lunes, 31 de marzo de 2025

El Valle de los caídos y la expulsión del P. Santiago Cantera. Entrevis...

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Prohibido prohibir en el Dicasterio para la Doctrina de la Fe

En un artículo publicado hace dos días, Alejandro Bermúdez afirmaba que “el Vaticano abre las puertas al cambio de sexo”. Con ello se refería a que el cardenal Víctor Manuel Fernández intentó recientemente convertir en “doctrina” una “controvertida conferencia que dio en Alemania sobre cambio de sexo”.

Desgraciadamente, el artículo describía lo que en efecto ha sucedido. El cardenal Fernández ha publicado como documento oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe una conferencia que pronunció en el país germánico, en la que repetía la doctrina de la Iglesia de que las operaciones del llamado “cambio de sexo” no están permitidas moralmente, pero, como novedad, introducía una excepción: el caso de “fuertes disforias que pueden llevar a una existencia insoportable o incluso al suicidio”. Es decir, cambiarse de sexo es inmoral a no ser que lo desees mucho, mucho, mucho de verdad. Puro sentimentalismo. Como si el hecho de que uno desee mucho pecar hiciera que el pecado fuese menos malo o incluso bueno.

Este tipo de “excepción” recuerda poderosamente a aquella otra que dice que está mal que un hombre se acueste con una mujer que no es su esposa excepto si se quieren mucho de verdad o a la idea de que abortar es malo excepto si a la madre le supone un daño psicológico el embarazo o a tantas otras excusas igualmente burdas. Ver que todo un Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe se rebaja a usar esas argumentaciones produce un cierto sonrojo. ¿Qué pensaran tantos buenos sacerdotes que se han pasado la vida explicando a la gente que esas excusas son solo un triste intento de engañarse a uno mismo?

La explicación que da el propio cardenal es sencilla: la “regla general” de la Iglesia no excluye que existan “casos fuera de la norma”, como los mencionados anteriormente.  Esta forma de argumentar no debería sorprendernos, porque proviene directamente de Amoris Laetitia, en la que se negó expresamente la existencia de actos intrínsecamente malos (es decir, que siempre son inmorales), contra lo enseñado por San Juan Pablo II (cf. Veritatis Splendor), por Benedicto XVI y por toda la moral de la Iglesia anterior, incluida la Palabra de Dios (cf. por ejemplo, los mandamientos de la Ley de Dios).

Como todos recordarán, la negación de la existencia de actos intrínsecamente malos dio inmediatamente lugar a la admisión a la Comunión de adúlteros sin propósito de la enmienda en diócesis de todo el mundo, incluidos la diócesis de Roma y el propio Vaticano. Asimismo, hizo que los numerosos obispos que habían rechazado públicamente la indisolubilidad del matrimonio durante los Sínodos de las Familias no fueran corregidos por ello. La misma argumentación hace entendible que, aunque el aborto en principio sea gravemente inmoral, el Papa pudiera elogiar a la más conocida abortista italiana como “una de las grandes de Italia hoy en día” o que desautorizara a los obispos que, con toda la razón del mundo, querían negar la comunión al presidente Biden, a la vez “católico” y furibundamente abortista. Antes de Amoris Laetitia, habría sido inimaginable que los miembros de la Pontificia Academia por la Vida defendieran los grandes errores modernos en ese ámbito, pero ahora hay miembros abortistas o favorables a la eutanasia o los anticonceptivos, porque no hay actos intrínsecamente malos y a veces eutanasiar a un enfermo o abortar a un niño puede ser algo bueno y la Voluntad de Dios. El mismo razonamiento se puede observar en Fiducia Supplicans, el documento vaticano en que se promovía la bendición de parejas del mismo sexo.

Las aplicaciones locales o de facto de obispos individuales y del mismo Papa son innumerables, pero podemos destacar la última en hacerse pública, ya que se refiere al tema que hoy tratamos: Monseñor Stowe, obispo de Lexington (Kentucky), lleva años apoyando y aprobando las pretensiones de una mujer que, tras someterse a una operación de cambio de sexo, pretende ser el primer ermitaño transgénero y se dedica a defender la integración de otras personas transgénero en la vida religiosa. El Papa, por su parte, recibió amablemente a la mujer y a unos cuantos de sus compañeros, que se presentaron ante el Pontífice como personas “transgénero” sin que él les corrigiera en lo más mínimo, y, como era previsible, salieron de la audiencia más convencidos que nunca de que el cambio de sexo es algo bueno y querido por Dios.

Así, las aplicaciones de Amoris Laetitia se van llevando a cabo poco a poco, en casos extremos o en cuestiones agradables para el mundo, de forma confusa o “pastoralmente", pero inevitablemente el gravísimo error de que no hay actos intrínsecamente malos va acabando con toda la moral. Es la grieta en el dique, que, si no se repara inmediatamente, va causando más y más grietas hasta que el dique entero se desploma. En efecto, aplicado a cualquier pecado, desde el divorcio hasta las relaciones del mismo sexo, pero también el robo, el asesinato, la explotación de los pobres o la pederastia, obliga a reconocer que no podemos decir que eso sea necesariamente malo. Quizá lo sea, pero, probablemente, si lo deseas mucho, mucho, mucho, a fin de cuentas resulte admisible. Frente a los pecados más horribles, lo único que puede decir la Iglesia desde Amoris Laetitia es “depende”, “quizá sea lo que Dios quiere” o “¿quién soy yo para juzgar?”.

Se ha extendido así entre mulititud de clérigos, teólogos y obispos la idea de que la ley de Dios, en lugar de ser perfecta y descanso del alma, en realidad es una pesada carga de la que debemos librarnos. En un curioso brote de neofariseísmo, la función de la Teología Moral y el Magisterio parece ser única y exclusivamente la búsqueda de trucos, excusas y argucias para no tener que cumplir las obligaciones morales que no nos gusten. Como decía Gómez Dávila, se pregonan derechos para poder violar deberes.

Nos encontramos ante el triunfo en la Iglesia de la moral adolescente, basada en el sentimentalismo desbocado, la ausencia de responsabilidad y eslóganes tontorrones como “prohibido prohibir”, “nadie puede decirme lo que tengo que hacer” y “mi caso es especial y no se parece al de nadie más”. Ierusalem desolata est. O, dicho en lengua vernácula, ¡qué bajo hemos caído!

Por desgracia, ante esta gravísima situación de destrucción de la moral católica, la mayoría de los responsables de alzar la voz guardan silencio. Por eso los demás nos vemos en la obligación de hablar, con respeto pero también con firmeza, para defender la fe que nos ha salvado y nos está salvando. Si estos callan, gritarán las piedras.

Recemos mucho por la Iglesia, por el Papa, por el cardenal Fernández y por todos los que, teniendo la obligación de hablar, prefieren callar, para que Dios los ilumine. Y confiemos en que, a pesar de todo, Cristo sigue guiando a su Iglesia y sus palabras no pasarán.

sábado, 22 de febrero de 2025

Ubi Petrus, ibi Ecclesia

 

Ubi Petrus, ibi Ecclesia

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Ubi Petrus, ibi Ecclesia. Así reza el conocido adagio latino por el que se quiere manifestar, generalmente, que la comunión con la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica pasa por la comunión con Roma: Donde está Pedro, allí está la Iglesia.

El contexto de su origen es interesante. Está tomado de unas palabras de san Ambrosio al comentar el versículo 10 del salmo 40: Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, que compartía mi pan, es el primero en traicionarme. Todo este salmo es interpretado por el santo obispo de Milán como una profecía de la Pasión de Jesucristo. En su bellísima exposición, recogida en la obra Explanatio psalmorum XII, Ambrosio argumenta que Judas, figura del pueblo judío que rechaza a Cristo, participa de la profecía del anticristo en Dan, el hijo de Jacob, que es una serpiente que se aposta en el camino y el sendero, para morder el calcañar del caballo, cuya consecuencia es que caerá hacia atrás el jinete que espera la salvación del Señor (Gn 49, 17). Judas, con su beso, muerde como una serpiente al caballo ─la carne de Cristo, sometida a la Pasión─ y el jinete ─Cristo─, eligiendo voluntariamente tal descenso, cae hacia los que están detras de él para dominarlos y santificarlos. Así, los judíos, al intentar caer sobre el Señor, retroceden y caen a tierra (cf. Jn 18, 6) ─que es muerte e infierno─ ante su encuentro; mientras que el Señor cae sobre Pedro, y con Pedro ─pues aquí es figura de ella─ sobre la Iglesia, ya que Pedro había sido puesto detrás de su Maestro (cf. Mt 16, 23; Mc 8, 33) y a éste seguía por detrás en su Pasión (cf. Mt 26, 58). Este doble movimiento, uno de salvación y otro de condenación, lo ve Ambrosio profetizado en otras palabras de nuestro Señor: todo aquel que caiga sobre esta piedra se estrellará; pero aquel sobre quien caiga ella, será purificado/pulverizado (Lc 20, 18; Mt 21, 44)[1]. Al justificar cómo Cristo cae sobre la Iglesia para santificarla, es cuando introduce sus célebres palabras: Ubi ergo Petrus, ibi Ecclesia: ubi Ecclesia, ibi nulla mors, sed vita æterna, esto es, pues donde Pedro, allí la Iglesia: donde la Iglesia, allí no hay muerte, sino vida eterna.

Más allá de su sentido original en el santo doctor de Tréveris, Ubi Petrus, ibi Ecclesia siempre se arguye como recuerdo de que no se puede no estar en comunión con el Romano Pontífice si queremos permanecer en la Iglesia Católica. Sin embargo, en nuestros tiempos de confusión y especial dificultad, muchos comienzan a tener problemas de conciencia para mantener esta sentencia latina. Creo que es perfecta y permanentemente válida, siempre y cuando tengamos una correcta inteligencia de ella, comprendiendo en qué consiste la comunión con la Iglesia y con el papa.

Aunque el tratamiento académico del asunto nos llevaría muy lejos, se puede decir de manera simple que los vínculos que nos unen a la Iglesia son tanto invisibles como visibles. Los primeros pueden reducirse a los dones sobrenaturales de la gracia y las virtudes teologales por los que tenemos una unión mística con el Cuerpo Místico de Cristo. Sin embargo, la Iglesia es también una sociedad visible que reclama a su vez unos vínculos sociales que nos hagan estar en comunión jurídica con Ella. La tradición teológica ha señalado siempre tres principios de unidad que no pueden faltar para la plena comunión con la Iglesia: la unidad de fe, la unidad de culto y la unidad de régimen. Estos tres principios se relacionan con la triple potestad de la Iglesia, derivando ésta, a su vez, del triple munus de Jesucristo como Profeta, Sacerdote y Rey: el munus docendi o la misión de enseñar; el munus sanctificandi o la misión de santificar; y el munus regendi o la misión de gobernar.

En primer lugar, es necesario que todo católico profese la doctrina de la fe en su integridad. La adhesión a la Palabra de Dios y a Cristo mismo pasa por la profesión de fe. Esta doctrina ha quedado guardada y expuesta por el Magisterio de la Iglesia, teniendo una particularísima importancia la sede de Roma, pues es la que posee la potestad suprema para determinar y confirmar los enunciados que pertenecen a la Revelación, como así ha ido sucediendo a través de los siglos. De esta manera, donde esté la fe de Pedro, que recibió el sostenimiento del Señor para que no fallase en ella (cf. Lc 22, 32), allí está la doctrina de la Iglesia. Por eso: Ubi Petrus, ibi Ecclesia. Pero, ¿qué ocurre si un papa cae en herejía o enseña doctrinas no acordes con la Revelación, aunque no hayan sido explícitamente condenadas? Esta fue una pregunta que se hicieron ampliamente los grandes teólogos de la escolástica postridentina. Por poner dos ejemplos de escuelas diversas, pero muy representativos, tanto Melchor Cano como san Roberto Belarmino tenían muy claro que el privilegio de conservar siempre la fe era un privilegio de Pedro, pero que no se transmitía a sus sucesores, los obispos de Roma. Por esta razón, distinguieron que entraba en la promesa de indefectibilidad a Pedro solamente lo siguiente: un sumo pontífice nunca podría imponer como dogma de fe a toda la Iglesia universal una doctrina errónea. No descartaban, en cambio, que pudiera ser hereje y promotor de herejías y errores. Las condiciones que, siglos después, entraron en la definición de la infalibilidad en el Concilio Vaticano I son semejantes. ¿Qué ocurre, entonces, si un papa se aparta de la fe católica? Lógicamente el fiel católico ─aunque sea una situación dolorosa y que trae graves problemas que podrán estudiar los teólogos─ no pierde por ello unidad y comunión con la Iglesia. La mantendría con tal de mantener la fe de Pedro, no la fe de ese papa. Esto sería la adhesión a la fe que la Iglesia ha profesado siempre, la adhesión al depósito de la Revelación, tal y como ha sido definido por el Magisterio de la Iglesia. Dicho de otra manera: Ubi Petrus, non ubi Fulanus (permítaseme la improcedencia macarrónica, donde Fulano sería el papa reinante), ibi Ecclesia.

En segundo lugar, es necesario que todo fiel católico esté en la unidad de culto. Ésta comienza con la recepción válida del sacramento del bautismo, con cuyo carácter el nuevo cristiano queda incorporado al cuerpo de la Iglesia y es capacitado para dar culto verdaderamente agradable a Dios. En esta nueva situación tiene derecho a tener parte en el culto católico, que conlleva una unión cultual con los otros católicos, aunque pueda haber diferentes ritos litúrgicos ─uno de ellos el romano─, según las distintas tradiciones que han sido asumidas como legítimas por la autoridad de la Iglesia en el correr de los tiempos. Sin embargo, esta diversidad es tan solo en las formas rituales, pues es la misma santa Misa y son los mismos sacramentos los que todo católico celebra y recibe. En este sentido: Ubi Petrus, ibi Ecclesia. Pero, ¿qué ocurriría en el supuesto caso de que un papa no quisiese someterse a las rúbricas o que inventase oraciones o formas que son contrarias a la liturgia católica? Pongamos un ejemplo algo estrambótico. Si un papa indicase a un seglar que dijese las palabras de la consagración durante la celebración de la Misa porque él no las quiere decir para mejor manifestar que el pueblo también celebra la Misa, ¿qué ocurriría? No sólo no habría confección del sacramento, sino que ese seglar, por fidelidad a la Iglesia, no consentiría en hacer tal cosa. Se negaría a seguir las indicaciones de un papa, pero su comunión con la Iglesia y con Roma no se vería afectada. Por el contrario, si asintiese rompiendo el cauce propio de la liturgia, aun por seguir las indicaciones de un sucesor de Pedro, atentaría contra la unidad del culto católico. Una vez más, en un caso como éste ─y los casos que muchos fieles tienen que soportar a causa de clérigos avalados por la autoridad eclesiástica competente no son muy distintos a éste─, Ubi Petrus, non ubi Fulanus, ibi Ecclesia.

En tercer y último lugar, es necesario que todo fiel católico mantenga unos vínculos de comunión jurídica que son vehículo del orden y la caridad en la Iglesia considerada como sociedad. Esto implica el reconocimiento y la sujección a una jurisdicción que, como en la sociedad civil, es legislativa, ejecutiva y judicial. Tal jurisdicción no tiene otra pretensión que la de ordenar la vida cristiana para que las obras de los fieles contribuyan al bien común de la sociedad eclesiástica y a su propia salvación. El Romano Pontífice es el titular de la suprema jurisdicción ─no de la única─ en la Iglesia, siendo su potestad ordinaria, plena, universal e inmediata a todo católico. Por esto se entiende, quizá aquí de manera mucho más habitual, que Ubi Petrus, ibi Ecclesia y otras tantas sentencias clásicas como Roma locuta, causa finita. Efectivamente, la potestad del papa es suprema, pero esto no quiere decir absoluta. Absoluto solo es Dios y precisamente Dios, su Revelación o la recta razón que Él ha inscrito en el orden natural, son la regla primera para la actividad de la Iglesia. La autoridad más grande en la Iglesia ─no la única, insistimos─ está subordinada a esta regla primera, siendo una regla segunda. De este modo, el fiel cristiano debe reconocer al papa como supremo pastor de la Iglesia, sujeto de esta jurisdicción más alta, para mantener la comunión con la Iglesia: Ubi Petrus, ibi Ecclesia. Como consecuencia debe esforzarse por respetar y obedecer las leyes, las decisiones y los juicios que, conforme a la ley de Dios y a la propia vida de la Iglesia ─que no empieza con cada papa─ el Romano Pontífice puede imponer. Sin embargo, podría ocurrir que un papa malvado o llevado por una confusión doctrinal quisiese imponer leyes, tomar decisiones o juzgar causas de manera contraria al Depósito de la Fe. Aquí hay mucho espacio para ejercer la autoridad con legitimidad, aunque no sean los mejores pareceres (por ejemplo, no por ser mala la elección de un pastor indigno como obispo hace tal elección inválida). Pero si son disposiciones directamente contrarias a Cristo y su voluntad ─como por ejemplo la permisión para bendecir parejas de sodomitas o simplemente irregulares, algo contrario a la Palabra de Dios─ entonces el fiel católico debe mantenerse fiel a Cristo y rechazar tales disposiciones. Su fidelidad a Cristo queda encauzada por la fidelidad a la enseñanza de Pedro y de los Apóstoles, a toda la tradición de la Iglesia que ha ido determinando un cuerpo de doctrina incompatible con la nueva disposición y, por consiguiente, en estos casos Ubi Petrus, non ubi Fulanus, ibi Ecclesia.

Dicho todo lo anterior, queda claro que cuando un fiel católico se ve obligado en estas especiales circunstancias a no seguir la enseñanza o las disposiciones romanas, de ningún modo rompe o menoscaba la unidad o la comunión con la Iglesia Católica o con la sede de Pedro. Y esto es porque tal comunión no se funda en las ideas, opiniones, acciones, luces o sombras, líneas de actuación, ocurrencias... que pueda tener el papa reinante ─de hecho cuando muere un papa y la sede romana queda vacante, no se rompe ni disminuye nuestra comunión con la Iglesia y con la sede romana, prueba de que no se basa en la adhesión a las peculiaridades de cada papa─. La comunión con el papa y con la Iglesia se funda en la fe, el culto y el régimen.

«¡Nosotros siempre con Pedro!», se escucha en algunos sitios para subrayar que hay que alinearse en todo con la persona y las intenciones del papa de turno. Y si Fulano se aparta de Pedro, entonces ¿qué? ¿A quién sigues? Otros están muy preocupados por la posible desafección hacia el papa, como si esto condujera a la falta de unidad. Si afección o desafección se toman en su sentido propio, es claro que cualquier católico que no sienta en sus afectos ─su sensibilidad, sus emociones, sus sentimientos─ una contrariedad en situaciones semejantes tiene un problema grave. Dicho a la inversa, el sentimiento de desafección será un signo de salud espiritual en el fiel católico, que, por supuesto, deberá procurar que lo conduzca a la oración, a la penitencia y a la búsqueda de una formación más profunda y sólida y no a la simple descalificación de tal Fulano.

La conclusión es clara: Si Fulano se aparta de Pedro, entonces, Ubi Petrus, non ubi Fulanus, Ibi Ecclesia.

Rodrigo Menéndez Piñar, pbro.

 

 


[1] Curiosa o, mejor, escandalosamente, este versículo ha sido eliminado de las lecturas litúrgicas para el viernes II de Cuaresma, en una notoria censura a nuestro Señor y su Palabra cuando discute con los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo.