ENTRE LA LUCHA
Y LA PAZ
DEL CORAZÓN
Muchos se preguntan, ante la severidad de esta hora, si es posible gozar la paz profunda que nos ha sido prometida. Es muy posible que una lucha constante, la experiencia de la impotencia y otras características del ambiente y de la historia, acaben por descorazonar y desanimar a los peregrinos, obnubilando la magnífica realidad de la promesa del Señor.
Ahora bien, entendámonos desde el principio: la responsabilidad de nuestro dolor la llevamos nosotros mismos en razón, sobre todo, de nuestra pereza. ¿De nuestra pereza? Sí, en razón de que nos quedamos a la mitad del camino y no buscamos, con ahínco, el bien que –en verdad- ya poseemos. No estamos conformes, lo que no es al menos en principio censurable, y nos quedamos detenidos, sufriendo y lamentando la situación que nos aplasta…
El hombre ha olvidado, ha dejado de lado, la búsqueda de su vocación profunda y ha quedado, también colectivamente, maniatado ante el tejido de las circunstancias, cada vez más asfixiante.
Por ello es necesario ahora mismo encarar con coraje esta nueva faz de la peregrinación que seguimos. No nos valen argumentos antiguos. Las razones viejas parecen resonar inútiles y hasta mordaces en nuestros oídos. No tenemos recursos y solamente atinamos a encerrarnos en encuentros y en reuniones que únicamente se caracterizan por su superficialidad y por su inutilidad.
No es posible avanzar por estos caminos sin una muy seria vuelta a lo profundo y, desde luego y antes que nada, a Dios. Pero no a una idea de Dios. A Dios mismo, a la vida en Él, a una experiencia que no se detenga en frases hechas, lugares comunes y fórmulas estrechas.
Y LA PAZ
DEL CORAZÓN
Muchos se preguntan, ante la severidad de esta hora, si es posible gozar la paz profunda que nos ha sido prometida. Es muy posible que una lucha constante, la experiencia de la impotencia y otras características del ambiente y de la historia, acaben por descorazonar y desanimar a los peregrinos, obnubilando la magnífica realidad de la promesa del Señor.
Ahora bien, entendámonos desde el principio: la responsabilidad de nuestro dolor la llevamos nosotros mismos en razón, sobre todo, de nuestra pereza. ¿De nuestra pereza? Sí, en razón de que nos quedamos a la mitad del camino y no buscamos, con ahínco, el bien que –en verdad- ya poseemos. No estamos conformes, lo que no es al menos en principio censurable, y nos quedamos detenidos, sufriendo y lamentando la situación que nos aplasta…
El hombre ha olvidado, ha dejado de lado, la búsqueda de su vocación profunda y ha quedado, también colectivamente, maniatado ante el tejido de las circunstancias, cada vez más asfixiante.
Por ello es necesario ahora mismo encarar con coraje esta nueva faz de la peregrinación que seguimos. No nos valen argumentos antiguos. Las razones viejas parecen resonar inútiles y hasta mordaces en nuestros oídos. No tenemos recursos y solamente atinamos a encerrarnos en encuentros y en reuniones que únicamente se caracterizan por su superficialidad y por su inutilidad.
No es posible avanzar por estos caminos sin una muy seria vuelta a lo profundo y, desde luego y antes que nada, a Dios. Pero no a una idea de Dios. A Dios mismo, a la vida en Él, a una experiencia que no se detenga en frases hechas, lugares comunes y fórmulas estrechas.

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