargo la misma.
En efecto, nos vamos a detener aquí ubicándonos por encima de cualquier dialéctica, a fin de arribar a la obra misma de Dios y a Dios mismo. Es muy posible que la historia de la Teología, no menos que la de la Espiritualidad, se haya detenido con mucha frecuencia en cuestiones decididamente marginales, olvidando la perspectiva profunda de la Eternidad. Porque, en exceso, se han subrayado los nombres de los autores más que partir desde ellos para abordar el contenido esencial de sus enseñanzas. Y no siempre es bueno calar en un pensamiento o en una obra por oposición o polémica de unos con otros.
El descuido es otro enemigo..., a veces peligroso. El Amor no sabe de distracciones... Pidamos al Señor nos otorgue la Gracia de la fidelidad, de la perseverancia y nuestro total abandono a Él y en Él.
Nuestro monje Cartujo cita algunos textos del Maestro Eckhart a propósito de su fundamental coincidencia con esta Teología del Amor subsistente, vamos a leerlos con atención:
I Hoc est praeceptum meum (Jn. 15,12). AMOR DEL AMOR. (QH.Pr.50 p.387).
Los mejores maestros dicen que el amor (minne) con el cual nosotros amamos, es el Espíritu Santo. Muchos los contradicen, pero esto no es menos verdadero: todo impulso por el cual somos llevados al amor sólo puede venir del Espíritu Santo. El amor en su suprema pureza, separado de toda cosa y permaneciendo en él mismo, no es otro que Dios. Según los doctores, el término del amor, por lo cual él opera todas sus obras, es la bondad, y la bondad es Dios. No más que mi ojo no puede hablar, ni mi lengua percibir el color, el amor no puede tender a nada que no sea la bondad, que no sea Dios. - Pero prestad atención ahora! ¿Qué quiere decir el Salvador insistiendo de esta manera para que nosotros amemos? Quiere decir esto: el amor con el cual amamos debe ser tan puro, tan desnudo, tan desasido que no se incline ni hacia mi ni hacia mi amigo, ni hacia (ninguna cosa) diversa de él mismo.
El Cartujo añade y comenta así: (...) esta purificación del amor que termina por sobre las operaciones, allá donde reposa en él mismo en una fruición inmóvil, , responde al movimiento misterioso de las Personas divinas que se sumen (s'engloutissent) en la Unidad. La correspondencia (coincidencia) de las dos exigencias de unidad es también un tema capital de la mística eckhartiana, no existe sermón que no lo trate o que no haga alguna alusión.
En las siguientes citaciones del Maestro Eckhart se manifiestan ambas perspectivas. En la primera se considera, inicialmente, el movimiento en Dios mismo; en la segunda, el autor parte de la exigencia del alma, como si Dios la obedeciera.
Adolescens, tibi dico surge (Luc. 7, 11) DE LAS PERSONAS A LA ESENCIA D.W. I. 301-302. (el texto comentado es, en realidad, Eccl. 24, 15).
He hablado recientemente de la puerta por la cual Dios se derrama (fluye-s' écoule), a saber la bondad. Pero la esencia es lo que permanece en si mismo y no se derrama (hacia afuera): es hacia el interior que la fusión tiene lugar. Quiero decir la Unidad que permanece en ella misma, una, sin mixtura de ninguna cosa, con exclusión de cualquiera que sea exterior; mientras que por la Bondad, Dios se comunica a todas las creaturas. La Esencia es el Padre, la Unidad es el Hijo con el Padre, la Bondad es el Espíritu Santo. Ahora bien, el Espíritu Santo ase el alma, la Ciudad santificada en lo que ella tiene de más alto y de más puro, y la eleva hasta su propio origen, que es el Padre, en el fondo primero donde el Hijo tiene su Esencia: es allí donde la Sabiduría eterna reposa igualmente (similiter requievi) en la Ciudad santificada, en lo más secreto del Ser.
Intravit Jesus in quoddam castellum (Luc. 10, 38). MÁS ALLÁ DE LAS FACULTADES. D.W.I. 42-44. La Ciudadela de la cual habla aquí el Maestro Eckhart es la llama del alma, el centro donde ella se recoge cuando el amor reencuentra su pureza:
Ahora ved y estad atentos! Esta Ciudadela es tan una y tan simple, tan elevada por sobre todo modo, que la noble potencia de la que he hablado (...) (la voluntad) nunca es digna de arrojarse allí, aunque sea un instante, ni uno solo; y la otra facultad (la razón superior), de la que dije que Dios brilla en ella con toda su riqueza y su alegría, jamás, no menos, pudiera allí mirar - tan una, tan simple, tan elevada por encima de todos los modos y potencias es esta simple unidad, que ni potencia ni modo de ninguna suerte a ella puede tener acceso, ni Dios mismo. En toda verdad, tan verdadero como que Dios vive! Dios mismo allí no ha puesto la mirada un solo instante cuando fuera con modos y propiedades de Personas. Esto es cierto, pues esta unidad simple es en si misma sin modo y sin propiedad. Y desde luego, si Dios ha de mirar allí, le costarán todos los nombres divinos y todas las propiedades personales; es preciso que él se despoje totalmente para penetrar aquí la mirada. Lo puede sólo en tanto que es uno y simple, sin modo ni propiedad: allí no hay más Padre ni Hijo ni Espíritu Santo: queda una (Esencia) que no es ni esto ni aquello.
Se trata de la noción de fondo del alma, intangible salvo a Dios solo... Añade el Cartujo: Otros muchos textos del Maestro Eckhart recuerdan de muy cerca estas notables líneas. En el Sermón "Qui odit animam suam"(D.W.I, 283) luego de haber reportado las definiciones de los filósofos, enuncia el paralelo: "Como Dios es sin nombre, y pues inefable, así el alma en su fondo es inefable y sin nombre".

Continuamos con los textos del Maestro Eckhart, que tratan del mismo tema. Desde luego ellos son dignos de ser recibidos en silencio y más allá de cualquier apresuramiento. Se dirigen a lo más hondo, tratan de alcanzar -quizá- lo inalcanzable. Pero son palabras de vida que giran y giran en torno a lo inefable y, cada vez, nos entregan algo nuevo del misterio que supera todo lenguaje.
Dum medium silentium tenerent omnia. (Sap. 18, 14). (Pf. Pr. 1, p.4)
Todo lo que el alma opera al exterior, lo hace por intermediarios (por medios). Pero en la esencia, no hay allí operación: el alma en su esencia no opera, pues las facultades por las cuales actúa emanan del fondo de la esencia, pero en el fondo mismo los medios quedan reducidos al silencio; allí sólo hay reposo: es aquel el lugar del nacimiento divino donde Dios pronuncia su Verbo. -Ese fondo por naturaleza nada puede recibir, en efecto, que no sea el sólo Ser divino, sin ningún medio. Dios está allí en el alma como todo y no como parte: penetra el alma en el fondo: nada toca el fondo del alma sino Dios mismo.

Acerca del fondo sólo el silencio puede hablar. Aquí cesan los discursos y las torpes opiniones que pretenden reducir lo sublime a una explicación con sus estrechas mallas pretendidamente filosóficas. En efecto, el lenguaje del Maestro Eckhart sólo puede ser acogido por quien padece una experiencia semejante; por quien, en fin, sediento y peregrino en el desierto de esta vida, descubre necesariamente una instancia más alta y la Gracia de Dios lo ilumina, como ya se ha dicho. No son las calificaciones ni los juicios sumarios los que resultan oportunos aquí. La historia del pensamiento, cuando se vale de disecaciones o de fórmulas de laboratorio, se ubica en una perspectiva distinta y, por lo tanto, ineficaz para brindar la explicación ansiada.
Seguimos, ahora, con otro texto:
(Fragmento editado por Jostes, citado en D.W. I, 123-124)
Ayer, se ha leído aquí en la escuela: Hay un fondo en el alma que es como la Paternidad. Lo mismo que el Padre engendra al Hijo en el Espíritu Santo, siendo los tres un solo Dios, así este fondo produce el entendimiento y la voluntad, y es él sin embargo una facultad, como Dios es un Verbo. Este fondo es tan puro que no puede sufrir daño de ninguna creatura. Todo lo que se puede decir del alma es accesorio a su respecto: en este mismo fondo Dios contempla (mira) al alma y el alma contempla (mira) a Dios.
Se refiere, luego, el Cartujo al ejemplarismo del Maestro Eckhart: Dice que al explorar el espejo de su alma, el hombre descubre su rostro eterno: lo que él es en Dios. Esta intuición es conexa con la actitud contemplativa y con la orientación hacia el interior, a la cual la gracia y la naturaleza misma nos invitan. La aventura del alma es concebida por Eckhart y por Ruusbroec como un ciclo: la gracia nos hace retornar a la fuente intacta donde los seres subsisten en una unidad virgen. Esta perspectiva es el marco de su especulación, aún cuando no se lo mencione explícitamente. Las creaturas, para la mirada purificada, se encuentran más reales en Dios que en ellas mismas.

9. Es indudable que el alma halla correspondencias más allá de la determinación de los conceptos. La verdadera liberación supone aprender y aceptar trascenderlos. Reproducimos ahora el estudio y comentario hecho por Alain de Libera acerca de Dios de amor y la misión del Espíritu en el Maestro Eckhart. Este texto, que gira alrededor de dos sermones, muestra muy bien esa intención que subrayaba el Cartujo y que hemos citado más arriba. Es, en todo caso, una apertura a la vida más alta que el mismo Espíritu realiza. No está, desde luego, condicionada ni limitada por el criterio humano. Es don de Dios y se debe a su amor, a su misericordia y a su grandeza.
El trozo que nos interesa dice así: (...) Las relaciones de la voluntad y de la bienaventuranza en Eckhart no deben ser reducidas a las solas posiciones antivoluntaristas de sus primeras polémicas universitarias.
Para que reine el único-Uno, la voluntad del hombre debe primariamente encontrar la voluntad de Dios. Más aún: la voluntad de Dios debe hacerse su voluntad, aunque fuera por el precio de la bienaventuranza: "Si nuestra voluntad se hace la voluntad de Dios, está bien, pero si la voluntad de Dios se hace nuestra voluntad, es mucho mejor..." (...)
La voluntad de unidad debe ser pensada como la unidad de un solo querer donde el alma y Dios son conjuntados en un mismo éxtasis. La voluntad manifiesta, realiza, este doble movimiento del Uno hacia él mismo que incluye en una identidad total el ser y el devenir del alma en el ser y el devenir de Dios: "Cuando la voluntad deviene así unida, de suerte que tal sea un único Uno, el Padre del reino celeste engendra en si su Hijo único en mi. ¿Por qué en si en mi? Porque yo soy uno con él, no puede excluirme, y en esta operación, el Espíritu santo recibe su ser y su devenir en mi como de Dios. ¿Por qué? Porque yo soy (estoy) en Dios. Si él no lo recibe de mi, no lo recibe tampoco de Dios; de ninguna manera puede excluirme" (sermón 25).
La problemática de la bienaventuranza personal queda así reabsorbida en la teoría del querer divino. Así como Pablo fue el modelo de la visión de Dios en su nada sobreesencial, Moisés lo es de la adhesión ontológica al devenir divino, el modelo de un ser-para-Dios que acompaña y redobla el extatismo del Uno: "La voluntad de Moisés se había hecho hasta tal punto totalmente la voluntad de Dios que el honor de Dios en su pueblo le era más querido que su propia bienaventuranza (...). Y Moisés rogó a Dios y dijo: 'Señor, bórrame del Libro de los vivientes.' Los maestros preguntan: ¿Moisés amó al pueblo más que a si mismo? Y ellos dicen no, pues Moisés sabía muy bien que buscando el honor de Dios en el pueblo estaba más cerca de Dios que si hubiera abandonado el honor de Dios en el pueblo y buscado su propia bienaventuranza" (sermón 25).
El querer de Dios es pues esencialmente voluntad de amor. Esta voluntad se cumple en la misión del Espíritu santo que viene a levantar el alma para conducirla en el Fondo del único-Uno.
Dicho de otra manera: la teoría eckhartiana del querer adquiere su verdadero sentido en su teología de las misiones divinas, y no en su doctrina de las potencias del alma.
Es allá donde el querer de Dios y el querer del alma están unidos en un mismo amor, que el ser-Él-mismo se revela en el ser-para-Dios. El mandamiento del amor es para el alma un comienzo de ser: " 'Este es mi mandamiento que vosotros améis.' Cuando dice que 'vosotros améis' ,¿qué es lo que se entiende por ello? Quiere decir, notadlo bien: el amor es tan puro, tan despojado, tan desasido en él mismo, que los mejores maestros dicen que el amor con el cual amamos es el Espíritu santo. (Es la misma cita aducida -más arriba- por el Cartujo)... Algunos han querido contradecirlo, pero siempre es verdadero: en todo movimiento por el cual somos movidos hacia el amor, sólo el Espíritu santo nos mueve. El amor en lo que tiene de más puro, de más desasido, no es en si mismo otro que Dios" (sermón 27).
Añade, luego, de Libera: El extatismo dionisiano encuentra así su lugar en una doctrina del amor que hace del Espíritu santo "el amor eterno sin medida", gracias al cual Dios "puede operar divinamente" y así llevar hacia él todas las creaturas. El deseo del alma y el de Dios son, pues, el mismo deseo: "Dios se ama a si mismo en todas las creaturas. Del mismo modo en que busca el amor para él en todas las creaturas, busca también en ellas su propio reposo" (sermón 60).
Así comprendido, el amor es la "potencia superior del alma" que "hace su apertura en Dios con el conocimiento y con todas sus potencias y la une a Dios". Únicamente por la misión del Espíritu Dios puede operar en el alma "no en tanto que ella es alma, sino en tanto que divina en Dios." (...)
Si el alma debe "permanecer cabe el Uno" (pr. 63), luego se establece en el Uno, es decir (...) "en la unidad según el modo de la unidad" (serm.64) es preciso, en primer lugar, que ame y que sea amada. Es preciso que ella sea el amor mismo. Pues "Dios es el origen y es el amor" (ser.63). Es por lo cual "el alma no puede satisfacerse si no es de amor" (ib), pues este amor es el amor mismo que Dios le tiene, es la misma misión divina. El Espíritu Santo es el amor que tiene Dios para el alma. El amor es en el alma la expansión misma de Dios: "Sabed que Dios ama tan potentemente el alma que es maravilla. Quien privara a Dios de amar al alma lo privaría de su vida y de su ser, o mataría a Dios, si se pudiera hablar así, pues el mismo amor con el cual Dios ama al alma es su vida y en ese mismo amor el Espíritu Santo se expande, y ese mismo amor es el Espíritu Santo."(serm.69). "Notadlo! En ninguna parte Dios es más específicamente Dios que en el alma. En todas las creaturas existe alguna cosa de Dios, pero en el alma, Dios es divino, pues es ella su lugar de reposo. Es por lo que un maestro dice: 'Dios no ama nada que no sea él mismo; consuma todo su amor en si mismo.' (...) Su amor es en nosotros una expansión y apertura del Espíritu Santo" (serm. 73).
Explica, inmediatamente, A. de Libera: La henología de Eckhart plantea una teoría del amor que es también una mística trinitaria. La tensión, la diferencia de las dos formas rectoras del neoplatonismo cristiano, la dionisiana y la augustiniana, queda así magníficamente superada. La teología de Eckhart es el coronamiento de la empresa más característica de la teología renana: hallar una formulación de la Unitrinidad divina que integre la carrera constante del alma hacia el único-Uno como un momento esencial de su autoconstitución.
Ahora procede a las referencias de los sermones que tejen una síntesis final. Dice así: El sermón 75 despliega esta síntesis última uniendo en una misma teoría del amor los temas de la luz, del intelecto y de la emanación.
Hay, dice Eckhart, tres suertes de amor en Dios. Estos tres amores son, en él, una única "verdad, simple, pura, esencial" (serm.75), pero, para nosotros, ellos abren el espacio de un recorrido, de una trayectoria que nos hace "subir de lo bueno a lo mejor" y "de lo mejor a lo más perfecto". Estos tres amores, que nosotros debemos aprender a conocer, es decir también a reconocer en nosotros, son el amor natural, el amor de gracia y el amor divino.
El amor natural es aquel de la emanación creadora. Hallarlo en si, es conocer que Dios ha formulado inicialmente todas las creaturas en su Verbo eterno, es reconocer todas las cosas en sus ideas increadas como fluyendo, emanando de este Verbo, en la generosidad de la efusión divina: "Por el primer amor que tiene Dios, nosotros debemos aprender cómo su bondad natural lo apremia a formar todas las creaturas que él portaba eternamente en él en la imagen de su providencia, a fin que ellas gozaran con él de su bondad." El alma que se abriera enteramente así al amor natural de Dios sería como la del serafín. Hecha "toda vacío", Dios se abriera y se "expandiera" en ella "tan perfectamente como en la del serafín". (...) Tal destino, sin embargo, no ha de cumplirse en razón de las solas fuerzas del alma, pues en su luz natural el alma permanece esencialmente alejada del amor seráfico. El amor natural que ella posee no le permite cambiar de lugar, pues éste "lugar" es el de una finitud, de una capacidad que la vacuidad no puede abolir como lugar.
Es preciso pues dejar verdaderamente este lugar y el mismo gozo que allí experimenta, para aproximarse aún más al centro, en igualdad con el ángel.
Este cambio es operado en ella por el segundo amor de Dios. La creatura espiritual, dotada de intelecto, debe ser llevada con su intelecto natural en la luz de gracia: "Por el segundo amor de Dios que es conferido por la gracia, o espiritual, Dios fluye en el alma y en el ángel: yo he dicho precedentemente que la creatura dotada de intelecto debe ser movida fuera de ella misma por una luz situada por encima de toda luz natural. Todas las creaturas prueban tanto gozo en su luz natural que es necesario que aquella sea algo más elevado para que efectivamente logre quitar a ésta: una luz de gracia. En la luz natural, el hombre prueba el gozo en si mismo, pero la luz de gracia, inefablemente más elevada, retira al hombre su propio gozo y lo atrae en ella." Es pues por la intelectualidad pura, iluminada por la gracia, que el alma se acerca decididamente al "punto esencial que es Dios".
La explicación que sigue es particularmente importante: Eckhart no opone más aquí el intelecto, facultad del conocimiento, y la voluntad, facultad del amor, sino el intelecto tornado hacia el mundo y el intelecto unido a Dios en el amor. El amor es el fin supremo de la intelectualidad, pues la operación misma del intelecto, el conocimiento, en su doble dimensión catártica y anagógica, es, una vez asida por la gracia, una simple unión de amor. La intelectualidad pura es el amor puro: "Si yo aparto de todas las cosas mi intelecto que es una luz para dirigirlo derecho hacia Dios, Dios (se abre y) se expande sin cesar por su gracia, mi intelecto es iluminado y unido en el amor; por allí conoce a Dios y ama a Dios, tal como él (Dios) es en si mismo. Así aprendemos como Dios se derrama (infunde) (se répand) en las creaturas intelectuales por la luz de la gracia, cómo nosotros así debemos, por nuestro intelecto, aproximarnos a esta luz de gracia y cómo venimos a ser quitados a nosotros mismos y levantados en una luz que es el mismo Dios." (Serm.75 A.H. III, 104).
El tercer amor, que es divino, es el cumplimiento del destino espiritual del alma. Es el nacimiento del alma en Dios, su paso (percée) en el Centro: "Para llegar allí, es preciso que subamos de la luz natural, a la luz de la gracia y que en esta crezcamos hacia la luz que es el mismo Hijo."
El tercer amor nos introduce entonces en la sociedad de las Personas, en la Tri-unidad: "Allá, somos amados en el Hijo por el Padre, con el amor que es el Espíritu Santo, eternamente surgido y expandiéndose en su nacimiento eterno -es la tercera Persona- y expandiéndose del Hijo hacia el Padre en tanto que es de ambos el amor recíproco." (serm.75).
Pero esta Tri-unidad del amor, en tanto que es ella la vida de Dios, nos lleva al Fondo de las Personas. El amor no es verdaderamente Él-mismo, sino cuando Dios ha cesado de ser amable, "cuando está por encima del amor y de toda atracción de amor" (serm. 83).
El tercer amor se cumple pues en Él-mismo de manera absoluta. El querer divino no es Él-mismo sino cuando el amor se ha fijado en la Unidad de los tres.
La misión del Espíritu nos revela así su verdadera naturaleza: conducir el alma al Uno en el amor verdadero del Dios escondido. Así asida en la vida trinitaria, el alma hace su apertura en el nada divino. La mística trinitaria no consiste en contemplar a Dios en tanto que es trinitario, sino en desposar en la sociedad de las Personas el único-Uno que se difunde en ellas, pues, si el alma "contempla a Dios en tanto que es Dios, o en tanto que es Imagen, o en tanto que es trinitario, esto es en ella una insuficiencia. Pero cuando todas las imágenes del alma son apartadas y ella contempla solamente el único-Uno, el ser desnudo del alma reposando pasivamente en si mismo encuentra el ser desnudo, sin forma, de la unidad divina que es el Ser sobreesencial." (Ibid.)
La trinidad de las potencias del alma -memoria, intelecto, voluntad- y la Trinidad de las Personas -Padre, Hijo, Espíritu- tienen allí el mismo Fondo. La contemplación que allí se abre es una mirada sin mirada, lo que Eckhart llama "un amor sin atracción de amor", un amor apofático.
Allí se encuentra el alma totalmente despojada de si misma, totalmente divinizada, en total rechazo de si, sin pensamientos y sin imágenes, dicho de otra manera: sin intelecto -en la medida en la cual el intelecto aún vive la dualidad del pensado y del pensante- y sin Personas- en la medida en la cual las Personas aún diseñan para ella Figuras sobre el Fondo del Reposo.
El amor verdadero lleva a lo que en Dios no tiene nombre y se fija y brota en el alma en lo que allí es y de lo que allí no tiene nombre.
Así el amor ha pasado del Dios amable al Dios Amor. Así el alma ha cambiado de domicilio para establecerse en este sitio sin emplazamiento (lugar sin lugar, lugar por encima de todo lugar), este Centro imposible de fijar de la interioridad pura que es el "Yo" originario. Es en este movimiento en el que se realiza el destino del alma como destino de amor. Es la última palabra de la teología de Eckhart: "¿Cómo he de amar a Dios? -Tu debes amar a Dios, no intelectualmente, es decir que tu alma debe ser no intelectual y despojada de toda intelectualidad, pues en tanto que tu alma es intelectual, ella posee imágenes; en tanto que posee imágenes, posee intermediarios; en tanto que posee intermediarios, carece de unidad y de simplicidad. En tanto que carece de simplicidad, nunca ha amado a Dios en verdad, pues el verdadero amor reside en la simplicidad. Por ello tu alma ha de ser no-intelectual, despojada de toda intelectualidad, permanecer sin intelecto, , pues si tu amas a Dios en tanto que es Dios, en tanto que es Intelecto, en tanto que es Persona, en tanto que es Imagen -todo eso debe desaparecer. -¿Cómo, pues, debo amarlo? -Tu debes amarlo en tanto que es un No-Dios, un No-Intelecto, un No-Persona, un No-Imagen. Más aún: en tanto que es un Uno puro, claro, límpido, separado de toda dualidad. Y en este "Uno", debemos eternamente abismarnos: de Alguna cosa a Nada.
Que a ello Dios nos ayude. Amen." (Sermón 83)

10. Toda determinación o límite comporta interceptar la claridad y empañar la nitidez del encuentro. La intención del Maestro Eckhart es liberar la atención de cualquier distracción colateral. En efecto, la mirada puede desviarse y claudicar, desertando y marginándose. Por tal motivo es necesario negar hasta la misma negación para afirmar el más hondo y real centro.
Puede ser que el lector halle dificultades en la lectura de los textos de Eckhart. Y esto es explicable porque el lenguaje se halla, en primer lugar, forzado para expresar lo inexpresable. Acerca de esto no hay dudas, sobre todo cuando sabemos de qué cosas él ha hablado y cuál es la grandeza y la gloria que poseen... Pero hay una aclaración que es necesario hacer con respecto del lenguaje del Maestro: decía un Cartujo: Estas aserciones del Maestro Eckhart no sufren ni exigen explicación, no más que el rayo: si ellas no alcanzan y tocan directamente el fondo del alma, son vanas para nosotros. Se trata, pues, de una intelección que no queda en el plano de una filosofía o de un pensamiento cualquiera. Es mucho más y precisa de una semejante experiencia o, por lo menos de una necesidad, o inclinación, u orientación parejas a la suya. Y agrega que tal lenguaje es una suerte de enigma. Este género tiene sus reglas como los otros: mientras la proposición teológica debe ser verdadera en diversos sentidos, en un dominio definido, con conceptos conocidos, basta al enigma teológico, para ser válido, el ser verdadero en un sentido, entonces él apunta y enfoca con todo su impulso el punto preciso donde los términos no pueden llegar.
En otro lugar dice el mismo: En realidad, el Maestro Eckhart, como Suso, como Tauler y Ruusbroec - como Hadewijch (...) sitúa a su nivel puro y sublime el reposo del amor. Los contemplativos de diversas tendencias no están separados de hecho como se encuentran en nuestros libros. El Maestro Eckhart ha hablado como director bien conciente de su autoridad, pero las relaciones entre las almas nunca son unilaterales, y quien cree dar es tal vez aquel que recibe más.

11. La oración, misterio de silencio. Escribió un Cartujo: Hacer oración. Fórmula extraña, pues fácilmente hiciera creer de que se trata de producir alguna cosa, de obtener un resultado, de fabricar. Ahí se redescubre la vieja tentación del pensamiento contemplativo occidental, simbolizada por el juglar de Nuestra Señora. El relato es emocionante en la medida en la cual nos muestra que Dios no presta mayor atención a lo que se hace para él, pues él ve el corazón y no los gestos. Pero es triste, precisamente, ver que el pobre juglar no captó que bastaba dejar su corazón en reposo en presencia del Señor para entregarle lo más bello que poseía. Empero requirió sus "juglaradas", no fue Nuestra Señora la que precisara verlo danzar; fue él mismo, el juglar, quien tuvo la necesidad de sentirse "haciendo alguna cosa". Se trató, pues, para él, de "hacer oración".
No es cuestión de hacer, tampoco de hacer silencio. El silencio no se fabrica. Cuando se llega ante el Señor con el espíritu repleto de imágenes, la actividad interior aún en movimiento, todas las emociones vibrantes, se cae en la cuenta de la necesidad del silencio; entonces aparece la tentación de hacer silencio. Como si se tratara de cubrirse con un vestido de silencio, de arrojar sobre todo ese zumbido interior una capa que lo disfrazara o sofocara. Tal cosa no es hacer silencio; es disimular el ruido o más bien encerrarlo en nosotros mismos, de tal suerte que allí permanezca siempre dispuesto a reaparecer en la primera ocasión. No hay que crear el silencio, no hay que introducirlo en nosotros. Ya está allí y se trata simplemente de dejarlo retornar a la superficie de si mismo, de suerte que elimine por su sola presencia todos los ruidos importunos que nos han invadido. El silencio puede ser una pura nada; el silencio de la piedra, el silencio de un espíritu ahogado en la materia o en las preocupaciones exteriores. Este no es el verdadero silencio. El solo silencio que cuenta es la presencia de aquel que no es nada.
¿No consiste la oración, con frecuencia, simplemente en volver progresivamente al verdadero silencio? No en haciendo alguna cosa, imponiéndose un lazo (carcan) cualquiera, sino al contrario en dejando poco a poco descomponerse por si misma toda nuestra actividad bajo el impulso interior del verdadero silencio que retoma poco a poco sus derechos. Cuando ya se ha experimentado en sí el verdadero silencio, hay sed de reencontrarlo. Es preciso solamente rechazar la idea de que es posible por medio de uno mismo fabricarlo de nuevo. Está ahí; siempre está ahí, asimismo cuando no se lo percibe ya. Hay días en los cuales es imposible volver a él pues el molino gira rápidamente y es imposible detener el mecanismo de la imaginación o de la sensibilidad. Él permanece, sin embargo, en el fondo de la voluntad en la forma de una aceptación paciente y reposada de ese ruido que nos impide arribar al reposo de la inteligencia. Normalmente, a pesar de ello, será posible al precio de una cierta ascesis espiritual y física (respiración, posturas...) apaciguar poco a poco los movimientos descontrolados y reencontrar, al menos parcialmente, el silencio. Asimismo el silencio es más profundo que todas las meditaciones, aún las más legítimas. Lectio divina, luces del Señor que nos hacen penetrar sus misterios, reflexiones necesarias sobre temas que debemos profundizar, etc. Todo ello es bueno. Todo ello es una aproximación a la verdad. Todo ello es necesario a su tiempo.
Pero el silencio es más profundo y nada podría reemplazarlo. Hay días en los cuales es preciso privarse de él para dar al espíritu un alimento del cual tiene necesidad. Ahora bien, no ha de dejarse convencer por la manifestación de una verdad parcial; nuestra sed es más profunda y apunta a una verdad tan cercana como sea posible a la Verdad total. Sólo el silencio, aún si es tinieblas, nos aproxima a la Luz plena. Tampoco la palabra de Dios verdaderamente nos es accesible sino cuando es mensajera del silencio. El oficio divino alcanza su equilibrio cuando secretea en el fondo de nuestra alma el verdadero silencio contenido en el Verbo eterno.

No se hace, pues, nada. Nada hay para dar. Dios no espera que le hagamos pequeños regalos. Él no necesita ni toros ni machos cabríos; lo que Él quiere es el sacrificio espiritual de nuestro corazón. ¿Es necesario decir que si nada exterior tenemos para dar, es preciso, entonces, darnos a nosotros mismos? Tampoco. No se nos pide agitarnos, ni inventar fórmulas o actividades para ofrecernos a nosotros mismos. Por otra parte, reflexionando bien: ¿Qué significara esto? ¿Salir de nosotros mismos? Es esto lo que nos pierde, es renunciar a ser nosotros mismos, sostener el alma entre las manos y poder ofrecérsela a Dios. No se trata pues de hacer una ofrenda formal. ¿Será necesario entonces recibir un don de las manos de Dios? Tampoco. ( Tal cosa recuerda la historia de la rana y del buey: n' y suis-je point encore, ma mie?) No hay que recibir, pues, un don de Dios, ni uno pequeño, ni uno grande. Es a Dios, a Él mismo a quien hay que recibir. Recibir a Dios, ¿qué significa esto? ¿Es que viene Él a nosotros en hábito de corte, engalanado con su majestad? En realidad, sabemos bien que, cuando estamos en silencio, Dios no habla, Dios no se manifiesta de ninguna manera y, sin embargo, Él se da.
Dios se dona a mi. Es aquí que es necesario prestar atención a fin de no confundirse con una rana; no hemos, desde luego, de inflarnos para hacernos tan gruesos como Dios. El don de Dios no consiste en algo extraño para nosotros, de diferente de nosotros en cierta manera. Para Dios darse a nosotros es darnos nosotros mismos a nosotros. Dios me da mi ser siempre nuevo de hijo de Dios. La experiencia muestra que el silencio nos devuelve sobre nosotros mismos. La desviación consistiría en replegarse sobre sí, en hallar el reposo en una suerte de autosatisfacción. Realmente ser uno mismo (être réellement soi-même) es beber en la fuente profunda de nuestro ser o, más exactamente, es ser la fuente que se alimenta en el seno mismo de Dios. Dios nos engendra en el amor y es nuestro ser el que nosotros acogemos de Él en el amor. Es ser de nosotros mismos y es contemporáneamente acoger a Dios mismo. Es ser Dios. No por panteísmo evidentemente, ni por monismo, sino por filiación participada. Dios me engendra antes de que yo lo sepa o que yo lo quiera, pero también me da su Espíritu que me permite acoger este don del cual no sé si se debe decir que es Él o que soy yo. Se trata simplemente de ser si mismo participando del Hijo que desde toda la eternidad en un instante inmóvil recibe su ser del Padre.
Se trata pues de adquirir una relación. No de obtener un objetivo, ni de apuntar a un término, ni de esperar alcanzar un límite. El fin, el objetivo (but), porque es necesario emplear esta palabra, es por el contrario liberarse de todo absoluto concreto que nos pareciera justificarse en si mismo. Nada hay que esperar o que procurar sino el establecimiento de una pura relación, de una dependencia sin principio ni fin, de tal manera que no dependamos más que de Dios, sin hallar ningún apoyo estable en realidad determinada alguna. Los dones de Dios no tienen más importancia; lo que podamos adquirir no tiene más interés; una sola cosa realmente cuenta: ser en relación de amor efectivo con Dios. Esto no reporta nada. No buscamos enriquecernos ni enriquecer a los demás, aún menos enriquecer a Dios. Es una suerte de generalidad relativizada en la cual es preciso perder todos los objetivos limitados a los que tenemos la perpetua tendencia de aferrarnos. No solamente nuestra inteligencia, no sólo nuestra actividad, sino todo nuestro ser aún a riesgo de hallarse privado de lo que hace el bienestar (confort) de la vida. Sin embargo, ¿hay alguna cosa en este bienestar de la vida que pueda aparecer interesante, digno de ser tenido en cuenta, cuando se lo compara a ese lujo supremo de ser pura dependencia, puro engendrado del Padre?
Sería, sin embargo, caer en el género rana creer que nos será posible lograr esta actitud de dependencia en su forma realmente pura, abstrayendo de la creatura. Por el contrario, será únicamente pasando a través de una creatura que alcanzaremos el Corazón de Dios. La pura relación de la cual hablamos es, en realidad, el establecimiento de una relación de dependencia a Cristo resucitado. Es el Hombre-Jesús, Hijo de Dios, no sólo por nacimiento, sino por el poder del Espíritu que lo hace surgir de los muertos para ser Hijo a la derecha del Padre. Él es, en razón de todo su ser, Aquél que depende del Padre y Aquél de quien nosotros dependemos. El misterio pascual es precisamente el nudo donde su humanidad, donándose sin reserva a todos, se halló colocada en el estado de desposesión total que la hizo disponible al Padre para que le diera el Nombre por encima de todo nombre.
Hay, pues, una presencia de Jesús en el Espíritu que se encuentra en el corazón de toda oración verdadera. No necesariamente un conocimiento sensible sino una correspondencia real entre nuestro corazón y su Corazón, entre nuestra humanidad, en lo que tiene de más concreto y de más carnal y su propia humanidad de Hijo del hombre, asumiendo en plenitud la creación por la Resurrección que le ha dado el pleno dominio sobre el Universo. La oración no es pues un elegante paseo sobre las cimas del espíritu, sino, como decía más arriba, un retorno a la fuenta más profunda de nuestro ser total: la carne, el alma, el espíritu. Esta fuente es la divinidad viniendo a nosotros en el Espíritu que nos envía el Hijo resucitado desde el seno del Padre. Benedictus Deus.

Esta pura relación ha de ser renovada por la memoria en todo momento.

12. En esta aventura y viaje a través de textos y palabras sabemos muy bien que sólo nos importa aquello que Dios dice en en corazón. Sin embargo recibimos, con tanta alegría, las lecciones que transmiten los hermanos mayores.
Hay muchos que son testigos de la más alta tradición espiritual o la han buscado sin tregua ni descanso. Éstos merecen todo nuestro reconocimiento. Por lo general permanecen escondidos o ignorados... Y tal condición les otorga mayor credibilidad.
Ha dicho Claude Martingay, respondiendo a la pregunta: -¿qué es la inteligencia?- lo siguiente: todos los hombres piensan saberlo porque todos la utilizan. Pero la naturaleza del útil no se define por su uso.
Nacida con el hombre, puede ser que tal interrogación no halle su respuesta más que en Dios. Pues anhilándose es como María ha concebido a Dios: no razonando sobre la Palabra sino dejándola resonar en ella.
Entonces, entre la fe y la razón ¿no es también la inteligencia madre y servidora? Madre, para que la verdad nazca en nosotros; servidora para que nazca en el otro...
Acerca de este Misterio de sublime fecundidad diremos, con él, alguna palabra. No sin antes subrayar las proyecciones y el horizonte de esa figura que, ya sea metáfora o se la denomine de otro modo, es capaz de una más alta expresión religiosa.Valga, a este respecto, aquello que dijo Giovanni Pico della Mirandola en carta a Aldo Manuzio, el 11 de febrero de 1490: Accinge ad philosophiam, sed hac lege, ut memineris nullam esse philosophiam, quae a mysteriorum veritate nos avocet. Philosophia veritatem quaerit, theologia invenit, religio possidet.







13. Entre los documentos olvidados o tenidos en poca cuenta existe una admirable carta del Padre Fray Baltasar de Navarrete, de la Orden de Predicadores, a sus hermanos de hábito, misioneros en las Islas Filipinas. Como suena toda ella en clave de magnífica espiritualidad y vuelo místico, me parece conveniente transcribir aquí algunos fragmentos, sobre todo los que más hacen a nuestro intento de ocuparnos de la Presencia inefable de Dios. Es un testimonio de gran valor, propio, evidentemente, de un verdadero contemplativo.
La publicó el P. Manuel M. Hoyos, en apéndice al segundo volumen de su edición de la Historia del Colegio de San Gregorio de Valladolid de Fr. Gonzalo de Arriaga (Valladolid 1930).
Acerca del autor de la carta, el Maestro Fray Baltasar Navarrete, habla por extenso el dicho Arriaga en el capítulo XXXIII, dedicado, todo él, a su semblanza. Nos interesa destacar que Favoreció la virtud y halláronle dando lado y amparo a los virtuosos. Quiso mucho, como dominico, a los Padres Carmelitas Descalzos e hijas de Santa Teresa, por lo mucho que en seguirla se adelantan, y mostró en diferentes ocasiones el tierno amor con que los amaba.
Los fragmentos de la Carta son los siguientes:
Muy Reverendos Padres: Estando en este último tercio de la vida y de partida para la eterna, no puedo dejar de significar a Vuestras Paternidades el contento con que parto viendo mi hábito tan honrado en esas partes (...) No me admiro de que viendo un cristiano experimentado en la fortaleza que la Majestad Divina comunica a los suyos para semejantes hazañas, viendo campo tan bien formado, diga: Castra Dei sunt haec: pero que el gentil y el idólatra reconozcan esta grandeza, y la vida de hombres en carne sea tan de ángeles en espíritu y su conversación tan levantada en la tierra que a un indio infiel le arrebate en admiración y diga: estos son los ejercicios de Dios; ésta es la milicia celestial; ésta es fortaleza sobrehumana; obra es del Espíritu Santo (...) Escarmienten, Padres míos, en cabeza ajena, en algunos entendimientos sutiles, que conociendo esta claridad fueron perezosos en el caminar por ella y después cualquiera razón espiritual es para ellos algarabía y lenguaje peregrino (...).
n.II Tengo por único medio para alcanzar esta excelencia el que Vuestras Paternidades han tomado con acuerdo tan divino, el de la frecuencia en la oración; pues de ella salen tan maestros en todo lo que han de enseñar; en los discursos con que han de destruir los errores, en las palabras tan encendidas que han de usar, en la suavidad con la que han de sobrellevar a esa gente floja y en la fortaleza que han de tener en medio de los trabajos y persecuciones. Todo este encarecimiento es pequeño y sólo el que de veras habla con Dios en la oración experimenta los tesoros que Dios le descubre, comunicándole la más alta riqueza que en sí tiene, y el secreto reservado en su entendimiento, cual es engendrar a su propio Hijo, que de tal manera quiere se estampe esta Generación eterna en el entendimiento de un contemplativo, que pueda el mismo Dios decir a su Hijo: in splendoribus sanctorum, ex utero, ante luciferum, genui te: que sea tan eficaz esta luz que bañe el alma con tan soberano primor, que penetre tan íntimamante todas las potencias, que deje el entendimiento tan edificado, que sea un espejo, donde mira Dios la obra en la cual emplea toda su potencia, su gloria y su Majestad: tanto puede la oración. Y si Dios se regocija en su Hijo diciéndole: Filius meus es Tu, hodie genui Te. El justo, con una noble osadía, viendo a Dios estampado en su pensamiento se recrea con él y le dice las mismas palabras: Filius meus es Tu, hodie genui Te. Esta es la suprema dignidad en que pone a un contemplativo la oración, y así no es mucho que de ella se deriven otros milagrosos efectos exteriores, todos muy a propósito para la conversión de las almas: que el predicador que forma a Jesucristo en el indio que convierte, hace una nueva regeneración en el mismo Cristo y le puede decir: Hodie genui te, pues de nuevo comenzáis a comunicar vuestro ser de gracia a esta criatura; o por mejor decir: comanzáis a ser por gracia en ella. De aquí nace también una correspondencia admirable entre Dios y el justo, diciendo cada cual al otro: Filius meus es tu. Enajenándose el justo de si mismo, y viéndose transformado en Dios y viéndose Dios tan al vivo retratado en el justo.
n.III Mostró este enajenamiento el esposo en su esposa cuando la dijo: ecce tu pulchra es, amica mea, ecce tu pulchra. Que aquel ecce, la da a entender, que está como fuera de si y que es hermosa; pero ella le paga luego con las mismas palabras diciendo: ecce tu pulcher es, dilecte mihi. También parece que estáis fuera de vos y transformado en mi (...)
De San Pablo de Valladolid, Abril 25 de 1625.
Si bien la expresión puede parecer algo tímida y limitada, desde luego según la intención de la carta, tenemos delante la doctrina del nacimiento de Dios en el alma no sólo en el orante contemplativo y predicador sino en quienes oyen su palabra y se convierten...
Es esta la raíz de una palabra que no deja jamás la dimensión contemplativa y que se nutre en cada instante del mismo Misterio de Dios.

14. Fray Juan de los Ángeles dice bellamente de la presencia de Dios, hablando del recogimiento habitual, lo que sigue: Aquél está solo, que ninguna cosa del mundo piensa en el corazón, ni livianamente se ensoberbece con las honras, ni se acongoja y desmaya con las adversidades y deshonras; mas el que con las alteraciones y vaivenes de la vida se inquieta y desasosiega, no está solo, aunque esté en soledad. El que de verdad ama a Dios, no tiene necesidad de buscar a Dios fuera de sí, porque dentro de sí le hallará siempre que le busque; porque fuera del común modo de estar en todas las criaturas por esencia, presencia y potencia, le tiene en sí como en su cielo, que cielo es y gloria del Esposo el alma del varón justo. Pues si tienes verdaderamente a sólo Dios, y a sólo Él miras y amas, y a ti y a todas las cosas por Él, nadie en el mundo te podrá ser de impedimento, ni la multiplicación de los lugares, ni el concurso de los hombres, porque todo se te convertirá en una cosa divina... Y no basta pensar en Dios en este ejercicio, porque luego que este pensamiento se acabare, te hallarás solo y apartado de Dios, sino que es necesario tener a Dios (si así se puede decir) esenciado, fijo y entrañado en el corazón; quiero decir, hecho alma del alma y esencia de nuestra esencia.
El que de esta manera vive, siempre halla en sí mismo una simple, amorosa y continua propensión, inclinación o respeto a Dios, la cual ninguna criatura le puede impedir, porque excedió las acciones de todas las criaturas y todas las cosas prósperas y adversas, y al fin toda mutabilidad. Por lo cual sucede que el ojo sencillo, desnudo y atento a la divina contemplación, ningún impedimento ni estorbo recibe, ni de las imágenes y fantasías de las cosas, ni de alguna distinción o distraimiento, porque está hecho superior a lo uno y a lo otro, atento sólo a Dios. Y así como este ojo intelectual, que llamamos simple inteligencia, considera a Dios debajo de razón, de bondad, de sabiduría y misericordia infinita..., así la vista y aspecto de nuestra alma le contempla y mira sin algunas imágenes ni distinciones.
De esta continua presencia de Dios dijo el Profeta: Providebam Dominum in conspectu meo semper. Proveía yo al Señor siempre en mi presencia; como si dijera más claro: De tal manera ordenaba las cosas de mi Reino que, aunque tantas y de tanto cuidado y obligación, no me robasen la atención e intención a Dios, el cual nada siempre en mi alma. ¡Gran providencia de rey, gran simplicidad de alma, grande recogimiento en tanta muchedumbre y grande unidad en tanta multiplicidad! Y dirá después el religioso distraído que no puede recogerse, ni andar de ordinario en la presencia de Dios.
Estas palabras, con su gran sencillez y claridad, pueden cerrar esta primera lección de vida interior. Es esta la lección de una soledad casi siempre inédita que es preciso aprender a descubrir en un silencio también nuevo.
Los textos nos dan pautas y nos introducen en un lenguaje que no es el habitual. Pero es necesario que el corazón esté preparado. No se reciben estas palabras de cualquier manera sino que la tierra fértil y preparada para ellas es aquella que padece y tiene más sed y más deseo.


Fr. ALBERTO E. JUSTO

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Despertar y Belleza



Es hora de júbilo porque ha llegado la ocasión propicia para el hallazgo más maravilloso. No es cuestión de detenernos en ninguna parte ni en ninguna cosa. Es la hora de la liberación. Ha llegado a nuestro corazón esa certeza que es don, regalo, novedad permanente, buena e inconfundible noticia… Llega, ha llegado, la “sonrisa” de Dios. Percibimos la señal de esa salud que nos levanta, de la fuerza que nos rescata… Porque -¡por fin!- han venido a buscarnos hasta la puerta de casa. Pero no vienen para llevarnos a ninguna parte, sino para transformar hasta las raíces de nuestra morada, a volverla tan diferente que nosotros no llegaremos a reconocerla… ¿Diferente?
Nos han dado eso mismo que somos desde siempre. Nuestra “realidad” honda… La novedad del Ser es júbilo y liberación profunda.



DESPRENDIMIENTO
Dejar lo que no cuenta

Hermosos segundos. Todo cae por su propio peso. Las flores brotan en el desierto. Son siempre nuevas y suceden a todas las que se marchitan. Por la fuerza de la naturaleza. Unas mueren, otras nacen. Pero si unas mueren y otras nacen, si esto es así, no más… Quiere decir que ese maravilloso curso de aparición y desaparición, de brote, de caída, se sustenta y apoya en el continuo vivir de lo invisible.
Así son las cosas. Los sonidos existen porque hay silencio. El silencio está debajo, escondido. Pero es infinitamente más “fuerte” y “vigoroso” que el ruido. La cáscara sólo es manifestación en algún sentido. Vive el corazón…
Amigo, sonríe y deja de lado. Pasa. Sigue adelante hacia el horizonte del ser. No te detengas ni hagas ídolos de lo que no cuenta, de lo que no es, de lo que se inventa por ambición o vanagloria.
Alégrate, porque Dios te da el bien mayor. Aprende, aprende a descubrirlo. No te ocupes demasiado por hacer esto o aquello. A cada día le basta su afán. Fíjate, sólo se alcanza fecundidad por lo que se ES, nunca por lo que se dice o por lo que se hace. Descubre esa profundidad y sonríe siempre.

Has de saber que no se trata de imaginar o de inventar nada. Toda la vida consiste en “aceptar un don”. Convertirse a la realidad es RECIBIR LO DADO, o, mejor aún, recibir, acoger en el corazón, a Quien da. O a Quien se da.
No, no tienes que fabricar ningún artilugio. Dios está antes y tú mismo estás en Dios, de algún modo, desde toda la Eternidad.
La inmensa tarea es “descubrir el tesoro escondido”. Pero el tesoro está, siempre está.
El Señor prefiere el silencio. Dios no es favorable a la “publicidad”. Medita bien esto. Por tanto: deja de lado esos barullos tentadores y aquiétate en la serena paz del don.

Pero ¿qué es el “don”?
Todo lo has recibido… Te recibes a ti mismo, porque el “don” de Dios comienza por ti. Quiero decir: el primer don eres tú. Y no llegas solo. Porque tu realidad (digámoslo de este modo) no es la soledad. Dios, en efecto, se da a Sí y lo propio tuyo (digámoslo también de este modo) es recibirlo.
Lo decisivo será descubrir en el corazón que de Dios venimos y a Dios vamos. O, mejor, descubriremos que toda nuestra vocación y el sentido de nuestra vida es ser uno en el Espíritu de Dios. Con Él y en Él. Y, desde luego, por Él y gracias a Él.
Ante la realidad es preciso dejar todo lo que se le opone o la oculta.

Es muy posible que sientas temor cuando dejas lo que hasta un cierto punto parecieron “ayudas” o auxilios. Incluso todas esas “mediaciones” que son tenidas como terreno seguro: “introducciones”, “preparaciones”, “cálculos” de toda especie, prácticas de esto o de aquello, métodos y mil cosas más. No digo que debamos despreciar lo que ayuda, sino que afirmo que lo que ayuda no es. No es Aquello.
Es conveniente distinguir dos esferas: una es la que marca distancia y separación, como los andadores; otra es la que por su transparencia y limpidez levanta inmediatamente en la Presencia de Dios y no puede convertirse en ídolo de sustitución.
En suma: tienes en tu corazón la Presencia inefable de Dios. Alégrate y goza inmediatamente. El Señor te llama y te dice que lo ames así como eres y donde te encuentras…
Me dirás: muy bien, pero ¿cómo lo sé, cómo lo siento?
La Palabra de Dios no es vana y Él te regala el ojo de la Fe. Tú sabes que el evangelista San Juan, el mismo que descansó en el Corazón del Señor, nos dice que Él vendrá y habitará en nosotros. Cree con simplicidad.
Desde luego Dios está presente en todas partes y en todo, íntimamente, en el corazón del ser. No puedes alejarte de Él, no puedes, como no puedes escapar de ti mismo. Acepta gozoso la existencia como el mejor regalo y halla gusto y gozo en ello… Aprende a ahondar más allá de lo aparente y puramente exterior.
Ahora bien, cuando nada te dice nada es porque todo te lo dice todo… ¡Esto sí que es bueno! ¡Y muy bueno! Te parece que todo se ha callado… ¿No será porque viene y llega Él? Te parece un absurdo que el Creador hasta tal punto se de a su creatura… ¿No será porque el amor extremo es la más honda realidad? La ausencia llama a la presencia. Quizá lo que nos parece más presente y hace tanto ruido es lo menos real. En cambio lo que por su silencio parece ausente es lo más inmediato y hondo y lo más real.
No vives solo. Si vives, sólo vives por Dios y para Dios. Esta es tu vida, tu alegría y tu paz.
Deja, pues, lo que no cuenta y no existe. Deja y mil veces deja. Y no temas, por Dios, no temas. Si hay cerca de ti esos que se consideran expertos en lo divino, que conjuran a los aires con el índice levantado y presumiendo poder…: sabe que ellos no te hablan de Dios sino de sí mismos. Lo que viene de Dios es humildad, quietud, silencio y paz. Deja esos intermediarios aunque te amenacen. No les otorgues poder alguno. Deja, deja lo que te aparte de la paz y del silencio que reina en tu corazón. Nada que cause angustia proviene de Dios.

Será fácil, con humildad, discernir acerca de estas cosas y abandonar, sin vacilaciones, las distracciones carentes de sentido. Ánimo pues y adelante.



ADHESIÓN


La palabra castellana no lo dice todo. Es muy corta comparada con la latina… Por lo menos con el uso y el sentido que le ha dado la tradición espiritual, a partir de la atenta lectura de la 1era. Epístola a los Corintios del Apóstol San Pablo: “Quien “adhiere” a Dios se hace un espíritu con Él”.
Sin embargo la adoptaremos un momento para decir lo que nos importa. “Adherir” es aquí (también) “desear”. Desear desde dentro, desde el fondo, con todo el corazón. Y este “deseo” merece nuestra atención. Asegurando –desde el inicio- que no será jamás un “deseo vano”. Porque no se trata de un “deseo de lo necesario”, sino del “deseo profundo” del corazón, que procede de Dios.
Adherir, pues, comporta un movimiento que tiene su raíz en lo más profundo y no se detiene. En efecto, no puede quedar fijado o alcanzar objeto alguno porque no fabrica ídolos de ninguna especie. Siempre ha de ir más allá o interiorizándose y adentrándose más aquí, en los caminos del corazón y del espíritu. Adherir a Dios comporta no conformarse con ningún medio…
Por esto ¡tantas veces! quedamos desolados y desconcertados cuando aguardamos consolaciones o compensaciones en cosas o situaciones que parecen darnos mucho, pero que se “agotan” enseguida. Y es porque pedimos a esas cosas lo que ellas no pueden dar.
No hemos de entristecernos porque las cosas de este mundo aparezcan y se manifiesten caducas. Por el contrario, alegrémonos y regocijémonos porque estamos llamados a muchísimo más.

Pero no olvides que todo esto, que sumergirse en la realidad más honda, o buscar lo esencial, requerirá de tu parte una “lucha”. Mejor será decir: una verdadera “ascesis”. Tendrás presente esto para evitar todo descorazonamiento cuando no obtengas resultados sensibles e inmediatos.
En realidad no es cuestión de “tiempo” o de “dilación”. No digo que debamos “aguardar” esto o aquello. Hablo de otra cosa: el resultado no es “sensible”. No puedo comprobar lo que se da, quizá porque es hondamente silencioso. La “plenitud” de lo que sea es más callada que cualquier manifestación parcial o superficial, que ha de recurrir al ruido y a la sonoridad para hacerse notar.
Hoy es más urgente que nunca descubrir esta perspectiva, sobre todo cuando las trompetas, las bombas y el parloteo abundan y sobran por todas partes… Ante el despilfarro de palabras, demostraciones o conceptos: ¡silencio!

No acabaremos de considerar la multitud de contradicciones que abunda a lo largo de nuestra peregrinación y que no han de mitigar, en modo alguno, nuestra alegría.
Una de las instancias más desagradables es, desde luego, el choque frontal con… “lo feo”. ¿Qué entendemos por esto? Pues el resultado, ni más ni menos, de esa “improvisación” atropelladora, de la chabacanería (hoy característica de nuestro desierto), de la arrogante ignorancia…, en fin, de la mediocridad en los más variados horizontes. No niego que tales cosas tengan un particular potencia de agresividad. Afirmo, en cambio, que deben ser “superadas” y aprovechadas.
Dentro de los envoltorios sucios y malolientes puede haber un incomparable tesoro, que nada tiene que ver con sus coberturas y que, sin embargo, está allí dentro. Por debajo de las capas de polvo, de tierra y de arena, harto exteriores todas ellas, se halla el camino firme que todo sustenta y que es –siempre- objeto de descubrimiento, como todos los tesoros.
Si quieres recuperar tu alegría no te quedes detenido en las superficies desagradables. Ve más adentro, ¡sobrepásalas!
Me preguntarás, un tanto consternado, -¿cómo?
Adelante, no te desanimes. No es tan difícil. Es, en realidad, muy fácil. Fíjate bien: Mira y contempla un paisaje (hasta en una fotografía) y haz el propósito de asir firmemente su secreto y su misterio aceptándolo tal como se da. Presentirás una correspondencia, una “semejanza” con todo lo que ves. No te apresures. No te retires desilusionado, si te parece que no encuentras nada. Sigue allí, regálate un poco más de tiempo… Estoy seguro de que percibirás algo nuevo, un gozo que no podrás explicarte… Quédate un poco más y respira. Aléjate luego y nada más.
Una y otra vez podrás recibir estas noticias si no les impones “utilidad”. No, no sirven para nada. Si sirvieran para algo o se ordenaran a alguna “ganancia” perderías el tiempo con ellas. Deja que la luz brille, deja que el cielo te hable con sus colores, con sus varias tonalidades…
Este tesoro está, entonces, en tu corazón. Es en ti mismo donde se descubre el horizonte que nada ni nadie puede nublar. Aunque sufras por las cosas exteriores llevas es ti la Belleza.
Considera ahora alguna obra maestra de la pintura universal. Si la miras con una lupa no obtendrás ningún resultado satisfactorio. Si la observas a gran distancia, menos todavía. Quiere decir que solamente en determinadas condiciones y según cierta proporción y distancia con tus ojos, recibes y descubres la belleza que trasciende a la obra y al observador. En un instante has entrevisto algo que no puedes describir y que supera tu contacto con el objeto.
Si oyes un buen concierto será gracias a la perfecta armonización de todos los instrumentos de la orquesta ¡Si desafina uno solo, el efecto se perderá! Y es que en las obras de arte todo converge para permitir que la Belleza más alta pase a través y tú puedas descubrir las resonancias y la semejanza en tu corazón.
Es, pues, en un instante, como ante un relámpago, cuando percibes esa luz de la Belleza a través de la pintura o de la música. El valor de tal experiencia es la oportunidad de pasar más allá, de subir por encima de ella… Lo propio de las imágenes más altas es decirnos –yo no soy. En efecto, por encima de las montañas, más alto que los espacios observables… Y, al mismo tiempo, en un solo momento, más aquí, infinitamente más aquí, en el mismo secreto del espíritu.
Un instante que es aparentemente fugaz… Sí, porque en realidad ese instante es –siempre- “comienzo”. No se trata de “este” momento puramente horizontal: lo que hago ahora, lo que sé ahora, lo que dejo ahora… No, no es eso. Es una espada flamígera, que atraviesa el tiempo verticalmente y lo redime, levantando, al alma que se empeña, por encima de sí o “elevándola” en hondura. Se trata de un instante trascendente (por decirlo de alguna manera) que nos abre a un “más allá” presente y realísimo.
El júbilo del alma consiste en descubrir, en contacto con la Belleza, por el “toque” de la Belleza, su “universo” invisible, su relación, su estilo, su vida, su comunión, su conversatio, como decía Santo Tomás, con Dios y con los ángeles. (S. Th. II-IIae, 23, 1, 1m).

En un instante. He aquí el valor del “instante”. No es necesario aguardar sino meditar profundamente acerca de lo recibido, de lo que ha llegado, de lo que ya está.
Pero será oportuno subrayar nuevamente la condición que todo lo sella: el desprendimiento; que nos separa de lo perecedero, que nos libera de cuidados y de ansiedades, que nos levanta a superar la “angustia pasional”.
En efecto, siendo tan grande la realidad honda, que nadie puede arrebatar, sonará siempre hora de dejar todo lo que obstaculiza la vida interior.

No es esto el resultado de ningún esfuerzo “mental” ni de “proyectos” o “métodos” de corte voluntarista. Lo que acontece es RECIBIDO, sin más. Es claro que es preciso acogerlo y abrir el camino…


¿Seguiremos dudando? Es notable hasta qué punto continuamos en nuestras vacilaciones. No nos arrojamos definitivamente en el abismo del Amor de Dios. Siempre hay algún reparo.
Quizá alguna tentación, algún tropiezo, tal vez una reincidencia en esto o en aquello… Y detenemos nuestra marcha como enfermos incurables, olvidando que el Señor está con nosotros, muy cerca, hasta donde no podemos sospecharlo, en el momento de la prueba.
Es urgente no vacilar. Es urgente arrojarse en el mar de la Misericordia sin dar más vueltas. Aunque nos encontremos heridos… Las heridas, todas ellas, han de cicatrizar muy pronto.
Ahora mismo gloríate en tu debilidad. Sólo débil puedes acudir, con humildad, a lo profundo de tu corazón, donde el Señor te está aguardando. Pero hay más: Él mismo te llama y te dice, una y otra vez, -deja, deja y ven, ábreme…
¿Qué es lo que te detiene? ¿Tu indignidad? ¿Temes no discernir bien a Quién te diriges? ¿Pero es que hay alguna duda cuando vienes humildemente, sin ficción ni hipocresía, a sumergirte en el Corazón de Quien te llama?
No consideres más lo pasado. Alégrate ante la inmensa novedad de que Él te abre su Corazón y viene a nacer en el tuyo. Lo inferior, déjalo. Allí queda, y cae, y muere. Que, en realidad, nunca fue.
Reserva lo mejor de tu corazón y de tu tiempo; no sigas dando vueltas alrededor de no sé qué. No cuestiones y olvida, sí, olvida. Deja esos pensamientos que no son tuyos. Quiero decir: son engaños e ilusiones de “otros”. Deja todo eso de una buena vez. Y no digas, con satisfacción de punto final: -lo dejé. No, no digas nada. Olvida y ya está. No retornes para nada. Tampoco para volver a examinar nada. Deja que los muertos entierren a los muertos.
En tu confianza y en la humildad hallarás nueva fortaleza. Abandónate. Déjate a ti mismo. Ese que piensas… no eres tú. Tú eres aquél que Dios llama y nombra. Tú eres el “tu” que dice Dios.
Y te descubrirás entonces, habiéndolo dejado todo, en el mismo Misterio de la Deidad.

Si ayer perdiste tiempo y fuerzas vagando por ahí, si permaneciste a la vera del camino o te quedaste jugando con cosas pasajeras… Deja todo eso y la memoria de todo eso. Purifica tu memoria de lo que no te atañe ni está en relación con tu camino. Volverá el enemigo a turbar tu paz, diciendo y repitiendo: -no eres digno de nada, pretendes lo que no te corresponde… Esto último es otro engaño muy contundente, para impedir que te confíes enteramente al Señor. Nunca pretendiste ni pretenderás… “ser digno”. Sólo sabes que es Dios mismo quien te abre su Corazón. El misterio del Amor no sabe de calificaciones ni de reglas mezquinas. Brilla omnipotente, salvando todas las distancias.

Vuélvete y adhiere con toda el alma. Estoy seguro que el Señor ya te ha respondido. Reposa, sin reparos, en su Corazón.
Fíjate bien: todo tiene su raíz y su origen permanente. Tú naces cada vez, a cada instante, de alguna manera. Vuélvete, cada vez, a cada instante, a tu fuente, a tu raíz, a tu vida. Sólo “eres” en Aquél y por Aquél que “te conforta” e infinitamente te ama. No es difícil “levantar el alma”, cuando Él mismo la está levantando.
¿Explicar? ¿Qué cosa? ¿Eso que supera toda explicación? Admite la inefabilidad del Misterio y gózate en ella. Encuentra en el Silencio esa alegría que nada ni nadie, en este mundo, pueden darte. Sabes ya que Dios te posee, que su Presencia es inmediata. Deja que el silencio y la paz en tu corazón te enseñen lo que no puedes expresar.

Alberto E. Justo

(caminohacialaaurora.com.ar)

sábado, 6 de diciembre de 2008

Continuación de la Caballeria Medieval (Del Santo Grial a Don Quijote de la Mancha )






TUCUMÁN 2006


PRESENTACIÓN

El tema de la Caballería medieval no sólo despierta el interés de los historiadores sino que presenta al hombre de todos los tiempos una imagen y un modelo de las más elevadas virtudes.
Aún cuando la perfecta realización de los ideales no sea siempre posible en este mundo, merece atención la figura y la concepción antropológica, tal como fuera diseñada y comprendida por una copiosa literatura desde la Edad Media hasta hoy.
Y ampliando el horizonte, tal como nuestra curiosidad lo pretende, podremos entrever lazos y parentescos singulares entre el ideal cristiano del caballero en el siglo XII, el “hombre noble” del Maestro Eckhart y los perfiles de don Quijote de la Mancha, de Parsival y de otros héroes.
Según el Diccionario de los Símbolos, “la idea del caballero, aparte incluso de su historia, es un elemento de la cultura universal y un tipo superior de humanidad. Aunque no corresponda a realidades existentes en las instituciones, expresa sin embargo, en forma de símbolos, un cierto número de valores.”
“El ideal de la caballería se resumía en un acuerdo de lealtad absoluta para con las creencias y compromisos a los cuales toda la vida se sometía”
Esta lealtad y su perseverancia constituyen el plano primero y esencial de la figura que nos interesa.
Asumimos, pues, la imagen del caballero como un símbolo. Y en este sentido es inagotable. La constancia en la lucha y la fidelidad, a pesar de todo; el rechazo de las conveniencias ante las exigencias del ideal; el desinterés y la generosidad; constituyen un panorama siempre en expansión, dando lugar a virtudes nuevas en la misma dirección y hacia el mismo fin.
Los tiempos requerirán diversas respuestas y a la lucha “exterior” sucederá la dimensión interior de un combate que es propio del hombre en esta tierra. Esta lucha interior manifiesta la permanencia de un “estado” de vida, por llamarlo así, de una vocación que no huye las horas más severas de la historia. Y podrá descubrirse, en esta peculiar milicia, la paradoja del sosiego y de la paz en un empeño de honor que tiene su raíz en la hondura del corazón.
La Caballería medieval trae su origen de muchos elementos y factores, cuya consideración no es de este lugar. La vivencia y el tiempo, el intento y el peso de los valores han unido el ideal con el símbolo que podemos ver como una sola cosa. Ambos han concordado, pues, a través de la vida y de la historia, hechos logrados y hechos “no-logrados”, éxitos y fracasos. Ahora bien, éstos últimos son siempre decisivos, porque el ... fracaso enseña otro modo o abre las puertas a otra manera –quizá más alta- de encarnar un ideal.
En el diseño de tal imagen ha sido central el papel de la literatura, de la poesía y del arte en general. Así, la lectura medieval de Virgilio (a quien con razón llamó Théodor Haecker el “Padre de Occidente”) y de los clásicos de la épica.
La figura del caballero es propia de una concepción de la vida que no ignora la “lucha”, el “combate”, ante la manifestación del mal. Lucha que comporta dos situaciones: una realidad interior, lo propio del corazón, y otra que es el contenido oculto y secreto de las cosas, y que está más allá de las apariencias; en suma, su realidad profunda.
Hablamos de la “lectura espiritual”, esto es: aproximarse al secreto escondido en la letra o bajo la letra, oculto por lo aparente y por el mero sonido exterior de las cosas.
En la Edad Media hallamos esta característica en todos los órdenes. La búsqueda del sentido profundo y espiritual, tanto en la lectura de los hechos y acontecimientos, cuanto en todos los aspectos de la vida. Y no será la menor esta dimensión en la exégesis bíblica, que ha merecido el monumental estudio de Henri de Lubac, “Exégesis Medieval”, obra que requiere suma atención y que ha tenido tantas consecuencias en el estudio de la literatura espiritual.


EL SANTO GRIAL

Tratar la espiritualidad de la Caballería medieval requiere ante todo el conocimiento de las fuentes. Desde el De Laude Novae Militiae de San Bernardo hasta el Libre del Orde de Cavallería del Beato Ramón Llull, pero sin olvidar la copiosa literatura épica que en la Edad Media tuvo un importantísimo lugar, sobre todo en la difusión de un ideal elevado propuesto a toda la sociedad.
El tema del Santo Grial (Graal) es el más rico en símbolos de toda la literatura del siglo XII. Se trata de la copa que el Señor y sus discípulos bebieron en la Última Cena. No hemos de detenernos más que en mencionar la historia y en señalar su carácter simbólico y ejemplar.
En el texto de Cristián de Troyes aparece el fundamento de la maravillosa leyenda. Robert de Boron, en un poema francés llamado Joseph d’Arimathie, relata cómo luego de la Cena y de la traición de Judas, un discípulo llevó con él la copa de la que se sirviera el Salvador. Esta fue confiada a José de Arimatea. Cuando éste, después de la Crucifixión de Cristo, ayudado por Nicodemo, desclavó el Cuerpo de la Cruz, la Sangre brotó de las heridas y él la recogió en esa copa.
Este es el origen de la historia del Santo Grial. Su recuperación, su búsqueda, su hallazgo, serán el propósito, la lucha y los trabajos de muchos, hasta que alguien, que sea digno, por fin lo encuentre.
E. Gilson observa que desde el comienzo de la obra nos encontramos en la vigilia de Pentecostés y la gracia del Espíritu se derramará sobre todos los acontecimientos. Las alusiones a los “rayos del sol” simbolizan las “lenguas de fuego”. El episodio de los caballeros alrededor de la Mesa Redonda está en relación con un texto del Evangelio del Apóstol San Juan (20, 19), donde se narra la aparición del Salvador en medio de sus discípulos deseándoles la paz. En el palacio todas las puertas y las ventanas están cerradas: un anciano aparece llevando a un caballero de la mano. El mismo anciano dice al caballero: -la Paz sea contigo, Pes soit o vos... Gilson concluye que el Grial es la gracia del Espíritu Santo.
En la Leyenda, un caballero llamado Bohort declara al anciano eremita: “El corazón del hombre es el timón de la nave; lo conduce donde le place, al puerto o al naufragio.” Semejante doctrina se halla expuesta en el tratado De Gratia et libero arbitrio de San Bernardo, señalando que la libertad humana tiene delante dos caminos, el consentimiento a la gracia o al demonio.
Es la luz del Espíritu Santo, pues, la que baña toda la leyenda del Santo Grial.
Se discutirá acerca de las fuentes de la leyenda. No es nuestro propósito ocuparnos de ello ahora. Bastan a nuestro intento las palabras de Albert Béguin: “El Graal representa a la vez, y substancialmente, a Cristo muerto por los hombres, el cáliz de la santa cena (es decir la gracia divina concedida por Cristo a sus discípulos), y en fin el cáliz de la misa, que contiene la sangre real el Salvador. La mesa donde reposa el vaso es, pues, según estos tres planos, la piedra del santo sepulcro, la mesa de los doce apóstoles, y por fin el altar donde se celebra el sacrificio cotidiano. Estas tres realidades, la crucifixión, la cena y la eucaristía, son inseparables y la ceremonia del grial es su revelación, al ofrecer en la comunión el conocimiento de la persona de Cristo y la participación en su sacrificio salvífico.”
La búsqueda o demanda del santo Grial exige precisas condiciones de vida interior. Los caballeros empeñados en ella deberán “aventurarse” antes que nada en el propio corazón. Las mismas acciones y obras exteriores pueden no ser favorables a la contemplación y a los caminos de una vida más profunda. La Verdad está ahí, o aquí delante, y no la vemos.
“La busca del graal inaccesible simboliza la aventura espiritual y la exigencia de interioridad, lo único que puede abrir la puerta de la Jerusalén celestial donde resplandece el divino cáliz. La perfección humana se conquista, no a golpe de lanza como un tesoro material, sino por una transformación radical de la mente y del corazón. Hay que ir más lejos que Lanzarote, más lejos que Perceval, para alcanzar la transparencia de Galaad, viva imagen de Jesucristo .


EL “HOMBRE NOBLE”


A principios del siglo XII resuena una palabra brotada del silencio. Es Guigo I, el Cartujo, en una carta al Gran Maestre de los Templarios y en sus Meditaciones, donde diseña los perfiles de una verdadera “caballería espiritual”. En el primer texto señalado hallamos fragmentos como el siguiente: “...No sabemos, en modo alguno, exhortaros a guerras materiales ni a combates visibles; tampoco estamos preparados a inflamaros para las luchas espirituales, en las que nos encontramos cada día, sino que deseamos, al menos, invitaros a reflexionar acerca de ellas. De hecho es vano atacar a los enemigos externos, si no vencemos antes a aquellos que nos amenazan en nuestro interior. Y es demasiado vergonzoso e indigno querer someter a nuestra autoridad cualquier compañía de hombres si antes no hemos sometido a nuestros cuerpos (...). No reine más el pecado en nuestro cuerpo mortal (...); no ofrezcamos nuestros miembros como instrumentos de injusticia al pecado, sino ofrezcámonos nosotros a Dios como vivos que han tornado de entre los muertos y nuestros miembros como instrumentos de justicia para Dios. Y si la carne desea contra el espíritu, el espíritu anhele invencible contra la carne (...) Y porque no estamos en condiciones de llegar con nuestras solas fuerzas, reforcémonos en el Señor y en poder de su virtud, y vistamos la armadura de Dios, para poder resistir las insidias del diablo. ‘De hecho nuestra batalla’ escribe de nuevo el Apóstol ‘no es contra criaturas hechas de carne y de sangre, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en las regiones celestes’ (Ef. 6, 12)...”
“... Estemos pues dispuestos, con la cintura ceñida con la verdad y los pies calzados con la espera del Evangelio de la paz, y llevemos siempre en el brazo el escudo de la fe (...), con la cabeza cubierta con el yelmo de la salvación, llevemos la diestra armada con la espada del espíritu...”
En las célebres Meditationes, del Prior de la Gran Cartuja, leemos este pensamiento: (n.262) “Deja que otros vayan a Jerusalén: en cuanto a ti, camina hacia la humildad y la paciencia. Esto es de hecho salir del mundo, aquello es hundirse en él”
Las palabras del santo monje describen un ideal que halla su fundamento, sin duda, en la virtud. Y en este sentido perdurará la tradición y el lenguaje a través del tiempo, con innumerables Tratados, Espejos y otras muchas expresiones literarias, brindando siempre “ejemplos” de virtud dignos de imitación. El caballero continúa siendo, a través de toda una literatura, un claro modelo social. Y su misión se interioriza con el correr del tiempo y de la historia.
Pero en el siglo XIII la irrupción del “aristotelismo” en las universidades y otros factores gestan una nueva figura que, si bien la juzgamos en cierta relación con la antigua caballería, resulta nueva y de honda significación. Se trata del intelectual. Con ella se diseña otro modelo de “nobleza”. Es la experiencia del pensamiento, la nobleza del sabio y del virtuoso de la que habla Dante y el mismo Maestro Eckhart.
Esta perspectiva, desde luego “interior” surge a partir de una experiencia contemplativa e intelectual...
Nosotros nos detendremos en la figura del “hombre noble”, tal como parece diseñada por el Maestro Eckhart.
Se ha dicho que “la mayor audacia” del pensamiento de Eckhart ha sido “proponer un ideal elevado, un ideal espiritual que se exprese a través de los temas de la justicia, de la humildad, de la bondad, de la rectitud, pero más que nada a través de la nobleza. Así se halla este ideal en el tema de la nobleza del alma humana.”
La filosofía de Eckhart se hace cargo de la doble dimensión humana: la exterior y la interior, el ser-creado y el alma noble. El estilo de vida que él propone ha de permitir la elevación de la naturaleza humana hacia la grandeza y la nobleza de la naturaleza divina.
“Nuestro Señor dice en el Evangelio: ‘Un hombre noble marchó a un país lejano para adquirir un reino y regresó’ (Lc. 19, 20). Nuestro Señor nos enseña con estas palabras lo noble que el hombre ha sido creado en su naturaleza y qué divino es lo que puede llegar a obtener por la gracia, y también cómo el hombre debe llegar hasta allí. En estas palabras también se hace alusión a una gran parte de la Escritura.”
Antes que cualquier determinación o condición, antes que cualquier manifestación, aparece como fundamental esta “nobleza” en el mismo origen, en la fuente... Por tanto será preciso descubrirla, liberarla del peso de las añadiduras que han acabado por ocultarla. Es una invitación a volver a la pureza y virginidad originales, allí en la aurora, donde todo recomienza entre el alma y Dios.
“... hay un hombre exterior y otro hombre interior. Al hombre exterior pertenece todo lo que es inherente al alma, pero envuelto y mezclado con la carne, y que tiene una acción común con cada miembro corporal, como el ojo, la oreja, la lengua, la mano y otros por igual. Y todo esto es lo que la Escritura entiende por hombre viejo, el hombre terrestre, el hombre exterior, el hombre enemigo, un hombre servil.”
“El otro hombre que está en nosotros es el hombre interior; la Escritura lo llama un hombre nuevo, un hombre celeste, un hombre joven, un amigo y un hombre noble. “
El rescate de esta interioridad es conducir a lo más hondo y elevado del alma, donde precisamente radica toda la nobleza de la persona y donde el hijo encuentra al Padre, donde el hombre encuentra a Dios. Este camino tiene, para Eckhart, diversos grados que nos dan la trayectoria que el peregrino ha de recorrer para llegar a destino.
“El primer grado del hombre interior y nuevo, dice san Agustín, es cuando el hombre vive según la imagen de la gente buena y santa, aun cuando todavía se dirige a los aposentos y permanece junto a los muros y se alimenta todavía de leche.
“El segundo grado es cuando (ya) no considera solamente las imágenes exteriores, aun siendo éstas de gente buena, sino que corre y se apresura hacia la enseñanza y el consejo de la sabiduría divina, da la espalda a la humanidad y con la mirada hacia Dios se arrastra hacia el seno de la madre y sonríe al Padre celeste.
“El tercer grado es cuando el hombre se aparta más y más de la madre y cada vez se mantiene más alejado de su seno, se aparta del cuidado, rechaza el fruto, de manera que si pudiera cometer el mal y la injusticia sin que nadie se ofendiera, tampoco encontraría placer en ello, pues está muy unido a Dios en el amor, hasta que él le establezca y le conduzca en la alegría, en la dulzura y en la bienaventuranza, allí donde le es contrario todo lo que no es semejante y extraño a Dios.
“El cuarto grado es cuando crece y se enraíza más y más en el amor y en Dios, de manera que está preparado para recibir cualquier tribulación, tentación, contrariedad, y para sufrir voluntariamente y con placer, con deseo y alegremente.
“El quinto grado es cuando en todas partes vive en paz consigo mismo, reposando tranquilamente en la riqueza y en la plenitud desbordante de la sabiduría suprema e inefable.
“El sexto grado es cuando el hombre ha sido desnudado de su propia imagen y transfigurado por la eternidad divina, y ha conseguido un olvido totalmente perfecto de la vida perecedera y temporal y ha sido raptado y transformado en una imagen divina, al llegar a ser hijo de Dios. Por encima no hay más grados, y allí hay paz eterna y bienaventuranza, pues el objeto último del hombre interior y del hombre nuevo es la vida eterna.”
Este es, pues, el punto de llegada; pero es claro que las etapas señaladas en el texto suponen un constante “movimiento”, una incesante transición que empeña la vida toda. Se trata del “desasimiento”, del “ser separado”. Una suerte de “honor del vacío”, ya que el hombre ha de vaciarse y desprenderse, dejando todo lo que no es Dios. No “añadiendo” cosa a cosa o perfección a perfección, sino despojándose y liberándose de la tierra acumulada que cierra y esconde el pozo de agua viva.
“... el sol brilla sin cesar; pero cuando una nube o la niebla se interponen entre nosotros y el sol, entonces ya no percibimos el resplandor. De la misma manera, cuando el ojo está enfermo en sí mismo y achacoso y tapado, entonces no percibe el resplandor. (...) cuando un maestro hace una imagen de madera o piedra, no introduce la imagen en la madera, sino que corta las astillas que han ocultado y recubierto la imagen; no añade nada a la madera, sino que golpea y esculpe la cobertura y saca la escoria y entonces resplandece lo que estaba oculto debajo. Ése es el tesoro que estaba oculto en el campo, del que habla Nuestro Señor en el Evangelio (Mt. 13, 44).”
Y más adelante: “Es del hombre noble –como de la misma imagen de Dios, Hijo de Dios, la semilla de la naturaleza divina, que jamás es destruida aunque sea cubierta- de quien habla el rey David en el Salterio: ‘Aunque acaezca al hombre todo tipo de vanidad, pena y desolación, no obstante él permanece en la imagen de Dios, y la imagen en él’ . La luz verdadera brilla en la tiniebla, pero no es conocida. (Cfr. Sal 4, 3 ss y Jn. 1, 5).
“No te fijes en que soy oscura –dice el Libro del Amor-: soy bella y bien hecha, pero el sol me ha quemado (Cant. 1, 5). El sol es la luz de este mundo y significa que incluso lo supremo y lo mejor que ha sido creado y hecho cubre y oscurece la imagen de Dios en nosotros.”
“... la imagen, el Hijo de Dios, en el alma. Y esto es lo que dice Nuestro Señor en toda palabra, cuando dice: ‘un hombre noble marchó’, pues el hombre tiene que salir de toda imagen y de sí mismo y alejarse y hacerse extraño a todo, si ciertamente quiere recibir al Hijo y llegar a ser el Hijo en el seno y en el corazón del Padre.”
Estas apretadas citas no nos eximen de la lectura y atenta meditación del Tratado al cual aludimos y de la consideración de otros textos similares. Nos basta ahora subrayar un par de referencias más.
“Todavía hay otra explicación y enseñanza relativa a lo que Nuestro Señor llama un hombre noble: Hay que saber que aquellos que conocen a Dios desnudo, conocen a las criaturas con él; pues el conocimiento es una luz del alma y todos los hombres desean conocer por naturaleza, pues incluso el conocimiento de las cosas malas es bueno. Ahora bien, los maestros dicen: cuando se conoce a la criatura en sí misma –a lo que se llama un conocimiento vespertino- , allí se ven a las criaturas en imágenes algo distintas; pero cuando se conoce a las criaturas en Dios, entonces es y se llama un conocimiento matutino y, en esa perspectiva, se ven las criaturas sin distinciones y desnudas de todas las imágenes y desvestidas de toda semejanza en el uno, que es Dios mismo. También ese es el hombre noble...”
“... el hombre noble recibe, toma y crea todo su ser, vida y bienaventuranza únicamente de Dios, junto a Dios en Dios; no del conocer a Dios, contemplarlo, amarlo o cosas similares. Por eso dice Nuestro Señor, de todo corazón, que la vida eterna es conocer solamente a Dios, como al Dios uno verdadero (Jn 17, 13), y no conocer que se conoce a Dios...”
Esta nobleza es la más alta condición del hombre que se alcanza por el desasimiento. Es un viaje sin compromisos, pues queda claro que es preciso volver incesantemente al punto de partida, es decir recuperar la fuente y la pureza, para no caer en idolatrías o en mediaciones al fin superfluas. La tentación permanente será la de instalarse en este o en aquel punto, o –simplemente- establecerse en este o en aquel lugar, considerándolo definitivo. No ha de ser así. La vocación del hombre noble es ser uno con Dios y esto es propio de la aurora, cuando el Hijo nace, a cada instante, en el corazón.

DON QUIJOTE DE LA MANCHA

“No se comprende aquí ya ni la locura”. Estas palabras nos dice don Miguel de Unamuno al comenzar el capítulo sobre “El sepulcro de don Quijote” en la primera parte de su Vida de don Quijote y Sancho . Y con ellas iniciamos nosotros esta meditación acerca de la figura del hidalgo manchego y su sentido como el “mejor caballero del mundo” como lo calificara Dostoyevsky.
“Si nuestro señor Don Quijote resucitara y volviese a esta su España –añade más adelante Unamuno- andarían buscándole una segunda intención a sus nobles desvaríos. Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿Qué irá buscando en eso? ¿A qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo o envidioso; otras que lo hacen no más sino por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo (...)
“Fíjate y observa. Ante un acto cualquiera de generosidad, de heroísmo, de locura, a todos estos estúpidos bachilleres, curas y barberos de hoy no se les ocurre sino preguntarse: ¿Por qué lo hará? Y en cuanto creen haber descubierto la razón del acto –sea o no la que ellos suponen- se dicen: ¡Bah!, lo ha hecho por esto o por lo otro. En cuanto una cosa tiene razón de ser y ellos la conocen, perdió todo su valor la cosa.”
En efecto, en Don Quijote no hallamos... “segunda intención”. Todo él está ahí, sin doblez. En su figura se han unido la tragedia y la comedia. No hay engaño en él. Y hay tantos que se empecinan en cavar en la miseria para hallar esas razones que suponen y adjudicar a cualquier infeliz la segunda intención que, quizá, no tiene.
Es –sin duda- un ideal de vida, es condición de nobleza verdadera no obrar por “segundas intenciones”. Es cierto que muchas veces caerá vencido o dará en el suelo, como Don Quijote. Pero el espíritu grande y magnánimo corre siempre ese riesgo.
Pierre Emmanuel ha dicho que Cervantes fue el “evangelista” de Don Quijote, pero no “aquel que penetró más profundamente en su espíritu”. Y alude al juicio del “apóstol Pablo del quijotismo, Miguel de Unamuno”. Don Quijote –dice- supera infinitamente a Cervantes, quien escribe la historia al dictado de “otro que la llevaba en sí, un espíritu que permanecía en lo hondo de su alma”
Se da en tantos la opinión “tan difundida como nefasta” según la cual Don Quijote no es más que una criatura de la fantasía. Don Quijote es más real que Cervantes y que Unamuno. “Muchas veces consideramos un escritor como una persona real e histórica porque lo vemos en carne y hueso, y los personajes que son el fruto de su imaginación los juzgamos ficciones de su fantasía, mientras que ocurre todo lo contrario: son estos personajes los que existen en verdad y se sirven de aquel otro que parece ser de carne y hueso, para lograr una figura ante los hombres.” Así Cervantes es “hijo” de Don Quijote, como todo artista, de algún modo, es hijo de su obra.
Porque el artista tiene la misión de rescatar figuras escondidas o manifestar esos secretos y tesoros que no pueden ser conocidos a primera vista. No todos arriban a las honduras del ser. Por eso hay quienes ven y reciben el don de una expresión que, por fin, los supera.
“La pseudo-realidad no es más que un sueño lógico, un sueño de prisioneros –dice Pierre Emmanuel- el solo medio de escapar del miserable mundo que nos encierra, es la fe, que es locura.”
En el capítulo V de la Primera Parte, Cervantes nos cuenta la desgracia de nuestro caballero, luego de la penosa caída en tierra a causa de los mercaderes toledanos que no quisieron confesar la belleza de Dulcinea del Toboso. “Viendo, pues, que en efecto no podía menearse” comenzó una lamentación según el tenor de sus libros hasta que le halló en ese estado un su vecino, labrador, llamado Pedro Alonso. Aún con el riesgo de recurrir a una cita demasiado larga, nos detendremos en las consideraciones de Unamuno ante este acontecimiento:
“Tendido Don Quijote en tierra se acogió a uno de los pasos de sus libros, como a paso de los nuestros nos acogemos en nuestra derrota (...)
“Y acertó a pasar Pedro Alonso, un labrador vecino suyo, que le levantó del suelo, le reconoció, le recogió y le llevó a su casa. Y no se entendieron en el camino, en la plática que hubieron entre ambos, plática de que sin duda tuvo noticias Cervantes por el mismo Pedro Alonso, varón sencillo y de escasas comprendederas. Y en esta plática es cuando Don Quijote pronunció aquella sentencia tan preñada de sustancia, que dice: ‘¡Yo sé quién soy!’
“Sí, él sabe quién es y no lo saben ni pueden saberlo los piadosos Pedros Alonsos. ‘¡Yo sé quién soy!’ –dice el héroe, porque su heroísmo le hace conocerse a sí propio, su fuerza y su desgracia a la vez. Su fuerza, porque como sabe quién es, no tiene porqué temer a nadie, sino a Dios que le hizo ser quien es; y su desgracia, porque sólo él sabe aquí en la tierra, quién es él, y como los demás no lo saben, cuanto él haga o diga se les aparecerá como hecho o dicho por quien no se conoce, por un loco.
“Cosa tan grande como terrible la de tener una misión de que sólo es sabedor el que la tiene y no puede los demás hacerles creer en ella: la de haber oído en las reconditeces del alma la voz silenciosa de Dios (...)
“Grande y terrible cosa el que sea el héroe el único que vea su heroicidad por dentro, en sus entrañas mismas, y que los demás no la vean sino por fuera, en sus extrañas. Es lo que hace que el héroe viva solo en medio de los hombres y que esta su soledad le sirva de una compañía confortadora (...) No basta exclamar ‘¡yo sé quién soy!’, sino es menester saberlo, y pronto se ve el engaño del que lo dice y no lo sabe y acaso ni lo cree. Y si lo dice y lo cree, soportará resignadamente la adversidad de los prójimos que le juzgan con la ley general, y no con Dios.
(...) “Don Quijote discurría con la voluntad, ya al decir ‘¡yo sé quién soy’!, no dijo sino ‘¡yo sé quién quiero ser!’ Y es el quicio de la vida humana toda: saber el hombre lo que quiere ser. Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero, que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios (...)
“Sólo el héroe puede decir ‘¡yo sé quién soy!’, porque para él ser es querer ser; el héroe sabe quién es, quién quiere ser, y sólo él y Dios lo saben (...) .”
No hemos de seguir toda la historia de don Quijote, ni siquiera detenernos en los pasos más importantes. Solamente hemos de encarar lo que nos parece de hondo significado y que interesa particularmente a esa imagen de la caballería y del hombre noble, que hemos apuntado más arriba.
En realidad todas las apariencias nos llevan a juzgar su figura no sólo como la de un loco, sino como la de un “fracasado”. Y es éste –quizá- un verdadero timbre de gloria. En efecto, don Quijote regresa, o bien prisionero o vencido a su casa. Don Quijote decide, luego, convertirse en pastor. Pero, sin embargo, su escudero y discípulo (y esto merecería una larga meditación) conserva en él su fe... Y es que el “fracaso” puede ser recibido como lo contrario, precisamente como el cumplimiento de una misión que escapa al juicio y a la lógica común.
Don Quijote, desde luego, ha fracasado. Perdió la lectura de sus libros; chocó contra la incomprensión general y padeció todo género de burlas. Pero eso significa esto otro: Don Quijote debió desprenderse y renunciar a todo: a su caballería andante, a su fama, y hasta su misma locura...porque murió cuerdo. Hubo de “abandonar el abandono”, como decía el P. De Caussade. Y en esta renuncia estriba su condición más noble. El verdadero caballero, en cierto sentido, acaba por entregar todo. “Cuanto más se es, más hay que estar dispuesto a dejar de ser”, rezaba un viejo proverbio español. Es el “hombre noble” del Maestro Eckhart que para alcanzar la cima del alma debe dejarlo todo, es decir: desasirse. No en una esfera puramente moral, sino en la misma vida, “en el ser”, diré, para que se manifieste Dios. De tal modo que el verdadero secreto de las cosas aparece cuando nos dicen “adiós”. Entonces la posesión es diferente y verdadera: cuando todo se tiene en Dios.
Don Quijote (II p. Cap. 74) después de haber “dormido de un tirón” exclamó: “¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres”... Y la sobrina desconcertada (como siempre, los más cercanos son los que ven menos), preguntó: “¿Qué misericordias son éstas, o qué pecados de los hombres? –Las misericordias –respondió don Quijote- sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados”.
Ante la muerte, el hidalgo, se abandona a Dios y descubre, después de haber dejado todo, la grandeza inefable de su misericordia. Y esto comporta, en efecto, conocer a Dios.



Alberto E. Justo

(caminohacialaaurora.com.ar)

viernes, 5 de diciembre de 2008

LA CABALLERÍA ESPIRITUAL ...y... La vida filosófica (Pequeño Ensayo)


Es esta la ocasión de presentar una imagen de hondísimo significado… Ha llegado el momento de discernir entre todos los símbolos de la tradición aquellos que son más a propósito para señalar un “modo” de vida que sea propicio a la Contemplación.
No se trata de insistir con ninguna institución existente y, menos aún, de fundar alguna nueva. Por el contrario, es hora de descubrir en el mismo interior del alma el eco de esas maravillosas estampas de la tradición, que viven, que están vivas, y que pueden muy bien ser recuperadas en una nueva y fecunda dimensión.
La Literatura nos ha ofrecido, a través del tiempo, notables modelos y ejemplos, desde luego rescatados de la vida cotidiana. Es quizá allí donde hallaremos un gran tesoro para diseñar lo que nos proponemos. Cuando evocamos a Don Quijote, por ejemplo, aludimos además a un ideal y también a un estímulo para emprender nuestro camino que siempre es senda abierta al Cielo.
Esta vez, sobre los pasos del eremita, nos encontramos con el caballero y con el hidalgo. Sin duda una “creación” cristiana que invita a la virtud y, desde luego, a la santidad. Porque es en esta “clave” que nosotros lo trataremos aquí.

Pero estos “ideales” no advienen desde fuera, por decirlo así... Se gestan dentro, en el corazón, en el camino mismo de la vida, en el sufrimiento, en la lucha, en el deseo.
Simplemente el hombre rescata de la Historia y de la vida, de los testimonios vivos de quienes lo precedieron, una dimensión en la cual se reconoce, un ámbito, un hogar, un estado –diré- que está más allá de instituciones y compromisos perecederos y se imprime en su alma para acompañarlo en la Eternidad.
Estos “ideales” constituyen un fundamento que no puede ser despreciado o ignorado. Requieren, para su plena formación, un desarrollo de la “atención”, de esa cualidad y virtud que tanto encomiaron los Padres y que es necesaria en la vida espiritual.
Pero, desde luego, hay más. Disertar acerca de un “modelo” de vida, con raíces hondas en la tradición, parecerá no tener fin. Sin embargo hemos de seguir adelante, sobrepasando las dificultades.

Hay más –como digo- mucho más. Es fundamental plantear ahora mismo que el peregrino no descubre su vocación profunda sino cuando la adversidad lo lleva de la mano. Es así. Nos quedaríamos conformes y satisfechos con todo lo aparente, con todo lo perecedero, sin saltar más allá o procurar horizontes mayores, si lo más banal y superfluo nos sonriera y se nos brindaran en bandeja de plata las mil posibilidades que ofrece el mundo.
La contradicción, en cambio, abre un camino, inicialmente muy penoso, que ha de ser recorrido sin temor y aún sin pena. Se trata de una escuela, de una escuela admirable, en todo dispuesta a enseñar esos pasos inalcanzables que nos llevan más directamente a destino.
El caballero no se avergonzará ni se detendrá ante la lucha y mucho menos ante la “lucha sutil”. Este campo requiere toda la atención, pues el discernimiento comporta un empeño notable y la paz interior...
Si el caballero clásico hacía profesión de servir con las armas, hoy, el caballero espiritual ha de empeñarse en otro combate, en cierto sentido más duro y riesgoso, que es lo que llamo “lucha sutil” o “guerra invisible” con las armas de la virtud y de la constancia. Y todo ello con sus raíces en el “abandono”, la “confianza” y el “desinterés”.
Acerca de esto último es necesario subrayar con mayor fuerza lo que constituye más profundamente la condición de un “caballero espiritual”. Se trata, en primer lugar, de la “generosidad” que debe distinguirlo, pero que quedará en él elevada a ese amor puro y desinteresado que no tiene otra compensación que el amor mismo.
El “desasimiento” hace al amor. En efecto, quien ama deja hasta el “abandono”, y está dispuesto a “perder”, de algún modo, el objeto amado, en el empeño de esta lucha. Dicho de otra manera, está llamado a poseer de un modo mucho más alto.
Se ha olvidado, no se considera ya, que la posesión verdadera es el desprendimiento. Que, sin duda, la posesión verdadera no se realiza en el plano de los sentidos exteriores... Este es el lenguaje del corazón.

Pero todo no está en el ámbito de lo contradictorio o adverso. La “prueba” es siempre “para otra cosa”... Quiero decir que el peregrino puede siempre reposar en el misterio y que el misterio (que posee el honor del “vacío”) es, si se entiende bien lo que digo, lo “positivo” por excelencia. Sin duda se fijará nuestra atención en calificar como “apofático” este lenguaje y estas consideraciones que se valen, precisamente, de la negación... Pero ha llegado la hora de ir más allá de toda distinción, más allá de los contrarios, más allá de lo apofático o catafático, o de lo que sea.
No, el peregrino no da con un vacío imaginario. No se trata de eso.

El camino “más allá” es la misma oración escondida. El alma se libera en el silencio y late y aspira donde no sabe. Tiene, sí, una inmediata experiencia de vida. Pero no se hace la mínima idea de qué cosa se trata.
No se da cuenta..., pero SABE. ¿Qué sabe? Lo que no sabe ni puede saber de otra manera. No sabe dónde está, pero ESTÁ.
La vivencia del Misterio es, en verdad, iluminante. Pero no ha de decirse, sencillamente porque no es posible decir nada.
La vivencia del Misterio hace callar al peregrino. Y cuando éste ve que todo está allí, ya no sufre dolor alguno por su silencio.

El camino del corazón es de una densidad inimaginable...

El camino del corazón nos invita, más y más, a la Belleza, a la más alta, que es Dios mismo y, ¡tantas veces, como no podemos imaginar! se revela en la infinita ternura de su Amor y de su Misericordia.

Alberto E. Justo (caminohacialaaurora.com.ar)

miércoles, 3 de diciembre de 2008

REFLEXIÓN ACERCA DEL PARAÍSO




¿Pensamos en el Paraíso? Tal vez lo hemos dejado de lado... Quiero decir: no lo consideramos más. Ha desaparecido del horizonte y sólo tenemos en cuenta (¡demasiado en cuenta!) esos paraísos de sustitución, esas "migajas" de este mundo, los paraísos en la tierra.

El paraíso es Dios. Dios es nuestro futuro. Dios es nuestro presente. Dios está aquí.

Tal afirmación es necesaria y urgente, sobre todo cuando las distracciones son tan abundantes; cuando los consuelos de esta vida se nos presentan como la única posibilidad de alcanzar la soñada felicidad.

Que todo ello sea efímero no es necesario probarlo... La desilusión y la experiencia están ahí para decirnos lo que, tantas veces, no queremos ver ni oír.

Pero yo me atrevo a afirmar ahora que tampoco son suficientes los "consuelos" espirituales. En efecto, muchos pretenderán el paraíso en honores, en reconocimientos, en "satisfacciones" que coronen una vida de estudio, de consagración, de lucha aún desinteresada...

No confundamos el oro con aquello que parece oro. Nuestro corazón sólo reposará en Dios. Sólo en El hallaremos la paz que tanto ansiamos. También las consolaciones espirituales son migajas...

Pero ¿cómo convencer al hombre contemporáneo de semejante verdad cuando todo, todo le repite lo contrario?

Desde luego, se trata de plantear un auténtico desafío. Quizá el más difícil debido a nuestra educación pragmática...

La vida misma, sin embargo, es una maravillosa maestra, una introducción al Paraíso diseñada por la mano del Señor. La Providencia nunca nos traiciona y nuestra alegría ha de ser muy grande, en todo momento... y en cualquier situación.

Y con mayor razón si la Presencia de Dios nos regala ya, ahora, en este mismo instante, un paraíso verdadero. ¿No lo hemos pensado? Es una pena que "perdamos" tanto tiempo, que dejemos pasar tantas ocasiones, por el ansia o la desesperación de "ganar" partidas sin sentido...

El hombre halla en sí mismo las mayores respuestas, porque su propio corazón es el templo que se ha edificado Dios. Y si este es el anticipo, realidad inefable, ¿cuál será la que nos espera y que supera toda esperanza?

Parece que en los días que corren la Esperanza ha perdido su objeto. A fuerza de esperar cualquier cosa se nos han borrado las mejores...

¿No comprobamos -a cada paso- la búsqueda desordenada de premios de todo género, aún en los consagrados a Dios? ¿No saben, acaso, quienes todo (¿todo?) lo dejaron, que semejante renuncia comporta la total adhesión al Señor?

En no pocas ocasiones las cosas más pequeñas impiden el vuelo y nos dejan arrastrándonos por la tierra. Sí, tantas veces un sólo árbol (y no muy grande) no nos permite ver el bosque por más imponente que sea.

El paraíso comporta la renuncia al antojo menudo, a la ambición del miope, al egoísmo, a cualquier vindicta... No son las "afirmaciones" personales las que nos darán la alegría. Sabor amargo es éste, cuando se da y en él hemos puesto la esperanza..

Por el contrario, esperemos lo que no se mide ni se publicita, ni satisface inmediatamente... Abandonemos, abandonémonos con confianza...

Que el Señor nos otorga la gracia y El mismo nace en nuestro corazón.

Alberto E. Justo

(guiadecontemplativos.4t.com )

miércoles, 26 de noviembre de 2008

CAMINO DE CONTEMPLACIÓN




Andando por los distintos caminos, se llega a la certeza... A UNA certeza por lo menos. Lo que vemos, lo que hoy distinguimos, lo que tantas veces y con tanto calor aseguramos... Todo eso no es verdad tal cual lo suponemos.
La VERDAD es de un hondura tal que no admite discursos vanos. Aún cuando nuestra búsqueda continúe y perdure, aún cuando no acabemos, o nos parezca que no acabamos, de buscar, aún entonces -digo- nuestra situación debe ser algo así como un respeto infinito por lo que se nos oculta a simple ojo.
Quizá nos cuadre mejor decirlo de otro modo. Por lo que se nos oculta aunque lo estamos viendo siempre... Por eso que tenemos tan dentro y no alcanzamos a ver ... precisamente porque está demasiado dentro; porque nos es demasiado propio.
Queremos PARTIR, situarnos más allá de nuestra habitual desesperación y dolor. El hombre puja y busca, no puede conformarse con sus SITUACIONES, con lo que aparentemente se le impone desde fuera o desde donde sea... El ansia de liberación es enorme y no podemos callar ni ignorar el sonoro eco de sus voces.
Sobre todo cuando otro tipo de reclamos bullen en el alma, cuando los límites del tiempo y del espacio se revelan tan estrechos, es preciso luchar en pos de un horizonte que no acepte fronteras opresoras.
Pero las soluciones o las oportunidades que parecen ofrecerse al pobre peregrino son, por lo general, insatisfactorias. El hombre conoce una larga y penosa historia de fracasos y reveses, que, si a ella se atuviera, cayera abrumado por tanto peso y contradicción.
El secreto es... la CONTRADICCIÓN. Que no puede ser aceptada sin más. Que requiere una valoración, o una actitud...
La TENSIÓN entre el deseo, o entre lo deseado, y los menguados logros, nos vuelven totalmente escépticos y descreídos. Desde luego no es ésta la respuesta ni la actitud que corresponden.
Admitamos, con coraje, la existencia de esta QUEBRADURA, de esta herida, de tal distancia y de tal tensión. No quisiéramos... Pero el largo caminar ya nos indica que el paso se vuelve necesario.
El PASO..., el primer paso, es, pues, tal aceptación. Y no es fácil. No puede serlo. No nos parece digno ni propio aceptar así nomás.
Pero si lo realizamos, aprovechando para sumergirnos en el mar inmenso de un MISTERIO que nos excede por todos lados, y que es para nosotros, la perspectiva auténtica, tal vez lo más nuestro, lo más propio, nuestra SITUACIÓN resulte diferente.
En efecto, mientras busquemos AFIRMACIONES a partir de lo exterior y superficial, a partir de todo aquello que no depende de nosotros ni propiamente nos pertenece, quedaremos postrados por tensiones, quebraduras y fracasos...
El disconformismo halla todo el campo a su favor cuando pretendemos CRECER según medidas y cantidades, según una suerte de norma exterior, a imitación de alguna cosa o según algún ídolo de turno.
El camino parece fatigoso cuando aparecen tantos obstáculos por superar. Sin embargo, se trata más bien de una verdadera y auténtica liberación.
Esto que aquí llamamos "camino" aparece sembrado de un sinnúmero de sorpresas, entre las que no vacilamos en contar las llamadas DERROTAS. En efecto, se trata de la tensión que resulta de la sensación de perder oportunidades. El hombre padece, a menudo, esta especie de manifestación del fracaso, muy frecuente en los tiempos que corren.
Ahora bien, afirmamos -una vez más- que no es tal fracaso el que aquí se plantea o el que aparece ante la atónita y, a veces, desesperada mirada de quien juzga de sí mismo... Por el contrario, estas sensaciones, o como quiera llamárselas, representan otra cosa, llaman la atención acerca de otra cosa, de otra realidad... Son rampas de lanzamiento, obstáculos que casi obligan a que se los pase por encima; desde luego con no poco riesgo. Es un juego de saltos, donde lo que aparece aplastante y desilusionante es, en realidad, NOTICIA. Y noticia de otra cosa distinta, muy distinta de lo que se estaba intentando y proponiendo en ese mismo momento, cuando se aguardaba el triunfo de esta o aquella ambición.
El hombre se adormece en la inmovilidad de ciertos modelos, caprichosamente elegidos. Y las pérdidas apuntadas, las sorpresas no muy gratas, acuden a arrancar la modorra, particularmente dura cuando la provocan los esquemas acostumbrados.
El "modelo" se impone a partir de la "moda" o de costumbres perezosas. El modelo, del cual hablamos, es -casi siempre- un "lugar común". Así, al profesional le agradará el éxito en su profesión; al artista la celebridad que cree merecer (de acuerdo con esos modelos preestablecidos); al soldado le corresponderá la victoria y a tantos otros tantas otras cosas.
Pero la interrupción de esta cadena lógica no ha de ser siempre desgraciada. Por el contrario, aquí la plantearemos venturosa cuando abre perspectivas ignotas, según el orden de la Providencia... Entonces no será desgraciada ni triste la aventura de quien se escape de los moldes prefijados o "SU CASO" no se halle anticipado en los libros o en los tratados.
Y, también, y no con menor razón, cuando se aguardaba la ocurrencia de este o aquél suceso y, en vez de ello, aparece una sinrazón o, simplemente, no aparece nada. Sólo lo que llamamos... "tiempo perdido".
Hay aquí, desde luego, un amplio margen para el riesgo o para la duda. Pero permanece el valor del que sufre esta singular tensión o de quien cae en un intento imposible. Yo me atrevo a decir que se trata de algo precisamente POSIBLE, luego que se dio la caída o el fracaso. El cumplimiento es de otro orden, en otro lugar, en otro estilo, no menos sino mucho más VERDADERO.
Condición es, como puede verse, la existencia de la TENSIÓN, del mismo sufrimiento, que trasladan al espíritu a una dimensión diversa y real, que supera el mero cumplimiento exterior y ahonda en vetas desconocidas, donde verdaderamente ACONTECE lo mayor. Quiero decir que lo que no parece realizado exteriormente se opera en una dimensión más honda y real, cuando esa tensión y deseo (aún frustrados) los plantean en el universo interior. Y no dudamos en añadir: más allá (o más aquí) de la conciencia o de la noticia clara, o de la misma noticia de que tal cosa verdaderamente acontece.
El fracaso es, en este sentido, aparente. Caer en el intento es haber dado fin a la obra. O, si se prefiere, haber llevado a cabo algo mucho mayor. Se trata de dejarse llevar a otra zona, a otro paraje de una perspectiva diferente. Es el RELIEVE, una dimensión que el hombre no atiende...
Esta no carece de lo que se aguardaba en la otra. El modo nuevo no excluye ni suprime lo que se deseaba con anterioridad. Lo otorga, en cambio, de otro modo, más plenamente, en su meollo, en su más auténtica realidad...
Lugar no escaso tiene en ello la debilidad humana. Porque presumir de fortaleza es alejarse de la hondura. La acción de Dios es, en definitiva, la constante raíz, y el desenvolvimiento de todo esto. Todo es GRACIA y en ella se encuentra el secreto y la historia de cuanto venimos diciendo.
La GRACIA es como un hogar, siempre insospechado, lleno de sorpresas. Lo que es necesario subrayar es que no debe desvalorizársela. En efecto, puede ocurrir que, confundidos, no prestemos a las ocasiones más importantes y decisivas la atención que merecen.
Y esto es muy posible cuando se desconocen los acentos de Dios. La frecuentación y connaturalidad con lo divino sensibiliza y afina para descubrir una suerte de lenguaje, que resulta siempre nuevo. Y así ocurre cuando se padece a Dios.
Este PADECER requiere especial atención. Aquí está, en efecto, el nudo de la vida.

II

PADECER A DIOS. La expresión es muy pobre, desde luego. El lector puede pensar en mil cosas que no tendrán el menor asidero. Al menos que no se referirán, en absoluto, a lo que se quiere decir aquí. Ahora bien, es éste el constante problema, la dificultad permanente cuando pretendemos hablar o decir algo acerca de lo que nos excede.
No se olvidará que, precisamente, aquello que nos excede es la misma bienaventuranza. Quiero decir que no habrá bienandanza ni posibilidad de felicidad alguna en el inmenso campo de lo controlable, es decir de todo lo que se encuentra por debajo de nosotros mismos.
Lo tendrán en cuenta, quizá alguna vez, los feroces racionalistas -que aún los hay y no son pocos- cuando pontifican acerca de todas las cosas...

Esta realidad debiera llevarnos a vivir exultantes y de rodillas. Pero -para nuestra desgracia- son muy escasas las ocasiones en las que tomamos en serio nuestra vida profunda. Por el contrario, las distracciones y las dispersiones habituales nos tienen atados a lo perecedero y a la muerte. Y, por extraño que parezca, esto ocurre muy a menudo en los que, por una clara opción en su vida, debieran ocuparse sólo de Dios.
No se maraville el lector, si es que todavía los tiempos que corren le dejan lugar al asombro, de las contradicciones que topamos por todas partes. Esas contrariedades, lo repito a pesar de todo, AFINAN el alma de los que las sufren en modo especial.
En el mundo, pues, hay distinciones que no se pueden soslayar. Algunos PADECEN más que otros... O, tal vez, unos sufren más, mucho más de lo que la mayoría puede sospechar. Y aquí es necesario DETENERSE un poco.
Veamos ¿Qué es la materia que atrae con su peso y deja postrados a la inmensa mayoría de los hombres? O, por lo menos, ¿qué entendemos nosotros aquí por ella? Basta una somera descripción. Basta que ésta nos diga que esta suerte de atracción es un hecho complejo constatable por la experiencia y que podemos sintetizar así: hay personas volcadas con exceso al mundo exterior, interesadas en todo lo que no depende de ellas o, mejor, en todo lo que no les pertenece. Dicho en otras palabras, la mayoría de la humanidad está pendiente de situaciones ajenas o periféricas, se halla distraída, porque persigue el cumplimiento de una promesa imposible: la que en el Paraíso perdió a nuestros primeros y antiguos padres.
Cuál sea el contenido de esa promesa no nos interesa. Nos es suficiente saber que se trata de un espejismo. Y es este espejismo el que tantos y tantos pretenden hacer realidad con su actividad o activismo insoportables.
Hay, en los menos, un don especial de lo Alto, que consiste en una cierta sensibilidad interior, muy difícil de explicar, pero que, sobre todo, los vuelve especialmente vulnerables. En realidad se trata de una condición especial de PADECER. Es decir, una capacidad de recibir en sí, de acoger en una dimensión especial, una acción trascendente que, desde luego, se vuelve inmanente. Algo así como cuando la amante recibe al amado en su propia casa y se entrega, sin reserva alguna, a su huésped, que la ha alcanzado, con una singular herida, en el corazón.
Pero no es este padecer lo que hoy entendemos por pasividad. No se trata de pereza alguna ante las solicitaciones o los problemas que al hombre puedan presentarse.
La FIDELIDAD no requiere afán o desborde ansioso. PADECER es VER. Vivir como testigo que ve, como testigo presencial que sabe de SILENCIO y de CONSTANCIA. No se trata, en modo alguno, de "hacer cosas". Por el contrario, si tuviéramos que emplear una expresión más adecuada, diríamos: se trata, más bien, de DEJAR HACER. O, si se prefiere, y ya con toda verdad, de DEJAR SER el SER.
PADECER, pues, requiere una dichosa apertura al SER, en lo más profundo, en el núcleo, en la misma médula. Nada de escaramuzas antojadizas ni de sueños de afirmación. Lejos de compensaciones o de pretendidas justificaciones. Hablamos de un DESPERTAR al SER. Una afirmación del ALMA. Y este lenguaje que utilizamos es el más aproximado, el menos inadecuado quizá, para esbozar realidad tan sublime.
No hay que oponer resistencias a DESPERTAR. Tampoco desconfiar de AQUEL que, en realidad, despierta. Alguna vez parecerá que se despierta de un sueño. Otra será jornada de pesado insomnio. Pero no importa.
El testigo recibe, con docilidad, la figura que se entrega a su mirada respetuosa. Aquí hay todo un diálogo escondido, no consciente, cuando el alma reconoce, en el silencio, en su silencio, su propio lenguaje. En efecto, el alma RECONOCE. Recibe y padece lo que de ninguna manera le es extraño. En su profundidad se da este encuentro. El alma no sabe bien dónde acontece. Tal vez sea fuera de ella misma. Pero no hay ya "dentro" ni "fuera". Es otra cosa, es de otra índole.
Debiera el hombre exultar de gozo. Nada ni nadie puede arrebatarle su PADECER. Es él mismo la obra...
¿Qué es convertirse en esa figura de Amor, término de SUBLIME MIRADA, envuelta y transformada en quien la contempla? El CONTEMPLADO se vuelve CONTEMPLANTE en el ÚNICO que CONTEMPLA.
LIBERTAD SUBLIME, sin la cual no se pudiera ni siquiera ensayar un comienzo. DEBILIDAD dichosa, desde luego, sin temor ni dudas. La maravilla es imposible en ámbito duro, tosco o torpe. Requiere blandura y delicadeza.
Pero volvamos a eso de padecer. El hombre es algo así como una... recepción. Es el término del conocimiento y del amor de Dios. Es el mismo amor en un sentido, porque no tiene otra razón de ser que la de ser amado. Ser amado de Dios.
El Misterio del Padre es la cuna de sus hijos en el Hijo. Es ésta TODA LA VIDA. Y decimos que padece aquél que recibe. Está, cada uno, dispuesto y capaz. El hombre verá si desea recibirse, esto es: su propio ser. Y recibir, recibir a Dios. No se separa lo uno de lo otro. Pero el hombre ha podido rechazar...
La vida humana es, en este sentido, una especie de escuela de acogimiento, de recepción del Don de Dios. El problema puede presentarse cuando es necesario discernir en los infinitos sucesos de cualquier historia. Entonces no se sabe bien qué cosa es padecer y cuál no lo es, dónde se abre el mejor camino y cuántas son las posibilidades de errar. En fin, es en este terreno, fundamentalmente práctico, donde ocurren los combates más difíciles y se presentan los interrogantes más acuciantes...
Es necesario previamente, antes de ensayar la solución que se pretende, afirmar la confianza en el cultivo de las posibilidades del hombre, porque aceptamos, con gozo, el Don de Dios y Dios no puede, en modo alguno, engañarnos. Por otra parte no se puede intentar ningún camino fuera de la Fe. En consecuencia nos ubicamos en tal ámbito, sin pretender otra suficiencia que la misma de la Palabra de Dios.
No se puede prescindir hoy, tratando este difícil tema, de la situación de un mundo que se ha ido apartando, cada vez más, de lo religioso, formulando una concepción del hombre solo en el mundo. Es decir del hombre sin Dios. No me refiero a una concepción "atea". Hablo, más bien, de una prescindencia, o indiferencia si se prefiere, que deja de lado lo principal. Esta "concepción" (por llamarla de alguna manera) invade todos los órdenes y niveles de la vida humana.
Esbozado de esta manera, planteado así el problema, no se lo puede ignorar. El intento de pasarlo por alto resulta hasta ridículo. Ahora bien, hay quienes se tapan los ojos y los oídos, y semejante actitud complica aún más el cuadro.
La solución presentada por una especie de racionalismo, que alcanza hoy sus últimos resultados en el orbe de la técnica, no puede ser más engañosa y falsa. No se trata, en ningún caso, de procurar alivios a partir de un bienestar o de cualquier explicación del hombre que lo deje autónomo y centro de sí mismo.
El error inicial de un mundo que desconoce los valores verdaderos, es aislar al hombre de su vida y de su destino, separándolo de Dios. En efecto, el hombre es a imagen y semejanza de Dios (Gen. 1, 26), por lo tanto no halla su ejemplar ni su fin en sí mismo. Es la única creatura des-centrada, a saber que no tiene su centro en sí. Dios es el Centro de "su" hombre, y las consecuencias que de aquí se siguen plantean una dirección decididamente diversa de la que está impuesta por la moda.
Ahora bien ¿qué hacer cuando tantos y tantos han olvidado semejante realidad? No importa cuántos sean. Aquí se plantea la deslumbrante vocación del testigo, aún más del silencioso. En la Noche del Huerto, en la plegaria de la Agonía, el Señor sostuvo el mundo y habló al Padre. Esta escena se corresponde con el relato de la Transfiguración (cfr. Lc. 9, 28-36 y 22, 39-46; Mt. 17, 1-9 y 26, 36-45; Mc. 9, 1-9 y 14, 32-41).
Los discípulos, en efecto, contemplan deslumbrados al Señor transfigurado y tan bien se hallan que así lo manifiestan y dicen de levantar tres tiendas..., esto es permanecer. La Gloria aparece y se oye de nuevo, como en la escena del Bautismo, al Padre que pone toda su complacencia en Jesús. Pero el mismo Señor les ordena no decir nada, porque El debe aún padecer a manos de los jefes religiosos del pueblo.
En Getsemaní el Señor está SOLO y se dirige al Padre quien, esta vez, calla. En realidad lo recibe en el Silencio inefable de su Voluntad que acepta la ofrenda voluntaria del Hijo y aún su debilidad, dirá San Máximo el Confesor. En Aquél supremo momento los discípulos se han quedado dormidos. No se maravillan ya de la Luz escondida que, efectivamente, resplandece en la Noche. Aún no ven. Aún no alcanzan a descubrir la Verdad porque "sus ojos están cargados de sueño". El sopor de este mundo, de las apariencias, de todo lo que se ve y se impone por su superficie o por su cáscara.
El secreto está en velar con El una hora, hasta que se abren los cielos. El testigo está presente y padece, Entonces el Huerto es Transfiguración.
Pero esta transfiguración es real y total ABANDONO, descondicionamiento total y descosificación sin retorno. DES-IDEACION, en definitiva, que no se habla de modo diferente cuando se dice ofrenda. En efecto, que el ÚNICO ocupe toda la plaza, sin excepciones ni diversificaciones. El Retorno del Hijo al Padre no es mero viaje o confusión de ideas o de una vuelta por un rato. Nada de eso. Se trata de un Misterio que todo lo abraza y que no deja resquicios a los curiosos.
Dos perspectivas, pues. En el Señor y con El. En Su Vida. Con el Nombre Nuevo, que sólo conoce quien lo recibe o lo padece. La segunda es el Misterio del Padre. Todo en el Espíritu.
Ahora bien, es esto sólo un ensayo o un balbuceo, una miserable aproximación, que no alcanza para nada y para nada basta... Entonces ¿dónde está la respuesta o el camino o las indicaciones por pobres que sean? ¿Cómo hacer para unir tantos cabos sueltos y dar, por fin, con la tecla?
Precisamente la RESPUESTA surge de la condición provisoria. El ámbito del misterio resulta por sí mismo tan invitante y consolador, que si lo pudiéramos abarcar o analizar, lo PERDERÍAMOS inmediatamente y para siempre. La respuesta, pues, es LOCURA, como la respuesta para todas las cosas, es el Misterio de la CRUZ.
Aquí se da, con toda virulencia, la provisoriedad o insuficiencia de las fórmulas o de las explicaciones y el tonto empecinamiento del hombre de trepar por escalas inexistentes o demasiado pequeñas. Sólo el SILENCIO dirá a cada uno, en la medida de su arrojo o abandono, la Verdad sin fronteras y el secreto de un DESIERTO que carece de confines.
El DESEO del sediento peregrino por los rumbos de este Desierto, es garantía de su gozo y de la Gloria. Quien desea posee en verdad en su corazón. El Deseo es la semilla que el Divino Sembrador deposita en el corazón de la tierra humana, donde germinará El mismo, Presente. Nada más auténtico que este deseo. Decía un Cartujo que el deseo de entregarse más a la oración sólo puede proceder de Dios.
Con esta, o mayor certeza aún, sabemos que Dios sólo procede de Dios. Por tanto el deseo de Dios sólo procede de Dios.
¡El deseo de sólo Dios! ¿Quién puede aguardar con indiferencia? ¿Quién no será un impaciente ante la magnitud de lo que aquí se insinúa? Tenga por cierto, el lector, que solamente se insinúa y con un lenguaje harto pobre. Pero no desperdicie la lección del SILENCIO. No busque reducir ni enmarcar lo que cree entender. En realidad estas maravillas no se entienden, se reciben con admiración y sosiego.
En efecto, comparecerán a la cita mil tentaciones para decirle, explicarle y dejarlo conforme... Pero sepa, el amigo lector, que si se queda muy conforme se queda peor que antes. Nada de indolencias ni de pruebas, o lo que sea. Todo ha de resonar en el fondo del alma con el eco propio de una armonía que no es de este mundo.
Una vez recorrido, y más que rápidamente, el panorama que se abre cuando empujamos, apenas, la puerta de nuestro interior, nos regocijamos -sin ficción posible- en la misma realidad que somos...
Y, saliendo de los apretujones de tantas palabras -que se agolpan para decir lo que las sobrepasa-, pasamos directamente a la plegaria.
Ya no esbozamos composición alguna. Simplemente, respetando hasta el infinito la delicadeza de Dios, dejamos que El hable. Que su ÚNICA Palabra diga lo que todas las nuestras no pueden.


P. Fr. Alberto E. Justo, O.P. (guiadecontemplativos.4t.com )

martes, 18 de noviembre de 2008

ESTAR "EN EL CORAZÓN DE LA COMUNIDAD DE LOS SANTOS"



Sentencia Gheorghios, higúmeno del monasterio atonita de Grigoríu: “No puede haber interés en que exista o no un Dios que no deifica al hombre. Gran parte de las razones de la oleada de ateismo en Occidente se debe a este cristianismo funcional y accesorio”.
Le hace eco Vassilios, higúmeno del otro monasterio de Ivíron: "En Occidente manda la acción, nos preguntan cómo podemos permanecer tantas horas en la iglesia sin hacer nada. Yo respondo: "¿Qué hace el embrión en el útero materno?". Nada, pero dado que está en el vientre de su madre se desarrolla y crece. Así es el monje. Custodia el espacio santo en el que se encuentra y está custodiado, plasmado por este mismo espacio. Aquí está el milagro: estamos entrando en el paraíso, aquí y ahora. Estamos en el corazón de la comunidad de los santos".

lunes, 17 de noviembre de 2008

San Moisés el Etiope






Moisés, que era originario de Etiopía, fue el más pintoresco de los Padres del Desierto. En sus primeros años era criado o esclavo de un cortesano egipcio. Su amo se vio obligado a despedirle (es raro que no le haya matado, dada la barbarie de la época) a causa de la inmoralidad de su vida y de los robos que había cometido. Entonces, Moisés se hizo bandolero. Era un hombre de estatura gigantesca y de ferocidad no menos grande. Pronto organizó una banda y se convirtió en el terror de la región. En cierta ocasión, cuandose hallaba a punto de cometer un robo, ladró el perro de un pastor.Entonces Moisés juró matar al pastor. Para llegar a donde éste estaba, tuvo que cruzar a nado el Nilo con el cuchillo entre losdientes, pero entretanto el pastor tuvo tiempo de esconderse entre las dunas. Como no consiguiese hallarle, Moisés mató cuatro carneros,los ató por las patas y los condujo al otro lado del río. Enseguida descuartizó a las bestias, asó y comió las mejores porciones, vendió las pieles y fue a reunirse con sus compañeros, a ochenta kilómetros de ahí. Esto nos da una idea de la clase de coloso que era Moisés.Desgraciadamente no sabemos cómo se convirtió. Tal vez fue a refugiarse entre los solitarios del desierto cuando huía de la justicia, y el ejemplo de éstos acabó por conquistarle. El hecho es que se hizo monje en el monasterio de Petra, en el desierto deEsquela. Un día, cuatro bandoleros asaltaron su celda. Moisés luchó con ellos y los venció. En seguida los ató, se los echó a la espalda, los llevó a la iglesia, los echó por tierra y dijo a los monjes, que no cabían en sí de sorpresa: "La regla no me permite hacer daño a nadie. ¿Qué vamos a hacer de estos hombres?" Según se cuenta, los bandoleros se arrepintieron y tomaron el hábito. Pero el pobre Moisés no conseguía vencer sus violentas pasiones y, para lograrlo, fue un día a consultar a San Isidoro. El abad le condujo al amanecer a la terraza del monasterio y le dijo: "Mira: la luz vence muy lentamente a las tinieblas. Lo mismo sucede en el alma." Moisés fue venciéndose poco a poco, a fuerza del rudo trabajo manual, de caridad fraterna, de severa mortificación y de perseverante oración. Llegó a ser tan dueño de símismo, que Teófilo, arzobispo de Alejandría, le ordenó sacerdote. Después de la ordenación, cuando se hallaba todavía revestido del alba, el arzobispo le dijo: "Ya lo veis, padre Moisés, el hombre negro se ha trasformado en blanco." San Moisés replicó sonriendo: "Sólo exteriormente. Dios sabe cuan negra tengo el alma todavía."Cuando los berberiscos se aproximaban a atacar el monasterio, San Moisés prohibió a sus monjes que se defendiesen y les mandó huir, diciendo: "El que a hierro mata a hierro muere." El santo se quedó en el monasterio con otros siete monjes. Sólo uno de ellos escapó con vida. San Moisés tenía entonces setenta y cinco años. Fue sepultado en el monasterio
llamado Dair al-Baramus, que todavía existe.

HISTORIA DE UNA PEREGRINACIÓN P. Fr. Alberto Enrique Justo O.P... Final...


Vemos que la Fuga Mundi es necesaria. Es el primer paso de toda vida contemplativa y esta aversión del mundo es hoy urgente. Pero si observamos la realidad más de cerca comprobaremos que el mismo mundo es el que expulsa a los que no comulgan con él. En efecto, es el mundo el que está en fuga, hundido en su propio rechazo.

El contemplativo persigue la raíz y el secreto profundo, el tesoro que encierran las cosas. No elude las asperezas del camino que lleva hasta el final. No se detiene en las etapas intermedias. No le satisfacen las medias explicaciones o las medias tintas. Prefiere siempre el silencio que le habla más de lo esencial. Pero tampoco al silencio por sí mismo. No lo hace por amor al silencio -decía un Cartujo- sino por el silencio del Amor.

El contemplativo sabe que la apariencia de este mundo pasa. Y tiene apuro por alcanzar el Fin. Pero, al mismo tiempo, bendice el lugar y el tiempo donde el Señor ha querido encontrarlo. Sabe que los grandes tesoros no se hallan lejos sino demasiado cerca. Que derribando los muros más próximos se encontrará ciertamente con lo que tantos pretenden hallar a mucha distancia.

Por otra parte, el Señor no cesa de purificar los caminos para evitar engaños o errores. Sólo Dios basta. Pero el hombre puede engañarse, deteniéndose en alguno de los medios.

Remedio oportuno es, siempre, la propia debilidad. Sí, esa debilidad que tanto avergüenza. ¿La presentamos también al Señor? ¿O, con mucha frecuencia, la escondemos en no se qué pliegues, para que no nos moleste? Entonces es peor. Porque habiendo entrado en el universo del Amor nuestras acciones deben ser de total abandono y confianza. Dejemos al Señor ayudarnos, sin rubor alguno. Dejemos a Dios ser Dios. No hay, en consecuencia, impedimentos y no valen las excusas. Sabemos que nada ni nadie puede apartarnos del Amor de Dios, de Dios mismo.

Superados los escollos, deshechos los argumentos que se quieran esgrimir, levantado el ánimo por una vocación auténtica, el camino queda abierto.

El contemplativo recibe, como primicia y regalo, la permanente invitación del Padre a pasar más adentro. Más adentro, quiere decir: más en su Hijo, más hijo en el Hijo, más adentro en su hermosura, como decía San Juan de la Cruz.

Descubre entonces el cristiano cuál es la intimidad a la que ha sido llamado. Porque no ha de imaginarla, ni esquematizarla, proyectarla o programarla. Ha de descubrirla, siempre nueva, en los pasos y en las visitas que el Señor le regale. Ya no hay distancias. Toda la complicada armazón se derrumba. No es necesaria.

Más de una vez soportará, con coraje y confianza, el asalto de la tentación de trazar su propia senda, de quedarse con algún ídolo, sucumbir al espejismo... Será preciso, en ocasiones tales, no desmayar y seguir con abandono.

Más adentro en el Corazón de Dios. Donde no hay ni dentro ni fuera. Donde todo es en todas partes, porque no existen partes ni fragmentos. Porque Dios se da todo... En el Hijo está escondido el Misterio del Padre.

Peregrino en la Casa del Padre, el contemplativo calla. Ya no sabe dónde está, si en este mundo o fuera de él. Padece de nostalgia y de alegría. Halla debilidad en su fortaleza y fortaleza en su debilidad. Sin lograr un esbozo ni un perfil, adivina la Gloria que lo habita.

Es llevado y abrazado por el Espíritu que penetra su alma como el fuego en el madero. No puede decir mucho o, mejor, debe callar todo. El silencio es, ahora, una realidad, quizá imposible de explicar. Nada tiene que ver con las posturas anteriores. El silencio olvida al silencio, como el desierto no sabe que es el desierto. La soledad adquiere una dimensión inefable cuando el contemplativo se sabe, por Gracia, a solas con el Solo, con el Único.

Se manifiesta el sentido del alma, su orientación, su destino. El alma se abre en la hondura del Misterio y no sabe otra cosa; porque ella es o existe para el Misterio... El alma se conoce y se reconoce en la Pura transparencia de la Mirada de Dios.

Ahora bien, todo esto es posible por la disponibilidad o la dichosa capacidad del hombre, desde las condiciones de su cuerpo -su primer templo- hasta la cima de su alma. Hay aquí una continuidad armoniosa. Veamos una de sus notas.

El hombre es frágil. Es condición suya padecer, desde la acción de Dios, desde su creación, salvación y deificación, hasta sufrir el dolor y la desdicha... Nadie puede amar verdaderamente si no es alcanzado, si el dardo no penetra hasta el fondo y llega a destino en el corazón. El Señor reveló el Amor del Padre haciéndose vulnerable... Recibir un DON. ¡Si conocieras el don de Dios y Quien es el que te dice: dame de beber! (Jn. 4, 10). Y éste no consiste en aprehender ni en asir cosa alguna que se regale desde fuera, sino en padecer o compadecer. Y así nos cuenta Dionisio de su maestro Hieroteo que no tanto aprendía cuanto padecía lo divino.

Lo más propio y personal, lo más íntimo, es aquello que el Señor dona... Una piedrecita blanca con un nombre nuevo que sólo conoce el que lo recibe (Apoc. 2, 17). El alma es, sobre todo, templo y morada de Dios. ¿Cómo soslayar o postergar el lugar que el Señor se ha construido para estar con el hombre hoy mismo?

El alma es el cielo anticipado y el contemplativo descubre, en su abismo, el Misterio escondido desde todos los siglos...

En el alma nace el Señor.


El exilio al cual nos hemos referido, es sentimiento o experiencia fundamental de la realidad. Dios siembra en el contemplativo un ardiente deseo de unión inefable, que no puede explicarse aquí ni en ninguna otra parte.

Esta suerte de nostalgia y de tensión es mayor durante las horas de la prueba. No se sabe muy bien qué es lo que ocurre; no se acierta con el dolor que se sufre. El hombre está azorado por tantas sorpresas y por todo lo que ignora.

Surge, despacio, una luz nueva. Vuélvese a la Aurora, que no es la misma de ayer. Es un Nacimiento, es el alma fecunda en la obra de Dios. Es una arrebato aun mayor, porque más y más se enciende la lumbre. El alma, todo hombre, aspira. Aspira y engendra en su corazón. Engendra y es engendrado. Tecum principatus in die virtutis tuae, in splendoribus sanctis, ex utero ante luciferum genui te... (Ps. 110 -109-, 3). Dominus dixit ad me: Filius meus es tu; ego hodie genui te... (Ps. 2, 7).

La Deidad está velada pero es omnipresente. Está en el Centro, es el Centro, en el Corazón. No fuera tal si se confundiera con sus propias huellas. Pero su Presencia es íntima al corazón que se deja encontrar y que todo lo deja. Presencia que transfigura y transforma, y da la abundancia de su Amor.

Anudado en adamación inefable, ha convertido dos en uno. En dos que son más uno que dos. ¿Qué valen o qué dicen los números? Callen los curiosos y se desplegará la densidad del silencio. A imagen y en el Seno de la Trinidad Santísima.